Como toda Escandinavia, el territorio sueco quedó bajo una gruesa capa de hielo durante la última glaciación. Al retirarse el hielo, hace unos 11.000 a 12.000 años, los primeros cazadores-recolectores fueron avanzando desde el sur siguiendo a los renos y a la caza. El peso del hielo había hundido la tierra, que desde entonces se eleva lentamente —un fenómeno, la isostasia, que aún hoy hace emerger costa nueva en el golfo de Botnia—. Sobre ese suelo joven se sucedieron la Edad de Piedra, la del Bronce —con sus grabados rupestres, como los de Tanum en Bohuslän, hoy Patrimonio Mundial— y la del Hierro, cuando fueron consolidándose las sociedades agrarias que darían origen a los suecos.
Hacia el final de la Edad del Hierro, el país se organizaba en torno a dos grandes núcleos: los svear, en torno al lago Mälaren y la región de Svealand, y los götar, más al sur, en Götaland. Del nombre de los svear —el "reino de los suecos", Svea rike, que da el actual Sverige— saldría con el tiempo el del país. La tradición fija el corazón del poder pagano en Gamla Uppsala, la Vieja Uppsala, donde tres enormes túmulos reales del siglo VI todavía dominan la llanura y donde, según el cronista alemán Adán de Bremen a fines del siglo XI, se alzaba un célebre templo dedicado a Odín, Thor y Frey, en el que cada nueve años se celebraban grandes sacrificios de hombres y animales.
Ese relato de Adán de Bremen debe leerse con cautela: era un clérigo cristiano que escribía sobre un culto pagano que quería combatir, y la arqueología no ha confirmado un templo monumental como el que describe, aunque sí un gran recinto de culto. Lo que no ofrece dudas es la centralidad sagrada y política de Gamla Uppsala en la Suecia precristiana. Allí se coronaba y se enterraba a los reyes, y allí se celebraba el thing, la asamblea de hombres libres. De aquel mundo de campesinos guerreros, dioses del Valhalla y navegantes del Báltico saldrían los vikingos suecos.
Mientras los vikingos noruegos y daneses miraban al oeste —a las islas Británicas, Islandia y América—, los vikingos suecos miraron sobre todo al este. Desde las costas del Mälaren y del Báltico, estos navegantes y comerciantes, llamados varegos por los griegos y bizantinos, remontaron los grandes ríos de la actual Rusia y Ucrania —el Volga, el Dniéper— en busca de plata, seda, esclavos y pieles. Fundaron o dominaron centros comerciales, y de ellos habla la Crónica de Néstor cuando cuenta que hacia el año 862 el caudillo Rúrik y los suyos, los rus, fueron llamados a gobernar entre los eslavos. De ese nombre, rus, derivaría según la teoría más aceptada el de Rusia, aunque el asunto sigue siendo objeto de un viejo y encendido debate historiográfico, sobre todo en la propia Rusia.
Los varegos alcanzaron Constantinopla —que llamaban Miklagard, la "gran ciudad"— y sirvieron a los emperadores bizantinos en la célebre Guardia Varega, el cuerpo de élite escandinavo del emperador. Sus rutas de comercio llegaban hasta el califato de Bagdad, y las decenas de miles de monedas árabes de plata halladas en suelo sueco —muchas en la isla de Gotland— prueban la magnitud de aquel tráfico. Por toda Suecia quedaron además miles de piedras rúnicas, las inscripciones grabadas en memoria de los que partían: muchas recuerdan a hombres muertos "en el este", en Gardarike (Rusia), en Serkland (las tierras musulmanas) o al servicio de Bizancio.
El gran emporio de la era fue Birka, en la isla de Björkö, en el lago Mälaren: la primera ciudad propiamente dicha de Suecia, un centro comercial internacional activo entre los siglos VIII y X, donde en el año 829 predicó el monje Ansgar, el "apóstol del Norte", en el primer intento de cristianizar a los suecos. Birka, hoy Patrimonio Mundial junto con la vecina Hovgården, fue abandonada hacia el año 970, y su papel lo heredó Sigtuna. Aquel mundo abierto al Báltico y a los ríos del este marcó para siempre la orientación de Suecia.
