Minsk entra en la historia con sangre. La primera mención escrita de la ciudad aparece en la 'Crónica de Néstor' bajo el año 1067, con motivo de la batalla del río Nemiga, un choque brutal entre el príncipe de Pólotsk y los hijos de Yaroslav el Sabio de Kiev. Aquel enfrentamiento invernal, evocado siglos después en el 'Cantar de las huestes de Ígor', dejó la comarca devastada y convirtió a la pequeña plaza fortificada del río Svísloch en un nombre para la posteridad. El río Nemiga, hoy soterrado bajo el centro, dio su nombre a una calle y a una estación de metro.
Durante los siglos siguientes, Minsk fue capital de un principado propio, dependiente del poderoso Principado de Pólotsk, en el mundo de la Rus. Situada en un cruce de caminos entre el Báltico y el sur, creció como plaza comercial y artesanal pese a estar lejos de las grandes rutas. En el siglo XIV, como buena parte de las tierras bielorrusas, quedó integrada en el Gran Ducado de Lituania, un vasto estado que unía a lituanos y eslavos orientales y en el que la lengua rutena (antecesora del bielorruso) tenía un papel de primer orden en la administración.
Bajo Lituania, Minsk fue ganando importancia. En 1499 obtuvo el derecho de Magdeburgo, que le concedía autogobierno municipal, mercados y un ayuntamiento propio; ese privilegio, símbolo de las libertades urbanas medievales, sería recordado siglos más tarde con la reconstrucción de la rátusha en la plaza de la Libertad. La ciudad se convirtió en un centro regional de comercio, oficios y vida religiosa.
En 1569, la Unión de Lublin fundió al Gran Ducado de Lituania con el Reino de Polonia en la República de las Dos Naciones (la Rzeczpospolita), y Minsk pasó a ser una ciudad de aquel vasto estado polaco-lituano. Fueron siglos de altibajos: la ciudad conoció épocas de prosperidad, con conventos, iglesias barrocas y un activo comercio, pero también sufrió guerras devastadoras, en particular las invasiones y saqueos de mediados del siglo XVII durante los conflictos con Moscovia y Suecia, que redujeron drásticamente su población.
El destino de Minsk cambió con las particiones de la República de las Dos Naciones a fines del siglo XVIII. En la segunda partición, de 1793, la ciudad fue anexionada por el Imperio ruso y se convirtió en capital de la nueva gubernia de Minsk. Bajo el dominio de los zares, la ciudad se rusificó en su administración, aunque su composición seguía siendo un mosaico de bielorrusos, polacos, rusos y, muy especialmente, judíos.
El siglo XIX trajo la modernización: la llegada del ferrocarril en la década de 1870 —Minsk quedó en el cruce de las líneas Moscú-Varsovia y Líbava-Rómny— impulsó el crecimiento industrial y demográfico. La ciudad se convirtió en un importante nudo ferroviario y en un centro de la vida judía de la 'Zona de Residencia', con sinagogas, escuelas y una intensa actividad cultural en yidis. A comienzos del siglo XX, más de la mitad de la población de Minsk era judía.
El derrumbe del Imperio ruso en 1917 abrió un período convulso. En marzo de 1918, en plena ocupación alemana y aprovechando el vacío de poder, se proclamó en Minsk la República Popular Bielorrusa, el primer intento moderno de un estado nacional bielorruso. Fue efímero: no sobrevivió a la retirada alemana ni al avance del Ejército Rojo. En 1919 se proclamó, también en Minsk, la República Socialista Soviética de Bielorrusia, que tras la guerra polaco-soviética y la Paz de Riga de 1921 quedó dividida: la parte occidental del país pasó a Polonia y la oriental, con Minsk, a la Unión Soviética.
Como capital de la Bielorrusia soviética, Minsk vivió la industrialización acelerada y la política de 'bielorrusización' de los años veinte, que promovió la lengua y la cultura nacionales, pronto cortada de raíz por el estalinismo. Los años treinta trajeron las purgas del Gran Terror, que diezmaron a la intelectualidad bielorrusa. En los bosques de Kurapaty, a las afueras de Minsk, la policía secreta soviética (el NKVD) fusiló y enterró en fosas comunes a decenas de miles de personas entre 1937 y 1941, una matanza que solo salió a la luz al final de la era soviética y que hoy es un símbolo de la represión estalinista.
