En el noroeste de Andorra, a un paso de la capital pero ya de lleno en la alta montaña, se abre el valle de La Massana, dominado por las cumbres más altas del país. Aquí se alza el Comapedrosa, que con sus 2.942 metros es el techo del Principado, y a su alrededor un anfiteatro de picos, valles glaciares y lagos que forman uno de los paisajes más imponentes de los Pirineos andorranos. Al pie de esas montañas se asentaron, desde la Edad Media, comunidades de pastores y agricultores que dieron vida a pueblos de piedra como La Massana, Pal, Arinsal, Sispony o Anyós.
Como en todo Andorra, la vida en estos valles fue durante siglos dura y austera: rebaños que subían en verano a los pastos altos del Comapedrosa, prados segados a mano, casas troncales de piedra y pizarra apiñadas contra el frío, y una economía de subsistencia. Pero La Massana tuvo, además, un recurso que marcó su historia: el hierro. Sus montañas guardaban mineral, y sus ríos y bosques daban la fuerza y el combustible para trabajarlo. Esa combinación convirtió al valle, como al vecino Ordino, en tierra de fargues, las ferrerías que fueron uno de los pocos motores industriales del país.
La historia política de La Massana es la de todo Andorra, uno de los Estados más singulares del planeta. La tradición atribuye el origen del país a Carlomagno, que según la leyenda liberó estos valles a cambio de ayuda contra los sarracenos —de ahí que el himno cante 'El gran Carlemany, mon pare'—, pero el documento fundacional real es el Paréage de 1278. Aquel pacto puso fin a la disputa entre el obispo de la Seu d'Urgell y el conde de Foix por el dominio de las Valls d'Andorra, estableciendo que ambos compartirían la soberanía en pie de igualdad. Nació así el coprincipado, el régimen de dos jefes de Estado —hoy el obispo de Urgell y el presidente de Francia— que Andorra conserva desde hace más de siete siglos.
Bajo ese régimen, las siete parroquias, La Massana entre ellas, se gobernaban con notable autonomía interna a través del Consell General de les Valls, uno de los parlamentos más antiguos de Europa. De aquellos siglos medievales, la parroquia conserva un patrimonio precioso repartido por sus pueblos: sobre todo Pal, uno de los conjuntos rurales mejor conservados del país, con su iglesia románica de Sant Climent (siglos XI-XII), que guarda murales góticos del siglo XVI. Las pequeñas iglesias de piedra, las bordes y las casas de labranza de La Massana son testimonio vivo de aquella Andorra rural y devota, apegada a la tierra y a la montaña.
Durante siglos, el hierro fue una de las escasas fuentes de riqueza de una Andorra pobre y aislada, y La Massana fue uno de sus escenarios. En las fargues —ferrerías o forjas— del país se fundía y trabajaba el mineral extraído de las montañas, aprovechando la fuerza del agua de los ríos para mover los mecanismos y el carbón de los abundantes bosques para alimentar los hornos. Era un trabajo duro y especializado, y el hierro andorrano, transportado a lomos de mulas por caminos imposibles, se vendía a un lado y otro de los Pirineos.
El mejor testimonio conservado de esa industria en La Massana es la Farga Rossell, una ferrería que funcionó en los siglos XIX y comienzos del XX y que hoy es un centro de interpretación del hierro. Restaurada y convertida en museo, muestra de forma didáctica —a veces con demostraciones en vivo— cómo era el proceso de producción del metal según el sistema de la 'farga catalana', y permite entender la importancia que esta actividad tuvo en la economía y la sociedad andorranas antes de la llegada del turismo. La Farga Rossell es, junto con la Ruta del Ferro del vecino valle de Ordino, una de las claves para comprender la Andorra preindustrial.
Con el tiempo, la siderurgia industrial europea hizo inviables estas pequeñas fargues de montaña, que fueron cerrando. El hierro dejó de sostener a los valles, y La Massana, como todo el país, tuvo que buscar un nuevo destino económico. Lo encontró, como el resto de Andorra, en las montañas: pero esta vez en la nieve.
Antes de la revolución del esquí, La Massana compartió con toda Andorra los rasgos que definieron al país durante generaciones: la neutralidad y el contrabando. Protegido por sus montañas y por su condición de microestado al margen de las grandes potencias, el Principado se mantuvo neutral en las guerras europeas, y esa neutralidad, sumada a una frontera pirenaica llena de pasos y senderos, convirtió a Andorra en una ruta clásica del contrabando: tabaco, alcohol, ganado y mercancías cruzaban de noche la cordillera esquivando los aranceles de Francia y España. El fenómeno se intensificó durante la Primera Guerra Mundial, la Guerra Civil española (1936-1939) y la Segunda Guerra Mundial, cuando el país neutral fue vía de paso de mercancías y de personas.
La gran transformación llegó en el siglo XX con el turismo, el esquí y el comercio libre de impuestos, que sacaron a Andorra de la pobreza en pocas décadas. La Massana desarrolló su dominio esquiable, Pal-Arinsal, integrado en Vallnord, y construyó la telecabina que sube desde el mismo pueblo a las pistas, convirtiéndose en una de las grandes bases de montaña del país, con la ventaja de estar a solo diez minutos de la capital. Las montañas que durante siglos habían sido un obstáculo para la vida se revelaron, cubiertas de nieve, como un tesoro.
En 1993, como todo Andorra, la parroquia vivió el salto a la modernidad política con la aprobación en referéndum de la primera Constitución del país, que convirtió el viejo coprincipado feudal en una democracia parlamentaria y llevó a Andorra a ingresar en la ONU ese mismo año.
La Massana actual es una síntesis feliz de sus dos herencias: la montaña y la tradición. Por un lado, es una de las grandes bases de deporte y naturaleza de Andorra. En invierno, el sector de Pal-Arinsal (Vallnord) atrae a esquiadores de todos los niveles, con más de 60 km de pistas. En verano, esas mismas montañas se transforman: el Bike Park de Vallnord se ha convertido en una referencia internacional del descenso en bicicleta —ha acogido pruebas de la Copa del Mundo de mountain bike— y el Parc Natural de les Valls del Comapedrosa ofrece la ascensión más emblemática del país, hasta el techo de Andorra, además de rutas más suaves entre lagos y refugios.
Por otro lado, la parroquia ha sabido conservar y poner en valor su patrimonio. El pueblo de Pal sigue siendo uno de los conjuntos rurales más bellos del país; las iglesias de Sant Climent y de Sant Iscle i Santa Victòria guardan siglos de arte sacro; y museos como el del Cómic y, sobre todo, la Farga Rossell mantienen viva la memoria del hierro y de la Andorra preindustrial. A ello se suma una vida de pueblo cómoda y bien equipada, a un paso de la capital.
De valle de pastores y de fargues a base de esquí y de alta montaña, La Massana ha recorrido el mismo camino que todo Andorra: el de un rincón pobre y aislado de los Pirineos que supo convertir sus montañas, primero en hierro y después en nieve y naturaleza, en su forma de vida. Y lo ha hecho sin perder del todo el rumor de aquellos pueblos de piedra tendidos al pie del Comapedrosa.