La unificación de Suecia fue un proceso lento y mal documentado. Durante los siglos XI y XII, los reyes fueron imponiendo su autoridad sobre svear y götar, pero el reino siguió siendo durante mucho tiempo una monarquía electiva y débil, disputada entre linajes rivales —las casas de Sverker y de Erik se alternaron en el trono en guerras sangrientas—. La cristianización acompañó y sostuvo ese proceso: aunque Ansgar había predicado ya en el siglo IX, el paganismo resistió con fuerza, sobre todo en torno a Uppsala, y no fue hasta finales del siglo XI y el XII cuando el cristianismo se impuso definitivamente. El rey Erik IX, muerto en 1160 y venerado luego como San Erik, patrono de Suecia, quedó ligado a esa cristianización y a las primeras cruzadas contra los paganos de Finlandia, que Suecia iría incorporando a su corona durante siglos.
En el siglo XIII, la figura decisiva fue Birger Jarl, un poderoso regente que gobernó de hecho el reino y al que la tradición atribuye la fundación de Estocolmo hacia 1252, en un islote estratégico que cerraba el paso entre el Báltico y el lago Mälaren. La ubicación —fácil de defender y perfecta para controlar el comercio— hizo prosperar rápidamente a la nueva ciudad, que en torno al actual Gamla Stan, el casco antiguo sobre la isla, se convirtió en el principal puerto del reino y, con el tiempo, en su capital. Birger Jarl impulsó también leyes que protegían la paz en el hogar, en la iglesia, en el thing y entre mujeres, un paso hacia un Estado de derecho incipiente.
A lo largo de la Baja Edad Media, Suecia se dotó de instituciones más sólidas: una ley común para todo el reino (la Magnus Erikssons landslag, del siglo XIV), una Iglesia organizada con su arzobispado en Uppsala y una economía en la que pesaban el hierro y, sobre todo, el cobre de la mina de Falun, en Dalarna. La sociedad sueca conservó, más que otras de Europa, una amplia capa de campesinos libres y propietarios, que tenían voz en las asambleas y que, llegado el caso, sabían tomar las armas. Esa tradición de campesinado libre y combativo dejaría su marca en toda la historia posterior del país.
En 1397, en el castillo de Kalmar, la enérgica reina Margarita de Dinamarca articuló la Unión de Kalmar, que reunió bajo un solo monarca los tres reinos escandinavos: Dinamarca, Suecia y Noruega. Sobre el papel, era la mayor potencia del norte de Europa; en la práctica, fue un siglo de tensiones permanentes. Buena parte de la nobleza y del campesinado sueco desconfiaba del predominio danés, y una y otra vez se alzó contra los reyes de la unión. La rebelión más célebre fue la de Engelbrekt Engelbrektsson, un noble minero de Dalarna que en la década de 1430 encabezó un levantamiento popular contra el rey Erico de Pomerania y convocó lo que suele considerarse el primer Riksdag, la primera asamblea representativa de Suecia. La unión sobrevivió a duras penas, sostenida por regentes suecos de la casa Sture que gobernaban de hecho al margen del rey danés.
El desenlace llegó con violencia. En 1520, el rey danés Cristián II invadió Suecia, derrotó y mató al regente Sten Sture el Joven y se hizo coronar en Estocolmo. Pocos días después, entre el 8 y el 9 de noviembre de 1520, ordenó ejecutar en la plaza mayor de la ciudad, el Stortorget, a unas ochenta o noventa personas —obispos, nobles y burgueses partidarios de los Sture— en lo que pasó a la historia como el Baño de Sangre de Estocolmo (Stockholms blodbad). La matanza, lejos de asegurar el poder danés, encendió una insurrección general.
Entre los que habían perdido a su padre en la matanza estaba un joven noble, Gustav Eriksson Vasa. Huyendo hacia Dalarna, logró levantar a los campesinos —el episodio de su fuga con esquís está en el origen de la actual carrera del Vasaloppet— y encabezó una guerra de liberación que expulsó a los daneses. El 6 de junio de 1523, el Riksdag reunido en Strängnäs lo eligió rey de Suecia con el nombre de Gustavo I. Ese día —hoy fiesta nacional de Suecia— marca a la vez el fin de la Unión de Kalmar y el nacimiento del Estado sueco moderno e independiente.
