Mucho antes de que existiera Rumania, las tierras al norte del bajo Danubio estaban habitadas por los dacios (o getas), un pueblo tracio de agricultores, pastores y guerreros que hacia el cambio de era había construido un reino poderoso en las montañas de los Cárpatos. Su centro político y religioso era Sarmizegetusa Regia, una ciudadela fortificada en las alturas de Transilvania, rodeada de santuarios y talleres, y su fuerza descansaba en las célebres minas de oro y plata del macizo. Bajo el rey Decébalo, la Dacia se convirtió en una amenaza y una tentación para Roma: sus incursiones al sur del Danubio inquietaban a la provincia de Mesia, y su oro despertaba la codicia imperial.
El choque llegó con el emperador Trajano, hispano de origen y uno de los grandes conquistadores de la historia romana. En dos guerras durísimas —la primera en 101-102, la segunda en 105-106— las legiones cruzaron el Danubio. Para la segunda campaña, el arquitecto Apolodoro de Damasco levantó sobre el río un puente de piedra monumental en Drobeta, una proeza de ingeniería. Los romanos avanzaron hacia el corazón de las montañas, cortaron el agua a Sarmizegetusa y tomaron la ciudad en el 106. Decébalo, acorralado, se suicidó para no caer prisionero, y su cabeza fue enviada a Roma. La conquista quedó grabada para siempre en la Columna de Trajano, todavía en pie en la capital italiana, cuyos relieves narran la campaña en detalle.
Dacia se convirtió así, el 11 de agosto del 106, en la provincia romana más nueva y una de las más ricas, gracias a sus minas de oro. Roma trajo colonos "ex toto orbe romano", fundó ciudades, trazó calzadas y difundió el latín. Aquí nace la tesis central de la identidad rumana: de la fusión entre esos colonos latinos y la población daco-romana habría surgido un pueblo que conservó una lengua romance —el rumano— a pesar de que el emperador Aureliano evacuó oficialmente la provincia hacia el 271-275, ante la presión de godos y otros pueblos. Esa "continuidad daco-romana" al norte del Danubio es negada por buena parte de la historiografía húngara, que sostiene la teoría de una inmigración posterior de pastores romanizados desde el sur. El debate, lejos de ser puramente académico, ha alimentado durante siglos la disputa por Transilvania. Lo indudable es el resultado: el rumano es hoy una lengua romance, hermana del italiano, el español y el francés, escrita con palabras como pâine (pan), timp (tiempo) o carte (libro).
Durante el largo milenio que separa la retirada de Roma de la formación de los Estados rumanos medievales, las tierras al norte del Danubio fueron corredor y campamento de pueblos migratorios: godos, hunos, gépidos, ávaros, eslavos, búlgaros, pechenegos, cumanos y, en el siglo XIII, los mongoles. Los rumanos, según su propia tradición, sobrevivieron replegados en las montañas y los bosques, organizados en pequeñas comunidades rurales (cnezate y voievodate). Es un período oscuro, con pocas fuentes escritas, en el que la Iglesia ortodoxa y la liturgia en eslavo eclesiástico marcaron la cultura de estas tierras, orientándolas hacia Bizancio y el mundo eslavo más que hacia la Roma latina de la que venía su lengua.
Hacia el siglo XIV cristalizaron por fin dos Estados rumanos independientes. Al sur de los Cárpatos surgió el principado de Valaquia (Țara Românească, "la tierra rumana"), consolidado por el voivoda Basarab I, que hacia 1330 derrotó al rey de Hungría en la batalla de Posada y aseguró su autonomía. Al este de las montañas nació el principado de Moldavia, cuya fundación se atribuye a Bogdan I hacia 1359, cuando se emancipó también de la tutela húngara. Ambos principados eran monarquías electivas y turbulentas, donde los boyardos (la nobleza terrateniente) elegían y derrocaban príncipes, y su historia estuvo marcada por figuras que combatieron a los grandes imperios vecinos: Mircea el Viejo en Valaquia y, sobre todo, Esteban el Grande (Ștefan cel Mare) en Moldavia, que reinó casi medio siglo (1457-1504), frenó a los otomanos, a los húngaros y a los polacos, y mandó levantar decenas de iglesias y monasterios, por lo que la Iglesia ortodoxa lo canonizó siglos después.
La tercera tierra rumana, Transilvania, siguió un camino distinto. Desde el siglo XI-XII quedó integrada en el reino de Hungría, que la organizó como un voivodato y la pobló con colonos: los szeklers (una población de lengua húngara asentada como guardianes de frontera) y los sajones, colonos germanos llamados por los reyes húngaros a partir del siglo XII, que fundaron ciudades amuralladas prósperas como Sibiu (Hermannstadt), Brașov (Kronstadt) y Sighișoara (Schäßburg). El poder político y los privilegios quedaron en manos de tres "naciones" —los nobles húngaros, los sajones y los szeklers, unidos desde 1437 en la Unio Trium Nationum—, mientras la mayoría rumana, campesina y ortodoxa, quedaba excluida de esos derechos. Esa desigualdad, montada sobre la disputa por saber quién habitó primero la región, sería una de las grandes fracturas de la historia de Europa central.
Ningún personaje rumano es tan mundialmente conocido —y tan deformado— como Vlad III, voivoda de Valaquia, apodado Țepeș, "el Empalador". Nació hacia 1431, probablemente en la ciudadela de Sighișoara, hijo de Vlad II Dracul. El apellido Dracul viene de la Orden del Dragón (draco en latín), una cofradía de caballeros creada por el emperador Segismundo para defender la cristiandad de los otomanos, a la que su padre pertenecía; Vlad III fue llamado por eso Drăculea, "hijo de Dracul", el nombre que la posteridad convertiría en Drácula. De niño, él y su hermano fueron entregados como rehenes a la corte otomana, una experiencia que marcó su vida.
Vlad reinó en Valaquia en tres períodos separados (1448, 1456-1462 y 1476). Su fama proviene sobre todo del segundo, en el que gobernó con mano de hierro. Buscó reforzar el poder central frente a los boyardos, a los que reprimió con dureza, y resistió la expansión otomana, negándose a pagar el tributo al sultán. Su método de castigo predilecto —el empalamiento, del que deriva su apodo Țepeș, de țeapă, "estaca"— lo aplicó tanto a enemigos externos como internos. El episodio más célebre es el de 1462: en su retirada ante el ejército de Mehmed II, dejó tras de sí un "bosque" de miles de otomanos empalados a orillas del camino, un espectáculo tan atroz que, según las crónicas, hizo retroceder al propio sultán conquistador de Constantinopla. Murió combatiendo hacia fines de 1476 o comienzos de 1477; según las fuentes, fue decapitado y su cabeza, enviada al sultán conservada en miel.
Conviene separar al personaje histórico de la leyenda. La imagen monstruosa de Vlad se difundió en vida y sobre todo tras su muerte a través de panfletos alemanes y rusos que exageraban sus crueldades con fines políticos; los historiadores actuales debaten las cifras de víctimas, muy infladas por esas fuentes hostiles. En la memoria rumana, en cambio, se lo recuerda más bien como un gobernante severo pero justo, defensor del país frente a los turcos. El vínculo con los vampiros es una invención literaria muy posterior: el escritor irlandés Bram Stoker tomó prestado el nombre "Drácula" para su novela de 1897 y lo situó en un castillo de Transilvania, región donde Vlad apenas gobernó. El castillo de Bran, hoy promocionado como "el castillo de Drácula", tiene una relación histórica endeble con el voivoda real. Vlad Țepeș es así un caso de manual de cómo un personaje histórico se transforma en mito: no hay que confundir al príncipe valaco del siglo XV con el conde vampiro de la ficción.
A lo largo de los siglos XV y XVI, Valaquia y Moldavia cayeron en la órbita del Imperio otomano. A diferencia de los Balcanes o de la Hungría central, los principados rumanos nunca fueron anexionados ni convertidos en provincias turcas: conservaron su autonomía, sus príncipes cristianos, su Iglesia ortodoxa y sus instituciones, a cambio de reconocer la soberanía del sultán y pagarle un tributo anual (el haraç) cada vez más gravoso. Era una vasallaje que preservaba la identidad cristiana pero sometía la economía y la política de los principados a la Sublime Puerta, y que los dejaba además expuestos a los enfrentamientos entre otomanos, Habsburgo, polacos y rusos que se libraban en su territorio.
