Dalarna, la región de los valles y los lagos en el centro de Suecia, ocupa un lugar especial en la historia y el imaginario del país. Fue tierra de campesinos libres y de mineros, gente independiente y combativa que no conoció la servidumbre y que tenía voz en sus asambleas. De esa tradición de autonomía salió, en la década de 1430, la gran rebelión de Engelbrekt Engelbrektsson, un caudillo minero de Dalarna que encabezó un levantamiento popular contra los impuestos y los administradores del rey de la Unión de Kalmar, y que convocó lo que suele considerarse la primera asamblea representativa de Suecia. Engelbrekt, asesinado en 1436, quedó como un héroe de la libertad sueca.
Un siglo después, Dalarna volvió a ser decisiva. En el invierno de 1520-1521, tras el Baño de Sangre de Estocolmo, el joven noble Gustav Eriksson Vasa llegó fugitivo a estas tierras buscando apoyo para rebelarse contra el rey danés Cristián II. Al principio, los campesinos de Dalarna dudaron y Gustav, desanimado, emprendió la huida hacia Noruega. Pero los dalecarlianos cambiaron de idea, enviaron a sus mejores esquiadores a alcanzarlo y lo trajeron de vuelta para ponerse a su frente. Con ellos comenzó la guerra de liberación que llevaría a Gustav Vasa al trono en 1523 y fundaría la Suecia moderna.
Aquella cabalgada sobre la nieve quedó grabada en la memoria nacional y es el origen del Vasaloppet, la mayor carrera de esquí de fondo del mundo, que desde 1922 se corre cada año a lo largo de 90 kilómetros entre Sälen y Mora, recorriendo a la inversa el camino de la fuga de Gustav Vasa. Por su papel en estos episodios fundacionales, Dalarna se convirtió con el tiempo en una especie de "provincia del corazón" de Suecia, símbolo de la libertad campesina y del espíritu nacional.
En el corazón de Dalarna está Falun y su mina de cobre, la Falu Gruva, uno de los lugares más importantes de la historia económica de Suecia y de Europa. Explotada desde al menos el siglo IX y en plena actividad durante toda la Edad Media y la Edad Moderna, la "Gran Montaña de Cobre" (Stora Kopparberget) llegó a producir en el siglo XVII cerca de dos tercios del cobre del mundo. La compañía que la gestionaba, Stora Kopparberg, está considerada una de las empresas más antiguas del mundo con actividad continuada.
Ese cobre fue, literalmente, el que financió el imperio sueco. Las guerras de Gustavo Adolfo y de sus sucesores, los ejércitos que combatieron en la Guerra de los Treinta Años, la maquinaria de la Era de la Gran Potencia se pagaron en buena parte con las exportaciones de cobre de Falun. La mina era una explotación colosal y peligrosa: en 1687 su enorme cavidad central se desplomó y formó el gigantesco cráter que aún hoy asombra al visitante. Falun, con su mina y su paisaje minero, es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.
De Falun salió también uno de los rasgos más reconocibles de Suecia: el falu rödfärg, el rojo de Falun. Este pigmento rojo oscuro, subproducto de la mina, se convirtió desde el siglo XVI en la pintura con que se cubrían —y se siguen cubriendo— las casas de madera de todo el país. Ese rojo intenso, que originalmente imitaba el aspecto del ladrillo y protegía la madera, es hoy el color por excelencia del paisaje rural sueco: las casitas rojas de tejado a dos aguas, tan asociadas a la imagen idílica de Suecia, deben su color a la vieja montaña de cobre de Dalarna.
Ninguna región sueca está tan asociada al folclore y a la identidad nacional como Dalarna. Fue aquí donde, en el siglo XIX y comienzos del XX, cuando Suecia buscaba definir su alma nacional, los artistas y románticos encontraron la Suecia "auténtica": la de los campesinos libres, las casas rojas, los trajes tradicionales, la música de violín y las viejas costumbres que aquí se habían conservado mejor que en ningún otro lugar. Dalarna se convirtió así en la provincia-símbolo del país, la que aparece en las postales y en la imaginación cuando se piensa en "lo sueco".
Su emblema más famoso es el Dalahäst, el caballo de Dalarna: una figurita de madera tallada y pintada de rojo con motivos florales (la técnica del kurbits), que los campesinos de la zona de Mora tallaban en las largas noches de invierno como juguete y que, tras exhibirse en la Exposición Universal de Nueva York de 1939, se convirtió en el souvenir y el símbolo nacional de Suecia por excelencia. Junto a él, tradiciones como la gran celebración del Midsommar —el solsticio de verano, con el palo de mayo, las coronas de flores y los bailes— tienen en Dalarna su expresión más viva y fotografiada.
Dos pintores fijaron para siempre esa imagen idílica. Anders Zorn, nacido en Mora, retrató a las gentes y las fiestas de Dalarna con un realismo luminoso y creó un museo en su pueblo natal. Y Carl Larsson, desde su casa de Sundborn, pintó escenas de una vida familiar sencilla, colorida y armoniosa que se difundieron por el mundo entero y que definieron un cierto ideal del hogar sueco —luz, sencillez, naturaleza— que aún hoy influye en el diseño y la estética del país. Dalarna es, en buena medida, la Suecia que Suecia quiso ser.
