Transilvania —Ardeal en rumano, Erdély en húngaro, Siebenbürgen en alemán— es la región más compleja y disputada de Rumania. Rodeada en forma de herradura por los Cárpatos, fue durante casi mil años parte del reino de Hungría, que la incorporó entre los siglos XI y XII y la organizó como un voivodato con estatuto propio. Para defender y poblar esta tierra de frontera, los reyes húngaros asentaron a dos comunidades que marcarían su historia: los szeklers (székely), una población de lengua húngara instalada como guardianes de las fronteras orientales, y los sajones, colonos germanos llamados a partir del siglo XII con privilegios de autogobierno.
Esos colonos sajones fundaron las célebres ciudades amuralladas de Transilvania —Sibiu (Hermannstadt), Brașov (Kronstadt), Sighișoara (Schäßburg), Bistrița, Mediaș— y las "siete fortalezas" que dan nombre a la región en alemán. Prósperas gracias al comercio y a los oficios, se dotaron de gremios, murallas, iglesias fortificadas y una densa red de pueblos con templos amurallados que hoy son Patrimonio de la Humanidad. El poder político quedó reservado a tres "naciones" privilegiadas —los nobles húngaros, los sajones y los szeklers—, unidas desde 1437 en la Unio Trium Nationum tras aplastar una revuelta campesina.
El gran ausente de ese pacto era el pueblo rumano, ortodoxo y en su mayoría campesino, que probablemente ya constituía una parte muy importante de la población pero quedaba excluido de los derechos políticos y sociales. Sobre esa desigualdad, y sobre la pregunta —cargada de política— de quién habitó primero Transilvania (los rumanos, herederos de los daco-romanos, o los húngaros llegados en la Edad Media), se construyó un conflicto identitario que atraviesa toda la historia moderna de Europa central y que todavía resuena hoy en las relaciones entre Rumania y Hungría.
Brașov y Sibiu son las dos grandes ciudades del legado sajón de Transilvania. Brașov (Kronstadt para los alemanes, Brassó para los húngaros), al pie del monte Tâmpa, fue una potencia comercial situada en el cruce de las rutas entre Valaquia, Moldavia y Europa central. Su plaza mayor, dominada por la imponente Iglesia Negra —el mayor templo gótico de Rumania, ennegrecido por un incendio en el siglo XVII—, sus murallas, torres y bastiones defensivos, y la estrecha callejuela Strada Sforii dan fe de su pasado medieval. Aquí se imprimió, en el siglo XVI, gracias al humanista sajón Johannes Honterus, y aquí el diácono Coresi publicó algunos de los primeros libros en lengua rumana.
Sibiu (Hermannstadt, Nagyszeben) fue durante siglos la principal ciudad sajona y el centro de su autogobierno, sede del "conde de los sajones". Su casco histórico, uno de los mejor conservados de Europa del Este, se organiza en torno a tres plazas conectadas, con casas de tejados que parecen tener "ojos" —las buhardillas semicerradas—, la iglesia evangélica, escaleras y pasajes medievales, y un anillo de murallas y torres de los gremios. Sibiu fue cuna de instituciones pioneras, como el primer museo de Rumania (el Brukenthal, del siglo XVIII) y uno de los primeros hospitales y farmacias del país.
Ambas ciudades encarnan el destino de la comunidad sajona: una minoría culta y próspera que dio forma urbana a Transilvania durante ochocientos años y que casi desapareció en el siglo XX. Perseguidos y deportados a la URSS tras la Segunda Guerra Mundial por su condición de alemanes, y luego "vendidos" por el régimen de Ceaușescu a la Alemania Federal a cambio de divisas, los sajones emigraron en masa, sobre todo tras 1989. Hoy quedan muy pocos, pero su huella define el paisaje: en 2007, precisamente Sibiu fue Capital Europea de la Cultura, y de una familia sajona de la región provenía Klaus Iohannis, alcalde de Sibiu que llegó a ser presidente de Rumania.
Sighișoara (Schäßburg en alemán, Segesvár en húngaro) es una de las ciudadelas medievales habitadas mejor conservadas de Europa, y por ello Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Fundada por los colonos sajones, conserva intacta su ciudad alta amurallada, con calles empedradas, casas de colores, iglesias y una serie de torres defensivas construidas y mantenidas por los distintos gremios de artesanos. La más famosa es la Torre del Reloj, del siglo XIV, con su autómata que marca las horas y desde la que se domina toda la ciudad.
Sighișoara guarda un vínculo con el personaje más célebre de Rumania: se considera que aquí nació, hacia 1431, Vlad III Țepeș, el Empalador, cuando su padre Vlad Dracul residía en la ciudad. La casa señalada como su lugar de nacimiento, en la ciudad alta, es hoy un reclamo turístico ligado al mito de Drácula, aunque conviene recordar que el vínculo entre el voivoda histórico y la leyenda vampírica es una invención literaria del siglo XIX.
