Escocia es la única parte de Gran Bretaña que Roma nunca logró someter. Al norte de los muros de Adriano y de Antonino vivían los pueblos que los romanos llamaban caledonios y, más tarde, pictos ("los pintados", quizá por sus tatuajes), célebres por sus enigmáticas piedras talladas con símbolos que aún no se han descifrado del todo. A partir del siglo V, un pueblo de origen irlandés, los escotos (Scoti) del reino de Dál Riata, se asentó en la costa oeste y trajo la lengua gaélica y, con san Columba y el monasterio de Iona, el cristianismo celta.
De la fusión de pictos y escotos nació, hacia el siglo IX, un reino unificado bajo Kenneth MacAlpin, tradicionalmente considerado el primer rey de Escocia (Alba). A ese núcleo se sumaron después britones del suroeste, anglos del sureste y colonos vikingos en las islas y el norte, dando forma a un reino diverso pero cada vez más definido. Durante la Alta Edad Media, los reyes de Escocia consolidaron su autoridad y su Iglesia, y mantuvieron una relación tensa y cambiante con sus vecinos ingleses del sur.
Estas tierras del norte, montañosas y de clima duro, desarrollaron una cultura propia, con el gaélico escocés como una de sus lenguas, un sistema de clanes en las Highlands y una fuerte conciencia de independencia. Esa identidad separada, forjada en la resistencia a Roma primero y a los reinos ingleses después, sería la base sobre la que Escocia defendería su soberanía en los siglos siguientes, en uno de los pulsos más largos y célebres de la historia de las islas.
A finales del siglo XIII, la muerte sin heredero directo de la reina niña Margarita abrió una crisis sucesoria en Escocia, y el rey inglés Eduardo I aprovechó para intentar imponer su dominio sobre el reino vecino. Comenzaron así las guerras de independencia de Escocia. La resistencia encontró un líder popular en William Wallace, que en 1297 derrotó a los ingleses en el puente de Stirling, pero fue vencido en Falkirk (1298), capturado y ejecutado con crueldad en Londres en 1305, convirtiéndose en mártir y símbolo nacional.
La causa la retomó Robert Bruce (Robert the Bruce), que se hizo coronar rey de Escocia en 1306 y libró una larga guerra de desgaste. Su gran triunfo llegó en 1314 en la batalla de Bannockburn, donde derrotó a un ejército inglés muy superior y aseguró la independencia escocesa. En 1320, la Declaración de Arbroath, dirigida al papa, proclamó en términos memorables el derecho de Escocia a existir como nación libre. Finalmente, en 1328, Inglaterra reconoció la independencia del reino escocés.
Aquellas guerras dejaron una huella imborrable en la identidad escocesa. Wallace y Bruce se convirtieron en héroes nacionales, sus historias en leyenda —amplificadas siglos después por el cine—, y la memoria de la independencia conquistada frente a un vecino más poderoso ha nutrido hasta hoy el sentimiento nacional escocés. Escocia mantuvo además una larga alianza con Francia, la "Auld Alliance", frente a la amenaza inglesa, que marcó su política durante siglos.
El siglo XVI trajo a Escocia la Reforma protestante, impulsada por el predicador John Knox, que convirtió al país en una nación presbiteriana y chocó de lleno con su reina, María Estuardo (Mary, Queen of Scots), católica. El reinado de María fue trágico: forzada a abdicar en 1567, huyó a Inglaterra, donde su prima Isabel I la mantuvo prisionera casi veinte años y finalmente la mandó ejecutar en 1587, acusada de conspirar contra ella. Fue, sin embargo, su hijo quien logró lo que ella no pudo: al morir Isabel sin descendencia en 1603, Jacobo VI de Escocia heredó también la corona inglesa y reinó como Jacobo I, uniendo ambas coronas en una misma persona.
Durante un siglo, Escocia e Inglaterra compartieron rey pero siguieron siendo reinos separados, con sus propios parlamentos. La unión definitiva llegó en 1707. Escocia atravesaba una grave crisis económica, agravada por el desastroso proyecto colonial de Darién (en Panamá), que arruinó a buena parte de la nobleza inversora. En ese contexto, y no sin controversia, soborno y presión, el Parlamento escocés aprobó las Actas de Unión, que lo fusionaron con el inglés en el nuevo Parlamento de Gran Bretaña, en Westminster.
