Mucho antes de que llegara cualquier europeo, el sur de África ya estaba habitado. Los san, cazadores-recolectores conocidos también como bosquimanos, poblaban la región desde hace decenas de miles de años y dejaron un extraordinario legado de arte rupestre en abrigos de roca de todo el país, especialmente en el Drakensberg. Emparentados con ellos, los khoikhoi eran pastores de ganado que criaban ovejas y vacas y se movían por las llanuras del Cabo. A ambos grupos, de lenguas con chasquidos, se los agrupa bajo el nombre de khoisan.
Desde hace unos dos mil años, en el marco de la gran expansión bantú, llegaron desde el norte pueblos agricultores y ganaderos que trabajaban el hierro y hablaban lenguas del grupo bantú: los antepasados de los actuales zulúes, xhosa, sotho, tswana, venda y tsonga, entre otros. Se asentaron sobre todo en el este y el norte, más húmedos y aptos para el cultivo, mientras las zonas áridas del oeste seguían en manos de los khoisan.
Esta ocupación previa es un dato central: la idea colonial de una tierra vacía a la espera de ser poblada fue siempre una ficción. Cuando los europeos hablaron de "fronteras", en realidad estaban avanzando sobre sociedades que llevaban siglos o milenios en el territorio.
En abril de 1652, Jan van Riebeeck desembarcó en la bahía de la Mesa al mando de una expedición de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (la VOC). El objetivo no era fundar una colonia sino una estación de reabastecimiento: los barcos que iban y venían de Asia necesitaban agua fresca, verduras y carne para evitar el escorbuto en la larga travesía del Cabo de Buena Esperanza. Así nació Ciudad del Cabo, la ciudad más antigua del país.
La pequeña factoría creció pronto más allá de sus planes. Van Riebeeck concluyó a los pocos meses que hacía falta mano de obra esclava para el trabajo más duro, y desde 1658 la VOC empezó a importar personas esclavizadas desde Mozambique, Madagascar, la India, Ceilán e Indonesia. La esclavitud fue, desde el principio, uno de los cimientos de la sociedad del Cabo. También aparecieron los primeros colonos libres, los vrijburgers, que recibieron tierras y desplazaron a los khoikhoi de sus pastos.
Del encuentro forzado entre colonos holandeses, esclavos de Asia y África, y pueblos khoisan surgió una comunidad nueva y una lengua propia, el afrikáans, derivada del neerlandés. También nacieron los grupos que el régimen posterior llamaría "mestizos" o coloured, hoy mayoritarios en el Cabo Occidental.
A lo largo del siglo XVIII, colonos de habla neerlandesa fueron internándose en el interior como ganaderos seminómadas, los trekboers. Su avance chocó una y otra vez con los pueblos africanos, sobre todo con los xhosa en la frontera oriental, en una serie de guerras que se prolongaron durante casi un siglo. De esa vida de frontera nació la identidad de los bóeres (que significa "campesinos" o "granjeros"), más tarde llamados afrikáners.
El equilibrio cambió con la irrupción británica. Gran Bretaña ocupó el Cabo por primera vez en 1795, en el marco de las guerras napoleónicas, y lo tomó de forma definitiva en 1806. El Cabo se volvió colonia británica, con nuevas leyes, el inglés como lengua oficial y una administración que chocaba con las costumbres de los bóeres.
El punto de fricción decisivo fue la esclavitud: el Imperio británico abolió el comercio de esclavos en 1807 y la esclavitud en sus colonias en 1834, con emancipación plena en 1838. Para muchos granjeros bóeres, que dependían de ese trabajo forzado y consideraban injusta la indemnización, la medida fue intolerable. Ese resentimiento fue una de las chispas del Gran Trek.
Mientras tanto, en el este ocurría una transformación de enorme escala. En la década de 1810 y 1820, el líder Shaka unificó a los pueblos nguni bajo el reino zulú, con innovaciones militares -como la lanza corta de estocada y una disciplina de regimientos- que lo convirtieron en la potencia dominante de la región. Su expansión desató una cadena de guerras y migraciones forzadas conocida como el mfecane, que reconfiguró el mapa humano del sur de África y despobló extensas zonas del interior.