Un instante fulgurante rompió ese esquema en el año 1600. Miguel el Valiente (Mihai Viteazul), voivoda de Valaquia, logró reunir por primera y única vez bajo un solo cetro los tres países rumanos: tras derrotar en 1599 al príncipe de Transilvania en la batalla de Șelimbăr y ocupar Alba Iulia, se hizo también con Moldavia en 1600. Aquella unión de Valaquia, Transilvania y Moldavia duró apenas unos meses —Miguel fue derrotado por la nobleza transilvana y los Habsburgo y asesinado en 1601—, pero el nacionalismo rumano del siglo XIX la elevó a símbolo y precedente de la unidad nacional, convirtiendo a Miguel el Valiente en un héroe fundacional.
En el siglo XVIII, el dominio otomano se endureció con el llamado "régimen fanariota". Desconfiando de los príncipes autóctonos, el sultán empezó a nombrar como gobernantes de Valaquia y Moldavia a griegos ricos del barrio de Fanar, en Constantinopla, que compraban el cargo y buscaban recuperar su inversión exprimiendo a la población. Fue una época de corrupción, impuestos asfixiantes y decadencia, aunque también de modernización administrativa y cultural de cuño griego. El período fanariota, junto con las guerras ruso-turcas que asolaron los principados, alimentó el resentimiento contra el yugo otomano y el deseo de emancipación que estallaría en el siglo XIX.
Mientras Valaquia y Moldavia orbitaban en torno a los otomanos, Transilvania siguió otro rumbo. Tras el desastre húngaro de Mohács (1526), la región se constituyó como principado autónomo, vasallo del sultán pero de hecho independiente, y se convirtió en un refugio del protestantismo —calvinistas, luteranos, unitarios— y en un raro ejemplo de tolerancia religiosa para su época, consagrada por el Edicto de Turda de 1568. Ese pluralismo, sin embargo, no incluía a los rumanos ortodoxos: aunque probablemente ya eran mayoría en el campo, seguían excluidos del sistema de las "tres naciones" (húngaros, sajones y szeklers), sin representación política ni reconocimiento de su fe.
Tras la retirada de los otomanos de Hungría a fines del siglo XVII, Transilvania pasó a manos de los Habsburgo de Viena, que la incorporaron a su imperio y consolidaron su control después de 1711. Para debilitar el protestantismo y atraerse a los rumanos, Viena promovió a fines del siglo XVII la creación de la Iglesia greco-católica (uniata): una parte de los ortodoxos rumanos aceptó la autoridad del papa a cambio de conservar el rito bizantino y de acceder a ciertos derechos y a la educación. De esas escuelas greco-católicas de Blaj surgiría la "Escuela Transilvana" (Școala Ardeleană), un movimiento de eruditos que a fines del siglo XVIII fundamentó con argumentos históricos y lingüísticos el origen latino y la continuidad daco-romana de los rumanos, poniendo las bases intelectuales del nacionalismo.
Ese despertar tuvo dos hitos. En 1784 estalló la gran revuelta campesina de Horea, Cloșca y Crișan, una insurrección de campesinos rumanos contra los señores feudales que fue aplastada con dureza y cuyos cabecillas fueron ejecutados. Y en 1791 los líderes rumanos presentaron al emperador el Supplex Libellus Valachorum, una petición que reclamaba para los rumanos —invocando su antigüedad como descendientes de los colonos de Trajano— los mismos derechos políticos que tenían las otras naciones de Transilvania. Viena la desoyó, pero el documento marcó el nacimiento del movimiento nacional rumano en Transilvania. En la revolución de 1848, que sacudió todo el imperio, los rumanos transilvanos, dirigidos por Avram Iancu, se enfrentaron a los revolucionarios húngaros —que querían unir Transilvania a Hungría— y reclamaron sus propios derechos nacionales, en un choque que anticipó el conflicto del siglo siguiente.
El nacionalismo romántico que recorrió Europa a mediados del siglo XIX prendió con fuerza entre los rumanos, que empezaron a soñar con un solo Estado que reuniera a Valaquia y Moldavia. La revolución de 1848 en los principados fue reprimida por otomanos y rusos, pero la idea de la unión siguió creciendo, apoyada además por Francia de Napoleón III. La ocasión llegó tras la guerra de Crimea y el Congreso de París de 1856, que puso a los principados bajo garantía de las potencias. En una jugada audaz, las asambleas de Moldavia y de Valaquia eligieron al mismo hombre como príncipe: Alexandru Ioan Cuza, elegido en Iași el 5 de enero y en Bucarest el 24 de enero de 1859. Con ese doble voto se creó de hecho un solo Estado, los Principados Unidos, que en 1862 adoptaron oficialmente el nombre de Rumania y a Bucarest como capital.
Cuza impulsó reformas modernizadoras profundas —secularización de los vastos bienes de los monasterios, reforma agraria que repartió tierra a los campesinos, código civil, educación—, pero se enemistó con los conservadores y los liberales, que en 1866 lo obligaron a abdicar. En su lugar, la clase política trajo a un príncipe extranjero, como era costumbre para dar estabilidad y prestigio: Carol I, de la casa alemana de Hohenzollern-Sigmaringen, que reinaría casi medio siglo (1866-1914).
El gran objetivo era sacudirse la soberanía otomana. La oportunidad la dio la guerra ruso-turca de 1877-1878: Rumania se alió con Rusia, proclamó su independencia el 9 de mayo de 1877 y su ejército, con el propio Carol al mando, combatió con distinción en el sitio de Plevna, en Bulgaria. La independencia fue reconocida internacionalmente en el Tratado de Berlín de 1878. En la negociación, sin embargo, Rusia se quedó con el sur de Besarabia y compensó a Rumania con la Dobruja del Norte, la franja entre el Danubio y el mar Negro con el puerto de Constanța, lo que dejó un resquemor hacia el poderoso aliado. Ya plenamente soberana, Rumania se proclamó reino en 1881 y Carol I fue coronado rey. Bajo su largo reinado el país se modernizó, construyó ferrocarriles, universidades y una capital que empezó a llamarse "el pequeño París", aunque la inmensa masa campesina seguía en la pobreza, como mostró la sangrienta revuelta rural de 1907.
Rumania entró en la Primera Guerra Mundial en agosto de 1916, del lado de la Entente (Francia, Reino Unido, Rusia), con el objetivo declarado de conquistar Transilvania y unir a todos los rumanos en un solo Estado. La campaña empezó en desastre: los ejércitos de las Potencias Centrales ocuparon Bucarest y buena parte del país en pocos meses, y el gobierno y la corte tuvieron que refugiarse en Iași, en Moldavia, la única región que resistió. En 1918, con Rusia hundida en la revolución bolchevique, Rumania quedó aislada y se vio forzada a firmar una paz humillante con los alemanes. Pero el derrumbe final de las Potencias Centrales, ese mismo otoño, dio vuelta la situación por completo.
El hundimiento de Austria-Hungría y del Imperio ruso abrió la puerta a lo que los rumanos llaman la Marea Unire, la Gran Unión. En cuestión de meses, tres regiones de mayoría o fuerte presencia rumana proclamaron su unión con el reino: Besarabia (la actual República de Moldavia), que se había separado de Rusia, votó unirse el 27 de marzo de 1918; Bucovina, en el norte, lo hizo el 28 de noviembre; y, sobre todo, Transilvania, donde una gran asamblea nacional reunida en Alba Iulia el 1 de diciembre de 1918 proclamó la unión con Rumania. Esa fecha, el 1 de diciembre, es hoy la fiesta nacional del país.
Así nació la "Rumania Grande" (România Mare), que con la incorporación de Transilvania, el Banato, Besarabia y Bucovina alcanzó su mayor extensión histórica, cerca de 295.000 km², y duplicó su población. Los tratados de paz de 1919-1920, en particular el de Trianon con Hungría, consagraron esas fronteras. Fue el momento de mayor plenitud del nacionalismo rumano, pero también el origen de tensiones duraderas: la nueva Rumania era un Estado multinacional con grandes minorías —húngaros y alemanes en Transilvania, judíos, ucranianos— y Hungría nunca aceptó la pérdida de Transilvania, que reclama en su memoria como una amputación. El período de entreguerras fue de vida parlamentaria pero también de creciente inestabilidad, corrupción y, hacia los años treinta, del ascenso de un violento movimiento fascista y antisemita, la Guardia de Hierro (o Legión del Arcángel Miguel), que sembraría el terror y empujaría al país hacia la catástrofe.
