La región que rodea a Bucarest es el núcleo histórico de Valaquia (Țara Românească, literalmente "la tierra rumana"), el principado que Basarab I consolidó hacia 1330 al derrotar al rey de Hungría en la batalla de Posada y asegurar su independencia. Extendida entre los Cárpatos meridionales y el Danubio, Valaquia fue una de las dos cunas del Estado rumano, junto con Moldavia. Su llanura fértil la hizo rica en cereales pero también vulnerable: por ella pasaban los ejércitos otomanos, y sus príncipes gobernaron durante siglos bajo la sombra del sultán, a quien pagaban tributo a cambio de conservar su autonomía y su fe ortodoxa.
La historia de Valaquia está poblada de voivodas legendarios. Mircea el Viejo, a caballo entre los siglos XIV y XV, combatió a los otomanos y extendió el principado hasta el mar. Vlad Țepeș, el Empalador, reinó desde estas tierras a mediados del siglo XV y trasladó su corte a Bucarest, que menciona por primera vez en un documento de 1459. Constantin Brâncoveanu, a comienzos del siglo XVIII, dio nombre a un estilo artístico propio —el estilo brâncovenesc, mezcla de barroco, renacimiento y tradición bizantina— antes de ser ejecutado en Constantinopla junto a sus hijos por negarse a renegar de su fe cristiana.
Las antiguas capitales del principado marcan su geografía histórica: Câmpulung, Curtea de Argeș —con su monasterio del siglo XVI, joya del arte rumano y panteón de los reyes— y Târgoviște, donde se conserva la Torre Chindia asociada a Vlad Țepeș y donde, curiosamente, fueron fusilados los Ceaușescu en 1989. Con el tiempo, el centro de gravedad de Valaquia se desplazó a Bucarest, que en 1862 se convirtió en capital de la Rumania unida.
Bucarest (București) creció como corte principesca de Valaquia y, tras la unión de 1859 y la elección de la ciudad como capital en 1862, se transformó en la gran metrópoli del reino de Rumania. Durante el largo reinado de Carol I y las primeras décadas del siglo XX vivió su época dorada: se abrieron amplios bulevares al estilo de Haussmann, se levantaron el Ateneo Rumano, el Palacio Real, edificios de arquitectura ecléctica y art nouveau, y la ciudad se ganó el apodo de "el pequeño París" del este, coronada por su propio Arco de Triunfo. Fue un centro cultural cosmopolita, con cafés, teatros y una vida intelectual brillante en el período de entreguerras.
El siglo XX golpeó duramente a la ciudad: los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, los terremotos —el de 1977 fue especialmente destructivo— y, sobre todo, la reconstrucción comunista. En los años ochenta, Nicolae Ceaușescu emprendió una transformación radical del centro: arrasó un barrio histórico entero, con iglesias y casas señoriales, para construir el descomunal Centro Cívico y el Palacio del Pueblo (hoy Palacio del Parlamento), un edificio ciclópeo que es uno de los más grandes y pesados del mundo, símbolo de la megalomanía del régimen y levantado con el hambre del país.
Bucarest fue también el escenario del desenlace de la revolución de 1989: en la actual Plaza de la Revolución, frente al antiguo edificio del Comité Central, la multitud abucheó a Ceaușescu el 21 de diciembre, y en las calles y en la Plaza de la Universidad se combatió y se murió en los días siguientes. Hoy la capital rumana mezcla ese pasado superpuesto: los pocos vestigios del "pequeño París", los enormes bloques y avenidas del comunismo, las iglesias ortodoxas escondidas entre los edificios y una vida nocturna y cultural intensa en el casco viejo (Lipscani).
En el valle de Prahova, allí donde los Cárpatos meridionales se elevan al norte de Bucarest, se encuentra Sinaia, una elegante estación de montaña que debe su nombre y su origen a un monasterio del siglo XVII, fundado por un boyardo que lo bautizó en recuerdo del monte Sinaí tras un peregrinaje a Tierra Santa. Pero lo que hizo célebre a Sinaia fue la decisión del rey Carol I de construir aquí su residencia de verano.
