Nesvizh no se entiende sin los Radziwiłł. Esta pequeña localidad del oeste bielorruso, mencionada desde el siglo XV, cambió para siempre su destino en 1533, cuando pasó a manos de esta familia, la más poderosa del Gran Ducado de Lituania. Poco después, en 1586, el príncipe Mikołaj Krzysztof Radziwiłł, apodado 'el Huérfano' (Sierotka), obtuvo que Nesvizh se constituyera en 'ordinación', un mayorazgo indivisible que debía transmitirse íntegro de generación en generación. Esa figura jurídica ató para siempre a la familia con la ciudad y garantizó la continuidad de su gran patrimonio.
Los Radziwiłł eran mucho más que nobles ricos: príncipes del Sacro Imperio Romano Germánico, poseían dominios inmensos, ejércitos privados, cargos supremos del Estado y un poder que podía rivalizar con el de los propios reyes de la República de las Dos Naciones. Nesvizh se convirtió en la capital de ese poder, la residencia principal desde la que gobernaban sus tierras.
Mikołaj Krzysztof 'el Huérfano', un personaje culto y viajero —dejó un célebre relato de su peregrinación a Tierra Santa—, fue quien decidió transformar Nesvizh en una ciudad-residencia digna de la familia, con un gran palacio, templos monumentales y un trazado urbano planificado. Para ello llamó a arquitectos italianos y puso en marcha, a fines del siglo XVI, las obras que darían al lugar su fisonomía.
Para dar forma a su capital, Mikołaj Krzysztof 'el Huérfano' contrató al arquitecto italiano Giovanni Maria Bernardoni, un jesuita formado en Roma. A partir de 1583, Bernardoni levantó junto a la plaza la iglesia de Corpus Christi (del Cuerpo de Dios), destinada a los jesuitas y a servir de panteón de la familia. Terminada hacia 1593, está considerada una de las primeras iglesias barrocas de toda la Europa del Este y una de las primeras del mundo, fuera de Italia, en adoptar el modelo de la iglesia del Gesù de Roma, la iglesia madre de los jesuitas. Su cúpula, sus frescos y su retablo la convirtieron en un hito arquitectónico.
Al mismo tiempo, hacia 1583, comenzó la construcción del palacio-castillo, también con participación de Bernardoni. No era un palacio abierto, sino una residencia fortificada: un conjunto de edificios en torno a un patio, protegido por potentes bastiones de tierra, fosos y estanques, según los principios de la fortificación 'a la italiana', muy avanzada para la época. Nesvizh podía así defenderse y, a la vez, ofrecer el lujo de una corte.
Durante el siglo XVII, el palacio y la ciudad florecieron. Nesvizh tuvo imprenta, escuelas, colecciones de arte y biblioteca, y se convirtió en un foco cultural de primer orden en el Gran Ducado. La familia acumuló tesoros artísticos, archivos y una célebre colección de retratos, y la iglesia empezó a llenarse, en su cripta, con los sarcófagos de generaciones de Radziwiłł.
La historia de Nesvizh en los siglos XVII y XVIII fue una montaña rusa de esplendor y destrucción, al ritmo de las guerras que asolaron la República de las Dos Naciones. A mediados del siglo XVII, durante la devastadora invasión moscovita y sueca conocida como 'el Diluvio', las tropas enemigas tomaron y saquearon Nesvizh, dañando gravemente el palacio. La familia lo reconstruyó. A comienzos del siglo XVIII, la Gran Guerra del Norte volvió a golpear la ciudad, con nuevas ocupaciones y destrozos. Cada vez, los Radziwiłł levantaron de nuevo su capital, ampliándola y embelleciéndola en los estilos de moda: el barroco, el rococó, el clasicismo.
