Gotemburgo (Göteborg) nació de una necesidad estratégica. Durante siglos, Suecia apenas tuvo salida al mar del Norte y al Atlántico: los daneses controlaban las dos orillas del estrecho de Öresund y cobraban peaje a todo el que pasaba. En 1621, el rey Gustavo II Adolfo fundó por carta real Gotemburgo, en la desembocadura del río Göta, para dar a Suecia un gran puerto atlántico propio, a salvo de los peajes daneses, en la estrecha franja de costa que le quedaba entre las posesiones danesas y noruegas.
Para levantar la ciudad en un terreno pantanoso, la corona recurrió a los mejores ingenieros hidráulicos de la época: los holandeses. Gotemburgo se trazó según el modelo neerlandés, con una red de canales rectilíneos y una cuadrícula regular, al estilo de la Batavia (Yakarta) o la Nueva Ámsterdam (Nueva York) que los holandeses fundaban por entonces. Su primer consejo municipal reflejaba ese origen cosmopolita: lo componían diez holandeses, siete suecos y un escocés. De aquellos canales y de aquella traza holandesa vive todavía el centro histórico de la ciudad.
Gotemburgo se convirtió así en la gran puerta occidental de Suecia, mirando al mar del Norte y al mundo atlántico, en contraste con la Estocolmo del Báltico. Fortificada frente a Dinamarca, poblada por inmigrantes de media Europa, la ciudad tuvo desde el principio un carácter comercial, abierto y algo aparte del resto del país, con su humor propio y su fuerte identidad. Esa vocación de puerto abierto al océano marcaría toda su historia.
El gran salto de Gotemburgo llegó en el siglo XVIII con la Compañía Sueca de las Indias Orientales (Svenska Ostindiska Companiet), fundada en 1731 y con sede en la ciudad. Durante más de ochenta años, sus grandes veleros —los llamados East-Indiamen— zarparon de Gotemburgo rumbo a Cantón, en China, en travesías que duraban más de un año, para volver cargados de té, seda, porcelana y especias que se subastaban en la ciudad con enormes beneficios y se revendían por toda Europa.
Aquel comercio con Oriente transformó a Gotemburgo de plaza fortificada en próspera ciudad de mercaderes. Las fortunas de los grandes comerciantes llenaron la ciudad de palacetes y financiaron instituciones culturales; el edificio de la propia Compañía alberga hoy el Museo de la Ciudad. El té chino, en particular, se puso de moda en toda Escandinavia gracias a estas travesías. La aventura terminó a comienzos del siglo XIX, cuando las guerras y la competencia hundieron el negocio, pero dejó a Gotemburgo una vocación mercantil e internacional que nunca perdió.
Ese pasado sigue muy vivo: entre 1995 y 2005 se construyó en la ciudad una réplica navegable de uno de aquellos veleros, el Götheborg, hundido en 1745 justo al llegar de vuelta a su puerto de origen. El nuevo Götheborg ha repetido la ruta hacia China, uniendo simbólicamente el presente de la ciudad con su edad de oro comercial. Gotemburgo mantuvo su condición de gran puerto: hoy es el mayor de Escandinavia, y de sus astilleros y su tradición marinera salió también buena parte de la Suecia industrial del siglo XX.
Al norte de Gotemburgo se extiende Bohuslän, una costa de granito rosado pulido por el hielo, islas peladas, calas y pueblos de pescadores de casitas blancas. Esta provincia perteneció a Noruega y luego a Dinamarca-Noruega hasta 1658, cuando pasó a Suecia con la Paz de Roskilde, junto con Escania, Halland y Blekinge. Su historia, por eso, mira tanto al vecino occidental como a Suecia, y conserva un fuerte carácter propio.
La vida de Bohuslän giró durante siglos en torno al arenque. En ciclos irregulares, enormes bancos de este pescado se acercaban a la costa —los llamados sillperioder, "periodos del arenque"—, y cuando lo hacían, desataban auténticas fiebres económicas: se llenaban los puertos, se levantaban fábricas de salazón y de aceite de pescado, y llegaba dinero y gente de todas partes. Cuando el arenque desaparecía, a veces durante décadas, la ruina volvía. Ese vaivén marcó la historia social de la costa. Más tarde, en el siglo XIX y XX, florecieron las conserveras: buena parte de las latas de sardinas y arenque de Escandinavia salían de estos pueblos.
El otro gran recurso fue la piedra. El granito de Bohuslän, de excelente calidad, se explotó intensamente a finales del siglo XIX y principios del XX; con él se pavimentaron y construyeron ciudades de media Europa, y su extracción atrajo a canteros y dio origen a un combativo movimiento obrero local. Hoy Bohuslän es sobre todo un destino de veraneo —pueblos como Fjällbacka, Smögen o Grebbestad—, célebre por su marisco, sus langostas y sus ostras, y por unos paisajes de roca y mar que atraen a navegantes y bañistas de toda Escandinavia. También guarda, en Tanum, unos extraordinarios grabados rupestres de la Edad del Bronce, Patrimonio de la Humanidad.
