Mucho antes de que la plata cambiara su destino, el territorio del actual departamento de Potosí estuvo habitado por sociedades andinas de larga tradición. Repartidos por sus punas y quebradas se conservan más de trescientos sitios arqueológicos —pinturas rupestres como las de Betanzos y talleres líticos en Nor y Sur Lípez— que testimonian una presencia humana milenaria en uno de los altiplanos más fríos y elevados del continente.
Tras el ocaso de Tiwanaku, la región quedó organizada en señoríos aymaras como los charcas, los qara qara y los lípez, pueblos de pastores de llamas y agricultores de papa amarga y quinua adaptados a la altura extrema. En el siglo XV los incas incorporaron la zona al Collasuyo, la porción sur del Tahuantinsuyo, imponiendo el quechua como lengua administrativa. Esa herencia sigue viva: el quechua es hoy, con más de medio millón de hablantes, la lengua materna predominante del departamento, seguida por el aymara y, en menor medida, el guaraní.
La cosmovisión andina impregna aún la vida potosina, desde la veneración de la Pachamama y de los cerros tutelares hasta las challas y ofrendas que los mineros dedican al 'Tío' de la mina. Ese sustrato indígena, mezclado con lo español y lo africano llegado con la colonia, forjó una cultura de sincretismo profundo que se expresa en fiestas, música y gastronomía —platos como la kalapurka, la sopa de llullucha o las tradicionales salteñas— y que distingue a Potosí dentro del mosaico boliviano.
Pocos lugares cambiaron tanto la historia mundial como Potosí. En 1545, el hallazgo de plata en el Cerro Rico —atribuido por la tradición al indígena Diego Huallpa— dio origen a la Villa Imperial de Potosí, que en poco tiempo se convirtió en una de las ciudades más ricas y pobladas del planeta: a comienzos del siglo XVII rivalizaba en población con Londres o París y llegó a superar los ciento cincuenta mil habitantes. Su plata financió al Imperio español durante casi tres siglos, movió el comercio global —de Sevilla a Manila y China— y dio origen a la expresión 'vale un potosí' para nombrar algo de valor incalculable.
Ese esplendor tuvo un costo humano inmenso. La plata se extraía con el trabajo forzado de la mita, sistema que el virrey Francisco de Toledo institucionalizó a partir de 1572: cada año, miles de indígenas de un amplio radio de provincias eran conducidos a Potosí para trabajar en condiciones durísimas en las galerías del cerro y en los ingenios donde se refinaba el metal con mercurio traído de Huancavelica. Generaciones de mitayos y de esclavos africanos murieron por derrumbes, silicosis y envenenamiento con azogue.
Ese cerro cónico y perforado, con sus miles de bocaminas, sigue siendo el emblema de la ciudad y aún hoy es explotado por cooperativas mineras en condiciones penosas. El centro histórico de Potosí y su Cerro Rico fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987, reconocimiento a esa doble historia de riqueza barroca y explotación que define la identidad potosina. El departamento como tal fue constituido el 23 de enero de 1826 por decreto del mariscal Antonio José de Sucre, sobre la base de la antigua Intendencia de Potosí.
Para acuñar la plata del Cerro Rico, la corona levantó en Potosí una de las instituciones económicas más importantes de la América colonial: la Casa de la Moneda. La primera fábrica fue ordenada por el virrey Francisco de Toledo y construida entre 1572 y 1574; la segunda —el monumental edificio que hoy se conserva— fue diseñada por el arquitecto Salvador de Villa y erigida entre 1759 y 1773, con más de mil quinientos metros de fachada, cinco patios y cerca de doscientos ambientes que la convierten en una de las obras de arquitectura civil más grandes del continente.
De sus troqueles salió el famoso 'real de a ocho' o peso fuerte, la moneda de plata que se convirtió en el primer dinero de circulación verdaderamente global: viajó por Europa, África y Asia, sirvió de base al dólar y aún hoy se lo considera antecedente del sistema monetario moderno. Sobre uno de sus arcos, un enigmático mascarón barroco de rostro sonriente —conocido popularmente como la máscara de Baco o de Diego Huallpa— saluda al visitante con una expresión que se ha interpretado como sátira de la codicia de los conquistadores.
Hoy la Casa Nacional de Moneda es uno de los museos más ricos de Bolivia, con colecciones de pintura colonial, maquinaria de acuñación, mobiliario y platería que narran el auge y la caída de la economía de la plata. Junto a las numerosas iglesias barrocas de la ciudad —San Lorenzo de Carangas, San Francisco, la Compañía—, constituye el corazón del conjunto monumental que hace de Potosí un museo vivo del pasado minero americano.