El estallido de la Segunda Guerra Mundial fue devastador para la Rumania Grande. En el verano de 1940, bajo la presión de Hitler y Stalin, el país perdió en pocas semanas un tercio de su territorio sin combatir: la Unión Soviética se anexionó Besarabia y el norte de Bucovina; el Segundo Arbitraje de Viena, dictado por Alemania e Italia, entregó a Hungría la mitad norte de Transilvania; y Bulgaria recuperó el sur de la Dobruja. El desastre precipitó la caída del rey Carol II y el ascenso al poder del general Ion Antonescu, que se proclamó Conducător ("conductor"), gobernó al principio junto a la Guardia de Hierro y luego, tras aplastar la sangrienta rebelión legionaria de enero de 1941 —acompañada de un pogromo en Bucarest que dejó más de cien judíos asesinados—, instauró una dictadura militar personal.
Antonescu alió a Rumania con la Alemania nazi y, en junio de 1941, sumó al país a la invasión de la Unión Soviética junto a la Wehrmacht, con el objetivo de recuperar Besarabia y Bucovina. La tropa rumana combatió hasta Stalingrado, donde sufrió pérdidas enormes. Pero el capítulo más oscuro de estos años es el Holocausto en Rumania, en el que el régimen de Antonescu tuvo responsabilidad directa y propia, no como mero satélite alemán. Todo empezó con el pogromo de Iași, a fines de junio de 1941, en el que las autoridades rumanas asesinaron al menos a unos 13.000 judíos entre matanzas en la ciudad y los "trenes de la muerte" en los que miles murieron asfixiados. Después vinieron las deportaciones masivas de judíos —y también de miles de romaníes (gitanos)— a la región de Transnistria, la franja de Ucrania ocupada bajo administración rumana, donde perecieron por fusilamientos, hambre, frío y epidemias.
El balance es terrible y, durante décadas, fue negado o minimizado. Según la Comisión Internacional para el Estudio del Holocausto en Rumania, presidida por Elie Wiesel, las autoridades rumanas y alemanas fueron responsables de la muerte de entre 280.000 y 380.000 judíos en los territorios bajo control rumano, además de las decenas de miles de judíos del norte de Transilvania —bajo dominio húngaro— deportados a Auschwitz en 1944. La postura rumana ante los judíos fue contradictoria: mientras exterminaba a los de Besarabia, Bucovina y Transnistria, Antonescu frenó en 1942 la deportación a los campos alemanes de los judíos del núcleo del país, lo que salvó a buena parte de la comunidad de la Vieja Rumania. En agosto de 1944, con el Ejército Rojo en la frontera, el joven rey Miguel I dio un golpe de Estado, arrestó a Antonescu y cambió de bando: Rumania pasó a combatir contra Alemania. El giro adelantó el fin de la guerra pero no evitó lo que venía: la ocupación soviética. Antonescu fue juzgado y fusilado en 1946.
Con el Ejército Rojo ocupando el país, Rumania cayó en la órbita soviética. En pocos años, el Partido Comunista —minúsculo antes de la guerra— se hizo con todo el poder mediante fraude, coacción y represión. En 1947 se forzó la abdicación del rey Miguel I y se proclamó la República Popular Rumana. Bajo la dirección de Gheorghe Gheorghiu-Dej se implantó un régimen estalinista de manual: colectivización forzada del campo, nacionalización de la industria, planes quinquenales, culto al partido y una policía política omnipresente, la Securitate, que llenó las cárceles y los campos de trabajo —como el tristemente célebre canal Danubio-Mar Negro o la prisión de Sighet— de "enemigos de clase", antiguos políticos, curas, campesinos y disidentes. Gheorghiu-Dej logró además que las tropas soviéticas se retiraran de Rumania en 1958.
A su muerte, en 1965, tomó las riendas Nicolae Ceaușescu, que gobernaría durante casi un cuarto de siglo. Al principio despertó cierta esperanza y hasta simpatía en Occidente: relajó algo la censura, permitió más apertura cultural y, sobre todo, marcó distancia de Moscú, condenando en 1968 la invasión soviética de Checoslovaquia. Esa imagen de comunista "independiente" le valió créditos, visitas de líderes occidentales y prestigio internacional. Pero el espejismo duró poco. Tras un viaje a China y Corea del Norte a comienzos de los setenta, Ceaușescu quedó fascinado por el maoísmo y el modelo de Kim Il-sung, y volvió obsesionado con un culto a la personalidad delirante: se hizo llamar "Conductor" y "Genio de los Cárpatos", y colocó a su esposa Elena y a su familia en los puestos clave del Estado.
Los años ochenta fueron de miseria creciente. Decidido a pagar por completo la deuda externa del país, Ceaușescu exportó buena parte de los alimentos y la energía y sometió a la población a un racionamiento brutal: cortes de luz y calefacción, colas interminables, escasez de pan, carne y hasta bombillas. A la vez emprendió megaproyectos faraónicos, como el descomunal Palacio del Pueblo de Bucarest —hoy el Palacio del Parlamento, uno de los edificios más grandes del mundo—, para cuya construcción arrasó un barrio histórico entero de la capital. Su plan de "sistematización" pretendía demoler miles de pueblos y reconcentrar a los campesinos en bloques de cemento. La represión de la Securitate, el hambre y el frío, junto con políticas natalistas coercitivas que prohibieron el aborto y los anticonceptivos y llenaron los orfanatos de niños abandonados, hicieron de la Rumania de los ochenta uno de los regímenes más opresivos y grotescos del bloque del Este.
Cuando en 1989 se derrumbaban pacíficamente los regímenes comunistas de Polonia, Hungría, Checoslovaquia y la propia Alemania del Este, en Rumania Ceaușescu parecía inamovible. Su caída, sin embargo, fue la más rápida y la más violenta de todas. La chispa saltó en Timișoara, la gran ciudad del oeste, el 16 de diciembre de 1989: una protesta en defensa de László Tőkés, pastor reformado de la minoría húngara al que las autoridades querían desalojar, se transformó en una manifestación multitudinaria contra el régimen. Ceaușescu ordenó al ejército y a la Securitate abrir fuego, y el 17 de diciembre hubo muchos muertos, aunque la ciudad no se rindió.
El desenlace llegó en Bucarest. El 21 de diciembre, Ceaușescu convocó una gran concentración en el balcón del Comité Central, seguro de recibir el respaldo popular de siempre. Ante las cámaras de la televisión estatal, la multitud empezó a abuchearlo y a corear consignas: el dictador quedó paralizado, con el desconcierto pintado en la cara, en una escena transmitida en directo que marcó el fin del hechizo. Esa noche y la siguiente, Bucarest se llenó de manifestantes y de disparos. El 22 de diciembre, con el ejército pasándose al lado de la revuelta, Ceaușescu y su esposa Elena huyeron en helicóptero desde la azotea del edificio, pero fueron capturados poco después.
Lo que siguió fue confuso y sangriento. Un autodenominado Frente de Salvación Nacional, integrado en buena parte por antiguos comunistas encabezados por Ion Iliescu, tomó el poder, mientras en las calles se combatía contra supuestos "terroristas" fieles al régimen en una batalla nunca del todo esclarecida. El 25 de diciembre, día de Navidad, Nicolae y Elena Ceaușescu fueron juzgados en un tribunal militar sumarísimo, condenados por genocidio y "sabotaje económico", y fusilados de inmediato; las imágenes de sus cadáveres dieron la vuelta al mundo. La revolución rumana dejó más de mil muertos, la mayoría después de la caída de la pareja presidencial. Su carácter —levantamiento popular genuino, golpe palaciego aprovechado por la nomenklatura, o ambas cosas a la vez— sigue siendo objeto de debate historiográfico y de causas judiciales décadas después. Lo indiscutible es que puso fin a más de cuatro décadas de comunismo.
La transición poscomunista fue lenta y difícil. Los primeros años estuvieron dominados por Ion Iliescu y el Frente de Salvación Nacional, con episodios turbios como las mineriadas, las violentas irrupciones de mineros en Bucarest para reprimir a la oposición estudiantil en 1990 y 1991. La economía, atrasada y sobredimensionada por la industria pesada comunista, sufrió una dura reconversión, con inflación, desempleo y una gran emigración: millones de rumanos partieron a trabajar a Italia, España y otros países de Europa occidental, y sus remesas se volvieron un pilar de la economía. La corrupción, herencia y a la vez rasgo persistente del nuevo sistema, se convirtió en el gran problema de la vida pública.
Aun así, Rumania encaró con decisión su integración en Occidente. Ingresó en la OTAN en 2004 y, tras años de reformas exigidas por Bruselas, en la Unión Europea el 1 de enero de 2007, junto con Bulgaria. Fue una transformación profunda: fondos europeos para infraestructura, apertura de fronteras, libre circulación de sus ciudadanos. Por las persistentes dudas sobre la corrupción y el crimen organizado, la Comisión Europea mantuvo durante años un Mecanismo de Cooperación y Verificación para supervisar la justicia rumana, y el ingreso pleno al espacio Schengen se demoró hasta bien entrada la década de 2020.
