Mucho antes de que existiera Belice, su territorio fue una de las regiones más densamente pobladas del mundo maya. Desde el Preclásico —hace más de tres mil años, entre el 2500 a.C. y el 250 d.C.— surgieron aldeas agrícolas en torno a los ríos y humedales, y con el tiempo florecieron grandes ciudades. En su apogeo, durante el período Clásico, la población maya del actual Belice pudo situarse entre 400.000 y un millón de personas, una densidad muy superior a la del país actual. En sitios como Cuello, en el norte, la arqueología ha documentado una de las secuencias agrícolas más antiguas de toda Mesoamérica.
Lamanai, a orillas del Río Nuevo, fue habitada de forma casi continua durante más de tres milenios —desde el siglo XVI a.C. hasta bien entrada la época colonial—, uno de los asentamientos mayas de más larga ocupación de toda Mesoamérica. En el oeste, Caracol llegó a ser una de las mayores urbes del período Clásico: se extendía sobre unos 200 km², más que la actual Ciudad de Belice, y en su apogeo pudo albergar entre 70.000 y 100.000 habitantes. En el año 562 d.C., bajo el señor Yajaw Te' K'inich II ('Lord Water'), Caracol derrotó a la poderosa Tikal en una 'guerra de estrellas', y en 631 su rey K'an II venció a Naranjo, consolidando una hegemonía regional que duró más de un siglo.
Esparcidos por todo el actual Belice quedan los restos de decenas de centros ceremoniales —Xunantunich, Altun Ha, Cahal Pech, Nim Li Punit, Lubaantun, Cerros— con sus pirámides, plazas, canchas de juego de pelota y estelas talladas. Los mayas de esta región dominaron el comercio de larga distancia por mar y ríos —jade, obsidiana, cacao, sal—, la agricultura de humedales y la astronomía. Hacia los siglos IX y X, el llamado 'colapso' del Clásico despobló muchas de estas ciudades —la última fecha inscrita en glifos dentro de Belice es del año 859, en la Estela 10 de Caracol—, pero los mayas nunca desaparecieron: comunidades como la de Lamanai seguían activas cuando llegaron los españoles, y los pueblos mayas mopán, q'eqchi' y yucateco son parte esencial del Belice de hoy.
En 1502, durante su cuarto viaje, Cristóbal Colón bordeó el golfo de Honduras sin desembarcar en estas costas. La conquista formal de Yucatán comenzó en 1527, pero el territorio del actual Belice quedó siempre en los márgenes del imperio español: su costa baja, pantanosa y sin oro ni plata resultaba poco atractiva, y los mayas la defendieron con tenacidad. Frente a la resistencia, la corona española reclamó la soberanía sobre el papel, pero nunca la ejerció de manera efectiva sobre el terreno.
Algunas comunidades mayas conservaron su autonomía durante generaciones. En Tipu, en el actual distrito de Cayo, los mayas mantuvieron una independencia relativa entre 1638 y 1695, resistiendo el control colonial pese a la presencia esporádica de frailes. En Lamanai, los españoles llegaron a levantar dos iglesias en el siglo XVI, pero una revuelta maya expulsó a los misioneros. Recién en 1697 España sometió a los itzáes del Petén, y en 1707 obligó a los habitantes de Tipu a reasentarse junto al lago Petén Itzá, en la actual Guatemala.
Ese vacío de poder efectivo —un territorio que España reclamaba pero no ocupaba— fue la grieta por la que se colaría, casi al mismo tiempo, otra potencia europea. A diferencia del resto de Centroamérica, aquí no habría encomiendas, ni ciudades coloniales españolas, ni un virreinato: el destino de Belice se escribiría en inglés, con hacha y madera.
Según la tradición, hacia 1638 marinos náufragos y bucaneros británicos comenzaron a establecerse en la desembocadura del río Belice; ese mismo año suele darse como fundación de 'Belize Town', sobre un pequeño caserío maya llamado Holzuz. Antes dedicados a asaltar los galeones españoles, estos hombres descubrieron que podían enriquecerse cortando y exportando palo de tinte (logwood, Haematoxylum campechianum), del que se extraía un tinte muy cotizado por la industria textil europea. Hacia finales de la década de 1710 se consolidó el primer asentamiento permanente, y en los cayos y la costa creció una comunidad de cortadores.
Estos colonos, conocidos como los Baymen, formaron una sociedad díscola y autónoma, sin gobierno formal ni límites claros. Desde 1738 empezaron a elegir magistrados para dirimir sus pleitos según el derecho común inglés, y en 1765 el almirante William Burnaby codificó esas reglas en el llamado 'Código de Burnaby'. La presencia británica se movía en un terreno legal ambiguo: por el Tratado de París de 1763 y la Convención de Londres de 1786, España toleraba el corte de madera pero conservaba la soberanía y prohibía fortificaciones y gobierno formal.
