El sur de Belice fue territorio maya y lo sigue siendo. Toledo es el distrito con mayor presencia de comunidades mayas vivas —mopán y q'eqchi'— y el único del país donde las lenguas mayas son habladas por una mayoría de la población, cerca del 60% según el censo de 2022. Su herencia arqueológica es notable. Lubaantun ('lugar de las piedras caídas'), a unos 42 km al noroeste de Punta Gorda, floreció durante el Clásico Tardío, entre las décadas de 730 y 890 d.C., y se distingue por sus estructuras de grandes bloques de pizarra negra encastrados en seco, sin argamasa, con esquinas redondeadas y sin templos permanentes en la cima. Fue un gran centro productor de cacao y de comercio de sal con la costa.
Lubaantun cargó fama mundial por un motivo dudoso: allí dijo hallar la expedición de Frederick Mitchell-Hedges, en los años 20, la célebre 'calavera de cristal', aunque hoy se sabe que la pieza fue en realidad comprada en una subasta de Sotheby's en 1943 y es considerada una falsificación europea. El sitio fue excavado con rigor por T.A. Joyce para el Museo Británico entre 1926 y 1927, y luego por Norman Hammond entre 1970 y 1973, que descubrió una tumba familiar con quince individuos.
Cerca se alzan otros centros. Nim Li Punit ('sombrero grande', en q'eqchi', por el tocado de un rey esculpido) prosperó del siglo V al VIII y es célebre por su colección de estelas talladas, una de las más altas del mundo maya; en 2015 el arqueólogo Geoffrey Braswell halló allí una tumba real con un gran pendiente de jade cubierto de jeroglíficos. Uxbenka ('el lugar antiguo'), sobre una colina junto a Santa Cruz, es la polis más temprana del distrito, con ocupación desde el Clásico Temprano (hacia 250-500 d.C.) y siete estelas, una con la fecha más antigua registrada en el sur beliceño.
Aunque Lubaantun y Nim Li Punit han recibido más atención, hay pocas dudas de que Pusilhá, en el extremo suroeste del distrito junto a la frontera con Guatemala, fue la ciudad más grande y políticamente dominante de la región durante buena parte del período Clásico. Allí los arqueólogos han documentado más de veinte estelas, altares zoomorfos y una cerámica que revela vínculos estrechos con dos grandes capitales vecinas: Copán, en Honduras, y Quiriguá, en Guatemala. Pusilhá tuvo incluso su propio glifo emblema, señal de que fue asiento de una dinastía real reconocida por sus pares.
Estos hallazgos dibujan un sur beliceño plenamente integrado a las redes de poder y comercio del mundo maya clásico, y no un simple confín. La abundancia de obsidiana en Nim Li Punit —el doble que en Lubaantun— y las conexiones con la costa para el intercambio de sal y cacao confirman que estas ciudades participaban de un tráfico de larga distancia que unía las tierras altas de Guatemala, el Caribe y el valle del Motagua.
Como en el resto de Mesoamérica, el llamado colapso del Clásico despobló estas urbes hacia el siglo IX o X, y la selva las cubrió por completo. Pero los mayas del sur nunca desaparecieron: sus descendientes, junto a nuevas oleadas de mopanes y q'eqchi'es llegados siglos después desde Guatemala, mantienen viva en Toledo una cultura maya que en pocos lugares de Centroamérica se percibe con tanta fuerza.
La capital del distrito, Punta Gorda ('PG' para los beliceños), es la ciudad más austral del país, un tranquilo puerto sobre el golfo de Honduras conectado por barco con Puerto Barrios (Guatemala) y con Honduras. Nació como una pequeña aldea de pescadores y dio un salto con la llegada de emigrantes garífunas desde Honduras hacia 1823 —que la llaman 'Peini'—; fue declarada oficialmente pueblo el 21 de enero de 1895. Su población es un mosaico de garífunas, criollos, mayas mopán y q'eqchi', mestizos y descendientes de inmigrantes de las Indias Orientales (East Indians), lo que la convierte en una de las localidades más diversas de Belice.
A esa mezcla se sumó, curiosamente, un grupo de colonos confederados que emigraron desde el sur de Estados Unidos tras la Guerra Civil. Entre 1866 y 1870, unos 7.000 sureños abandonaron los antiguos Estados Confederados rumbo a Brasil, México y Belice; en 1868, sesenta y seis de ellos fundaron el llamado Toledo Settlement, al sureste del distrito. Allí desmontaron la selva y levantaron dieciséis fincas de caña de azúcar, y hacia 1890, en su apogeo, unos sesenta estadounidenses y doscientos trabajadores producían unas 600 toneladas de azúcar en doce estancias.
Cuando a comienzos del siglo XX el azúcar americano no pudo competir con la remolacha europea, los confederados abandonaron la colonia y la zona quedó dominada por los descendientes de los trabajadores contratados de las Indias Orientales, traídos como mano de obra para la caña. Esa transición del paisaje —de confederado a indio oriental— es una de las páginas más singulares de la historia beliceña, y explica la fuerte comunidad East Indian que aún vive en el distrito.