La Rumania de hoy es una república democrática y un Estado miembro de la UE de casi veinte millones de habitantes, con una economía que ha crecido con fuerza y un sector tecnológico pujante, pero todavía marcada por desigualdades regionales, por la emigración de su juventud y por la lucha —a veces heroica, con grandes movilizaciones ciudadanas contra la corrupción— por consolidar el Estado de derecho. El país ha empezado también a mirar de frente su pasado: reconoció oficialmente su responsabilidad en el Holocausto tras el informe de la Comisión Wiesel de 2004, y sigue procesando la memoria del comunismo y de la revolución de 1989. Para el viajero, esa historia superpuesta —la Dacia romana, los monasterios medievales, las ciudadelas sajonas de Transilvania, el legado otomano, los palacios del reino, las cicatrices del comunismo— está inscripta en cada región del país.
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La región que rodea a Bucarest es el núcleo histórico de Valaquia (Țara Românească, literalmente "la tierra rumana"), el principado que Basarab I consolidó hacia 1330 al derrotar al rey de Hungría en la batalla de Posada y asegurar su independencia. Extendida entre los Cárpatos meridionales y el Danubio, Valaquia fue una de las dos cunas del Estado rumano, junto con Moldavia. Su llanura fértil la hizo rica en cereales pero también vulnerable: por ella pasaban los ejércitos otomanos, y sus príncipes gobernaron durante siglos bajo la sombra del sultán, a quien pagaban tributo a cambio de conservar su autonomía y su fe ortodoxa.
La historia de Valaquia está poblada de voivodas legendarios. Mircea el Viejo, a caballo entre los siglos XIV y XV, combatió a los otomanos y extendió el principado hasta el mar. Vlad Țepeș, el Empalador, reinó desde estas tierras a mediados del siglo XV y trasladó su corte a Bucarest, que menciona por primera vez en un documento de 1459. Constantin Brâncoveanu, a comienzos del siglo XVIII, dio nombre a un estilo artístico propio —el estilo brâncovenesc, mezcla de barroco, renacimiento y tradición bizantina— antes de ser ejecutado en Constantinopla junto a sus hijos por negarse a renegar de su fe cristiana.
Las antiguas capitales del principado marcan su geografía histórica: Câmpulung, Curtea de Argeș —con su monasterio del siglo XVI, joya del arte rumano y panteón de los reyes— y Târgoviște, donde se conserva la Torre Chindia asociada a Vlad Țepeș y donde, curiosamente, fueron fusilados los Ceaușescu en 1989. Con el tiempo, el centro de gravedad de Valaquia se desplazó a Bucarest, que en 1862 se convirtió en capital de la Rumania unida.
Bucarest (București) creció como corte principesca de Valaquia y, tras la unión de 1859 y la elección de la ciudad como capital en 1862, se transformó en la gran metrópoli del reino de Rumania. Durante el largo reinado de Carol I y las primeras décadas del siglo XX vivió su época dorada: se abrieron amplios bulevares al estilo de Haussmann, se levantaron el Ateneo Rumano, el Palacio Real, edificios de arquitectura ecléctica y art nouveau, y la ciudad se ganó el apodo de "el pequeño París" del este, coronada por su propio Arco de Triunfo. Fue un centro cultural cosmopolita, con cafés, teatros y una vida intelectual brillante en el período de entreguerras.
El siglo XX golpeó duramente a la ciudad: los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, los terremotos —el de 1977 fue especialmente destructivo— y, sobre todo, la reconstrucción comunista. En los años ochenta, Nicolae Ceaușescu emprendió una transformación radical del centro: arrasó un barrio histórico entero, con iglesias y casas señoriales, para construir el descomunal Centro Cívico y el Palacio del Pueblo (hoy Palacio del Parlamento), un edificio ciclópeo que es uno de los más grandes y pesados del mundo, símbolo de la megalomanía del régimen y levantado con el hambre del país.
Bucarest fue también el escenario del desenlace de la revolución de 1989: en la actual Plaza de la Revolución, frente al antiguo edificio del Comité Central, la multitud abucheó a Ceaușescu el 21 de diciembre, y en las calles y en la Plaza de la Universidad se combatió y se murió en los días siguientes. Hoy la capital rumana mezcla ese pasado superpuesto: los pocos vestigios del "pequeño París", los enormes bloques y avenidas del comunismo, las iglesias ortodoxas escondidas entre los edificios y una vida nocturna y cultural intensa en el casco viejo (Lipscani).
En el valle de Prahova, allí donde los Cárpatos meridionales se elevan al norte de Bucarest, se encuentra Sinaia, una elegante estación de montaña que debe su nombre y su origen a un monasterio del siglo XVII, fundado por un boyardo que lo bautizó en recuerdo del monte Sinaí tras un peregrinaje a Tierra Santa. Pero lo que hizo célebre a Sinaia fue la decisión del rey Carol I de construir aquí su residencia de verano.
Entre 1873 y 1883 se levantó el castillo de Peleș, una fastuosa residencia de estilo neorrenacentista alemán, con torres, entramados de madera y jardines aterrazados, considerada una de las joyas del romanticismo europeo y uno de los castillos más bellos del continente. Su interior, decorado con maderas talladas, armaduras, vitrales y salones temáticos, refleja el gusto y la riqueza de la nueva monarquía rumana, de origen alemán (los Hohenzollern-Sigmaringen). Junto a él se construyó después el castillo de Pelișor, para el rey Fernando y la reina María. Peleș fue, además, pionero: uno de los primeros castillos de Europa con electricidad propia y calefacción central.
Sinaia se convirtió así en la "perla de los Cárpatos", lugar de veraneo de la corte y de la aristocracia, con hoteles, casino y villas de época. Tras la abolición de la monarquía por el régimen comunista en 1947, Peleș fue nacionalizado y llegó a ser usado como museo y como residencia oficial para huéspedes ilustres. Hoy es uno de los destinos turísticos más visitados de Rumania y un testimonio del breve esplendor del reino, en el corazón de un paisaje alpino.
El valle del río Prahova es el gran corredor natural que une la llanura de Valaquia con Transilvania a través de los Cárpatos meridionales, las montañas más altas de Rumania. Durante siglos fue una ruta comercial y una vía de paso entre el principado valaco y las ciudades sajonas de Transilvania; hoy, atravesado por carretera y ferrocarril, es la zona de montaña más accesible y frecuentada del país, con una hilera de estaciones —Sinaia, Bușteni, Predeal— que forman la principal región de esquí y montañismo rumana.
Sobre el valle se alzan los macizos de Bucegi y de Piatra Craiului, con paredes de roca, mesetas de altura y formaciones célebres como la Sfinxul (la "Esfinge") y las Babele, rocas erosionadas por el viento en torno a las cuales han crecido leyendas y teorías esotéricas. El pico Omu, en los Bucegi, supera los 2.500 metros. Estas montañas, refugio histórico de los pastores rumanos y escenario de la trashumancia, son hoy un parque natural muy visitado, con teleféricos, refugios y senderos.
En el extremo norte del valle, ya en el paso hacia Transilvania, se encuentra Brașov, y en las inmediaciones el castillo de Bran, lo que convierte al corredor de Prahova en la puerta de entrada al circuito turístico más famoso del país. La combinación de naturaleza alpina, castillos reales y ciudadelas medievales a poca distancia de Bucarest hace de esta región una de las más recorridas por los viajeros que buscan tanto el paisaje de los Cárpatos como la historia de Rumania.
La historia de Valaquia estuvo determinada por su condición de principado vasallo del Imperio otomano. A diferencia de los territorios convertidos en provincias turcas, Valaquia conservó su príncipe cristiano, su Iglesia ortodoxa y su autonomía interna, pero a un precio alto: el tributo al sultán, la injerencia constante de la Sublime Puerta en la elección de sus voivodas y la exposición permanente a las guerras entre otomanos, Habsburgo y rusos, que una y otra vez convirtieron su territorio en campo de batalla. Los príncipes duraban poco, derrocados por intrigas de los boyardos o por decisión del sultán.
En el siglo XVIII, Valaquia cayó bajo el régimen fanariota: el sultán, desconfiando de los príncipes locales, empezó a nombrar gobernantes griegos del barrio de Fanar de Constantinopla, que compraban el cargo y exprimían al principado para recuperar la inversión. Fue una época de impuestos asfixiantes y decadencia, aunque también de cierta modernización. El descontento estalló en 1821 con el levantamiento de Tudor Vladimirescu, una revuelta de raíz social y nacional que, aunque fracasó y terminó con su ejecución, marcó el fin del régimen fanariota y el comienzo del despertar nacional valaco.