Cuando el mercado del palo de tinte se saturó y los precios cayeron, los Baymen volcaron su actividad hacia la caoba (mahogany), madera fina de enorme valor para muebles y construcción, que marcaría la economía beliceña durante casi dos siglos. A diferencia de las islas azucareras del Caribe, en Belice no hubo grandes plantaciones: la riqueza salía del bosque. Para talarlo y arrastrar los troncos hasta los ríos, donde se los hacía flotar hasta la costa, se importó mano de obra esclavizada africana, y esa peculiar economía forestal moldeó para siempre la sociedad del asentamiento.
La economía de la caoba se sostuvo sobre la esclavitud. La primera referencia a africanos esclavizados en el asentamiento data de 1724, cuando se los traía comprados sobre todo desde Jamaica y Bermudas. Hacia fines del siglo XVIII la población esclavizada rondaba las 2.300 personas y llegó a superar en número a los colonos blancos en una proporción cercana a veinte a uno. Su trabajo era distinto al de las plantaciones: en cuadrillas pequeñas, internados durante meses en la selva para cortar y arrastrar la caoba, con una autonomía de movimiento que en las islas azucareras habría sido impensable.
Esas condiciones particulares —el aislamiento en los campamentos, el manejo de armas para cazar y defenderse, la cercanía de la frontera con territorios españoles— alimentaron fugas, resistencias y varios alzamientos a lo largo del siglo XVIII. De la mezcla entre estos africanos, los Baymen británicos y otros grupos nació la población criolla (kriol) y su lengua, una de las señas de identidad más fuertes del país. La esclavitud se abolió formalmente en el Imperio británico con la ley de 1833, aplicada mediante un sistema de 'aprendizaje' que terminó en 1838.
La emancipación, sin embargo, no trajo igualdad. Los antiguos amos conservaron el control económico negando a los libertos el acceso a la tierra: la Ordenanza de Tierras de la Corona de 1872 creó 'reservas' para mayas y garífunas que, más que protegerlos, les impedían ser propietarios. Buena parte del suelo quedó en manos de grandes compañías, sobre todo la Belize Estate and Produce Company, que llegó a controlar cerca de la mitad de la tierra privada de la colonia. Esa concentración de la propiedad marcaría la economía beliceña hasta bien entrado el siglo XX.
España no renunció a sus reclamos sobre el territorio. En septiembre de 1798, el mariscal de campo Arturo O'Neill, gobernador de Yucatán, envió una gran flota para expulsar de una vez a los ingleses de la bahía. Los españoles reunieron una fuerza imponente —alrededor de 30 embarcaciones y unos 2.000 a 2.500 soldados y marineros—, muy superior en papel a la que podían oponerle los Baymen.
La defensa británica era modesta: apenas una docena de barcos pequeños —balandras, goletas y lanchas cañoneras—, coordinados por el balandro de guerra HMS Merlin al mando del capitán John Moss y el mayor Thomas Barrow. A su lado combatieron los propios Baymen y, de manera decisiva, cientos de africanos esclavizados que tomaron las armas para defender el asentamiento. Los combates se prolongaron del 3 al 10 de septiembre de 1798, con escaramuzas entre los bajíos y los cayos que los invasores no conocían.
El 10 de septiembre, tras poco más de dos horas de cañoneo, la flota española se retiró en desorden, diezmada además por la fiebre amarilla y las disputas internas. Aquel triunfo, conocido como la Batalla de St. George's Caye, puso fin al último intento español de controlar el territorio y consolidó la presencia británica. Hoy se conmemora cada 10 de septiembre como fiesta nacional —el St. George's Caye Day—, con desfiles que recuerdan tanto a los Baymen como a los esclavos que combatieron a su lado, en una jornada cargada de simbolismo sobre los orígenes del país.
A lo largo del siglo XIX, Gran Bretaña fue formalizando su dominio. En 1854 se dictó una primera constitución con una asamblea de miembros electos, y en 1862 el asentamiento se declaró oficialmente colonia de la corona con el nombre de Honduras Británica, subordinada al gobernador de Jamaica hasta 1884, cuando pasó a ser colonia autónoma. En 1871 adoptó el régimen de 'colonia de la corona', con un Consejo Legislativo controlado por Londres.
