Ciudad del Cabo se llama a sí misma la "Ciudad Madre" (Mother City) porque es el asentamiento urbano más antiguo de Sudáfrica. Todo empezó en abril de 1652, cuando Jan van Riebeeck plantó la bandera de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales al pie de la Montaña de la Mesa para abastecer a los barcos que hacían la ruta de Europa a Asia.
La posición era estratégica: el Cabo de Buena Esperanza, en el extremo suroeste del continente, era el punto de giro obligado de la navegación entre el Atlántico y el Índico. Lo que iba a ser una simple huerta con un fuerte se convirtió en pocas décadas en una colonia con esclavos, granjas y una sociedad nueva.
Esa geografía -una ciudad encajada entre dos océanos y una montaña plana- explica por qué el Cabo fue la puerta de entrada de la colonización europea al sur de África, y por qué buena parte de la historia temprana del país se escribió aquí antes que en ningún otro lado.
La prosperidad del Cabo se levantó sobre dos despojos. Por un lado, el de los khoikhoi, los pastores que habitaban la península y a los que los colonos fueron arrebatando pastos y ganado hasta descomponer su forma de vida; muchos terminaron como sirvientes o trabajadores dependientes. Por otro, la esclavitud: desde 1658 la Compañía importó personas esclavizadas desde Asia y el resto de África para trabajar en la construcción, las huertas y las casas.
De esa población esclavizada y de su mezcla con colonos y khoisan surgió buena parte de la comunidad coloured del Cabo y su cultura, incluida la tradición musulmana traída por esclavos y exiliados del sudeste asiático. Ese origen todavía se palpa en el barrio de Bo-Kaap, con sus casas de colores y sus mezquitas, corazón de la comunidad conocida como los malayos del Cabo.
La esclavitud fue abolida en el Imperio británico en 1834, con emancipación plena en 1838. Recordar este pasado es indispensable para entender la Ciudad del Cabo actual, tan celebrada por su belleza como marcada por desigualdades que hunden sus raíces en aquella época.
Durante el apartheid, Ciudad del Cabo fue escenario de algunas de las remociones forzadas más brutales del país. El caso más famoso es el de District Six, un barrio céntrico, vibrante y multirracial donde convivían coloureds, negros, blancos, judíos e inmigrantes. En 1966 el régimen lo declaró "zona blanca" y a partir de allí expulsó a unas 60.000 personas, a las que reubicó en los distantes Cape Flats. Las casas fueron demolidas y el barrio quedó como un descampado durante años.
El Cabo Occidental fue, además, la única región donde el apartheid aplicó la "preferencia laboral coloured", que limitaba todavía más la presencia de trabajadores negros. La segregación urbana empujó a la población negra y mestiza a municipios alejados, sin servicios y mal comunicados, un patrón que la ciudad todavía arrastra.
Hoy el Museo de District Six conserva la memoria de aquella comunidad arrasada, con mapas, testimonios y objetos de los antiguos vecinos. Es una parada imprescindible para entender que detrás de las postales de la Montaña de la Mesa hay una historia de desarraigo muy reciente.
A unos doce kilómetros de la costa, en la fría bahía de la Mesa, se recorta la isla Robben. Su historia como lugar de destierro es larga: la usaron holandeses y británicos para confinar a líderes africanos rebeldes, leprosos y prisioneros. Pero su nombre quedó ligado para siempre al apartheid, porque allí funcionó la prisión de máxima seguridad donde el régimen encerró a sus presos políticos negros.
Nelson Mandela pasó dieciocho de sus veintisiete años de cárcel en la isla, buena parte de ellos partiendo piedra en una cantera de cal cuyo reflejo le dañó la vista. Con él estuvieron otros líderes de la lucha, como Walter Sisulu y Govan Mbeki. Lejos de quebrarlos, la isla se convirtió en una suerte de universidad clandestina donde los presos se educaban entre sí y organizaban la resistencia.
Hoy la isla Robben es Patrimonio de la Humanidad y museo. Muchas de las visitas guiadas las conducen exprisioneros, que cuentan en primera persona lo que fue vivir allí. Ver la pequeña celda de Mandela, con su estera en el suelo, es una de las experiencias más conmovedoras que ofrece Sudáfrica.
La geografía de la península es indisociable de su historia. La Montaña de la Mesa, con su cima plana y sus laderas cubiertas por el fynbos -una vegetación única en el mundo, con una biodiversidad extraordinaria-, fue el faro natural que guió a los navegantes durante siglos y hoy es el emblema de la ciudad, coronado por un teleférico giratorio y declarado Patrimonio de la Humanidad como parte de la Región Floral del Cabo.
En el extremo sur de la península, el Cabo de Buena Esperanza fue bautizado por los portugueses a fines del siglo XV, cuando buscaban la ruta marítima a la India. Bartolomeu Dias lo rodeó en 1488 y Vasco da Gama abrió el paso hacia Asia poco después. Aunque no es el punto más austral de África -ese es el Cabo Agulhas-, quedó grabado en la imaginación como el fin del mundo conocido.
Este tramo de costa, batido por dos corrientes y azotado por tormentas, fue el motivo mismo de la fundación del Cabo: sin ese giro obligado en la ruta de las especias, la historia de Sudáfrica habría sido otra.