El momento más pintoresco llegó en el siglo XVIII con Karol Stanisław Radziwiłł, apodado 'Panie Kochanku' ('Señor mío querido'), un magnate excéntrico y fastuoso que mantenía en Nesvizh una corte casi principesca, con teatro propio, orquesta, cacerías espectaculares y banquetes legendarios de los que aún se cuentan anécdotas fabulosas. En aquella época, Nesvizh brillaba como una pequeña capital cortesana, con su teatro, su ballet y sus manufacturas de tapices (los célebres cinturones de Slutsk se producían en dominios de la familia).
Pero el poder de los Radziwiłł estaba ligado al de un Estado que se hundía. La República de las Dos Naciones, debilitada y tutelada por sus vecinos, fue desapareciendo del mapa en las tres particiones de fines del siglo XVIII. En la segunda partición, de 1793, Nesvizh pasó al Imperio ruso, y con ello se cerró la gran época de la ciudad como capital soberana de los dominios de la familia.
Integrada en el Imperio ruso desde 1793, Nesvizh perdió su papel político pero siguió ligada a los Radziwiłł, que conservaron el palacio como residencia durante buena parte del siglo XIX y comienzos del XX, con algunos paréntesis. La participación de miembros de la familia en los levantamientos contra el dominio ruso les costó, en ocasiones, la confiscación temporal de sus bienes, pero acabaron recuperando la propiedad. A comienzos del siglo XX, la princesa Maria Radziwiłł impulsó la creación del gran conjunto de parques paisajísticos que hoy rodea el palacio, uno de los mayores de Europa oriental.
Las guerras del siglo XX volvieron a sacudir el lugar. Durante la Primera Guerra Mundial y la posterior guerra polaco-soviética, la región cambió de manos varias veces; por la Paz de Riga de 1921, Nesvizh quedó del lado polaco, y los Radziwiłł mantuvieron la residencia hasta 1939. Ese año, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación soviética del este de Polonia según el pacto Ribbentrop-Mólotov, la familia fue expulsada y el palacio, nacionalizado. La región sufrió después la ocupación nazi (1941-1944), con el habitual cortejo de destrucción y, como en toda Bielorrusia, el exterminio de la población judía local.
Con la posguerra y la integración en la República Socialista Soviética de Bielorrusia, el palacio recibió un uso inesperado: se convirtió en un sanatorio, función que mantuvo durante décadas. Aquel uso, si bien alteró los interiores, contribuyó a que el edificio se conservara en pie, a diferencia de tantos otros palacios de la nobleza que fueron abandonados o demolidos.
En las últimas décadas del siglo XX y comienzos del XXI, Nesvizh recuperó su condición de gran monumento. El Estado bielorruso emprendió la restauración del palacio como museo-reserva nacional, un proceso largo y no exento de contratiempos —incluido un incendio durante las obras en 2002—, que devolvió a las salas su aspecto histórico y las abrió al público. La iglesia de Corpus Christi, que nunca dejó de funcionar como templo, y su cripta con los sarcófagos de la familia, completan el conjunto.
El reconocimiento internacional llegó en 2005, cuando la Unesco inscribió en la lista del Patrimonio Mundial el 'Complejo arquitectónico, residencial y cultural de la familia Radziwiłł en Nesvizh', valorándolo como un ejemplo sobresaliente de residencia de la alta nobleza de Europa central y oriental y como foco de irradiación artística —en especial del barroco— hacia toda la región. Nesvizh se sumó así al vecino Castillo de Mir, inscrito cinco años antes, formando la gran pareja Unesco del oeste bielorruso.
Hoy, Nesvizh es uno de los destinos culturales más importantes de Bielorrusia. Su palacio-museo, su iglesia-panteón, sus vastos parques y su tranquilo casco histórico se recorren en medio día, casi siempre en la misma excursión que Mir. Como todo viaje al país, conviene planificarlo teniendo en cuenta las advertencias consulares vigentes sobre Bielorrusia; pero quien llegue hasta aquí encontrará el testimonio vivo del poder y el refinamiento de la mayor dinastía magnate del Gran Ducado de Lituania, en uno de los conjuntos palaciegos más bellos de Europa oriental.