La población se diversificó de forma acelerada. A los criollos, ingleses y mayas se sumaron, a partir de 1848, los mestizos y mayas yucatecos que huían de la Guerra de Castas de Yucatán: entre 1848 y 1856 más de 10.000 refugiados cruzaron el Río Hondo y colonizaron el norte (Corozal y Orange Walk), dándole al país una fuerte impronta hispano-mexicana. Los garífunas —descendientes de africanos e indígenas caribes deportados de la isla de San Vicente— habían empezado a llegar desde Honduras hacia 1802 y poblaron la costa sur, sobre todo Dangriga. Más tarde llegarían menonitas de habla alemana (desde los años 50), chinos, indios y libaneses.
La frontera oeste seguía siendo tierra en disputa, y allí estallaron las últimas guerras mayas del país. El líder Marcos Canul, al frente de los mayas icaiché, atacó campamentos madereros y localidades del norte: en 1866 derrotó a tropas británicas en San Pedro, en 1870 ocupó Corozal y en 1872 lanzó un asalto final —fallido— contra Orange Walk Town, defendida desde los fuertes Mundy y Cairns. Fue el último gran embate maya contra la colonia. Poco después, mopanes y q'eqchi'es que huían del trabajo forzado en Guatemala se asentaron en el sur, en Toledo, bajo un sistema de gobierno indirecto con alcaldes electos que aún perdura.
La economía maderera entró en decadencia hacia comienzos del siglo XX, apenas aliviada por el auge del chicle —la resina del zapote con que se hacía la goma de mascar— entre las décadas de 1880 y 1920. La colonia dependía de la exportación de unos pocos productos y de la importación de casi todo lo demás, un esquema frágil que la Gran Depresión de los años 30 llevó al borde del colapso.
El 10 de septiembre de 1931 —irónicamente, el día de la fiesta nacional— un huracán devastador arrasó Belize Town: mató a más de 1.000 personas y destruyó buena parte de la capital. La respuesta colonial fue lenta y mezquina, y sobre la miseria se encendió el descontento social. En 1934, huelgas, marchas y disturbios liderados por Antonio Soberanis Gómez y su Asociación de Trabajadores y Desempleados marcaron el nacimiento de la política moderna en el país, con ataques directos al gobernador, a los grandes comerciantes y a la Belize Estate and Produce Company.
La presión obrera dio frutos: en 1941 se legalizaron los sindicatos y en 1943 se despenalizó el incumplimiento de contrato laboral, mientras crecía el General Workers' Union. El detonante final llegó en diciembre de 1949, cuando el gobernador devaluó el dólar de la Honduras Británica sin consultar a nadie. La indignación fue tal que unió a obreros, nacionalistas y a la clase media criolla en un 'People's Committee', del que surgiría, el 29 de septiembre de 1950, el People's United Party (PUP). Con apenas 822 votantes registrados en una población de más de 63.000 personas en 1945, quedaba claro que la vieja colonia necesitaba una transformación de raíz.
Al frente del nuevo movimiento nacionalista se puso George Cadle Price, que hacia 1952 emergió como líder indiscutido del PUP tras las victorias del partido en el concejo de la Ciudad de Belice. Price, de origen humilde y formación religiosa, encarnó como nadie el proyecto de un Belice independiente y multiétnico. En las primeras elecciones con sufragio universal de adultos alfabetizados, el 28 de abril de 1954, el PUP arrasó con el 66% de los votos y ocho de los nueve escaños electivos: la reforma constitucional se volvió inevitable.
El gran freno seguía siendo Guatemala. En 1963, Guatemala rompió las conversaciones y las relaciones diplomáticas con Gran Bretaña por el reclamo territorial, lo que hacía riesgosa cualquier independencia sin garantías de defensa. Aun así, el proceso avanzó: en enero de 1964 la colonia obtuvo el autogobierno interno, con George Price como primer ministro, aunque Londres retuvo la defensa, las relaciones exteriores y la seguridad. En 1973, en anticipación de la independencia, el país cambió oficialmente su nombre de Honduras Británica por el de Belice.
Price fue firme —'no cederemos ni un centímetro de Belice a Guatemala ni a nadie', declaró— y llevó el reclamo beliceño a los foros internacionales. Entre 1975 y 1981, Belice logró el respaldo del Movimiento de Países No Alineados, de países de la región como México, Cuba, Panamá y Nicaragua, y de la Asamblea General de la ONU, que en noviembre de 1980 exigió por amplia mayoría la independencia. Un último intento de acuerdo con Guatemala, los 'Heads of Agreement' del 11 de marzo de 1981, fracasó entre protestas violentas en Belice que dejaron cuatro muertos y llevaron a declarar el estado de emergencia. La independencia se decidió, finalmente, sin haber resuelto el conflicto.
