Pocos pueblos tienen un origen tan literal y tan humilde como Pas de la Casa. Su nombre significa, en catalán, 'el paso de la casa', y esa 'casa' era una sola: hasta principios del siglo XX, en este alto y desolado paso fronterizo entre Andorra y Francia, a más de 2.000 metros de altura, no había más que una única cabaña de pastores que vigilaba el ganado y el camino. Todo lo demás era montaña, nieve y viento.
Los documentos antiguos permiten seguir el rastro del topónimo. En 1687 el lugar aparece mencionado como 'Bac de la Casa' (el 'bac' es la umbría, la ladera que no recibe el sol). Los pastores lo llamaron después 'El Pas del Bac', y hacia finales del siglo XIX se impuso el nombre actual, Pas de la Casa. La confirmación oficial llegó en 1910, cuando el lugar fue mencionado por primera vez en el reglamento del correo francés: una prueba de que, aun siendo apenas un paso, ya tenía cierta existencia administrativa por su condición de frontera.
Este rincón formaba parte de la parroquia de Encamp, y su función durante siglos fue exclusivamente pastoril y fronteriza. Por aquí subían los rebaños en verano a los pastos de altura, en la práctica ancestral de la trashumancia, y por aquí pasaban también, de noche, las rutas del contrabando hacia Francia: tabaco, alcohol y otros productos que la diferencia de impuestos entre ambos lados de la frontera hacía rentable pasar de forma clandestina. Nada, en aquel paisaje inhóspito, hacía prever que se convertiría en un pueblo, y menos aún en uno de los destinos turísticos más concurridos de Andorra.
La historia de Pas de la Casa es, ante todo, la historia de una frontera. El lugar corona la ruta que une Andorra con Francia a través del puerto de Envalira (2.408 metros), el puerto de montaña con carretera más alto de todos los Pirineos y el único acceso terrestre del Principado hacia el norte. Esa posición estratégica lo marcó todo.
Durante siglos, el paso fue territorio de pastores y contrabandistas. La economía de los valles altos de Andorra era de subsistencia, y el contrabando —aprovechar la diferencia de precios e impuestos entre Andorra, Francia y España— fue durante generaciones un recurso vital para muchas familias. Los mismos senderos que servían para la trashumancia servían, de noche, para pasar fardos de tabaco y mercancías burlando a los guardias fronterizos. Pas de la Casa, en la misma línea de la frontera, era un punto natural de ese tráfico.
La apertura de la carretera del puerto de Envalira, en las primeras décadas del siglo XX, cambió la escala del fenómeno. El paso dejó de recorrerse solo a pie o en mula y empezó a conocer el tránsito de vehículos, lo que abrió la puerta a un comercio fronterizo cada vez mayor. Con el tiempo, aquel contrabando clandestino se transformaría en un comercio legal y masivo, cuando Andorra descubrió que su régimen fiscal —sin apenas impuestos— podía convertir la frontera en una fuente de riqueza a plena luz del día. Pas de la Casa estaba destinado, por pura geografía, a ser la cara más comercial de esa Andorra de la frontera.
El nacimiento de Pas de la Casa como pueblo de verdad es un fenómeno del siglo XX, y muy en particular de su segunda mitad. Dos fuerzas lo hicieron posible: el esquí y el comercio. A partir de los años cuarenta y cincuenta, cuando el esquí empezó a popularizarse en los Pirineos, aquellas laderas nevadas de altura —que garantizaban nieve buena parte del año— resultaron ideales para instalar remontes y trazar pistas. Los primeros equipamientos convirtieron el viejo paso de pastores en una incipiente estación de esquí.
Al mismo tiempo, y de forma decisiva, el lugar se benefició del despegue del turismo de compras. La Andorra de posguerra descubrió en su fiscalidad ventajosa una mina de oro: sin IVA y con impuestos mínimos, el país se llenó de tiendas que vendían alcohol, tabaco, perfumería y, más tarde, electrónica, a precios imbatibles para los vecinos franceses y españoles. Pas de la Casa, primer pueblo tras la frontera, se convirtió en el gran imán de los compradores franceses, que cruzaban en masa a llenar el carrito. El contrabandista de antaño dejó paso al dependiente y al turista con bolsas.