Shaka fue asesinado en 1828 por su medio hermano Dingane, que heredó el trono. Fue Dingane quien enfrentó a los Voortrekkers que subían desde el sur. Tras la muerte de una delegación bóer, el 16 de diciembre de 1838 unos pocos cientos de colonos al mando de Andries Pretorius derrotaron a un ejército zulú muy superior en número junto al río Ncome. Los muertos zulúes tiñeron el agua y el episodio pasó a llamarse la batalla del Río de la Sangre (Blood River).
Esa fecha cargó durante el siglo XX un pesado simbolismo nacionalista afrikáner. Conviene recordarla como lo que fue: una batalla desigual con miles de muertos africanos, y no como el mito fundacional de un pueblo elegido que la propaganda posterior quiso construir.
Entre 1835 y 1840, miles de bóeres cargaron sus carretas tiradas por bueyes y abandonaron la colonia del Cabo hacia el interior, huyendo del dominio británico y de la abolición de la esclavitud. Se los conoce como Voortrekkers, "los que van adelante". La primera oleada movilizó a unas 6.000 personas, que cruzaron ríos y montañas en un éxodo que la memoria afrikáner elevó luego a epopeya nacional.
En su avance chocaron con zulúes, ndebele y otros pueblos, a los que combatieron o sometieron. Con el tiempo fundaron dos repúblicas independientes en el interior: la República Sudafricana o Transvaal y el Estado Libre de Orange. Gran Bretaña, por su parte, anexó Natal en 1843 y consolidó la colonia del Cabo. El sur de África quedó así fragmentado en colonias británicas, repúblicas bóeres y reinos africanos todavía independientes, como el zulú.
Ese mapa fragmentado no iba a durar. Bajo tierra esperaba algo que lo cambiaría todo.
En 1867 apareció el primer diamante en las orillas del río Orange, y hacia 1871 estalló la fiebre de Kimberley: en pocos años, cerca de 50.000 personas se agolparon en un campamento minero que abrió una de las mayores minas a cielo abierto del mundo, el "Big Hole". El diamante puso al sur de África en el centro de los intereses imperiales.
El golpe definitivo llegó en 1886 con el descubrimiento de oro en el Witwatersrand, el mayor yacimiento aurífero conocido. Sobre ese filón surgió de la nada Johannesburgo, que en pocos años se convirtió en la mayor ciudad del interior. La minería atrajo capital británico, técnicos extranjeros y sobre todo enormes cantidades de trabajadores africanos, reclutados bajo un sistema de mano de obra migrante que separaba a los hombres de sus familias y los alojaba en complejos cerrados.
Esta "revolución mineral" moldeó a la Sudáfrica moderna: creó su economía industrial, cimentó un sistema de trabajo racializado y barato, y encendió la disputa entre el Imperio británico y las repúblicas bóeres por el control de una riqueza inmensa. La guerra estaba a la vuelta de la esquina.
La tensión por el oro y por el poder desembocó en dos guerras. La primera guerra anglo-bóer (1880-1881) terminó con una victoria bóer y la independencia efectiva del Transvaal. La segunda (1899-1902) fue mucho más larga y destructiva: Gran Bretaña movilizó a cientos de miles de soldados para doblegar a las dos repúblicas bóeres y asegurarse el control de las minas.
Incapaz de vencer a las guerrillas bóeres, el ejército británico aplicó una política de tierra arrasada -quemaba granjas y cultivos- y confinó a mujeres, niños y trabajadores africanos en campos de concentración. Las condiciones fueron atroces: decenas de miles de personas murieron de hambre y enfermedad, la mayoría niños. Es una de las páginas más oscuras del imperialismo británico y conviene nombrarla sin rodeos.
La guerra terminó en 1902 con el Tratado de Vereeniging: las repúblicas bóeres quedaron bajo soberanía británica. Pero el conflicto dejó también un profundo resentimiento afrikáner y, sobre todo, dejó a la enorme población africana sin voz en la negociación de la paz. Ese silencio marcaría el medio siglo siguiente.
El 31 de mayo de 1910 las cuatro colonias -Cabo, Natal, Transvaal y Orange- se unieron en la Unión Sudafricana, un dominio dentro del Imperio británico. El nuevo Estado reconcilió a británicos y afrikáners blancos, pero lo hizo excluyendo a la mayoría africana: el voto quedó reservado, casi por completo, a los hombres blancos.