El distrito se pobló y desarrolló más tarde que el resto del país, y durante mucho tiempo estuvo aislado por la falta de caminos, lo que preservó su carácter rural, indígena y auténtico. Más de treinta aldeas mayas se reparten hoy por la selva y las colinas de Toledo, cada una gobernada por un alcalde electo —una figura de origen colonial que se conserva solo aquí— y un consejo de aldea, encargados de organizar la vida comunitaria, mediar en los conflictos y regular el uso de la tierra según la costumbre.
Ese sistema de alcaldes fue la columna vertebral de una larga batalla legal por el reconocimiento de la propiedad comunal maya. Tras décadas de litigio impulsado por la Toledo Alcaldes Association y la Maya Leaders Alliance, en abril de 2015 la Corte de Justicia del Caribe (Caribbean Court of Justice) reafirmó que las 38 comunidades q'eqchi' y mopán del sur tienen derechos sobre las tierras que han usado y ocupado tradicionalmente, y que esos derechos consuetudinarios constituyen 'propiedad' protegida por la Constitución beliceña. Fue un fallo histórico para los pueblos indígenas de toda la región.
La vida en estas comunidades gira en torno a la agricultura de milpa —maíz, frijol y arroz—, la caza, la pesca de río y las artesanías, con una fuerte pervivencia de la lengua, la vestimenta y la cosmovisión mayas. Para el visitante, muchas aldeas ofrecen programas de estadía en casas de familia (homestays) que han hecho de Toledo un referente del turismo comunitario y de base local en Belice.
Toledo se ha convertido en el corazón del renacer chocolatero de Belice, un país que reivindica ser una de las 'cunas del chocolate' por la antigüedad del cultivo del cacao entre los mayas. El motor de esa historia moderna es la Asociación de Productores de Cacao de Toledo (Toledo Cacao Growers Association, TCGA), nacida a mediados de los años 80 al calor de un proyecto de Hershey que buscaba reactivar la producción. Cuando los precios del cacao se derrumbaron a comienzos de los 90 y Hershey abandonó el proyecto, los agricultores mayas quedaron a la deriva.
El rescate llegó desde el Reino Unido. En 1994, la empresa Green & Black's lanzó su barra 'Maya Gold' —la primera barra de chocolate con sello Fairtrade del mundo—, elaborada específicamente para mostrar los sabores del cacao de Toledo, con el apoyo de la Fairtrade Foundation y del Departamento de Desarrollo Internacional británico. Todo el cacao de la asociación, además, es certificado orgánico, y se cultiva a la sombra de la selva en pequeñas parcelas familiares. La TCGA llegó a agrupar a más de mil productores de la región.
Ese cacao sostiene hoy a muchas familias mayas y se celebra cada mayo en el Festival del Cacao (Chocolate Festival of Belize), en Punta Gorda, con degustaciones, música garífuna y maya, y demostraciones del proceso tradicional del grano al chocolate. El cultivo dio también a Toledo una marca propia —la del 'chocolate más antiguo del mundo'— que atrae a un turismo curioso por conocer el origen de un producto milenario.
Toledo es el distrito más lluvioso y selvático de Belice: bajo un clima de selva tropical húmeda (Köppen Af), sobre las laderas de barlovento de las montañas Maya, alberga la única selva tropical verdadera del país. Al menos siete ríos importantes lo drenan desde la sierra hacia el Caribe, entre ellos el Sarstoon —que marca la frontera sur con Guatemala— y el Temash. En sus tierras se extienden algunas de las áreas protegidas más ricas de Belice: el Parque Nacional Sarstoon-Temash, el más austral del país, creado en 1994 sobre bosques, humedales y manglares; y la Reserva Natural de Bladen, uno de los núcleos de mayor biodiversidad del Corredor Biológico Mesoamericano.
En la costa, la Reserva Marina de Port Honduras —establecida en enero de 2000, con unas 100.000 acres de manglares, pastos marinos y más de un centenar de cayos— protege una franja rica en peces, manatíes y tortugas. Aldeas como Monkey River, en la desembocadura del río homónimo, son puntos de partida para safaris fluviales en busca de monos aulladores, cocodrilos y aves entre la selva y los manglares.
El sur también guarda el alma garífuna de Toledo. Barranco, la aldea costera más austral del país y cuna del célebre músico de punta rock Andy Palacio, es el mayor centro garífuna del distrito, un pueblo de menos de 150 habitantes donde perviven la lengua, los tambores y las tradiciones afrocaribeñas. Estadías en aldeas mayas y garífunas, senderismo, cavernas y ecoturismo de bajo impacto hacen de Toledo el destino ideal para quienes buscan el Belice más profundo, verde y menos transitado.