El siglo XIX trajo la modernización y la unión. La revolución de 1848 en Valaquia, protagonizada por una generación de jóvenes formados en París, reclamó libertades y reformas antes de ser aplastada por otomanos y rusos. Una década después, la elección de Alexandru Ioan Cuza como príncipe de Valaquia y de Moldavia en 1859 creó de hecho el Estado rumano unido, y Bucarest, capital valaca, pasó a ser la capital nacional. Así, la vieja "tierra rumana" del sur se convirtió en el centro político de la Rumania moderna.
Bucovina, en el extremo norte de Rumania, fue durante la Edad Media el corazón del principado de Moldavia. Su nombre significa "tierra de hayas", y sus colinas boscosas albergaron las primeras capitales moldavas y las sedes de sus príncipes. Aquí reinó Esteban el Grande (Ștefan cel Mare), el mayor de los voivodas moldavos, que gobernó casi medio siglo (1457-1504), frenó una y otra vez a los otomanos, húngaros y polacos, y mandó levantar, según la tradición, una iglesia o monasterio por cada victoria. La Iglesia ortodoxa lo canonizó siglos después como "Esteban el Grande y Santo".
Esa densidad de fundaciones religiosas convirtió a Bucovina en un extraordinario conjunto artístico. En sus valles se conservan monasterios fortificados de los siglos XV y XVI que son cumbre del arte medieval rumano, herederos a la vez de la tradición bizantina y de un estilo local propio, el "estilo moldavo", que mezcla elementos góticos y orientales.
La historia de Bucovina se complicó en la época moderna. En 1775, el Imperio de los Habsburgo se anexionó la región, que pasó a formar parte de Austria hasta 1918, cuando se unió a Rumania en la Gran Unión. Tras la Segunda Guerra Mundial, la Unión Soviética se quedó con la mitad norte de Bucovina, hoy en Ucrania, mientras la mitad sur permaneció en Rumania. Esa Bucovina rumana, con sus monasterios y sus aldeas, conserva un aire de tradición y de espiritualidad que la distingue del resto del país.
El tesoro de Bucovina son sus monasterios pintados, un caso único en el arte europeo. A diferencia de otras iglesias, sus muros exteriores están cubiertos de frescos que narran, de arriba abajo, escenas bíblicas, vidas de santos, el Juicio Final y hasta episodios históricos, pintados al fresco en el siglo XVI para instruir a una población en su mayoría analfabeta. Que esas pinturas al aire libre hayan sobrevivido casi quinientos años de inviernos, lluvias y vientos de los Cárpatos es en sí mismo un pequeño milagro técnico.
Ocho de estas iglesias, en el condado de Suceava, están inscriptas en el Patrimonio Mundial de la Unesco bajo el nombre de "Iglesias de Moldavia". La más célebre es el monasterio de Voroneț, construido por Esteban el Grande en 1488 en apenas unos meses para conmemorar una victoria, y conocido como "la Capilla Sixtina del Este" por la calidad y la intensidad de sus frescos. Su rasgo distintivo es un tono de azul profundo y luminoso, obtenido con un pigmento cuya receta exacta se perdió, que ha pasado a la historia del arte como el "azul de Voroneț" (albastru de Voroneț).
Los otros grandes monasterios —Sucevița, Moldovița, Humor, Arbore, Probota— completan un conjunto que combina la espiritualidad ortodoxa, el arte bizantino tardío y la memoria de la vieja Moldavia. Fundados y decorados por príncipes, boyardos y metropolitanos, funcionaron también como fortalezas frente a las invasiones. Hoy siguen siendo monasterios vivos, con monjas y monjes, y constituyen uno de los conjuntos artísticos y religiosos más originales de Europa, en el corazón de la Bucovina rumana.
En el noroeste de Rumania, encajonada entre montañas y aislada durante siglos, se extiende la comarca de Maramureș, una de las regiones rurales más tradicionales de Europa. Aquí se conservó, más que en ningún otro sitio del país, una cultura campesina de raíz antigua, con pueblos de casas y portones de madera tallada, trajes tradicionales aún en uso, oficios artesanales y una vida ligada a los ritmos del campo. Maramureș reivindica además una de las raíces históricas de la nación rumana: de aquí partió, según la tradición, Bogdan I, el voivoda que hacia 1359 fundó el principado independiente de Moldavia.
El símbolo de la región son sus iglesias de madera. Levantadas por comunidades ortodoxas que, bajo el dominio húngaro, tenían prohibido construir templos de piedra, estas iglesias se alzan con altísimos campanarios puntiagudos que parecen agujas clavadas en el cielo, todo ello construido en madera sin un solo clavo de hierro, con notable maestría de carpintería. Ocho de ellas, de los siglos XVII y XVIII, están inscriptas en el Patrimonio Mundial de la Unesco; la de Peri-Săpânța tiene uno de los campanarios de madera más altos de Europa.
La vida tradicional de Maramureș —la trashumancia, las fiestas, la música, la artesanía de la madera y la lana— convive hoy con la modernidad y la emigración, pero la región sigue siendo un refugio de autenticidad rural, muy alejado de la imagen gótica de Transilvania. Sus valles, sus pueblos de madera y sus iglesias hacen de Maramureș una especie de museo vivo de la Rumania campesina de otros tiempos.
En el pueblo de Săpânța, cerca de la frontera con Ucrania, se encuentra uno de los lugares más singulares y entrañables de Rumania: el Cementerio Alegre (Cimitirul Vesel). En lugar de las cruces sobrias y la solemnidad habituales de un camposanto, aquí las tumbas están señaladas por cruces de madera pintadas de un vivo azul —el "azul de Săpânța"— y decoradas con relieves de colores y epitafios en verso que cuentan, con humor y sin pudor, la vida y a veces la muerte del difunto.
La costumbre nació en 1935 con Stan Ioan Pătraș, un artesano local que empezó a tallar y pintar estas cruces con escenas de la vida de cada persona —el pastor con sus ovejas, la tejedora en su telar, el borracho en la taberna, el accidente que causó la muerte— y a acompañarlas de textos irónicos, tiernos o pícaros, escritos en primera persona, como si el propio muerto hablara. Tras su fallecimiento, un discípulo continuó la tradición, que sigue viva hasta hoy y ha llenado el cementerio de cientos de cruces de colores.
Este enfoque desenfadado de la muerte se ha interpretado como un eco de una vieja actitud dacia ante el más allá —los antiguos, según Heródoto, no temían la muerte— y como una expresión del carácter de Maramureș. Convertido en atracción turística y en símbolo del arte popular rumano, el Cementerio Alegre de Săpânța resume el espíritu de esta comarca del norte: tradición, madera pintada, humor campesino y una relación con la vida y la muerte muy distinta de la solemnidad habitual.
El norte rumano vivió con especial dureza el siglo de los imperios y las guerras. Bucovina fue provincia austríaca desde 1775, lo que le dio una impronta centroeuropea —Suceava y sobre todo la vecina Cernăuți (Chernivtsi, hoy en Ucrania) fueron centros multiculturales, con rumanos, ucranianos, judíos, alemanes y polacos— y una relativa modernización bajo los Habsburgo. Maramureș, por su parte, formó parte del reino de Hungría hasta 1918. Ambas regiones se sumaron a Rumania en la Gran Unión de aquel año.
La Segunda Guerra Mundial trajo el desgarro. En 1940, la Unión Soviética se anexionó el norte de Bucovina junto con Besarabia, y la frontera partió en dos la región histórica: la mitad norte, con Cernăuți, quedó en la URSS —hoy en Ucrania— y la mitad sur, en Rumania. La numerosa población judía de Bucovina fue víctima del Holocausto: bajo el régimen de Antonescu, miles de judíos de la región fueron deportados a Transnistria, donde muchos murieron de hambre, frío y epidemias, en uno de los capítulos del exterminio del que las autoridades rumanas fueron directamente responsables.
Bajo el comunismo, el aislamiento montañoso ayudó a preservar la vida tradicional de Maramureș y de las aldeas de Bucovina, aunque también la colectivización forzada golpeó al campo. Tras 1989, la emigración se llevó a mucha gente joven a Europa occidental, pero las dos regiones conservaron su patrimonio excepcional —los monasterios pintados, las iglesias de madera— y hoy son destinos de un turismo cultural que busca en el norte de Rumania una autenticidad y una espiritualidad difíciles de encontrar en otras partes del continente.
