Para entender Khatyn hay que situarse en la Bielorrusia ocupada de 1941-1944, uno de los escenarios más atroces de toda la Segunda Guerra Mundial. Tras la invasión alemana de junio de 1941, todo el territorio bielorruso cayó bajo dominio nazi en pocas semanas. La ocupación fue implacable: la casi total aniquilación de la numerosa población judía del país en guetos y centros de exterminio como Maly Trostenets, la muerte por hambre de cientos de miles de prisioneros de guerra soviéticos, y una política de terror sistemático contra la población civil.
En los inmensos bosques y pantanos de Bielorrusia se desarrolló, al mismo tiempo, uno de los movimientos partisanos más grandes de Europa. Decenas de miles de combatientes hostigaban a las tropas de ocupación, saboteaban las vías férreas y atacaban convoyes. La respuesta alemana fue una guerra de represalias de una brutalidad extrema: las llamadas 'operaciones antipartisanas' descargaron el castigo no sobre los guerrilleros, difíciles de atrapar, sino sobre los campesinos de las aldeas, acusados de darles apoyo.
En ese contexto, la destrucción de aldeas enteras con toda su población se convirtió en una práctica habitual. Cientos de comunidades rurales bielorrusas fueron quemadas, y muchas de ellas, con sus habitantes dentro. Khatyn fue una de esas aldeas, y con el tiempo pasaría a representarlas a todas.
La mañana del 22 de marzo de 1943, un grupo partisano tendió una emboscada a una columna alemana en una carretera cercana a Khatyn. En el ataque murió un oficial alemán, el capitán Hans Woellke, campeón olímpico de lanzamiento de peso en los Juegos de Berlín de 1936, lo que dio al episodio una repercusión especial entre los mandos nazis. La represalia fue inmediata y desproporcionada.
Un destacamento de castigo se dirigió a la aldea de Khatyn, la más próxima al lugar de la emboscada. En la operación participó, junto a fuerzas alemanas, el 118.º batallón de policía auxiliar, integrado en buena parte por colaboracionistas —un hecho que la historiografía documenta y que Khatyn no oculta—. Las tropas rodearon la aldea y obligaron a todos los habitantes, sin distinción de edad, a reunirse en un gran granero de madera.
Una vez dentro hombres, mujeres, ancianos y niños, cerraron las puertas, rociaron la construcción con combustible y le prendieron fuego. Quienes, presos del pánico, lograban derribar las puertas y escapar de las llamas eran abatidos a tiros. En pocos minutos murieron 149 personas, de las cuales 75 eran niños. Después, los soldados saquearon y quemaron por completo la aldea. Khatyn dejó de existir.
Lo más estremecedor de Khatyn es que no fue una excepción. La destrucción de la aldea el 22 de marzo de 1943 se repitió, con variantes, en cientos de comunidades rurales de Bielorrusia a lo largo de la ocupación. Las cifras que maneja la historiografía y que el propio memorial recoge son abrumadoras: se calcula que en el país fueron incendiadas más de 9.000 aldeas, y que varios cientos de ellas fueron arrasadas junto con la totalidad o buena parte de sus habitantes.
El memorial distingue dos categorías. Por un lado, las aldeas que fueron destruidas con su población y que nunca se reconstruyeron: 185 de ellas están representadas en el 'Cementerio de las Aldeas', cada una con una urna que contiene un puñado de su tierra. Por otro, las que también fueron quemadas pero que sí renacieron tras la guerra, recordadas en el conjunto conocido como el 'Árbol de la Vida', que enumera más de 400 nombres.
Esta dimensión colectiva es la clave para entender el sentido de Khatyn. El memorial no conmemora únicamente a las 149 víctimas de una aldea concreta, sino que las convierte en símbolo de todas las comunidades bielorrusas exterminadas. Por eso, más que un monumento local, Khatyn es el gran memorial nacional del sufrimiento civil de Bielorrusia en la guerra.
En 1966, las autoridades soviéticas de Bielorrusia decidieron erigir en el emplazamiento de Khatyn un gran memorial dedicado a todas las aldeas destruidas. El conjunto, obra de un equipo de arquitectos y escultores bielorrusos —entre ellos Yuri Gradov, Valentín Zankóvich, Leonid Levín y el escultor Sergéi Selijánov—, se inauguró el 5 de julio de 1969 y se convirtió en uno de los memoriales más importantes de toda la Unión Soviética.
El diseño renunció al monumentalismo triunfal para buscar, en cambio, un lenguaje de duelo sobrio y contenido. Sobre el terreno de la antigua aldea se reconstruyeron simbólicamente sus 26 casas, no con paredes sino con basamentos de hormigón gris, pórticos abiertos y, en cada uno, un obelisco rematado por una campana. Esas campanas tañen al unísono cada 30 segundos, en un doblar perpetuo que da al lugar su atmósfera inconfundible. La escultura del 'Hombre inconquistado', inspirada en Iósif Kaminski, preside el conjunto.
Durante la época soviética, Khatyn tuvo también una lectura política: se convirtió en un lugar de peregrinación oficial y de ceremonias de Estado. Algunos historiadores han señalado que su elección como gran memorial nacional pudo servir, además, para desviar la atención de otro nombre incómodamente parecido, Katyn, la matanza de oficiales polacos cometida por los soviéticos en 1940 y negada por Moscú durante décadas. Sea como fuere, el dolor que Khatyn representa es real y su fuerza conmemorativa, indiscutible.
Más de medio siglo después de su inauguración, Khatyn sigue siendo el gran lugar de memoria de la Segunda Guerra Mundial en Bielorrusia. En los últimos años, el memorial fue renovado y ampliado, y en el acceso se abrió el Museo de la Memoria del Pueblo Bielorruso, que contextualiza la tragedia dentro de la historia del país. La 'Gran Guerra Patria' ocupa un lugar central en el discurso oficial del Estado bielorruso, y Khatyn es uno de sus escenarios más solemnes, con ceremonias y visitas de Estado.
Ese protagonismo tiene también una cara política: como en otros países postsoviéticos, la memoria de la guerra se utiliza para legitimar al poder y construir un relato nacional determinado. Conviene tenerlo presente y acercarse al lugar con espíritu crítico respecto al discurso oficial, sin que ello reste un ápice de verdad ni de gravedad a lo que allí ocurrió: la matanza de 149 civiles, 75 de ellos niños, y la destrucción de cientos de aldeas fueron hechos reales y documentados.
Para el visitante, Khatyn es un lugar de duelo antes que una atracción. Se recorre en silencio, escuchando el doblar acompasado de las campanas, leyendo los nombres y las edades de los niños en las placas de los 'hogares', deteniéndose ante las urnas de las aldeas desaparecidas. Cualquier viaje a Bielorrusia debe hacerse, además, teniendo en cuenta las advertencias consulares vigentes sobre el país. Pero quien llegue hasta aquí encontrará uno de los memoriales más conmovedores de Europa y una lección imborrable sobre el costo humano de la guerra.