El reinado de Gustavo Vasa (1523-1560) refundó Suecia. Su primera gran decisión fue romper con Roma. En el Riksdag de Västerås de 1527, aprovechando el impulso de la Reforma protestante que recorría Europa, el rey obtuvo la confiscación de los bienes de la Iglesia católica —que poseía enormes propiedades— y puso a la Iglesia bajo el control de la corona. Suecia se hizo así luterana, en un proceso dirigido desde arriba, por razones tanto religiosas como, sobre todo, financieras y políticas: los bienes eclesiásticos llenaron las arcas reales y quebraron el poder de un rival. La Biblia se tradujo al sueco, y esa traducción contribuyó a fijar la lengua nacional escrita.
Gustavo Vasa fue un gobernante duro, astuto y a menudo brutal, que aplastó sin miramientos las rebeliones campesinas —incluso las de sus antiguos aliados de Dalarna, que se sintieron traicionados por los nuevos impuestos y el cierre de las viejas costumbres religiosas—. Centralizó la administración, ordenó la hacienda, fomentó la minería del hierro y el cobre y construyó un ejército y una flota permanentes. En 1544, en el mismo Riksdag de Västerås, hizo aprobar que la corona dejara de ser electiva y pasara a ser hereditaria en su familia, la casa Vasa. Fue una revolución silenciosa: el reino dejaba de estar a merced de las elecciones nobiliarias y se convertía en una monarquía dinástica estable.
De aquella refundación salió un Estado sólido, con una Iglesia nacional al servicio de la corona, una burocracia en formación y unas finanzas saneadas: los cimientos sobre los que sus hijos y nietos levantarían, en el siglo siguiente, un imperio. Gustavo Vasa quedó fijado en la memoria sueca como el padre de la patria, el hombre que devolvió al país su independencia y le dio Estado. Con él, Suecia entró de lleno en la Edad Moderna.
Durante poco más de un siglo, Suecia fue una de las grandes potencias militares de Europa. La Stormaktstiden —la "Era de la Gran Potencia"— la protagonizó primero Gustavo II Adolfo (rey de 1611 a 1632), uno de los mayores estrategas de su tiempo, que modernizó el ejército con artillería móvil y tácticas nuevas. En 1630 intervino en la Guerra de los Treinta Años del lado protestante, arrasó el norte de Alemania y salvó la causa luterana, pero cayó en la batalla de Lützen, en 1632. Su canciller Axel Oxenstierna, uno de los grandes hombres de Estado del siglo, sostuvo la política durante la minoría de edad de la reina Cristina y organizó una administración modélica.
Suecia salió de la Guerra de los Treinta Años, con la Paz de Westfalia de 1648, convertida en potencia dominante del Báltico, dueña de posesiones en el norte de Alemania. A ello sumó, en las décadas siguientes, la conquista de las provincias danesas del sur —Escania, Halland, Blekinge, Bohuslän— arrancadas a Dinamarca en la Paz de Roskilde de 1658, la más humillante que Copenhague firmaría jamás. El Báltico se había convertido en un "lago sueco": el imperio abarcaba la actual Finlandia, Estonia, Letonia, franjas de Alemania y Polonia, y las tierras del sur peninsular. Fue también la época de la reina Cristina, culta y excéntrica, que asombró a Europa al abdicar en 1654, convertirse al catolicismo y marcharse a Roma.
Ese imperio, sin embargo, era frágil: descansaba en un país pobre y poco poblado —apenas un millón y medio de habitantes en la Suecia propiamente dicha— que solo podía sostener sus ejércitos exprimiendo a sus campesinos y a sus provincias. Los ingresos del cobre de Falun y del hierro, y un sistema de reclutamiento y de asignación de soldados a las granjas (el indelningsverk), permitieron mantener la maquinaria bélica. Pero bastaría una gran guerra desafortunada para que todo el edificio se viniera abajo, y esa guerra llegaría con el nuevo siglo.
En 1697 subió al trono, con quince años, Carlos XII (Karl XII), un rey guerrero, austero y obstinado que pasaría casi todo su reinado a caballo, en campaña. Apenas coronado, en 1700, una coalición de Dinamarca, Sajonia-Polonia y la Rusia de Pedro el Grande atacó al imperio sueco en lo que sería la Gran Guerra del Norte. El joven rey respondió con una serie de victorias fulgurantes: sacó a Dinamarca de la guerra, aplastó a un ejército ruso muy superior en la batalla de Narva, en 1700, y derrotó y destronó al rey de Polonia. Durante años pareció invencible.