Tras recorrer casi 2.900 kilómetros a través de Europa, el Danubio termina su viaje en Rumania, donde se abre en un vasto abanico de brazos, canales, lagos y cañaverales antes de desembocar en el mar Negro: es el Delta del Danubio, uno de los humedales más grandes y mejor conservados del continente. El río se divide en tres brazos principales —Chilia, Sulina y Sfântu Gheorghe— que dibujan un laberinto acuático en constante cambio, donde la tierra y el agua se confunden y el delta sigue creciendo mar adentro con los sedimentos que arrastra el río.
Es, ante todo, un santuario natural de valor mundial. El delta alberga la mayor extensión de cañaverales del planeta y una biodiversidad extraordinaria: es hogar o lugar de paso de más de 300 especies de aves —pelícanos, cormoranes, garzas, cisnes— que hacen de él un paraíso para los observadores, y de decenas de especies de peces. Por su importancia ecológica, la Reserva de la Biosfera del Delta del Danubio está protegida como Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1991 y como reserva de biosfera.
El delta está habitado por comunidades que viven de la pesca en pueblos aislados, accesibles casi solo por agua, entre ellas los lipovanos, descendientes de los "viejos creyentes" rusos que huyeron de las persecuciones religiosas en el siglo XVIII y se instalaron en estas tierras acuáticas. La pequeña ciudad de Tulcea es la puerta de entrada, y desde ella parten las barcas que se internan en un mundo de agua, aves y silencio. El Delta del Danubio es, junto con los Cárpatos, uno de los grandes tesoros naturales de Rumania.
Constanța, el mayor puerto de Rumania sobre el mar Negro, es una de las ciudades habitadas más antiguas del país. Fue fundada en el siglo VI a.C. por colonos griegos de Mileto con el nombre de Tomis, como parte de la red de colonias que los griegos establecieron por todo el litoral del mar Negro para el comercio. Más tarde pasó a manos romanas y se integró en la provincia de Mesia; su nombre actual proviene de Constantiana, en honor a una hermana del emperador Constantino el Grande.
Tomis guarda un lugar en la historia de la literatura universal: aquí fue desterrado, en el año 8 d.C., el gran poeta latino Ovidio, autor de las Metamorfosis, por orden del emperador Augusto y por razones que nunca se aclararon del todo. Ovidio pasó sus últimos años en esta ciudad remota, en el confín del mundo romano, añorando Roma y lamentando su suerte en dos obras escritas en el exilio, las Tristia y las Pónticas (Epistulae ex Ponto). Murió en Tomis hacia el año 17 o 18. La plaza principal del casco viejo lleva hoy su nombre y está presidida por una estatua del poeta.
Constanța conserva vestigios de esa antigüedad —como el impresionante mosaico romano de un antiguo edificio comercial— junto a la impronta de su época otomana, con una mezquita, y sobre todo de su esplendor de comienzos del siglo XX, cuando se convirtió en el balneario de moda del reino de Rumania. De aquella época data su símbolo más célebre: el Casino, un edificio art nouveau frente al mar que, tras décadas de abandono y ruina, ha sido restaurado. Puerta del país al mar Negro y a las playas de la costa, como la vecina Mamaia, Constanța combina más de dos mil quinientos años de historia con su papel de gran ciudad portuaria y turística.
La región que rodea a Constanța y al delta es la Dobruja (Dobrogea), la franja de tierra comprendida entre el bajo Danubio y el mar Negro. Es, quizás, la región más diversa y cosmopolita de Rumania, resultado de una historia de encrucijada por la que pasaron griegos, romanos, bizantinos, búlgaros, otomanos, tártaros, rusos y rumanos. Esa superposición dejó una mezcla de poblaciones —rumanos, turcos, tártaros, lipovanos, búlgaros, griegos, armenios— y de religiones que todavía hoy se refleja en sus pueblos, sus mezquitas y sus iglesias.
Durante siglos, la Dobruja formó parte del Imperio otomano, lo que le dio una impronta oriental que la distingue del resto del país y explica la presencia de comunidades musulmanas turcas y tártaras, de las más antiguas de Europa. La región solo se integró a Rumania en 1878, tras la guerra de independencia: en el Tratado de Berlín, Rumania recibió la Dobruja del Norte a cambio del sur de Besarabia que le arrebató Rusia. La Dobruja del Sur (la "Cuadrilátero") fue rumana entre 1913 y 1940, cuando pasó a Bulgaria.
Esa integración tardía y esa mezcla de pueblos hacen de la Dobruja un caso aparte dentro de Rumania. Aquí conviven los vestigios grecorromanos de la costa —Tomis, Histria, Callatis—, las huellas del islam otomano, las aldeas de pescadores del delta y las modernas playas del mar Negro. Es la ventana marítima del país y su rincón más oriental y diverso, donde la historia de Rumania se enlaza con la del mar Negro y los Balcanes.
El Danubio no es solo el río que forma el delta: es un eje que ha marcado toda la historia de Rumania. Durante siglos fue la frontera del Imperio romano —el limes danubiano—, la línea que separaba la civilización de Roma de los pueblos "bárbaros" del norte, y fue precisamente para cruzarlo y conquistar la Dacia que Trajano mandó construir su famoso puente de piedra en Drobeta, a comienzos del siglo II. Más tarde, el río fue frontera entre el mundo cristiano de los principados y el Imperio otomano, y escenario de innumerables guerras.
En su tramo rumano, el Danubio ofrece paisajes espectaculares, como el desfiladero de las Puertas de Hierro (Porțile de Fier), donde el río se estrecha entre montañas en la frontera con Serbia. Allí se conserva la Tabula Traiana, una inscripción romana que conmemora las obras de Trajano, y allí se talló ya en el siglo XX el colosal rostro de Decébalo, el rey dacio, en un acantilado sobre el agua. En ese mismo tramo, el régimen comunista construyó una gran presa hidroeléctrica conjunta con Yugoslavia.
El capítulo más sombrío del Danubio rumano en el siglo XX es el Canal Danubio-Mar Negro, un atajo navegable entre el río y Constanța. Su primer intento de construcción, en los años cincuenta bajo el régimen estalinista de Gheorghiu-Dej, se convirtió en un instrumento de terror: miles de presos políticos —opositores, campesinos, intelectuales, religiosos— fueron enviados a trabajos forzados en condiciones atroces en lo que se llamó "el canal de la muerte", donde muchos perdieron la vida. La obra se abandonó y solo se completó décadas después. El Danubio resume así la historia rumana: frontera romana, línea de guerra contra los otomanos y, en el siglo XX, escenario de la represión comunista.
La costa rumana del mar Negro, al sur de Constanța, se convirtió en el siglo XX en la gran zona de veraneo del país. Ya en tiempos del reino, balnearios como Mamaia o Eforie atraían a la buena sociedad, pero fue bajo el comunismo cuando el litoral se transformó en un destino de masas. El régimen construyó a lo largo de la costa una hilera de estaciones balnearias —con nombres mitológicos como Neptun, Venus, Saturn, Júpiter, Olimp— llenas de hoteles de hormigón donde los trabajadores rumanos y los turistas del bloque del Este pasaban sus vacaciones organizadas.
En los años sesenta y setenta, el litoral rumano llegó a ser incluso una modesta ventana de divisas: recibía turistas de Europa occidental atraídos por precios bajos, en la época en que Ceaușescu cultivaba su imagen de comunista "independiente" y abierto a Occidente. Las playas de arena, más amplias que las de otras costas del mar Negro, y el clima cálido del verano hicieron de esta franja el principal foco turístico del país junto con los Cárpatos.
Tras 1989, muchas de aquellas estaciones envejecieron y quedaron algo desfasadas frente a la competencia de destinos mediterráneos, pero la costa sigue siendo el balneario de los rumanos, con Mamaia como su punta más animada y con localidades históricas como Mangalia —la antigua colonia griega de Callatis— en el extremo sur. Playa, historia grecorromana y memoria comunista se dan la mano en este litoral, el único acceso de Rumania al mar y el remate oriental de un país que va de los Cárpatos al mar Negro.
El oeste de Rumania —el Banato en torno a Timișoara y la región de Crișana en torno a Oradea— es una tierra de llanuras fértiles y ciudades cosmopolitas, marcada por su condición de frontera y de cruce de pueblos. Durante siglos formó parte del reino de Hungría y luego del Imperio de los Habsburgo, y su población fue siempre una de las más diversas de Europa central: rumanos, húngaros, alemanes (los "suabos del Banato", colonos germanos asentados por los Habsburgo en el siglo XVIII), serbios, judíos, eslovacos, búlgaros y otros convivieron en sus ciudades y campos.