En una isla de la costa de Bohuslän se alza Marstrand, uno de los pueblos con más historia del litoral oeste. Dominándolo desde lo alto está la fortaleza de Carlsten, una imponente ciudadela de piedra que Suecia empezó a construir en el siglo XVII, tras conquistar la región a Dinamarca-Noruega, para defender esta costa fronteriza. Carlsten funcionó durante mucho tiempo como prisión: allí cumplieron condena presos condenados a trabajos forzados, entre ellos el más famoso de los bandidos suecos, Lars Andersson, apodado "Lasse-Maja", célebre por disfrazarse de mujer para cometer sus robos, cuya leyenda aún se cuenta en la fortaleza.
Marstrand vivió también, como todo Bohuslän, del arenque: durante los grandes periodos de pesca del siglo XVIII fue un puerto bullicioso y rico. Para atraer comercio, la corona sueca llegó a convertirla en puerto franco, con libertad de religión y de aduanas, lo que atrajo a comerciantes de toda condición, incluidos judíos que fundaron aquí una de las primeras comunidades de Suecia. Cuando el arenque desapareció, la prosperidad se apagó.
En el siglo XIX, Marstrand se reinventó como elegante balneario y centro de la vela. La familia real y la alta sociedad sueca la eligieron como lugar de veraneo, y el rey Óscar II la puso de moda. Desde entonces, Marstrand es sinónimo de deporte náutico: acoge regatas internacionales y es uno de los grandes centros de la vela en Escandinavia. Con sus casas de madera, su fortaleza y su puerto lleno de veleros, encarna el paso de la vieja costa de pescadores a la costa de ocio y veraneo que es hoy Bohuslän.
Gotemburgo fue uno de los motores de la industrialización sueca. Su puerto, el mayor del país, y sus astilleros la convirtieron en el siglo XIX y XX en una gran ciudad obrera e industrial. Los astilleros de Gotemburgo —Götaverken, Eriksberg, Lindholmen— llegaron a estar entre los mayores del mundo en la construcción naval, hasta que la crisis del sector, en los años setenta y ochenta, los cerró y obligó a la ciudad a reinventarse hacia los servicios, la tecnología y la investigación.
De Gotemburgo salió la empresa más internacional de Suecia: Volvo, fundada allí en 1927, que convirtió a la ciudad en la capital sueca del automóvil y en sinónimo mundial de seguridad e ingeniería. Junto con SKF —el gigante de los rodamientos, también gotemburgués— y otras firmas, Volvo hizo de la ciudad un centro industrial de primer orden. La transformación posterior, con la reconversión de los viejos astilleros de la orilla norte del río en un moderno distrito de universidades y empresas tecnológicas, es un ejemplo de cómo la ciudad supo pasar del hierro y el acero al conocimiento.
Gotemburgo fue, además, la gran puerta de salida de la emigración sueca a América. Desde su puerto zarparon cientos de miles de emigrantes que, entre 1850 y 1930, cruzaron el Atlántico rumbo a Estados Unidos huyendo de la pobreza. Muchos embarcaban primero hacia Inglaterra para tomar allí los grandes transatlánticos; el muelle de donde partían, en el corazón de la ciudad, era el último pedazo de Suecia que veían. Ese pasado de puerto de emigrantes, junto con su historia de comercio con Oriente y de industria pesada, hace de Gotemburgo la ciudad más volcada al mar y al mundo de toda Suecia.
Frente a Gotemburgo se despliega su propio archipiélago, dividido en dos mitades: el archipiélago sur, formado por islas habitadas y sin coches como Styrsö, Brännö, Vrångö o Donsö, y el archipiélago norte, algo más agreste. A diferencia del de Estocolmo, es un archipiélago urbano y accesible: desde el centro de la ciudad, un tranvía y un ferry llevan en menos de una hora a islas donde no circulan automóviles y donde la vida se mueve en bicicleta, a pie o en pequeñas embarcaciones.
Estas islas fueron durante siglos comunidades de pescadores, con sus puertos, sus barcas y sus casitas de madera, muchas de ellas ligadas a la pesca del arenque y del marisco de la costa oeste. Algunas, como Vinga —con su faro, asociado al poeta y cantautor Evert Taube, que nació allí—, guardan la memoria marinera de la región. Otras conservaron un uso militar hasta hace pocas décadas, cuando defendían la entrada al puerto de Gotemburgo.
Hoy el archipiélago de Gotemburgo es el gran pulmón de ocio de la ciudad: sus habitantes escapan a las islas los fines de semana y en verano para bañarse en las rocas de granito, comer mariscos recién pescados y disfrutar del mar sin el bullicio del turismo masivo. La ausencia de coches, las casas de madera y los muelles de pescadores conservan el ambiente tranquilo de la vieja costa oeste, a un paso de una de las mayores ciudades de Escandinavia. Es una de las mejores maneras de entender la relación íntima de Gotemburgo, y de Suecia entera, con el mar.