Potosí también fue protagonista de la emancipación. El 10 de noviembre de 1810 estalló en la ciudad un levantamiento patriota que hoy se conmemora como efeméride departamental —el 'grito libertario' potosino—, sumando la Villa Imperial al ciclo revolucionario iniciado el año anterior en Chuquisaca y La Paz. Como todo el Alto Perú, la región vivió quince años de guerra hasta que la independencia se selló en la cercana batalla de Tumusla, el 1 de abril de 1825, librada en suelo potosino.
El golpe más doloroso del siglo XIX llegó con la Guerra del Pacífico (1879-1883). Aunque el litoral en disputa pertenecía a otra región, Potosí quedó marcado para siempre por la figura de Eduardo Avaroa, nacido en San Pedro de Atacama pero unido eternamente al departamento por la Reserva que lleva su nombre: el 23 de marzo de 1879, en el combate de Calama, Avaroa murió defendiendo el puente del Topáter con la frase '¿Rendirme yo? ¡Que se rinda su abuela, carajo!'. Su gesto lo convirtió en el mayor héroe cívico de Bolivia y en símbolo de la reivindicación marítima. Tras la derrota, en 1883 el departamento pasó a tener frontera directa con Chile.
El sur potosino guarda además una leyenda del Lejano Oeste: el 7 de noviembre de 1908, los bandidos norteamericanos Butch Cassidy y Sundance Kid habrían muerto en un tiroteo con la policía en el pueblo minero de San Vicente, cerrando allí, en pleno altiplano, una de las fugas más célebres de la historia del bandolerismo.
El sur del departamento alberga el paisaje más famoso de Bolivia: el Salar de Uyuni, el mayor desierto de sal del mundo, con más de diez mil kilómetros cuadrados de planicie blanca a unos 3.660 metros de altura, formado por la evaporación de antiguos lagos prehistóricos. En época de lluvias, una fina capa de agua lo convierte en un gigantesco espejo del cielo, uno de los espectáculos naturales más asombrosos del planeta y una de las imágenes más reproducidas del turismo sudamericano.
Bajo su costra de sal se esconde una de las mayores reservas de litio del mundo, el metal clave de las baterías y de la transición energética, hoy en el centro de la estrategia económica del país. El pueblo de Uyuni es la gran puerta de entrada al salar y a los tours en vehículos todoterreno, mientras que Tupiza, con sus quebradas rojizas, ofrece una entrada alternativa desde el sur. En medio del mar blanco, la Isla Incahuasi ('casa del inca') emerge cubierta de cactus gigantes centenarios, uno de los puntos más fotografiados del salar.
A la histórica minería de plata, estaño y antimonio se suman hoy yacimientos de plomo, zinc, bismuto, wólfram, litio y oro, que mantienen a Potosí como uno de los grandes departamentos mineros del país; su economía representa alrededor del seis por ciento del PIB nacional. Pero la memoria potosina también carga tragedias obreras del siglo XX, como la masacre de mineros de Catavi-Siglo XX perpetrada por tropas del gobierno el 24 de junio de 1967, durante la 'noche de San Juan', uno de los episodios más sangrientos de la larga historia sindical de la minería boliviana.
En el extremo suroeste, en la provincia de Sud Lípez, se extiende la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa, la más visitada del país y el gran final del circuito del Salar de Uyuni. Lleva el nombre del héroe caído en Calama y ocupa un altiplano desértico situado entre los 4.000 y casi 6.000 metros, con lagunas de colores como la Laguna Colorada —de intenso rojo por sus microorganismos y poblada por miles de flamencos— y la Laguna Verde, presidida por el cono perfecto del volcán Licancabur.
El paisaje se completa con géiseres y fumarolas humeantes como los de Sol de Mañana, aguas termales, y formaciones surrealistas como el Árbol de Piedra, esculpido por el viento en medio del desierto de Siloli. En sus salares y bofedales habitan vicuñas, vizcachas y las tres especies andinas de flamencos, en uno de los ecosistemas de altura más frágiles y espectaculares del planeta. Al norte del departamento, el Parque Nacional Torotoro —aunque se visita habitualmente desde Cochabamba— conserva huellas de dinosaurio, cañones y las cavernas de Umajalanta.
En la frontera sur con la Argentina, Villazón es uno de los principales pasos terrestres y centros comerciales de frontera del país, puerta de entrada de miles de viajeros que llegan a conocer el salar. Entre el peso abrumador de su historia minera y la belleza extrema de sus desiertos de altura, Potosí resume como pocos las dos caras de Bolivia: la del sacrificio humano que sostuvo un imperio y la de unos paisajes que hoy la proyectan al mundo.