Gran Bretaña estuvo habitada, poblada y despoblada muchas veces al ritmo de las glaciaciones. Las huellas de Happisburgh, en Norfolk, prueban que homínidos caminaban por aquí hace casi un millón de años, cuando la isla todavía era una península del continente. Solo hacia el 6000 a.C., al derretirse los hielos y subir el mar, el canal de la Mancha separó definitivamente Gran Bretaña de Europa continental. Los cazadores-recolectores del Mesolítico dejaron paso, hacia el 4000 a.C., a los primeros agricultores del Neolítico, que rozaron los bosques, criaron ganado y empezaron a levantar monumentos colosales de tierra y piedra.
El más famoso de todos es Stonehenge, en la llanura de Salisbury. No se construyó de una vez: sus fases abarcan desde alrededor del 3000 a.C. —cuando se cavó el foso circular— hasta la erección de los grandes trilitos de arenisca (sarsen) y los enigmáticos bloques azules (bluestones) transportados, se cree, desde las colinas de Preseli, en Gales, a más de 200 kilómetros. Es una hazaña de ingeniería, astronomía y organización social de una sociedad sin metales ni escritura, alineada con los solsticios de verano e invierno. Cerca están Avebury, el mayor círculo de piedras de Europa, y Silbury Hill, el montículo artificial prehistórico más grande del continente; todo el conjunto es Patrimonio Mundial de la Unesco.
El misterio de para qué servía Stonehenge sigue abierto: templo solar, calendario, cementerio de élites, lugar de sanación o de reunión de pueblos dispersos. Las excavaciones recientes muestran que a su alrededor se congregaban multitudes que llegaban de muy lejos para grandes festines, sobre todo en pleno invierno. Con la llegada de la metalurgia —el bronce hacia el 2200 a.C. y el hierro hacia el 800 a.C.— el paisaje se pobló de túmulos, fuertes en las colinas (hillforts) y una sociedad guerrera y jerárquica que ya anunciaba el mundo celta que los romanos encontrarían a su llegada.
Cuando Julio César desembarcó por primera vez en el 55 a.C., la isla estaba habitada por pueblos que hablaban lenguas celtas —britones al sur, ancestros de los galeses y los córnicos— organizados en tribus como los catuvellaunos, los icenos o los brigantes, gobernados por reyezuelos y druidas. César apenas hizo un par de incursiones. La conquista de verdad llegó en el año 43 d.C., cuando el emperador Claudio ordenó la invasión y Roma anexó gran parte de la isla, creando la provincia de Britannia.
La resistencia fue feroz. En el año 60 o 61 d.C., la reina Boudica, de los icenos, encabezó una gran rebelión que arrasó Camulodunum (Colchester), Londinium (Londres) y Verulamium (St Albans) antes de ser aplastada. Sometido el sur, Roma nunca logró dominar del todo el norte montañoso, habitado por los pueblos que llamaba caledonios. Para fijar la frontera, el emperador Adriano ordenó hacia el año 122 la construcción del muro de Adriano, ochenta millas romanas de piedra de costa a costa, con fuertes, torres y guarniciones: el límite noroeste del Imperio romano, hoy Patrimonio Mundial. Más al norte, el efímero muro de Antonino marcó por unas décadas una frontera aún más avanzada, pronto abandonada.
Casi cuatro siglos de dominio romano dejaron ciudades, calzadas, villas, baños —como los de Bath, la Aquae Sulis romana— y, con el tiempo, el cristianismo. Pero a comienzos del siglo V el Imperio se desmoronaba: hacia el 410, el emperador Honorio comunicó a las ciudades britanas que debían velar por su propia defensa, y las legiones se retiraron para siempre. La Britania romana, cristiana y latinizada, quedó a merced de los ataques de pictos, escotos y, sobre todo, de los pueblos germánicos que cruzaban el mar del Norte. Se abría una nueva y turbulenta era.