El punto de inflexión fue su decisión de invadir Rusia. Adentrándose en un territorio inmenso, el ejército sueco quedó a merced de la táctica rusa de tierra quemada y de un invierno atroz. El 28 de junio (8 de julio) de 1709, en la batalla de Poltava, en la actual Ucrania, Pedro el Grande destrozó al agotado ejército de Carlos XII. Fue una de las batallas decisivas de la historia europea: marcó el fin de Suecia como gran potencia y el ascenso de Rusia. El rey escapó a duras penas y pasó años exiliado en el Imperio otomano antes de regresar. Murió en 1718, de un disparo en la cabeza, durante el sitio de una fortaleza noruega, en circunstancias que aún se discuten: hay quien sospecha que fue asesinado por los suyos, hartos de una guerra interminable.
Con la Paz de Nystad de 1721, Suecia cedió a Rusia sus provincias bálticas —Estonia, Livonia, Ingria— y buena parte del sureste de Finlandia. El imperio del Báltico se había esfumado. El país quedó exhausto, empobrecido y desangrado por décadas de guerra. La muerte de Carlos XII y la derrota total pusieron fin a la Era de la Gran Potencia y abrieron una etapa completamente distinta: la nobleza y el Parlamento, hartos del absolutismo real que había llevado al desastre, arrebataron el poder a la corona.
El desastre de Carlos XII abrió la llamada Frihetstiden, la "Era de la Libertad" (1718-1772), un largo periodo en que el poder pasó del rey al Riksdag y a los partidos —los "Sombreros" y los "Gorros"—, en un régimen parlamentario pionero, aunque también corrupto y sometido a las intrigas de las potencias extranjeras. Fue una época de notable florecimiento científico y cultural: el botánico Carl von Linné (Linneo), que ideó en Uppsala el sistema de clasificación de los seres vivos que aún usamos; el astrónomo Anders Celsius, creador de la escala de temperatura; y una vida intelectual intensa. En 1766, Suecia aprobó una de las primeras leyes de libertad de prensa del mundo.
La Era de la Libertad terminó en 1772, cuando el rey Gustavo III dio un golpe de Estado y restauró el poder de la corona. Culto, ilustrado y amante del teatro y las artes —fundó la Academia Sueca, que hoy concede el Nobel de Literatura, y la Real Ópera—, Gustavo III fue también un monarca cada vez más autoritario, lo que le granjeó el odio de parte de la nobleza. En 1792 fue asesinado de un disparo durante un baile de máscaras en la Ópera de Estocolmo, un episodio que inspiraría óperas y dramas en toda Europa.
El golpe final al viejo orden llegó en 1808-1809. En el marco de las guerras napoleónicas, Rusia —entonces aliada de Francia— invadió Finlandia, que era parte integral del reino sueco desde la Edad Media. Suecia fue derrotada y, por el Tratado de Fredrikshamn de 1809, tuvo que ceder toda Finlandia al zar, que la convirtió en un Gran Ducado autónomo. La pérdida fue traumática: Suecia perdió de golpe un tercio de su territorio y una cuarta parte de su población, y quedó reducida más o menos a sus fronteras actuales. La conmoción provocó una revolución interna: el rey Gustavo IV Adolfo, culpado del desastre, fue derrocado en 1809, y ese mismo año se aprobó una nueva Constitución que repartía el poder entre la corona y el Riksdag y que, con reformas, seguiría vigente hasta 1974.
Tras la caída de Gustavo IV Adolfo, Suecia necesitaba un heredero, y su elección resultó de lo más insólito: en 1810, el Riksdag ofreció el trono a un mariscal de Napoleón, Jean-Baptiste Bernadotte, un abogado gascón convertido en general de la Revolución francesa. Adoptado por el anciano rey sueco, Bernadotte tomó el nombre de Carlos Juan (Karl Johan) y se convirtió pronto en el hombre fuerte del país. Contra lo que cabía esperar, no ató a Suecia al carro de Napoleón: por el contrario, se alió con las potencias que combatían a Francia. Como compensación por la pérdida de Finlandia, obtuvo que Noruega —hasta entonces unida a Dinamarca— pasara a Suecia. Tras una breve campaña en 1814, Noruega quedó ligada a la corona sueca en una unión personal que duraría hasta 1905.