En vísperas de la guerra, Minsk era una capital soviética en pleno crecimiento, con fábricas, universidades y una población multiétnica en la que los judíos seguían siendo una comunidad numerosísima. Nada de aquello anticipaba la catástrofe que se avecinaba.
La Segunda Guerra Mundial fue para Minsk una tragedia de proporciones apocalípticas. Pocos días después de la invasión alemana de junio de 1941, la ciudad cayó bajo ocupación nazi. Casi de inmediato, los ocupantes establecieron el gueto de Minsk, uno de los mayores de la Europa oriental ocupada, donde hacinaron a decenas de miles de judíos de la ciudad y, más tarde, a judíos deportados desde Alemania, Austria y el Protectorado de Bohemia y Moravia.
El exterminio fue sistemático. A las afueras de Minsk, en Maly Trostenets, las SS y la policía instalaron uno de los mayores centros de asesinato del este ocupado: allí, mediante fusilamientos y camiones de gas, fueron asesinadas decenas de miles de personas —las estimaciones van de unos 60.000 a más de 100.000, en su mayoría judíos—. El gueto de Minsk fue finalmente liquidado en el otoño de 1943. La comunidad judía milenaria de la ciudad quedó prácticamente aniquilada.
Minsk fue también un foco de la resistencia. En la propia ciudad ocupada funcionó una red clandestina antifascista, y los bosques de Bielorrusia se llenaron de partisanos que hostigaban a las tropas alemanas. Cuando el Ejército Rojo liberó Minsk el 3 de julio de 1944, en el marco de la gran ofensiva 'Bagration', encontró una ciudad en ruinas: alrededor del 80% de los edificios estaba destruido. En total, Bielorrusia perdió en la guerra a cerca de una cuarta parte de su población, la mayor proporción de víctimas de cualquier república soviética. El 3 de julio se conmemora hoy como Día de la Independencia del país.
De las ruinas de 1944 nació la Minsk que hoy conocemos. Los planificadores soviéticos decidieron no restaurar la vieja ciudad sino levantar una capital nueva, un escaparate del socialismo. Sobre el trazado arrasado se construyó la gran avenida —hoy de la Independencia— y sus plazas monumentales en el 'estilo imperio estalinista', con fachadas de columnas y torres. Minsk se convirtió en un importante centro industrial de la URSS, con fábricas de tractores, camiones y electrónica, y su población se multiplicó hasta superar el millón y medio de habitantes.
Con el colapso de la Unión Soviética, Bielorrusia declaró su independencia en 1991, y Minsk pasó a ser capital de un estado soberano. Fue precisamente en territorio bielorruso, en el pabellón de caza de Belavezha, donde los líderes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaron en diciembre de 1991 el acuerdo que disolvió formalmente la URSS. En 1994, Aleksandr Lukashenko ganó las primeras elecciones presidenciales y desde entonces gobierna el país sin interrupción, concentrando el poder en un régimen que Occidente describe como autoritario y al que suele llamarse 'la última dictadura de Europa'.
En agosto de 2020, tras unas elecciones presidenciales ampliamente denunciadas como fraudulentas, Minsk fue el epicentro de las mayores protestas de la historia del país: cientos de miles de personas se manifestaron durante meses reclamando el fin del gobierno de Lukashenko y el reconocimiento de la victoria de la opositora Svetlana Tijanóvskaya. La respuesta fue una represión brutal, con miles de detenidos, denuncias de tortura y un exilio masivo de opositores y periodistas. Desde entonces, y con el apoyo del régimen a la invasión rusa de Ucrania de 2022, Bielorrusia vive bajo fuertes sanciones internacionales y un clima político cerrado. Esta guía se ofrece con ese trasfondo: como una aproximación cultural y respetuosa a una capital de historia extraordinaria, sin ignorar la realidad política del país.