Tras la retirada romana, entre los siglos V y VI, llegaron a las costas orientales de Britania pueblos germánicos —anglos, sajones y jutos, según la tradición recogida por el monje Beda— que se asentaron y fueron empujando a los britanos celtas hacia el oeste, hacia lo que hoy son Gales y Cornualles. De la mezcla de invasores surgió una constelación de reinos anglosajones que la historiografía tradicional llamó la Heptarquía: Wessex, Mercia, Northumbria, Anglia Oriental, Essex, Kent y Sussex. De aquellos anglos (Angles) viene el nombre de Inglaterra (England, "tierra de los anglos") y del inglés. En el año 597, la misión de san Agustín, enviada por el papa Gregorio Magno, desembarcó en Kent e inició la reconversión al cristianismo, que se fundió con la ya existente tradición cristiana celta de Irlanda y del norte.
El equilibrio se rompió con los vikingos. Desde el saqueo del monasterio de Lindisfarne en el 793, oleadas de escandinavos asolaron primero y colonizaron después buena parte de la isla. A finales del siglo IX, el "Gran Ejército Pagano" danés había arrasado casi todos los reinos ingleses; solo Wessex resistió, bajo Alfredo el Grande, que derrotó a los daneses en Edington (878) y pactó una frontera que dejó el nordeste y el este bajo ley danesa: el Danelaw. York (Jorvik) se convirtió en un gran centro vikingo.
Los sucesores de Alfredo —su hijo Eduardo y su nieto Athelstan, vencedor en Brunanburh en el 937— fueron reconquistando el Danelaw y unificando por primera vez un reino de Inglaterra. Pero los ataques nórdicos no cesaron: a comienzos del siglo XI el rey danés Canuto (Cnut) llegó a reinar sobre Inglaterra, Dinamarca y Noruega en un imperio del mar del Norte. A su muerte, la corona inglesa volvió a la vieja casa de Wessex con Eduardo el Confesor. Cuando este murió sin hijos en enero de 1066, quedó abierta una crisis sucesoria que cambiaría la historia de la isla para siempre.
El año 1066 es la fecha más célebre de la historia inglesa. A la muerte de Eduardo el Confesor, la asamblea de nobles eligió rey a Harold Godwinson, el hombre más poderoso de Inglaterra. Pero su trono fue reclamado por dos rivales: Harald Hardrada, rey de Noruega, y Guillermo, duque de Normandía, que aseguraba haber recibido la promesa de la corona. Harold tuvo que enfrentar a los dos casi a la vez. Primero derrotó y mató a Hardrada en Stamford Bridge, en Yorkshire, el 25 de septiembre. Apenas unos días después, Guillermo desembarcó en el sur.
Los dos ejércitos chocaron el 14 de octubre de 1066 en la batalla de Hastings. Tras una jornada durísima, Harold cayó —según la tradición, con una flecha en el ojo, tal como lo muestra el célebre tapiz de Bayeux— y su ejército se derrumbó. Guillermo, desde entonces "el Conquistador", fue coronado rey en la abadía de Westminster el día de Navidad de 1066. La resistencia inglesa continuó unos años, y fue reprimida con dureza, en especial durante el brutal "Arrasamiento del Norte" (Harrying of the North) de 1069-1070, que devastó Yorkshire.
Las consecuencias de 1066 fueron profundas y permanentes. Una nueva aristocracia normanda, de lengua francesa, sustituyó casi por completo a la anglosajona; el feudalismo se implantó con fuerza; se levantaron por todo el país castillos de piedra, como la Torre de Londres, y catedrales de estilo románico. En 1086 Guillermo ordenó el Domesday Book, un inventario minucioso de tierras y riquezas sin igual en la Europa de su tiempo. Del choque entre el francés normando de la corte y el inglés antiguo del pueblo nació, con los siglos, el inglés moderno, una lengua de raíz germánica cargada de vocabulario latino y francés. Inglaterra quedó, además, atada durante siglos a los asuntos de Francia.
La Edad Media inglesa fue la de la lenta construcción de instituciones que tendrían enorme futuro. En 1215, los barones rebeldes obligaron al rey Juan sin Tierra a sellar en Runnymede la Carta Magna (Magna Carta), un documento que ponía límites al poder del rey, protegía ciertos derechos y establecía que ni siquiera el monarca estaba por encima de la ley. Aunque en su origen era un pacto entre el rey y la nobleza, con los siglos se convirtió en un símbolo universal de las libertades frente al poder. De aquellas décadas data también el nacimiento del Parlamento: en 1265, Simón de Montfort convocó una asamblea que, por primera vez, incluyó representantes de las ciudades.