Al norte de Dalarna se extiende un mundo distinto: la Laponia sueca, la parte sueca del Sápmi, el territorio ancestral del pueblo sami, que se prolonga por el norte de Noruega, Finlandia y Rusia sin coincidir con ninguna frontera. Es una tierra inmensa y poco poblada de bosques boreales, ríos, montañas y tundra ártica, donde los sami han vivido durante milenios de la caza, la pesca y, sobre todo, del pastoreo del reno, siguiendo a los rebaños en migraciones estacionales entre los bosques del interior y las montañas.
Buena parte de esa Laponia es hoy Patrimonio de la Humanidad de la Unesco bajo el nombre de Laponia: un vasto conjunto de parques nacionales —Sarek, Padjelanta, Muddus— y reservas que la Unesco protege a la vez por su naturaleza salvaje, una de las últimas grandes áreas vírgenes de Europa, y por su valor cultural como territorio donde los sami mantienen viva una forma de vida y de trashumancia de renos de raíces prehistóricas. Es uno de los pocos lugares del mundo reconocidos simultáneamente por su patrimonio natural y cultural.
La historia de los sami de esta región es también, sin embargo, una historia de colonización y de daño. La expansión del Estado sueco, la minería, los ferrocarriles, las grandes represas hidroeléctricas que anegaron valles y las repoblaciones forestales fueron recortando y fragmentando sus tierras y sus rutas de pastoreo. A ello se sumó una política de asimilación y de segregación —escuelas nómadas de menor calidad, la biología racial de comienzos del siglo XX, los traslados forzosos de familias del norte— que durante generaciones estigmatizó su lengua y su cultura. El reconocimiento de los sami como pueblo indígena, el Parlamento Sami sueco (1993), el fallo del caso Girjas (2020) sobre sus derechos de caza y pesca y la Comisión de la Verdad puesta en marcha en 2021 forman parte de una reparación todavía en curso, mientras la minería y los parques eólicos siguen generando conflictos en el Sápmi.
Kiruna, la ciudad más septentrional de Suecia, nació del hierro. A finales del siglo XIX, la explotación de los inmensos yacimientos de mineral de hierro de las montañas de Kiirunavaara y Luossavaara, en pleno Ártico, dio origen a la compañía LKAB (Luossavaara-Kiirunavaara AB). En 1900, su director Hjalmar Lundbohm fundó allí Kiruna como una ciudad-empresa modélica, planificada para dar a los mineros —en condiciones extremas de frío y oscuridad— viviendas y servicios dignos. La mina de Kiruna es la mayor mina subterránea de hierro del mundo.
Hacer llegar ese mineral al mercado exigió una obra titánica: el Malmbanan, el "ferrocarril del mineral", tendido a través de la tundra y la montaña hasta el puerto noruego de Narvik, en el Atlántico, que no se hiela en invierno gracias a la corriente del Golfo. Inaugurada en 1903, esta línea férrea unió los yacimientos de Laponia con el mar y convirtió el hierro del norte de Suecia en uno de los pilares de la economía nacional y en un recurso estratégico codiciado —también durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la Alemania nazi dependía en gran medida del mineral sueco.
Hoy Kiruna protagoniza uno de los proyectos urbanos más singulares del mundo: la ciudad se está mudando. La mina ha excavado tanto bajo tierra que el subsuelo sobre el que se asienta el centro urbano se está agrietando y hundiendo, y para poder seguir extrayendo hierro sin que la ciudad se derrumbe, LKAB y el municipio decidieron trasladar Kiruna varios kilómetros hacia el este. Desde la década de 2010, se han construido un nuevo centro y miles de viviendas nuevas, y algunos edificios emblemáticos —como la célebre iglesia de madera de Kiruna, considerada una de las más bellas de Suecia— se están trasladando enteros sobre plataformas. La operación, que debe completarse hacia la década de 2030, hace de Kiruna un caso mundial de una ciudad que se muda para no ser tragada por su propia mina.
Al noroeste de Kiruna, ya muy cerca de la frontera noruega, el Parque Nacional de Abisko es una de las joyas naturales del Ártico sueco. Creado en 1909 —fue uno de los primeros parques nacionales de Europa, en el mismo lote pionero con que Suecia estrenó la figura—, protege un valle glaciar en torno al lago Torneträsk y la garganta del río Abiskojåkka, en un paisaje de montañas, abedules y tundra recorrido tradicionalmente por los sami y sus renos. La llegada del ferrocarril del mineral, a comienzos del siglo XX, abrió esta remota región a los científicos y a los primeros excursionistas.
Abisko es hoy célebre en el mundo entero por dos fenómenos del cielo ártico. En verano, aquí no se pone el sol durante semanas: es el país del sol de medianoche, donde en pleno junio se puede caminar por la montaña a cualquier hora bajo la luz. En invierno, en cambio, la larga noche polar convierte a Abisko en uno de los mejores lugares del planeta para contemplar las auroras boreales. Un peculiar microclima —el llamado "agujero azul de Abisko", una zona de cielos despejados por el efecto de las montañas sobre las nubes— hace que aquí haya con frecuencia noches claras cuando en el resto del norte está nublado, lo que atrae a viajeros de todo el mundo a su estación de observación de auroras.
Abisko es, además, uno de los extremos del Kungsleden, el "Sendero del Rey", la gran ruta de senderismo de la Laponia sueca, que recorre más de 400 kilómetros a través de los parques nacionales del norte, entre ellos el macizo de Sarek y las cercanías del Kebnekaise, la montaña más alta de Suecia. Estación científica desde hace más de un siglo, puerta de entrada a la naturaleza salvaje del Ártico y balcón privilegiado sobre el cielo polar, Abisko condensa la fascinación por el gran norte que forma parte, también, de la identidad sueca.