La historia del Castillo de Mir comienza en la primera mitad del siglo XVI, en las tierras del oeste bielorruso que formaban parte del Gran Ducado de Lituania, uno de los mayores estados de la Europa de su tiempo. Hacia la década de 1520, el noble Yuri Ilínich, un magnate ambicioso que buscaba encumbrar a su familia, emprendió la construcción de un castillo de piedra y ladrillo junto a la localidad de Mir, entonces una modesta plaza-mercado.
El proyecto era el de una fortaleza plenamente medieval: un cuadrilátero de gruesas murallas —de hasta tres metros de espesor en la base— reforzado por cinco torres, cuatro en las esquinas y una sobre la entrada. El estilo era el gótico de ladrillo característico del Báltico, con torres decoradas con nichos, franjas de piedra clara y motivos ornamentales que combinaban la función defensiva con la voluntad de exhibir poder y prestigio. Se cree que Ilínich aspiraba, con esta fortaleza, a obtener el título de conde del Sacro Imperio, lo que exigía poseer un castillo a la altura.
La obra, sin embargo, se prolongó y la familia Ilínich no llegó a disfrutarla mucho tiempo: en pocas décadas, la línea principal se extinguió. El último heredero de los Ilínich estaba emparentado, por vía materna, con una de las familias más poderosas del Gran Ducado, los Radziwiłł, a quienes acabaría pasando el castillo, abriendo su gran época.
En 1568, el Castillo de Mir pasó a manos de la casa Radziwiłł, la mayor dinastía magnate del Gran Ducado de Lituania, una familia tan poderosa que llegó a rivalizar con los propios reyes de Polonia-Lituania y a poseer vastísimos dominios, ejércitos privados y títulos principescos. Con ellos, Mir dejó de ser solo una fortaleza para convertirse también en una residencia señorial.
Los Radziwiłł emprendieron una gran transformación en clave renacentista. Adosaron a los muros este y norte del recinto un palacio de tres plantas con decenas de habitaciones, dotado de comodidades y de una decoración acorde a su rango: salones de recepción, comedores, estufas de cerámica, galerías. El castillo se rodeó de jardines, se excavaron estanques y se añadió, con el tiempo, un sistema de fortificaciones de tierra (bastiones) adaptado a la artillería. Mir pasó a ser una de las residencias de una familia que tenía su corte principal en la cercana Nesvizh.
Durante los siglos XVI y XVII, en la época de esplendor de la República de las Dos Naciones, el castillo vivió sus mejores días. Pero las guerras no tardaron en golpearlo: los conflictos de mediados del siglo XVII con Moscovia y Suecia (el llamado 'Diluvio') y, más tarde, la Gran Guerra del Norte a comienzos del siglo XVIII, dañaron gravemente el conjunto en varias ocasiones, obligando a sucesivas reconstrucciones.
El destino del castillo quedó ligado al de la República de las Dos Naciones, que a fines del siglo XVIII desapareció del mapa repartida entre Rusia, Prusia y Austria en las llamadas particiones. Las tierras de Mir pasaron al Imperio ruso. Los Radziwiłł, implicados en las convulsiones políticas de la época —incluidos los levantamientos contra el dominio ruso—, fueron perdiendo poder, y el castillo cambió de manos.
A lo largo del siglo XIX, Mir pasó por distintos propietarios. Por vía de herencia acabó en poder de los príncipes Wittgenstein, de origen alemán, y finalmente, hacia el final del siglo, fue adquirido por la familia Sviatopolk-Mirski, que serían sus últimos dueños aristocráticos. Para entonces, el castillo había perdido hacía tiempo cualquier valor militar y sufría el abandono, con partes en ruinas.
Los Sviatopolk-Mirski emprendieron su recuperación en clave romántica, como residencia y símbolo de prestigio. Plantaron el parque paisajístico de estilo inglés que hoy rodea el castillo, cuidaron el estanque y levantaron, a comienzos del siglo XX, la capilla-panteón familiar, un pequeño templo de estilo neorruso decorado con un vistoso mosaico, destinado a acoger sus tumbas. Ese es el aspecto romántico y ajardinado que, en buena medida, conserva hoy el entorno del castillo.
El siglo XX trajo al castillo, y sobre todo al pueblo de Mir, sus páginas más oscuras. Tras la Primera Guerra Mundial y la guerra polaco-soviética, la zona quedó del lado polaco en el período de entreguerras. Mir era entonces un típico shtetl, un pueblo con una fuerte comunidad judía, célebre en el mundo entero por su yeshivá —la academia talmúdica de Mir—, una de las más prestigiosas de Europa oriental, que atraía estudiantes de muchos países.
La Segunda Guerra Mundial destruyó ese mundo. Tras la ocupación alemana de 1941, los nazis confinaron a la población judía de Mir y de los alrededores en un gueto, y el propio Castillo de Mir fue utilizado durante un tiempo como recinto de reclusión de ese gueto, antes de la deportación y el asesinato masivo de sus habitantes en 1942. La comunidad judía de Mir, con siglos de historia, fue prácticamente aniquilada; solo un grupo logró huir y unirse a los partisanos. La yeshivá, que había alcanzado a evacuarse, sobrevivió en el exilio y sus continuadoras existen hoy en Israel y Estados Unidos.
Este capítulo, sobrio pero ineludible, forma parte de la historia del castillo tanto como sus torres y sus salones. Recordarlo —con la antigua sinagoga del pueblo y los memoriales del Holocausto local— da a la visita una dimensión que va más allá de lo pintoresco.
Tras la Segunda Guerra Mundial, con la región integrada en la República Socialista Soviética de Bielorrusia, el Castillo de Mir fue nacionalizado. Durante un tiempo se le dieron usos varios —incluso llegó a albergar viviendas— y el conjunto siguió deteriorándose. Solo a partir de la década de 1980 comenzaron los trabajos serios de restauración, que se prolongarían durante muchos años y que fueron devolviendo al castillo su aspecto histórico.
El reconocimiento internacional llegó en diciembre de 2000, cuando la Unesco inscribió el 'Complejo del Castillo de Mir' en la lista del Patrimonio Mundial, valorándolo como un ejemplo excepcional de la arquitectura de castillos de Europa central, en el que se superponen y armonizan las etapas gótica, renacentista y barroca, reflejo de las sucesivas influencias culturales de la región. La restauración se completó en las décadas siguientes, y el castillo abrió como museo-reserva estatal.
Hoy, el Castillo de Mir es uno de los destinos turísticos más visitados de Bielorrusia y una de las imágenes emblemáticas del país, presente hasta en sus billetes. Se recorre como museo, acoge conciertos y festivales, y se combina casi siempre con el vecino palacio de Nesvizh, la otra joya Unesco de los Radziwiłł. Como cualquier viaje a Bielorrusia, la visita conviene planificarla teniendo en cuenta las advertencias consulares vigentes sobre el país; pero el castillo en sí ofrece un viaje fascinante por cinco siglos de historia europea, con sus luces renacentistas y sus sombras del siglo XX.