La combinación de esquí y comercio disparó el crecimiento del pueblo. Donde antes había una cabaña se levantaron, en pocas décadas, bloques de apartamentos, hoteles, supermercados y decenas de comercios, apiñados en el estrecho valle de altura. Fue un urbanismo rápido y funcional, sin apenas planificación estética, que dio a Pas de la Casa su fisonomía característica: la de una pequeña ciudad de montaña surgida de la nada, muy distinta de los pueblos de piedra del resto de Andorra. A cambio, el lugar pasó a tener población estable durante todo el año a más de 2.000 metros, algo excepcional en los Pirineos.
El desarrollo esquiable de Pas de la Casa no se quedó en el pueblo. Del otro lado del puerto de Envalira, en un circo glaciar recogido y espectacular, se desarrolló el sector de Grau Roig, más tranquilo y de gran belleza paisajística, que se integró con Pas de la Casa en un mismo dominio. Juntos formaron una de las grandes estaciones del país.
El salto definitivo llegó en 2003. Ese año, la estación de Pas de la Casa-Grau Roig se fusionó con la vecina Soldeu-El Tarter (y, con ella, con Canillo-Encamp) para crear Grandvalira, el mayor dominio esquiable de los Pirineos: unos 210 kilómetros de pistas encadenadas que iban desde el interior del país hasta la frontera francesa, todo con un solo forfait. Pas de la Casa quedó como la puerta oriental de ese gigante, y su altitud lo convirtió en una de las bazas de nieve más fiables del conjunto.
El puerto de Envalira, mientras tanto, siguió siendo un punto clave y a veces problemático: a 2.408 metros, es propenso a cerrarse por nieve y ventiscas en pleno invierno, justo cuando más tránsito hay. Para resolverlo se construyó el túnel d'Envalira, inaugurado en 2002, un túnel de peaje que permite cruzar por debajo del puerto y mantener la conexión con Francia y con el resto de Andorra incluso con mal tiempo. Fue una obra decisiva para asegurar el acceso a un pueblo que vive del turismo y que, sin ella, quedaba a menudo aislado por la nieve.
El Pas de la Casa del siglo XXI es un lugar de contrastes que despierta pasiones encontradas. Para unos, es un destino imbatible: el pueblo más alto de los Pirineos, con nieve segura, esquí de buen nivel dentro de Grandvalira, compras a precios de ganga y una vida nocturna que no para. Para otros, es la cara menos amable de Andorra: un amasijo de bloques y neones sin encanto, ruidoso y volcado por completo al consumo, muy lejos de la imagen de pueblo alpino idílico.
Las dos visiones tienen su parte de razón, y ambas forman la identidad del lugar. Pas de la Casa es, sin complejos, un pueblo funcional nacido del esquí y del comercio, sin casco histórico ni pretensiones patrimoniales. Su público es sobre todo joven y festivo, y su economía depende de dos flujos: el de los esquiadores en invierno y el de los compradores franceses casi todo el año. En verano, en cambio, se vacía y se aquieta, mostrando que su vida está atada a la nieve y a las tiendas.
Aun así, quien mira más allá de las vitrinas encuentra un entorno de alta montaña extraordinario. A un paso del pueblo se abren caminatas a lagos glaciares como el de les Abelletes, el salvaje circo de Grau Roig, el imponente puerto de Envalira y la frontera con el Pirineo francés del Ariège. Pas de la Casa sigue siendo, en el fondo, lo que fue desde el principio: un paso fronterizo en el techo de los Pirineos. Solo que aquella única cabaña de pastores se convirtió, en poco más de un siglo, en el pueblo más alto y más comercial de Andorra, un símbolo perfecto de cómo la frontera hizo al país.