La Unión de 1707 fue —y sigue siendo— objeto de debate. Escocia perdió su parlamento pero conservó instituciones propias que resultaron decisivas para su identidad: su Iglesia presbiteriana (la Kirk), su sistema jurídico distinto del inglés y su sistema educativo. La medida fue impopular entre buena parte del pueblo, que la vivió como una entrega de la nación, y ese descontento alimentó las rebeliones jacobitas de las décadas siguientes. Pero la Unión también abrió a los escoceses el acceso al comercio y al imperio británico, en los que tendrían después un papel enorme.
Tras la Unión, muchos escoceses —sobre todo en las Highlands católicas y episcopalianas— soñaban con restaurar en el trono a la dinastía Estuardo, exiliada desde la Revolución Gloriosa. Fueron los jacobitas, protagonistas de varias rebeliones. La última y más famosa estalló en 1745, cuando Carlos Eduardo Estuardo, el "Bonnie Prince Charlie", desembarcó en Escocia, reunió a los clanes de las Highlands y llegó a invadir Inglaterra. La aventura terminó el 16 de abril de 1746 en la batalla de Culloden, cerca de Inverness, donde el ejército gubernamental del duque de Cumberland aplastó en menos de una hora a los exhaustos jacobitas. Fue la última batalla librada en suelo británico.
La represión posterior fue feroz. Cumberland se ganó el apodo de "el Carnicero": se persiguió a los jacobitas, se ejecutó a muchos y el gobierno lanzó una campaña para desmantelar el modo de vida de las Highlands. Se prohibió portar armas, tocar la gaita y vestir el tartán y el kilt, y se debilitó el poder de los jefes de clan. El príncipe Carlos huyó y escapó a Francia con la ayuda de Flora MacDonald, que lo ocultó y lo llevó disfrazado hasta la isla de Skye, un episodio que pasó al cancionero popular.
En las décadas siguientes vino un golpe aún más devastador para las Highlands: las Highland Clearances. Entre finales del siglo XVIII y mediados del XIX, muchos terratenientes expulsaron a los campesinos de sus tierras para dedicarlas a la cría de ovejas, más rentable. Miles de familias fueron desalojadas de los valles donde habían vivido durante generaciones, a veces con brutalidad, quemando sus casas; muchas se hacinaron en costas estériles o emigraron a las ciudades, a América, Canadá y Australia. Las Clearances despoblaron las Highlands, aceleraron el declive del gaélico y dejaron ese paisaje de valles vacíos y ruinas de aldeas que hoy conmueve al viajero. Fueron una de las heridas más profundas de la historia escocesa.
Mientras las Highlands sufrían, las ciudades escocesas vivían un florecimiento intelectual extraordinario: la Ilustración escocesa. Entre mediados del siglo XVIII y comienzos del XIX, Edimburgo y Glasgow se convirtieron en uno de los grandes focos del pensamiento europeo. El filósofo David Hume revolucionó la filosofía; Adam Smith fundó la economía moderna con La riqueza de las naciones (1776); James Watt perfeccionó la máquina de vapor; y florecieron la medicina, la ciencia, la ingeniería y la literatura. Edimburgo se ganó el apodo de "la Atenas del Norte", y Escocia aportó al mundo una asombrosa densidad de inventos y de ideas.
A lo largo de los siglos XIX y XX, Escocia fue una potencia industrial —Glasgow, con sus astilleros del Clyde, construía barcos para todo el imperio— y una tierra de fuerte tradición obrera y socialista. Pero nunca desapareció el sentimiento de identidad nacional propia. En la segunda mitad del siglo XX creció el movimiento por la autonomía, canalizado sobre todo por el Partido Nacional Escocés (SNP). Tras un referéndum, en 1999 se reabrió el Parlamento escocés en Edimburgo, casi tres siglos después de su disolución, con amplias competencias sobre salud, educación, justicia y otros ámbitos: era la devolución.
El paso siguiente fue la cuestión de la independencia. En 2014, Escocia celebró un referéndum en el que el 55% de los votantes optó por permanecer en el Reino Unido frente a un 45% partidario de la independencia, en una consulta con altísima participación. El asunto no quedó cerrado: la salida del Reino Unido de la Unión Europea en 2016 —a la que Escocia había votado mayoritariamente en contra— reavivó las demandas de un nuevo referéndum. Hoy Escocia es una nación con gobierno y parlamento propios dentro del Reino Unido, y el debate sobre su futuro —autonomía ampliada o independencia— sigue plenamente abierto.