El 21 de septiembre de 1981, en virtud del Belize Act aprobado por el Parlamento británico, Belice se independizó del Reino Unido. George Price se convirtió en el primer jefe de gobierno del nuevo país, que adoptó una monarquía parlamentaria dentro de la Commonwealth, con la corona británica como jefa de Estado representada por un gobernador general. Fue admitido en la ONU pocos días después.
La independencia llegó sin resolver el reclamo guatemalteco. Guatemala no reconoció al nuevo país y, para disuadir cualquier amenaza, tropas británicas permanecieron estacionadas en Belice durante años como garantía de seguridad. Esa 'sombra guatemalteca' condicionó los primeros tiempos de la joven nación, que debió construir sus instituciones sabiendo que un vecino mucho mayor cuestionaba su propia existencia.
La vida democrática se afianzó pronto con la alternancia entre los dos grandes partidos. En 1984, el United Democratic Party (UDP) de Manuel Esquivel ganó las elecciones y desalojó por primera vez al PUP del poder; Price regresaría en 1989. En 1992, el presidente de Guatemala reconoció formalmente la independencia de Belice, y entre 1993 y 1994 el grueso de las tropas británicas se retiró, dejando solo un contingente de entrenamiento. La transferencia pacífica del poder entre partidos rivales se consolidó como una de las mayores fortalezas del país.
El reclamo guatemalteco tiene raíces en el Tratado Wyke-Aycinena de 1859, por el cual Guatemala reconoció la soberanía británica sobre el territorio y se fijó la frontera occidental. El conflicto nació de su Artículo 7, que preveía construir una vía de comunicación —una carretera o camino— entre la ciudad de Guatemala y la costa atlántica cerca de Belice. Cada parte interpretó de modo distinto quién debía pagarla, la obra nunca se hizo y, con el tiempo, Guatemala sostuvo que el tratado había quedado incumplido y que por lo tanto la cesión de territorio no era válida.
Con los años, Guatemala endureció su posición: llegó a reclamar todo Belice y, más tarde, la porción al sur del río Sibún, unos 12.000 km², más de la mitad del país. El diferendo mantuvo militarizada la frontera y bloqueó durante décadas el reconocimiento pleno del vecino. A partir del año 2000, con mediación de la Organización de Estados Americanos (OEA), ambos países acordaron medidas de confianza y una 'zona de adyacencia' de un kilómetro a cada lado de la línea fronteriza para evitar incidentes.
Finalmente, ambos gobiernos aceptaron llevar la disputa a la Corte Internacional de Justicia de La Haya, previa consulta a sus pueblos. En el referéndum de Guatemala (15 de abril de 2018), casi el 96% de los votantes apoyó acudir a la Corte; en el de Belice (8 de mayo de 2019), lo aprobó el 55,4%. La Corte asumió jurisdicción en junio de 2019, recibió los alegatos escritos de ambas partes y en noviembre de 2025 comenzaron las audiencias orales. Se trata del capítulo más reciente —y quizás decisivo— de un conflicto que ha acompañado a Belice desde antes de nacer como país.
El Belice independiente es un país joven, democrático y profundamente diverso. Poco más de 400.000 habitantes conviven en un mosaico étnico único en la región: criollos, mestizos, mayas, garífunas, menonitas, chinos e indios, con el inglés como lengua oficial y el kriol, el español y las lenguas mayas y garífuna ampliamente hablados. Esa mezcla se expresa en su música —del punta garífuna al brukdown criollo—, en su cocina y en sus fiestas, y convierte a un territorio pequeño en una de las sociedades más plurales de América.
La gran transformación de las últimas décadas fue el turismo, que fue reemplazando a la caña de azúcar, los cítricos y el banano como principal motor económico. El imán es la naturaleza: la Barrera de Arrecife de Belice, la mayor del hemisferio occidental y Patrimonio Mundial de la Unesco desde 1996, con maravillas como el Gran Agujero Azul; sus atolones e islas de arena; y una selva que cubre buena parte del país y protege jaguares, tapires, monos aulladores y las ruinas mayas. Belice ha hecho de la conservación una política de Estado, con una amplia red de parques, reservas y santuarios que resguarda una porción muy grande de su territorio.
Cayos como Ambergris y Caulker, la costa garífuna del sur, las cavernas y ciudades mayas del oeste y las aldeas indígenas de Toledo hacen de este pequeño país caribeño uno de los grandes destinos de ecoturismo y buceo del mundo. Con el diferendo guatemalteco encaminado ante la justicia internacional, Belice afronta el futuro apoyado en aquello que lo hizo singular desde el principio: una historia que ningún vecino comparte y una naturaleza que pocos países del planeta pueden igualar.