En 1337 estalló con Francia la Guerra de los Cien Años, una serie intermitente de conflictos que se prolongó hasta 1453 por el trono francés y por territorios en el continente. Inglaterra cosechó victorias resonantes —Crécy (1346), Poitiers (1356), Azincourt (1415), con el arco largo galés como arma decisiva—, pero terminó perdiendo casi todas sus posesiones francesas. En medio de la guerra, en 1348-1349, llegó la Peste Negra, que mató quizá a un tercio o más de la población. El desplome demográfico trastocó la economía feudal, encareció la mano de obra y alimentó tensiones que estallaron en la Revuelta de los Campesinos de 1381.
Apenas terminada la guerra con Francia, Inglaterra se desangró en una guerra civil dinástica: la Guerra de las Dos Rosas (1455-1487), entre las casas de Lancaster (rosa roja) y York (rosa blanca), ambas ramas de los Plantagenet. Fue una sucesión de batallas, traiciones y reyes derrocados —Towton (1461), la más sangrienta jamás librada en suelo inglés, entre ellas— que culminó en 1485 en Bosworth, donde Ricardo III murió y Enrique Tudor tomó la corona como Enrique VII. Al casarse con Isabel de York unió las dos rosas y fundó la dinastía Tudor, que abriría la Edad Moderna inglesa.
El reinado de Enrique VIII (1509-1547) marcó una ruptura decisiva. Deseoso de anular su matrimonio con Catalina de Aragón para casarse con Ana Bolena, y negándose el papa a concedérselo, Enrique rompió con Roma. Entre 1533 y 1534, una serie de leyes del Parlamento —culminando en el Acta de Supremacía de 1534— lo proclamaron cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra, separada del papado. Nacía así la Reforma inglesa. Enrique disolvió los monasterios y confiscó sus enormes riquezas, transformó el mapa social del país y ejecutó a quienes se le opusieron, entre ellos Tomás Moro. Tuvo seis esposas —dos de ellas, Ana Bolena y Catalina Howard, decapitadas— en su obsesiva búsqueda de un heredero varón.
La Reforma abrió décadas de vaivenes religiosos. Su hijo Eduardo VI profundizó el protestantismo; su hija María I ("Bloody Mary") intentó restaurar el catolicismo y mandó quemar en la hoguera a unos trescientos protestantes. La estabilidad llegó con la última de los Tudor, Isabel I (1558-1603), que estableció un acuerdo religioso protestante moderado y presidió una época de esplendor. Bajo su reinado floreció el teatro de William Shakespeare y Christopher Marlowe, se afianzó la potencia naval inglesa y navegantes-corsarios como Francis Drake surcaron los mares.
El momento más dramático fue el enfrentamiento con la España de Felipe II. En 1587, Isabel ordenó ejecutar a su prima María Estuardo, reina de los escoceses, católica y foco de conspiraciones. Al año siguiente, en 1588, la Armada Invencible española fue dispersada por la marina inglesa y por las tormentas, un episodio que Inglaterra celebró como signo de su destino protestante y marítimo. Isabel, la "Reina Virgen", murió sin descendencia en 1603, y con ella se extinguió la dinastía Tudor. La corona pasó entonces a su pariente escocés Jacobo VI de Escocia, que reinó en Inglaterra como Jacobo I, uniendo por primera vez ambas coronas en una misma persona.
La unión de las coronas bajo los Estuardo no trajo calma. El choque entre unos reyes convencidos de gobernar por derecho divino y un Parlamento cada vez más celoso de sus prerrogativas —agravado por tensiones religiosas entre anglicanos, puritanos y católicos— desembocó en la Guerra Civil inglesa (1642-1651). El rey Carlos I y sus partidarios (los "realistas" o cavaliers) se enfrentaron a las fuerzas del Parlamento (los "cabezas redondas" o roundheads), en las que despuntó un genio militar: Oliver Cromwell, al frente de su disciplinado New Model Army.
