Antes de que existiera Suecia como reino, el poder sagrado y político de los svear se concentraba en Gamla Uppsala, la Vieja Uppsala, unos kilómetros al norte de la ciudad actual. Allí se levantan todavía tres enormes túmulos reales —los Kungshögar— de mediados del siglo VI, bajo los que se enterró a reyes de la legendaria dinastía Yngling con sus armas y objetos preciosos. En torno a ellos se extendía un vasto paisaje ritual con largas hileras de piedras, edificios de banquetes y lugares de asamblea: el centro de un reino incipiente.
Gamla Uppsala fue, según las fuentes medievales, la sede del gran templo pagano de Suecia. El cronista alemán Adán de Bremen escribió hacia 1075 que allí se veneraba a Odín, Thor y Frey en un templo cubierto de oro, y que cada nueve años se celebraba un sacrificio en el que se colgaban de un bosque sagrado los cuerpos de hombres y animales. Los historiadores discuten cuánto hay de real y cuánto de propaganda cristiana en ese relato, pero la arqueología confirma la importancia religiosa del lugar. Aquí resistió el paganismo cuando el resto de Escandinavia ya se cristianizaba.
Con la conversión, el centro sagrado pagano se transformó en centro cristiano: sobre el antiguo emplazamiento del culto se levantó una iglesia, y Uppsala se convirtió en sede del arzobispado de Suecia. Gamla Uppsala pasó así de capital de los dioses nórdicos a cabeza de la Iglesia sueca, en una continuidad de poder sagrado que atraviesa toda la historia temprana del país y que hace de esta llanura de túmulos uno de los lugares más cargados de memoria de Escandinavia.
La Uppsala moderna creció a la sombra de su condición de capital religiosa. Su catedral gótica —la Domkyrka, consagrada en 1435— es la mayor de Escandinavia, con sus dos torres de casi 119 metros, y en ella reposan reyes como Gustavo Vasa, el botánico Linneo y el místico Emanuel Swedenborg. Sede del arzobispado, Uppsala fue durante siglos el centro espiritual del país, y sigue siendo la primada de la Iglesia de Suecia.
En 1477 se fundó allí la Universidad de Uppsala, la más antigua de Suecia y de toda Escandinavia. Tras un declive, resurgió con fuerza en los siglos XVII y XVIII y se convirtió en uno de los grandes centros científicos de Europa. Allí enseñó Carl von Linné —Linneo—, el naturalista que en el siglo XVIII creó el sistema binomial para clasificar plantas y animales, aún vigente; su jardín botánico y su casa se conservan como museo. Allí trabajó también Anders Celsius, el astrónomo que ideó la escala de temperatura que lleva su nombre. Uppsala fue, y sigue siendo, una ciudad universitaria por excelencia, con sus estudiantes, sus n~aciones estudiantiles y sus tradiciones centenarias, como la celebración de la Valborg, la noche de Walpurgis del 30 de abril.
El castillo de Uppsala, mandado construir por Gustavo Vasa en el siglo XVI sobre una colina que domina la ciudad, recuerda que Uppsala fue también escenario del poder real: allí abdicó la reina Cristina en 1654. Ciudad de reyes, arzobispos y sabios, Uppsala condensa como pocas la historia religiosa, política y científica de Suecia, a apenas una hora de la capital.
El lago Mälaren, que se adentra en Svealand desde el Báltico, fue en la era vikinga una gran autopista de agua. En una de sus islas, Björkö, floreció Birka, considerada la primera ciudad de Suecia: un emporio comercial internacional activo entre los siglos VIII y X, donde se cruzaban mercaderes del Báltico, de Rusia, del mundo árabe y de Europa occidental. En sus tumbas se han hallado sedas de Bizancio, monedas de plata árabes y objetos de medio mundo conocido, prueba del alcance de las rutas comerciales varegas.
Birka tiene también un lugar en la historia religiosa: en el año 829, el monje Ansgar, enviado desde el imperio franco, predicó allí el cristianismo por primera vez entre los suecos, en un intento que apenas prendió pero que le valió el título de "apóstol del Norte". La ciudad fue abandonada hacia el año 970, quizá por el descenso del nivel del agua que dificultó la navegación, y su papel comercial lo heredó la vecina Sigtuna, aún hoy una de las localidades más antiguas de Suecia.
En la misma isla, frente a Birka, se hallaba Hovgården, una finca real que controlaba el comercio del Mälaren. El conjunto de Birka y Hovgården fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco como testimonio excepcional de las redes comerciales vikingas. Todo el entorno del Mälaren está sembrado, además, de piedras rúnicas y de yacimientos de la época, lo que convierte a esta región en un enorme museo al aire libre del mundo vikingo del que salió, en buena medida, la propia Suecia.