Esa impronta centroeuropea distingue al oeste del resto del país. Tras la reconquista de la región a los otomanos a comienzos del siglo XVIII, los Habsburgo la repoblaron, la desecaron y la modernizaron, dándole un urbanismo de trazado regular, plazas amplias y arquitectura barroca y, más tarde, secesionista (art nouveau). El Banato fue una de las regiones más ricas y desarrolladas del imperio, con una agricultura próspera y una temprana industrialización.
Como el resto de Transilvania y las tierras del oeste, el Banato y Crișana se unieron a Rumania en 1918, tras el hundimiento de Austria-Hungría, aunque el Banato quedó dividido entre Rumania y el nuevo reino de los serbios, croatas y eslovenos (Yugoslavia). La comunidad alemana, muy numerosa, fue en buena parte deportada a la URSS tras la Segunda Guerra Mundial y luego emigró en masa a Alemania, sobre todo en los años del comunismo y tras 1989. Aun así, el oeste conserva su carácter plural y su fisonomía centroeuropea, que lo hacen sentir más cercano a Viena o Budapest que a Bucarest.
Timișoara, la gran ciudad del Banato, es conocida por su elegancia centroeuropea y por una larga lista de primicias que le han valido el apodo de "la pequeña Viena". Situada en una llanura surcada de canales, fue durante siglo y medio (1552-1716) la principal plaza otomana de la región, hasta que el príncipe Eugenio de Saboya la arrebató a los turcos para los Habsburgo. Bajo Austria se reconstruyó por completo según los cánones de la ingeniería militar y el urbanismo barroco, con fortificaciones, plazas monumentales y edificios de colores pastel que todavía definen su centro.
La ciudad presume de haber sido pionera en muchas cosas. La más célebre: el 12 de noviembre de 1884, Timișoara se convirtió en la primera ciudad de Europa con alumbrado público eléctrico en sus calles, con una red que alimentaba varios centenares de lámparas incandescentes. Fue también de las primeras del continente en tener tranvías tirados por caballos y, más tarde, eléctricos, y una de las urbes más modernas de la monarquía austrohúngara. Su población trilingüe —rumano, húngaro, alemán— y su vida cultural hicieron de ella un foco cosmopolita.
Ese carácter abierto y su fisonomía de plazas barrocas —la Plaza de la Victoria, la Plaza de la Unión, con sus iglesias católica y ortodoxa serbia enfrentadas— hacen de Timișoara una de las ciudades más bellas de Rumania. En reconocimiento a su patrimonio y su vida cultural, fue Capital Europea de la Cultura en 2023. Pero si la ciudad ocupa un lugar central en la historia del país es, sobre todo, por lo que ocurrió en ella en diciembre de 1989.
El nombre de Timișoara está grabado en la historia como el lugar donde comenzó la revolución que puso fin al comunismo en Rumania. Todo empezó el 16 de diciembre de 1989 en torno a una figura inesperada: László Tőkés, pastor de la Iglesia reformada y miembro de la minoría húngara, al que las autoridades querían desalojar y trasladar por sus críticas al régimen. Sus feligreses se congregaron para impedirlo, y lo que empezó como una protesta religiosa se transformó rápidamente en una manifestación multitudinaria contra el régimen de Ceaușescu, en la que rumanos y húngaros marcharon juntos coreando consignas de libertad.
El régimen respondió con violencia. El 17 de diciembre, Ceaușescu ordenó al ejército y a la Securitate abrir fuego contra los manifestantes, y en las calles de Timișoara hubo numerosos muertos y heridos. Corrió incluso el rumor —después desmentido en sus cifras exageradas— de miles de víctimas, que contribuyó a encender al resto del país. Pero, lejos de amedrentarse, la ciudad se declaró "ciudad libre" y la revuelta se extendió. Ceaușescu, que estaba de viaje en Irán, regresó y convocó el 21 de diciembre una concentración en Bucarest para condenar a los "revoltosos" de Timișoara: fue allí donde la multitud lo abucheó y comenzó su caída.
La chispa de Timișoara prendió, pues, en toda Rumania y desembocó en el derrocamiento y la ejecución de los Ceaușescu el día de Navidad. La ciudad paga cada año homenaje a sus "héroes" y "mártires", y conserva la memoria de aquellos días en monumentos y museos. La revolución de 1989 dejó más de mil muertos en todo el país, muchos de ellos precisamente en Timișoara, la ciudad que se atrevió primero y que se enorgullece de haber encendido la mecha de la libertad.
En la frontera con Hungría, a orillas del río Crișul Repede, Oradea (Nagyvárad para los húngaros) es una de las sorpresas arquitectónicas de Rumania. Antigua ciudad episcopal del reino de Hungría, con una fortaleza medieval y una imponente basílica y palacio barrocos, Oradea vivió su mayor esplendor a comienzos del siglo XX, cuando era una próspera ciudad de la monarquía austrohúngara, con una activa burguesía y una importante comunidad judía.
De aquellos años dorados, entre finales del siglo XIX y 1914, procede su gran tesoro: uno de los conjuntos de arquitectura art nouveau (secesión) más ricos y completos de Europa central y oriental. Sus avenidas y plazas están flanqueadas por decenas de edificios de estilo secesionista, con fachadas ondulantes, mosaicos, vidrieras, motivos florales y elementos de inspiración folclórica húngara. El más célebre es el Palacio del Águila Negra (Vulturul Negru), con su galería comercial cubierta por una vidriera. Este patrimonio, mucho tiempo descuidado, ha sido restaurado en las últimas décadas y ha convertido a Oradea en un destino de creciente atractivo.
Como el resto de Crișana, Oradea pasó de Hungría a Rumania tras la Primera Guerra Mundial, con la excepción de los años 1940-1944, cuando el Segundo Arbitraje de Viena la devolvió a Hungría; en ese período, su numerosa comunidad judía fue deportada a Auschwitz. Ciudad de frontera y de mezcla, con población rumana y húngara, Oradea conserva ese aire centroeuropeo que caracteriza a todo el oeste del país y su excepcional legado de la Belle Époque.
El oeste de Rumania cambió de manos más veces que casi ninguna otra región del país. Tras el desastre húngaro de Mohács (1526), el Banato quedó bajo dominio otomano durante casi dos siglos: Timișoara fue capital de una provincia turca (eyalet) desde 1552, con mezquitas, baños y una guarnición de jenízaros. La zona era una tierra de frontera pantanosa y despoblada por las guerras continuas entre el Imperio otomano y los Habsburgo.
El gran cambio llegó a comienzos del siglo XVIII. El príncipe Eugenio de Saboya, al frente de los ejércitos imperiales, arrebató Timișoara y el Banato a los otomanos en 1716, y por la paz de Passarowitz (1718) la región pasó a los Habsburgo. Viena emprendió entonces una transformación radical: desecó los pantanos, trazó canales, fundó ciudades con planos regulares y repobló la comarca con colonos de todo el imperio, especialmente los "suabos del Danubio", campesinos y artesanos alemanes que dieron a la región gran parte de su prosperidad agrícola e industrial. El Banato se convirtió así en una de las tierras más ricas y modernas de la monarquía.
Esa doble herencia —el paso otomano y, sobre todo, la profunda impronta austríaca— explica el carácter singular del oeste: su urbanismo barroco y secesionista, su diversidad de pueblos y religiones, su temprana industrialización y su mentalidad centroeuropea. Cuando en 1918 la región se unió a Rumania, aportó al nuevo Estado unas ciudades y una cultura urbana muy distintas de las del viejo reino de Valaquia y Moldavia. Ese contraste entre el oeste centroeuropeo y el resto del país sigue siendo hoy uno de los rasgos de la identidad rumana.
Transilvania —Ardeal en rumano, Erdély en húngaro, Siebenbürgen en alemán— es la región más compleja y disputada de Rumania. Rodeada en forma de herradura por los Cárpatos, fue durante casi mil años parte del reino de Hungría, que la incorporó entre los siglos XI y XII y la organizó como un voivodato con estatuto propio. Para defender y poblar esta tierra de frontera, los reyes húngaros asentaron a dos comunidades que marcarían su historia: los szeklers (székely), una población de lengua húngara instalada como guardianes de las fronteras orientales, y los sajones, colonos germanos llamados a partir del siglo XII con privilegios de autogobierno.