Derrotado el rey, ocurrió algo sin precedentes en Europa: Carlos I fue juzgado por su propio Parlamento, condenado por traición y decapitado frente al palacio de Whitehall el 30 de enero de 1649. Se abolió la monarquía y se proclamó una república, la Commonwealth, que pronto derivó en el Protectorado personal de Cromwell, gobernante casi con poderes de rey. Su régimen impuso una moral puritana austera y se cobró una represión brutal en Irlanda, con las matanzas de Drogheda y Wexford (1649), que dejaron una herida profunda en la memoria irlandesa.
Muerto Cromwell en 1658, el experimento republicano se derrumbó. En 1660, el Parlamento restauró la monarquía llamando al trono a Carlos II, hijo del rey ejecutado: es la Restauración, una época de reapertura de los teatros y cierta relajación tras el rigor puritano, marcada también por la Gran Peste de 1665 y el Gran Incendio de Londres de 1666. El conflicto de fondo, sin embargo, no se había resuelto. En 1688, el temor a un rey católico, Jacobo II, provocó la Revolución Gloriosa: el Parlamento ofreció la corona a Guillermo de Orange y a su esposa María, y en 1689 aprobó la Declaración de Derechos (Bill of Rights), que consagró la supremacía del Parlamento sobre la corona. Nacía la monarquía parlamentaria británica.
El siglo XVIII arrancó con un hecho fundacional para el Estado moderno. Inglaterra (que ya había incorporado a Gales en el siglo XVI) y Escocia compartían monarca desde 1603, pero eran reinos separados con parlamentos propios. Tras años de negociaciones —empujadas en Escocia por la ruina del fracasado proyecto colonial de Darién y por presiones económicas—, las Actas de Unión de 1707 fusionaron ambos parlamentos en uno solo, en Westminster, y crearon el Reino de Gran Bretaña. Escocia conservó su Iglesia presbiteriana, su sistema jurídico y su sistema educativo propios. La unión fue impopular entre buena parte de los escoceses y alimentó las rebeliones jacobitas, que buscaban restaurar a los Estuardo católicos y culminaron en la derrota de Culloden en 1746.
Sobre esa base política, Gran Bretaña se convirtió a lo largo del siglo XVIII en la cuna de la Revolución Industrial, la transformación económica más profunda desde la invención de la agricultura. En las Midlands y el norte de Inglaterra confluyeron el carbón, el hierro, el capital acumulado por el comercio (incluido el comercio de esclavos y sus productos), una revolución agrícola previa que liberó mano de obra, y una oleada de inventos: la máquina de vapor perfeccionada por James Watt, las hiladoras mecánicas, el telar, los altos hornos. Manchester se llenó de fábricas de algodón; ciudades enteras crecieron en pocas décadas.
El coste humano fue enorme. Millones de campesinos se hacinaron en ciudades sucias y sin servicios; hombres, mujeres y niños trabajaban jornadas agotadoras en fábricas y minas. Surgieron el movimiento obrero, las primeras leyes de fábricas, los luditas que destruían máquinas y, en 1819, la masacre de Peterloo, en Manchester, cuando la caballería cargó contra una manifestación pacífica que pedía reforma electoral, dejando quince muertos. La Revolución Industrial hizo del Reino Unido la primera potencia económica del mundo, el "taller del planeta", y sentó las bases materiales del imperio que se extendería por todos los continentes.
Entre los siglos XVII y XX, el Reino Unido construyó el mayor imperio de la historia: en su apogeo, hacia 1920, cubría una cuarta parte de las tierras del planeta y regía sobre cientos de millones de personas, de Canadá a la India, de Australia a buena parte de África. Ese poder trajo comercio global, ferrocarriles, una lengua franca mundial y también dominación, expolio y violencia. Contarlo con honestidad exige nombrar las dos caras.