La campaña de 1814 contra Noruega fue la última guerra que Suecia ha librado. Desde entonces —más de dos siglos— el país no ha vuelto a entrar en una guerra, un récord casi único en Europa. Bernadotte, coronado como Carlos XIV Juan en 1818, fundó la dinastía que todavía reina en Suecia: el actual rey, Carlos XVI Gustavo, es su descendiente directo. La monarquía se volvió progresivamente constitucional y simbólica.
El siglo XIX sueco fue, tras siglos de guerras, un siglo de paz, de reformas y de transformación lenta. Se abolieron viejos privilegios, se reformó el Riksdag —en 1866 se sustituyó la vieja dieta de cuatro estamentos por un parlamento bicameral—, se construyeron ferrocarriles y canales (como el Göta, que cruza el país de mar a mar) y se sentaron las bases de la educación pública. Pero Suecia seguía siendo, en el fondo, un país pobre y agrario, de inviernos largos y tierras difíciles, del que muy pronto empezarían a huir cientos de miles de personas en busca de una vida mejor al otro lado del Atlántico.
Entre mediados del siglo XIX y las primeras décadas del XX, Suecia se transformó de raíz. El país era pobre: malas cosechas, como las hambrunas de finales de la década de 1860, empujaron a familias enteras a emigrar. Entre 1850 y 1930, alrededor de 1,3 millones de suecos —de una población que rondaba los cinco millones— abandonaron el país, la inmensa mayoría rumbo a Estados Unidos, donde se asentaron sobre todo en el Medio Oeste, en Minnesota, Wisconsin e Illinois. Aquella epopeya, retratada por el escritor Vilhelm Moberg en su ciclo de novelas Los emigrantes, dejó una huella profunda en la memoria nacional; el Museo de la Emigración de Växjö conserva su recuerdo.
Al mismo tiempo, y en parte como respuesta a esa miseria, arrancó la industrialización. Suecia contaba con tres recursos decisivos: el hierro de alta calidad del norte, la madera de sus inmensos bosques y la energía de sus ríos. Sobre ellos se levantó una industria moderna, alimentada por una notable tradición de inventores e ingenieros: Alfred Nobel, que inventó la dinamita y amasó una fortuna que legó a los premios que llevan su nombre; Lars Magnus Ericsson en la telefonía; los fundadores de empresas como ASEA, SKF, o más tarde Volvo (1927) y Electrolux. La construcción del ferrocarril del mineral hacia el norte permitió explotar los yacimientos de hierro de Laponia y exportarlos por el puerto noruego de Narvik.
La industrialización trajo también una clase obrera y un poderoso movimiento sindical y político. En 1889 se fundó el Partido Socialdemócrata (SAP) y en 1898 la central sindical LO. Las luchas por el sufragio y por mejores condiciones fueron duras —la gran huelga general de 1909, la matanza de obreros en Ådalen en 1931, cuando el ejército disparó contra una manifestación y mató a cinco personas—, pero fueron abriendo paso a reformas. El sufragio universal masculino y femenino se alcanzó en 1918-1921. En 1932, el Partido Socialdemócrata llegó al poder, e iba a conservarlo, casi sin interrupción, durante más de cuarenta años: empezaba la Suecia moderna.
Suecia se mantuvo neutral en las dos guerras mundiales, aunque su neutralidad fue objeto de crítica y de debate. En la Primera Guerra Mundial logró quedar al margen. En la Segunda, rodeada por una Noruega y una Dinamarca ocupadas por la Alemania nazi y por una Finlandia en guerra con la URSS, la neutralidad fue más ambigua e incómoda: Suecia siguió vendiendo a Alemania el hierro que su industria de guerra necesitaba y permitió, en 1940-1943, el tránsito de tropas alemanas por su territorio hacia Noruega y Finlandia, concesiones que hoy se juzgan con severidad. Al mismo tiempo, acogió a decenas de miles de refugiados —entre ellos casi todos los judíos daneses, salvados en 1943—, y diplomáticos suecos como Raoul Wallenberg salvaron en Budapest a miles de judíos húngaros de la deportación. Wallenberg fue detenido por los soviéticos en 1945 y desapareció en el Gulag, en uno de los grandes enigmas de la posguerra.
