En el extremo oriental de Andorra, donde el valle del Valira d'Orient trepa hacia los grandes puertos que separan el Principado de Francia, se extiende Canillo, la más amplia de las siete parroquias del país y una de las más altas. Su pueblo cabecera se asienta a unos 1.500 metros de altitud, y su territorio abarca valles glaciares, bosques, cumbres de casi tres mil metros y algunos de los paisajes más impresionantes de los Pirineos andorranos, como la Vall d'Incles.
Como el resto de Andorra, Canillo fue durante siglos un mundo de pastores y agricultores de alta montaña que sobrevivían en condiciones durísimas: rebaños que subían a los pastos altos en verano, prados segados a mano, casas de piedra apiñadas contra el frío y bordes dispersas por los valles. La altitud y el aislamiento hacían la vida áspera, pero también forjaron una comunidad tenaz y profundamente religiosa, muy apegada a sus iglesias y a sus devociones. No es casualidad que Canillo se convirtiera en el corazón espiritual del país: aquí, en un altozano del valle, se venera desde la Edad Media a la que sería la patrona de toda la nación.
La historia política de Canillo es la de todo Andorra, uno de los Estados más singulares del mundo. La tradición atribuye el origen del país a Carlomagno, que según la leyenda liberó estos valles a cambio de ayuda contra los sarracenos —de ahí el verso del himno nacional, 'El gran Carlemany, mon pare'—, pero el documento fundacional real es el Paréage de 1278. Aquel pacto puso fin a la disputa entre el obispo de la Seu d'Urgell y el conde de Foix por el dominio de las Valls d'Andorra, estableciendo que ambos compartirían la soberanía en pie de igualdad. Así nació el coprincipado, el régimen de dos jefes de Estado —hoy el obispo de Urgell y el presidente de Francia— que Andorra conserva desde hace más de siete siglos.
De aquellos siglos medievales, Canillo guarda un patrimonio excepcional: sus iglesias románicas, joyas de un arte sacro que floreció incluso en estos valles remotos. La más célebre es Sant Joan de Caselles, construida entre los siglos XI y XII, con su elegante torre campanario de estilo lombardo y, en su interior, un magnífico Cristo en Majestad, representación de Cristo dentro de una mandorla rodeado de los símbolos de los evangelistas. Estas pequeñas iglesias de piedra, sembradas por todo el país, son el testimonio más hermoso de la Andorra medieval y una de sus grandes señas de identidad artística.
Si Canillo tiene un lugar en el corazón de todos los andorranos, es por Meritxell. La devoción a la Virgen de Meritxell hunde sus raíces en la Edad Media. La leyenda más difundida cuenta que, un día de invierno, unos vecinos que iban a misa encontraron una talla de la Virgen al pie de un rosal silvestre florecido en plena nieve —un prodigio, pues ninguna rosa debía florecer en esa época—. La llevaron a la iglesia, pero al día siguiente la imagen había vuelto milagrosamente al rosal; se repitió el portento, y se entendió como una señal de que la Virgen quería que allí se le levantara un santuario. Así nació el culto a Nuestra Señora de Meritxell, que fue creciendo hasta convertirse en la principal devoción del país.
La importancia de esa devoción quedó consagrada oficialmente en 1914, cuando la Virgen de Meritxell fue proclamada patrona principal de los Valles de Andorra, en tiempos del papa Pío X. Su fiesta, el 8 de septiembre, se convirtió en la gran jornada nacional andorrana, un día en que el país entero celebra a la vez su fe y su identidad. El viejo santuario, con su venerada talla románica —la más antigua de Andorra—, era el lugar sagrado por excelencia del Principado, meta de peregrinaciones y símbolo de la nación.
La historia de Meritxell tiene un capítulo trágico. En la noche del 8 al 9 de septiembre de 1972, pocas horas después de que el país celebrara la fiesta de la Virgen, un incendio devastador arrasó el santuario. Las llamas destruyeron el edificio y, con él, la talla románica original de la Virgen de Meritxell, la imagen más antigua y venerada del Principado, que se perdió para siempre. Fue un golpe emocional enorme para toda Andorra, que veía arder a la vez su lugar más sagrado y una parte irremplazable de su patrimonio.
La reconstrucción se convirtió en una cuestión de Estado, y se encargó a uno de los grandes arquitectos del momento, el catalán Ricardo Bofill. En lugar de reconstruir una copia del santuario perdido, Bofill optó por un proyecto audaz: levantar un santuario nuevo, moderno, que dialogara con las ruinas del antiguo y con el paisaje de montaña. El resultado, inaugurado en 1976, es un edificio de arcos, luz y líneas contemporáneas que evocan el románico sin imitarlo, integrado en el entorno y respetuoso con la memoria del lugar. En su interior se venera hoy una réplica de la talla románica destruida.
El reconocimiento culminó en 2014, cuando el papa Francisco elevó el santuario a la categoría de basílica menor, exactamente cien años después de la proclamación de la Virgen como patrona de Andorra. El santuario de Meritxell sigue siendo, renovado, el gran corazón espiritual del país.
Durante buena parte de su historia, Canillo fue un rincón pobre y aislado, que compartía con todo Andorra la economía de la ganadería, el tabaco y el contrabando por los pasos de montaña, favorecido por la neutralidad del país en las guerras europeas. Su altitud y su situación, cerca de la frontera francesa, la convirtieron en zona de paso de 'passadors' y mercancías, sobre todo durante la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial.
La gran transformación llegó en el siglo XX con el turismo y, muy especialmente, el esquí. Las montañas que durante siglos habían sido un obstáculo para la vida se revelaron como un tesoro: la nieve. Canillo se convirtió en una de las grandes puertas de Grandvalira, hoy el mayor dominio esquiable de los Pirineos, con más de 200 kilómetros de pistas, y desarrolló una potente oferta de montaña, deporte y ocio, con instalaciones como el Palau de Gel. En 1993, como todo el país, vivió el salto a la modernidad política con la aprobación de la primera Constitución de Andorra y el ingreso en la ONU.
Hoy Canillo combina como pocos lugares las dos almas de Andorra: la tradicional y la moderna. En pocos kilómetros conviven el santuario nacional de Meritxell y las iglesias románicas, testigos de siglos de fe y de historia, con las pistas de esquí, el Palau de Gel y el vertiginoso mirador del Roc del Quer, colgado sobre el vacío. De valle de pastores devotos a puerta de la mayor estación de los Pirineos, Canillo ha sabido guardar su corazón espiritual mientras se abría al mundo.