La cara más oscura fue la trata transatlántica de esclavos. Durante más de dos siglos, barcos británicos transportaron a más de tres millones de africanos esclavizados a las plantaciones de América y el Caribe, en condiciones atroces; a mediados del siglo XVIII, Gran Bretaña era la mayor nación esclavista del mundo. Un largo movimiento abolicionista, con figuras como William Wilberforce y con la voz decisiva de los propios africanos liberados, logró que el Parlamento aboliera el comercio de esclavos en 1807 y la esclavitud misma en el imperio con la Ley de Abolición de 1833 —que, cabe recordarlo, compensó con dinero público no a los esclavizados sino a sus dueños—. En la India, tras el dominio de la Compañía de las Indias Orientales y la gran rebelión de 1857, la corona gobernó directamente el Raj: hubo modernización, pero también hambrunas devastadoras y episodios como la masacre de Amritsar de 1919, cuando tropas al mando del general Dyer dispararon contra una multitud desarmada en el Jallianwala Bagh y mataron, según la cifra oficial, al menos a 379 personas (los cálculos indios elevan mucho el número).
La lista de horrores tiene otras estaciones ineludibles. La Gran Hambruna irlandesa de 1845-1852, agravada por la política económica de Londres, mató a alrededor de un millón de personas y empujó a otro millón a emigrar, reduciendo drásticamente la población de Irlanda. En China, las guerras del Opio (1839-1842 y 1856-1860) se libraron para imponer por la fuerza el comercio británico de opio y arrancaron concesiones como Hong Kong. Y en la Segunda Guerra Bóer (1899-1902), en Sudáfrica, el ejército británico aplicó una política de tierra quemada y encerró a la población civil en campos de concentración donde murieron unas 26.000 mujeres y niños bóeres, además de miles de africanos negros, sobre todo por enfermedad y hambre. El balance del imperio es objeto de un debate historiográfico legítimo y todavía vivo; lo que ninguna lectura seria discute es que su grandeza y su riqueza se levantaron, en gran medida, sobre la explotación y el sufrimiento de otros pueblos.
El largo reinado de la reina Victoria (1837-1901) dio nombre a una época que fue a la vez de enorme progreso material y de agudas desigualdades. Fue el tiempo del ferrocarril, del telégrafo, de la Gran Exposición de 1851 en el Crystal Palace, de las reformas electorales que ampliaron poco a poco el voto, de la abolición formal de la esclavitud y del apogeo imperial. Fue también el tiempo de los barrios obreros que retrató Charles Dickens, del trabajo infantil, del cólera y de una brecha social profunda. Londres se convirtió en la ciudad más grande del mundo y en el corazón financiero del planeta.
El siglo XX trajo dos catástrofes. En la Primera Guerra Mundial (1914-1918), el Reino Unido y su imperio movilizaron a millones de hombres; cerca de 900.000 soldados británicos murieron en las trincheras de Francia y Bélgica y en otros frentes, en batallas como el Somme o Passchendaele que se volvieron sinónimo de matanza industrial. La guerra aceleró cambios sociales enormes, entre ellos el derecho al voto de las mujeres, conquistado en 1918 y ampliado en 1928 tras la larga lucha de las sufragistas.
Apenas una generación después llegó la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Tras la caída de Francia en 1940, el Reino Unido resistió solo frente a la Alemania nazi. Bajo el liderazgo de Winston Churchill, la Real Fuerza Aérea rechazó a la Luftwaffe en la Batalla de Inglaterra, y la población civil aguantó el Blitz: los bombardeos alemanes que, entre 1940 y 1941, mataron a unas 43.000 personas y arrasaron barrios enteros de Londres, Coventry, Liverpool y otras ciudades. La imagen de la catedral de San Pablo en pie entre el humo se volvió símbolo de resistencia. El Reino Unido salió victorioso en 1945, junto a sus aliados, pero exhausto, endeudado y con un imperio que empezaba a resquebrajarse.
La posguerra reconfiguró el país de arriba abajo. En 1945, un gobierno laborista encabezado por Clement Attlee, inspirado en el Informe Beveridge, construyó el estado de bienestar británico: nacionalizó industrias clave y, sobre todo, creó en 1948 el National Health Service (NHS), un sistema público de salud gratuito en el punto de atención y financiado con impuestos, que se convirtió en una institución querida y en un símbolo de identidad nacional. Se levantaron viviendas sociales y se amplió la educación pública.