Más allá de Drácula, Sighișoara es un testimonio vivo de la Transilvania sajona: su ciudadela, sus murallas y su iglesia de la colina —a la que se sube por una escalera cubierta de madera de más de 170 escalones— evocan los siglos en que las siete ciudades germanas de la región prosperaron gracias al comercio y los oficios. Como en el resto de Transilvania, la comunidad sajona que la construyó prácticamente desapareció en el siglo XX, pero su patrimonio urbano permanece como uno de los conjuntos medievales más completos del continente.
Encaramado sobre una roca en el paso que une Transilvania con Valaquia, el castillo de Bran es mundialmente conocido como "el castillo de Drácula". La fortaleza fue construida en el siglo XIV por los sajones de Brașov para controlar el paso comercial y defenderlo de los otomanos, y más tarde perteneció a la corona húngara y, ya en el siglo XX, a la reina María de Rumania, que lo convirtió en residencia. Su fama actual, sin embargo, se debe a un malentendido comercial: la relación histórica del castillo con Vlad Țepeș es endeble —el voivoda quizá pasó por la zona, pero no lo habitó—, y su asociación con el conde de la novela de Bram Stoker es puramente literaria y turística. Aun así, su silueta dramática encaja tan bien con la imaginación gótica que se ha vuelto el destino más visitado del país.
La región de Transilvania ofrece, además del mito, uno de los paisajes de montaña más espectaculares de Europa: la carretera Transfăgărășan. Construida por orden de Ceaușescu entre 1970 y 1974 —oficialmente como ruta militar estratégica tras el susto de la invasión soviética de Checoslovaquia—, cruza el macizo de Făgăraș, la parte más alta de los Cárpatos meridionales, superando los 2.000 metros de altitud. Su trazado, con innumerables curvas cerradas, túneles y viaductos, la ha hecho célebre entre los amantes de la conducción como una de las carreteras más bellas del mundo.
En su recorrido, la Transfăgărășan pasa junto a lagos glaciares como el Bâlea, cascadas y bosques, y cerca de las ruinas de la fortaleza de Poenari, esta sí una auténtica residencia de Vlad Țepeș, mucho menos famosa que Bran pero históricamente vinculada al Empalador. Cerrada por la nieve buena parte del año, la carretera solo puede recorrerse en los meses de verano, cuando se convierte en una de las grandes atracciones naturales de Rumania. Bran y la Transfăgărășan resumen bien el atractivo de Transilvania: la mezcla de mito y montaña, de leyenda gótica y paisaje real de los Cárpatos.
Cluj-Napoca, la mayor ciudad de Transilvania, condensa la historia y las tensiones de la región. Su nombre doble lo dice todo: "Napoca" evoca la ciudad romana de la Dacia de Trajano, y el añadido fue impulsado por Ceaușescu en los años setenta para subrayar el origen daco-romano frente a la fuerte presencia húngara; "Cluj" (Kolozsvár en húngaro, Klausenburg en alemán) remite a su larga historia como ciudad húngara y sajona. Centro cultural y universitario desde la Edad Media, con una monumental iglesia gótica de San Miguel y palacios de distintas épocas, Cluj fue durante siglos una de las capitales de Transilvania y un foco de la vida húngara.
El gran vuelco llegó en 1918. La caída de Austria-Hungría abrió la puerta a la Gran Unión: el 1 de diciembre de 1918, una asamblea nacional reunida en Alba Iulia —la ciudad donde Miguel el Valiente había proclamado su efímera unión en 1600— votó la incorporación de Transilvania a Rumania. El Tratado de Trianon de 1920 la consagró. Para los rumanos fue la culminación de un sueño secular; para Hungría, una amputación que nunca aceptó. La minoría húngara de Transilvania, todavía muy numerosa, pasó a ser ciudadanía de un nuevo Estado.
El siglo XX trajo más vaivenes dolorosos. En 1940, el Segundo Arbitraje de Viena, dictado por Hitler y Mussolini, devolvió a Hungría la mitad norte de Transilvania, que solo volvió a Rumania al final de la Segunda Guerra Mundial; en el ínterin, los judíos del norte de Transilvania, bajo administración húngara, fueron deportados a Auschwitz en 1944. Bajo el comunismo, Cluj vivió tensiones étnicas alentadas por el nacionalismo del régimen, especialmente durante la larga alcaldía del ultranacionalista Gheorghe Funar en los años noventa. Hoy, en cambio, Cluj-Napoca es una ciudad joven, universitaria y tecnológica, uno de los motores económicos de Rumania, donde rumanos y húngaros conviven y la vieja Transilvania multiétnica busca reconciliarse con su pasado.