Estocolmo nació de la geografía. En el punto exacto donde el lago Mälaren desagua en el Báltico, un puñado de islotes cerraba el paso entre el agua dulce y la salada, un lugar ideal para controlar el comercio y defenderse. Allí, hacia 1252, el regente Birger Jarl fortificó un islote y fundó la ciudad, cuyo nombre —Stockholm, el "islote de los troncos"— alude quizá a las empalizadas de madera de sus orillas. Sobre ese islote se levanta hoy Gamla Stan, el casco antiguo, un laberinto de callejuelas medievales, casas de fachadas ocres y plazas como el Stortorget, la más antigua de la ciudad.
Estocolmo creció como puerto y plaza comercial, muy ligada en la Baja Edad Media a los mercaderes alemanes de la Liga Hanseática, que dejaron su huella en la lengua y la arquitectura. Fue ganando peso frente a las viejas capitales de Sigtuna y Uppsala hasta convertirse, con la consolidación del reino, en la capital efectiva de Suecia. En su plaza mayor se consumó, en 1520, el Baño de Sangre de Estocolmo, la matanza que precipitó el fin de la Unión de Kalmar.
Con el auge imperial del siglo XVII, Estocolmo se llenó de palacios y se afirmó como centro político del reino báltico. El actual Palacio Real, uno de los mayores de Europa, se levantó en el siglo XVIII tras un incendio que destruyó el castillo medieval de Tre Kronor. Repartida sobre catorce islas unidas por puentes, entre el lago y el mar, Estocolmo —a veces llamada "la Venecia del Norte"— es hoy una capital de agua, diseño y museos, entre ellos el Vasa, que alberga el colosal navío de guerra que se hundió en su propio puerto en 1628 y que fue rescatado casi intacto tres siglos después.
Dos símbolos condensan la Estocolmo de las grandes épocas. Uno es el buque de guerra Vasa: botado en 1628 como orgullo de la armada imperial de Gustavo II Adolfo, se hundió a los pocos minutos de zarpar en su viaje inaugural, en pleno puerto de Estocolmo, por un defecto de estabilidad. Permaneció más de trescientos años en el fango del fondo, que lo conservó de manera excepcional, hasta que fue reflotado en 1961. Hoy, en el Museo Vasa —el más visitado de Escandinavia—, se exhibe casi entero, una ventana única a la Suecia de la Gran Potencia y a su ambición naval.
El otro símbolo es el Premio Nobel. El químico e industrial Alfred Nobel, inventor de la dinamita y una de las grandes fortunas de la Suecia industrial, dejó al morir en 1896 su patrimonio para instituir los premios que llevan su nombre. Desde 1901, cada 10 de diciembre —aniversario de su muerte— se entregan en Estocolmo los Nobel de Física, Química, Medicina, Literatura y Economía, en una solemne ceremonia en el Konserthuset seguida de un banquete en el Ayuntamiento, el Stadshuset, cuyo célebre Salón Dorado es una de las estampas de la ciudad. Solo el Nobel de la Paz se concede fuera, en Oslo.
En el siglo XX, Estocolmo se convirtió en el escaparate del modelo sueco: capital del diseño, del Estado de bienestar y de la modernidad escandinava. También fue escenario de su mayor trauma político reciente: el 28 de febrero de 1986, el primer ministro Olof Palme fue asesinado a tiros en la esquina de las calles Sveavägen y Tunnelgatan, cuando volvía a pie del cine con su esposa. El crimen, nunca resuelto de forma concluyente, marcó el fin de una época de inocencia para el país. Hoy Estocolmo combina su casco medieval, sus palacios imperiales y su imagen de capital limpia, verde y a la vanguardia del diseño.
Frente a la capital se abre uno de los archipiélagos más grandes del mundo: unas 30.000 islas, islotes y arrecifes que se dispersan por el Báltico a lo largo de decenas de kilómetros, desde el interior urbano hasta el mar abierto. Durante siglos, ese laberinto de agua y roca fue ante todo una barrera defensiva natural para Estocolmo. Para protegerla, la corona levantó fortalezas como la de Vaxholm, que desde el siglo XVI vigilaba el principal canal de acceso a la capital y frenó más de una vez a las flotas enemigas.
El archipiélago fue también, durante generaciones, tierra de pescadores, prácticos y campesinos que vivían de un medio duro, dispersos en casitas de madera roja. La revolución del vapor, en el siglo XIX, lo transformó: los barcos de vapor —los ångbåtar, como el histórico Blidösund— conectaron las islas con la ciudad y pusieron el archipiélago al alcance de los habitantes de Estocolmo. Empezó entonces la era del veraneo: la burguesía de la capital construyó villas de madera en las islas, y la costumbre de pasar el verano "i skärgården", en el archipiélago, se volvió un rasgo central de la cultura sueca.
Ese mundo de islas, muelles y casitas rojas inspiró a artistas y escritores —el dramaturgo August Strindberg lo retrató en sus novelas—, y sigue siendo hoy el gran refugio estival de los estocolmenses. Islas como Sandhamn, Grinda, Utö o Fjäderholmarna reciben a viajeros que recorren el archipiélago en ferry entre baños en el Báltico, marisco y largos atardeceres. Es la Suecia del allemansrätten, el "derecho de todos" a moverse libremente por la naturaleza, y del culto al verano corto y luminoso del norte.