La segregación no empezó en 1948; se construyó pieza por pieza desde el comienzo de la Unión. La Ley de Tierras de los Nativos de 1913 fue especialmente demoledora: reservó apenas alrededor del 7% del territorio (más tarde ampliado a un 13%) para la población africana, que era la gran mayoría, y prohibió a los africanos comprar tierra fuera de esas zonas. Millones de personas quedaron confinadas o convertidas en trabajadores sin tierra.
En respuesta, en 1912 se fundó el Congreso Nacional Africano (ANC, luego liderado por Mandela), que durante décadas buscó por vías pacíficas -peticiones, delegaciones, protestas- una ciudadanía que se le negaba sistemáticamente. La semilla del régimen que vendría ya estaba plantada.
En 1948 el Partido Nacional, de base afrikáner, ganó las elecciones (reservadas a votantes blancos) con la promesa del apartheid, palabra afrikáans que significa "separación". No inventó la segregación, pero la llevó a un extremo total y la convirtió en un sistema legal minucioso y coercitivo.
Una batería de leyes clasificó a cada habitante por raza, prohibió los matrimonios interraciales, reservó los mejores barrios y trabajos para los blancos, impuso el sistema de pases que controlaba el movimiento de los africanos y empujó a millones de personas a "bantustanes" o territorios supuestamente autónomos. La represión fue brutal. El 21 de marzo de 1960, la policía abrió fuego contra una manifestación pacífica contra los pases en Sharpeville y mató a 69 personas, muchas por la espalda. El 16 de junio de 1976, en Soweto, la policía disparó contra estudiantes que protestaban por la imposición del afrikáans en las escuelas; la fotografía del cuerpo de Hector Pieterson, de 12 años, recorrió el mundo.
El apartheid no fue una mera política de "desarrollo separado", como pretendía su propaganda, sino un sistema de dominación racial sostenido con detenciones, torturas, censura y muertes. La comunidad internacional terminó condenándolo como un crimen y aislando al país con sanciones y boicots.
Frente a la violencia del Estado, el ANC abandonó la estrategia exclusivamente pacífica. En 1961 creó un brazo armado, Umkhonto we Sizwe ("La lanza de la nación"), del que Nelson Mandela fue uno de los fundadores. Detenido poco después, Mandela fue condenado a cadena perpetua en el juicio de Rivonia en 1964. Pasó 27 años preso, la mayor parte de ellos en la cantera de la isla Robben, frente a Ciudad del Cabo.
La lucha no se apagó con él en la cárcel. Dentro del país crecieron los sindicatos negros, los movimientos estudiantiles y la Conciencia Negra de Steve Biko -asesinado bajo custodia policial en 1977-, mientras en el exilio el ANC y otras organizaciones mantenían viva la presión internacional. En los años 80 el país se volvió cada vez más ingobernable, con estados de emergencia, protestas masivas y una economía asfixiada por las sanciones.
Mandela se transformó, desde su celda, en el símbolo mundial de la lucha contra el apartheid. Su nombre encabezaba campañas en todos los continentes que exigían su liberación y el fin del régimen.
El desenlace llegó por una combinación de presión interna, aislamiento internacional y el cálculo del presidente F. W. de Klerk de que el sistema era insostenible. El 2 de febrero de 1990 se legalizó el ANC y el 11 de febrero Mandela salió libre. Siguieron años de negociaciones tensas, atravesadas por brotes de violencia, hasta que el 27 de abril de 1994 se celebraron las primeras elecciones con voto universal. Ese día, millones de sudafricanos negros votaron por primera vez en su vida, en filas interminables que dieron la vuelta al mundo.
El ANC ganó y Nelson Mandela asumió como primer presidente elegido democráticamente. En lugar de la venganza, el nuevo gobierno impulsó la reconciliación: en 1995 creó la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, presidida por el arzobispo Desmond Tutu, que investigó los crímenes del apartheid y ofreció amnistía a cambio de confesión pública. Fue Tutu quien popularizó la imagen de la "nación del arcoíris", un país de muchos colores viviendo juntos.
Treinta años después, la democracia sudafricana sigue en pie, con una Constitución admirada por su amplitud de derechos. Pero los desafíos son enormes: desigualdad extrema, desempleo, corrupción y la herencia territorial y económica del apartheid, que no se borró en las urnas. La historia de la libertad, aquí, sigue escribiéndose.