Al mismo tiempo, el imperio se desmontaba a gran velocidad. En 1947, la India y Pakistán accedieron a la independencia en medio de una partición sangrienta; en las décadas siguientes se independizaron decenas de colonias en Asia, África y el Caribe, muchas de las cuales se integraron en la Commonwealth. La crisis de Suez de 1956 mostró con crudeza que el Reino Unido ya no era una superpotencia capaz de actuar por su cuenta contra la voluntad de Estados Unidos. La llegada de inmigrantes de las antiguas colonias —simbolizada por el barco Empire Windrush, que trajo caribeños en 1948— transformó la sociedad y la hizo, con tensiones y aportes, multicultural.
En 1973, el Reino Unido ingresó en la Comunidad Económica Europea. Los años setenta fueron de inflación, huelgas y crisis, y de ese descontento surgió el giro de 1979: la llegada al poder de la conservadora Margaret Thatcher, primera mujer al frente del gobierno británico. Thatcher aplicó un programa de libre mercado —privatizaciones, recorte del poder sindical, apertura financiera— que transformó la economía y la sociedad y sigue dividiendo opiniones. Derrotó una durísima huelga de mineros (1984-1985), recuperó las islas Malvinas/Falklands en la guerra de 1982 contra Argentina, y dejó un país más próspero para unos y devastado en sus viejas cuencas industriales para otros. Su caída en 1990 no borró la huella profunda del "thatcherismo" en la política británica.
Las últimas décadas reabrieron la vieja pregunta sobre qué es y quiénes forman el Reino Unido. En 1997-1999, el gobierno laborista de Tony Blair impulsó la devolución: mediante referendos, Escocia recuperó su propio Parlamento (reabierto en 1999, tras casi tres siglos) y Gales estrenó su Asamblea (hoy Senedd), transfiriendo a Edimburgo y Cardiff amplias competencias. La estructura del Estado dejó de ser puramente centralista para volverse asimétricamente descentralizada, con cuatro naciones de estatus distinto.
El capítulo más doloroso fue el de Irlanda del Norte. Sus raíces vienen de lejos: de la Plantación del Ulster del siglo XVII, que asentó colonos protestantes británicos, y de la partición de la isla en 1921, que dejó seis condados del norte —de mayoría protestante y unionista— dentro del Reino Unido, frente a un sur católico que se hizo independiente. Desde fines de los años sesenta, la discriminación contra la minoría católica-nacionalista y el choque entre unionistas (partidarios de seguir en el Reino Unido) y nacionalistas/republicanos (partidarios de unirse a Irlanda) degeneraron en tres décadas de violencia conocidas como los Troubles. Grupos paramilitares republicanos como el IRA y grupos paramilitares lealistas, junto al ejército y la policía británicos, protagonizaron atentados, tiroteos y episodios como el Domingo Sangriento de Derry (1972). Murieron más de 3.500 personas, en su mayoría civiles, en un conflicto en el que hubo responsabilidades por todos los lados. La salida llegó con el Acuerdo de Viernes Santo de 1998, ratificado en referendo, que estableció un gobierno de poder compartido entre las dos comunidades, el principio del consentimiento y el desarme progresivo. La paz, imperfecta pero real, transformó la vida cotidiana.
El siglo XXI trajo nuevas fracturas. En 2014, Escocia celebró un referéndum de independencia: el 55% votó por seguir en el Reino Unido. Dos años después, en el referéndum del 23 de junio de 2016, el 51,9% de los británicos votó por abandonar la Unión Europea —el Brexit—, aunque Escocia e Irlanda del Norte votaron mayoritariamente por permanecer, lo que reavivó las tensiones internas. Tras años de negociaciones convulsas, el Reino Unido salió de la UE el 31 de enero de 2020. La muerte de la reina Isabel II en 2022, tras setenta años de reinado, y la ascensión de Carlos III cerraron una era. El país entra en la tercera década del siglo debatiendo, una vez más, la vieja cuestión de fondo: qué significa ser el Reino Unido y hasta cuándo seguirán unidas sus cuatro naciones.