Esos colonos sajones fundaron las célebres ciudades amuralladas de Transilvania —Sibiu (Hermannstadt), Brașov (Kronstadt), Sighișoara (Schäßburg), Bistrița, Mediaș— y las "siete fortalezas" que dan nombre a la región en alemán. Prósperas gracias al comercio y a los oficios, se dotaron de gremios, murallas, iglesias fortificadas y una densa red de pueblos con templos amurallados que hoy son Patrimonio de la Humanidad. El poder político quedó reservado a tres "naciones" privilegiadas —los nobles húngaros, los sajones y los szeklers—, unidas desde 1437 en la Unio Trium Nationum tras aplastar una revuelta campesina.
El gran ausente de ese pacto era el pueblo rumano, ortodoxo y en su mayoría campesino, que probablemente ya constituía una parte muy importante de la población pero quedaba excluido de los derechos políticos y sociales. Sobre esa desigualdad, y sobre la pregunta —cargada de política— de quién habitó primero Transilvania (los rumanos, herederos de los daco-romanos, o los húngaros llegados en la Edad Media), se construyó un conflicto identitario que atraviesa toda la historia moderna de Europa central y que todavía resuena hoy en las relaciones entre Rumania y Hungría.
Brașov y Sibiu son las dos grandes ciudades del legado sajón de Transilvania. Brașov (Kronstadt para los alemanes, Brassó para los húngaros), al pie del monte Tâmpa, fue una potencia comercial situada en el cruce de las rutas entre Valaquia, Moldavia y Europa central. Su plaza mayor, dominada por la imponente Iglesia Negra —el mayor templo gótico de Rumania, ennegrecido por un incendio en el siglo XVII—, sus murallas, torres y bastiones defensivos, y la estrecha callejuela Strada Sforii dan fe de su pasado medieval. Aquí se imprimió, en el siglo XVI, gracias al humanista sajón Johannes Honterus, y aquí el diácono Coresi publicó algunos de los primeros libros en lengua rumana.
Sibiu (Hermannstadt, Nagyszeben) fue durante siglos la principal ciudad sajona y el centro de su autogobierno, sede del "conde de los sajones". Su casco histórico, uno de los mejor conservados de Europa del Este, se organiza en torno a tres plazas conectadas, con casas de tejados que parecen tener "ojos" —las buhardillas semicerradas—, la iglesia evangélica, escaleras y pasajes medievales, y un anillo de murallas y torres de los gremios. Sibiu fue cuna de instituciones pioneras, como el primer museo de Rumania (el Brukenthal, del siglo XVIII) y uno de los primeros hospitales y farmacias del país.
Ambas ciudades encarnan el destino de la comunidad sajona: una minoría culta y próspera que dio forma urbana a Transilvania durante ochocientos años y que casi desapareció en el siglo XX. Perseguidos y deportados a la URSS tras la Segunda Guerra Mundial por su condición de alemanes, y luego "vendidos" por el régimen de Ceaușescu a la Alemania Federal a cambio de divisas, los sajones emigraron en masa, sobre todo tras 1989. Hoy quedan muy pocos, pero su huella define el paisaje: en 2007, precisamente Sibiu fue Capital Europea de la Cultura, y de una familia sajona de la región provenía Klaus Iohannis, alcalde de Sibiu que llegó a ser presidente de Rumania.
Sighișoara (Schäßburg en alemán, Segesvár en húngaro) es una de las ciudadelas medievales habitadas mejor conservadas de Europa, y por ello Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Fundada por los colonos sajones, conserva intacta su ciudad alta amurallada, con calles empedradas, casas de colores, iglesias y una serie de torres defensivas construidas y mantenidas por los distintos gremios de artesanos. La más famosa es la Torre del Reloj, del siglo XIV, con su autómata que marca las horas y desde la que se domina toda la ciudad.
Sighișoara guarda un vínculo con el personaje más célebre de Rumania: se considera que aquí nació, hacia 1431, Vlad III Țepeș, el Empalador, cuando su padre Vlad Dracul residía en la ciudad. La casa señalada como su lugar de nacimiento, en la ciudad alta, es hoy un reclamo turístico ligado al mito de Drácula, aunque conviene recordar que el vínculo entre el voivoda histórico y la leyenda vampírica es una invención literaria del siglo XIX.
Más allá de Drácula, Sighișoara es un testimonio vivo de la Transilvania sajona: su ciudadela, sus murallas y su iglesia de la colina —a la que se sube por una escalera cubierta de madera de más de 170 escalones— evocan los siglos en que las siete ciudades germanas de la región prosperaron gracias al comercio y los oficios. Como en el resto de Transilvania, la comunidad sajona que la construyó prácticamente desapareció en el siglo XX, pero su patrimonio urbano permanece como uno de los conjuntos medievales más completos del continente.
Encaramado sobre una roca en el paso que une Transilvania con Valaquia, el castillo de Bran es mundialmente conocido como "el castillo de Drácula". La fortaleza fue construida en el siglo XIV por los sajones de Brașov para controlar el paso comercial y defenderlo de los otomanos, y más tarde perteneció a la corona húngara y, ya en el siglo XX, a la reina María de Rumania, que lo convirtió en residencia. Su fama actual, sin embargo, se debe a un malentendido comercial: la relación histórica del castillo con Vlad Țepeș es endeble —el voivoda quizá pasó por la zona, pero no lo habitó—, y su asociación con el conde de la novela de Bram Stoker es puramente literaria y turística. Aun así, su silueta dramática encaja tan bien con la imaginación gótica que se ha vuelto el destino más visitado del país.
La región de Transilvania ofrece, además del mito, uno de los paisajes de montaña más espectaculares de Europa: la carretera Transfăgărășan. Construida por orden de Ceaușescu entre 1970 y 1974 —oficialmente como ruta militar estratégica tras el susto de la invasión soviética de Checoslovaquia—, cruza el macizo de Făgăraș, la parte más alta de los Cárpatos meridionales, superando los 2.000 metros de altitud. Su trazado, con innumerables curvas cerradas, túneles y viaductos, la ha hecho célebre entre los amantes de la conducción como una de las carreteras más bellas del mundo.
En su recorrido, la Transfăgărășan pasa junto a lagos glaciares como el Bâlea, cascadas y bosques, y cerca de las ruinas de la fortaleza de Poenari, esta sí una auténtica residencia de Vlad Țepeș, mucho menos famosa que Bran pero históricamente vinculada al Empalador. Cerrada por la nieve buena parte del año, la carretera solo puede recorrerse en los meses de verano, cuando se convierte en una de las grandes atracciones naturales de Rumania. Bran y la Transfăgărășan resumen bien el atractivo de Transilvania: la mezcla de mito y montaña, de leyenda gótica y paisaje real de los Cárpatos.
Cluj-Napoca, la mayor ciudad de Transilvania, condensa la historia y las tensiones de la región. Su nombre doble lo dice todo: "Napoca" evoca la ciudad romana de la Dacia de Trajano, y el añadido fue impulsado por Ceaușescu en los años setenta para subrayar el origen daco-romano frente a la fuerte presencia húngara; "Cluj" (Kolozsvár en húngaro, Klausenburg en alemán) remite a su larga historia como ciudad húngara y sajona. Centro cultural y universitario desde la Edad Media, con una monumental iglesia gótica de San Miguel y palacios de distintas épocas, Cluj fue durante siglos una de las capitales de Transilvania y un foco de la vida húngara.
El gran vuelco llegó en 1918. La caída de Austria-Hungría abrió la puerta a la Gran Unión: el 1 de diciembre de 1918, una asamblea nacional reunida en Alba Iulia —la ciudad donde Miguel el Valiente había proclamado su efímera unión en 1600— votó la incorporación de Transilvania a Rumania. El Tratado de Trianon de 1920 la consagró. Para los rumanos fue la culminación de un sueño secular; para Hungría, una amputación que nunca aceptó. La minoría húngara de Transilvania, todavía muy numerosa, pasó a ser ciudadanía de un nuevo Estado.
El siglo XX trajo más vaivenes dolorosos. En 1940, el Segundo Arbitraje de Viena, dictado por Hitler y Mussolini, devolvió a Hungría la mitad norte de Transilvania, que solo volvió a Rumania al final de la Segunda Guerra Mundial; en el ínterin, los judíos del norte de Transilvania, bajo administración húngara, fueron deportados a Auschwitz en 1944. Bajo el comunismo, Cluj vivió tensiones étnicas alentadas por el nacionalismo del régimen, especialmente durante la larga alcaldía del ultranacionalista Gheorghe Funar en los años noventa. Hoy, en cambio, Cluj-Napoca es una ciudad joven, universitaria y tecnológica, uno de los motores económicos de Rumania, donde rumanos y húngaros conviven y la vieja Transilvania multiétnica busca reconciliarse con su pasado.