Johannesburgo no existía antes de 1886. Ese año se descubrió oro en el Witwatersrand -la "cordillera de las aguas blancas"-, el mayor yacimiento aurífero del mundo, y sobre ese filón brotó de la nada una ciudad que en pocos años se transformó en la más grande del interior del país. Los africanos la llaman eGoli, "el lugar del oro".
La minería del oro moldeó todo: atrajo capital y aventureros de medio mundo, disparó el conflicto entre las repúblicas bóeres y el Imperio británico -que desembocó en la segunda guerra anglo-bóer- y creó un sistema de trabajo migrante que reclutaba a cientos de miles de hombres africanos. Vivían separados de sus familias en complejos cerrados y bajaban a las minas en condiciones extremadamente peligrosas, por salarios miserables fijados según la raza.
Ese sistema minero fue el laboratorio de muchas de las prácticas que luego formalizaría el apartheid: los pases, los complejos de trabajadores, la separación de razas en el espacio urbano. Entender Johannesburgo es entender cómo el oro construyó, a la vez, la riqueza y la injusticia de la Sudáfrica moderna.
Soweto -abreviatura de South Western Townships- nació como un conjunto de municipios segregados a los que el régimen empujó a la población negra de Johannesburgo, lejos del centro blanco. Con el tiempo se convirtió en la mayor concentración urbana negra del país y en el corazón político de la lucha contra el apartheid.
Aquí ocurrió el levantamiento del 16 de junio de 1976. Miles de estudiantes salieron a protestar contra la imposición del afrikáans como lengua de enseñanza, y la policía respondió a tiros. La fotografía de Hector Pieterson, un niño de 12 años agonizante en brazos de otro joven, dio la vuelta al mundo y marcó un punto de quiebre en la percepción internacional del régimen. Hoy un museo lleva su nombre.
En la calle Vilakazi de Soweto vivieron dos premios Nobel de la Paz: Nelson Mandela y el arzobispo Desmond Tutu; es la única calle del mundo con ese doble honor. La casa de Mandela es hoy un museo. Recorrer Soweto es acercarse, en el mismo lugar donde sucedieron, a los episodios decisivos de la caída del apartheid.
Al sur de Johannesburgo, en el actual Gauteng, el township de Sharpeville dio nombre a uno de los crímenes emblemáticos del apartheid. El 21 de marzo de 1960, una multitud se concentró de manera pacífica frente a la comisaría para protestar contra las leyes de pases, que obligaban a los africanos a llevar un documento que controlaba dónde podían vivir y moverse.
La policía abrió fuego contra la gente y mató a 69 personas, muchas de ellas por la espalda mientras huían, y dejó cientos de heridos. La masacre de Sharpeville provocó una ola de indignación internacional, llevó al gobierno a declarar el estado de emergencia y a prohibir el ANC y el PAC, y empujó a esas organizaciones hacia la lucha armada.
El 21 de marzo se conmemora hoy en Sudáfrica como el Día de los Derechos Humanos, y Naciones Unidas lo adoptó como Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial. Sharpeville marca el momento en que la resistencia pacífica chocó de frente con la violencia del Estado y la lucha entró en una etapa nueva.
A unos sesenta kilómetros de Johannesburgo, Pretoria tiene un peso histórico muy distinto. Fundada en 1855 y bautizada en honor a Andries Pretorius, el líder Voortrekker de Blood River, fue la capital de la República Sudafricana (Transvaal), el Estado bóer que enfrentó a los británicos por el oro del Rand.
Tras la guerra anglo-bóer y la formación de la Unión en 1910, Pretoria quedó como capital administrativa del país -sede del poder ejecutivo-, en un reparto de funciones con Ciudad del Cabo (poder legislativo) y Bloemfontein (poder judicial) que se mantiene hasta hoy. Sus imponentes Union Buildings, sede del gobierno, fueron el escenario de la asunción de Nelson Mandela como presidente en 1994.
Pretoria también carga con símbolos incómodos, como el Voortrekker Monument, un enorme mausoleo dedicado a los pioneros bóeres que fue durante décadas un altar del nacionalismo afrikáner. La ciudad tranquila y arbolada, famosa por sus jacarandás en flor, condensa así las tensiones de la memoria sudafricana: los mismos edificios que celebraron el poder blanco recibieron después la investidura del primer presidente negro.
En pleno Johannesburgo, la colina de Constitution Hill resume el arco de la historia sudafricana en un solo lugar. Allí funcionó durante más de un siglo un complejo de cárceles -el Old Fort y la prisión femenina y la sección Número Cuatro para presos negros- donde estuvieron detenidos, en distintos momentos, tanto Mahatma Gandhi como Nelson Mandela, junto a decenas de miles de personas comunes castigadas por las leyes racistas, muchas por la simple violación de los pases.
Las condiciones en esas prisiones fueron infames, con hacinamiento, violencia y humillación sistemática, sobre todo en las celdas destinadas a los presos negros. El lugar se volvió un símbolo de la maquinaria represiva del Estado segregacionista.
En 1994, la nueva Sudáfrica democrática eligió justamente ese sitio para levantar la sede del Tribunal Constitucional, el máximo guardián de una Constitución celebrada por su amplia carta de derechos. Que el tribunal más importante del país se alce sobre las ruinas de una cárcel del apartheid es una decisión deliberada y poderosa: la ley que antes oprimía es ahora la que protege.