El gran relato del siglo XX sueco, sin embargo, es interno: la construcción del folkhemmet, el "hogar del pueblo". La expresión, popularizada en 1928 por el líder socialdemócrata Per Albin Hansson, resumía la idea de una sociedad-hogar en la que nadie quedara desamparado. Sobre la base de un pacto entre sindicatos y patronal —el histórico acuerdo de Saltsjöbaden de 1938, que institucionalizó la negociación en lugar del conflicto—, los sucesivos gobiernos socialdemócratas construyeron uno de los Estados de bienestar más avanzados del mundo: pensiones universales, sanidad y educación públicas, seguro de desempleo, viviendas, guarderías y una política de igualdad. Todo ello financiado con impuestos altos y sostenido por una economía industrial exportadora muy competitiva.
Ese "modelo sueco" —capitalismo próspero más Estado de bienestar generoso, en un país neutral y estable— hizo de Suecia un referente admirado en todo el mundo durante la Guerra Fría, una suposta "tercera vía" entre el capitalismo liberal y el comunismo. Suecia se volvió sinónimo de bienestar, diseño, igualdad de género y solidaridad internacional. Su figura política más internacional, el primer ministro Olof Palme, encarnó ese país progresista y crítico con las grandes potencias, hasta que fue asesinado a tiros en plena calle de Estocolmo en febrero de 1986, un crimen que conmocionó al país y que, tras décadas de investigación, sigue sin estar resuelto de manera concluyente.
El norte de Suecia es, desde tiempos inmemoriales, tierra de los sami, el único pueblo indígena reconocido de la Unión Europea, cuyo territorio, el Sápmi, se extiende sin coincidir con ninguna frontera por el norte de Suecia, Noruega, Finlandia y Rusia. Durante siglos, los sami vivieron de la pesca, la caza y, sobre todo, del pastoreo del reno, en largas migraciones estacionales. El Estado sueco fue extendiendo poco a poco su control sobre el Sápmi: cristianización forzada que persiguió el culto tradicional y los tambores chamánicos, colonización de tierras, minería y ferrocarriles que fragmentaron las rutas de los renos. La lengua y la cultura sami quedaron relegadas y estigmatizadas.
La política sueca hacia los sami tuvo capítulos especialmente oscuros. Bajo el lema "lapp ska vara lapp" —"el lapón debe seguir siendo lapón"—, el Estado impuso a comienzos del siglo XX un sistema paternalista que confinaba a los sami del reno a escuelas segregadas y nómadas de calidad inferior, con el argumento de "protegerlos" de la civilización manteniéndolos en su supuesto estado natural. Aún más grave fue el papel de la biología racial: en 1922 se fundó en Uppsala el Instituto Estatal de Biología Racial, el primero de su clase financiado por un Estado, que catalogó, midió y fotografió a los sami como una "raza inferior", en investigaciones que incluyeron la profanación de tumbas y la medición de cráneos. Aquellas teorías sirvieron para justificar discriminaciones y, entre las décadas de 1920 y 1930, los tvångsförflyttningar, los traslados forzosos de familias sami del norte hacia el sur cuando Suecia cedió territorio a Noruega, que rompieron comunidades enteras.
El reconocimiento llegó tarde y aún no está cerrado. En 1993 se inauguró el Sametinget, el Parlamento Sami de Suecia, un órgano representativo con competencias limitadas. En 2020, un fallo histórico del Tribunal Supremo (el caso Girjas) reconoció a una comunidad sami derechos exclusivos sobre la caza y la pesca en sus tierras tradicionales, en contra del Estado. Y en 2021 el gobierno puso en marcha una Comisión de la Verdad para investigar los abusos históricos contra los sami, siguiendo el ejemplo de Noruega. La minería y los parques eólicos en el Sápmi siguen generando hoy conflictos con el pastoreo del reno. La historia de los sami —silenciada durante generaciones— es una parte imprescindible, y todavía incómoda, del relato nacional sueco.