Entre 1873 y 1883 se levantó el castillo de Peleș, una fastuosa residencia de estilo neorrenacentista alemán, con torres, entramados de madera y jardines aterrazados, considerada una de las joyas del romanticismo europeo y uno de los castillos más bellos del continente. Su interior, decorado con maderas talladas, armaduras, vitrales y salones temáticos, refleja el gusto y la riqueza de la nueva monarquía rumana, de origen alemán (los Hohenzollern-Sigmaringen). Junto a él se construyó después el castillo de Pelișor, para el rey Fernando y la reina María. Peleș fue, además, pionero: uno de los primeros castillos de Europa con electricidad propia y calefacción central.
Sinaia se convirtió así en la "perla de los Cárpatos", lugar de veraneo de la corte y de la aristocracia, con hoteles, casino y villas de época. Tras la abolición de la monarquía por el régimen comunista en 1947, Peleș fue nacionalizado y llegó a ser usado como museo y como residencia oficial para huéspedes ilustres. Hoy es uno de los destinos turísticos más visitados de Rumania y un testimonio del breve esplendor del reino, en el corazón de un paisaje alpino.
El valle del río Prahova es el gran corredor natural que une la llanura de Valaquia con Transilvania a través de los Cárpatos meridionales, las montañas más altas de Rumania. Durante siglos fue una ruta comercial y una vía de paso entre el principado valaco y las ciudades sajonas de Transilvania; hoy, atravesado por carretera y ferrocarril, es la zona de montaña más accesible y frecuentada del país, con una hilera de estaciones —Sinaia, Bușteni, Predeal— que forman la principal región de esquí y montañismo rumana.
Sobre el valle se alzan los macizos de Bucegi y de Piatra Craiului, con paredes de roca, mesetas de altura y formaciones célebres como la Sfinxul (la "Esfinge") y las Babele, rocas erosionadas por el viento en torno a las cuales han crecido leyendas y teorías esotéricas. El pico Omu, en los Bucegi, supera los 2.500 metros. Estas montañas, refugio histórico de los pastores rumanos y escenario de la trashumancia, son hoy un parque natural muy visitado, con teleféricos, refugios y senderos.
En el extremo norte del valle, ya en el paso hacia Transilvania, se encuentra Brașov, y en las inmediaciones el castillo de Bran, lo que convierte al corredor de Prahova en la puerta de entrada al circuito turístico más famoso del país. La combinación de naturaleza alpina, castillos reales y ciudadelas medievales a poca distancia de Bucarest hace de esta región una de las más recorridas por los viajeros que buscan tanto el paisaje de los Cárpatos como la historia de Rumania.
La historia de Valaquia estuvo determinada por su condición de principado vasallo del Imperio otomano. A diferencia de los territorios convertidos en provincias turcas, Valaquia conservó su príncipe cristiano, su Iglesia ortodoxa y su autonomía interna, pero a un precio alto: el tributo al sultán, la injerencia constante de la Sublime Puerta en la elección de sus voivodas y la exposición permanente a las guerras entre otomanos, Habsburgo y rusos, que una y otra vez convirtieron su territorio en campo de batalla. Los príncipes duraban poco, derrocados por intrigas de los boyardos o por decisión del sultán.
En el siglo XVIII, Valaquia cayó bajo el régimen fanariota: el sultán, desconfiando de los príncipes locales, empezó a nombrar gobernantes griegos del barrio de Fanar de Constantinopla, que compraban el cargo y exprimían al principado para recuperar la inversión. Fue una época de impuestos asfixiantes y decadencia, aunque también de cierta modernización. El descontento estalló en 1821 con el levantamiento de Tudor Vladimirescu, una revuelta de raíz social y nacional que, aunque fracasó y terminó con su ejecución, marcó el fin del régimen fanariota y el comienzo del despertar nacional valaco.
El siglo XIX trajo la modernización y la unión. La revolución de 1848 en Valaquia, protagonizada por una generación de jóvenes formados en París, reclamó libertades y reformas antes de ser aplastada por otomanos y rusos. Una década después, la elección de Alexandru Ioan Cuza como príncipe de Valaquia y de Moldavia en 1859 creó de hecho el Estado rumano unido, y Bucarest, capital valaca, pasó a ser la capital nacional. Así, la vieja "tierra rumana" del sur se convirtió en el centro político de la Rumania moderna.