Londres nació como fundación romana. Hacia el año 47-50 d.C., los romanos establecieron Londinium en un vado del Támesis, y pronto se convirtió en el centro comercial y administrativo de la provincia de Britannia, aunque la reina Boudica la arrasó en su rebelión del 60-61. Tras la caída de Roma, el asentamiento decayó, pero los anglosajones lo repoblaron y en la Edad Media, bajo los normandos, se afianzó como la ciudad principal del reino. Guillermo el Conquistador levantó la Torre de Londres para dominarla, y a pocos kilómetros, en Westminster, Eduardo el Confesor había fundado la abadía donde desde 1066 se coronan los reyes.
Durante siglos, Londres fue en realidad dos ciudades vecinas: la City, centro del comercio y las finanzas amurallado desde época romana, y Westminster, sede de la monarquía y del Parlamento. La ciudad sobrevivió a la Gran Peste de 1665 y al Gran Incendio de 1666, que destruyó gran parte de la City y dio pie a la reconstrucción de la catedral de San Pablo por Christopher Wren. Con la Revolución Industrial y el imperio, Londres se convirtió en la ciudad más grande del mundo y en su capital financiera, con el puerto más activo del planeta.
El siglo XX la puso a prueba: los bombardeos del Blitz (1940-1941) mataron a decenas de miles de londinenses y arrasaron barrios enteros, pero la ciudad resistió. En la posguerra, la llegada de inmigrantes de la Commonwealth —caribeños, sudasiáticos, africanos— la transformó en una de las metrópolis más diversas del mundo. Hoy Londres es una capital global de las finanzas, la cultura y las artes, donde conviven la Torre medieval, el Big Ben victoriano y los rascacielos de la City y Canary Wharf.
Westminster es el corazón institucional del Reino Unido. Allí se levanta la abadía de Westminster, iglesia gótica donde se han coronado y enterrado reyes desde la Edad Media y donde reposan personajes como Isaac Newton o Charles Darwin. Enfrente, el Palacio de Westminster alberga las dos cámaras del Parlamento: los Comunes, elegidos por el pueblo, y los Lores. El edificio actual, de estilo neogótico, se construyó tras el incendio de 1834 y quedó coronado por la torre del reloj cuya campana, el Big Ben, es un ícono mundial.
En ese recinto se libraron los grandes pulsos entre la corona y el Parlamento que definieron la política británica: desde los orígenes medievales de la asamblea hasta la Guerra Civil, la ejecución de Carlos I y la Revolución Gloriosa de 1688, que consagró la supremacía parlamentaria. Un episodio célebre fue el Complot de la Pólvora de 1605, cuando Guy Fawkes y otros conspiradores católicos intentaron volar el Parlamento; su fracaso todavía se recuerda cada 5 de noviembre con hogueras y fuegos artificiales.
A pocos pasos están Downing Street, residencia del primer ministro, y el Palacio de Buckingham, residencia oficial de la monarquía en Londres desde el siglo XIX. Este pequeño rincón concentra, así, los tres poderes simbólicos del país —la corona, el gobierno y el parlamento— y sigue siendo el escenario de las grandes ceremonias del Estado, de las coronaciones a los funerales reales, como el de Isabel II en 2022.
A orillas del Támesis, al oeste de Londres, se alza el castillo de Windsor, el castillo habitado más antiguo y más grande del mundo y una de las residencias oficiales de la monarquía británica. Sus orígenes se remontan a Guillermo el Conquistador, que hacia 1070 levantó aquí una fortaleza de madera para controlar el acceso occidental a Londres. Con los siglos, sucesivos reyes la transformaron en el imponente conjunto de piedra actual, con su torre redonda, sus aposentos de Estado y la capilla de San Jorge.
Windsor ha sido escenario de coronaciones, bodas y funerales reales. En su capilla de San Jorge, sede de la Orden de la Jarretera —la más antigua orden de caballería del país—, están enterrados numerosos monarcas, entre ellos Enrique VIII y, más recientemente, Isabel II, fallecida en 2022. El vínculo entre la dinastía y este lugar es tan fuerte que en 1917, en plena Primera Guerra Mundial, la familia real adoptó el nombre de "Casa de Windsor" para desprenderse de sus apellidos alemanes.
En los alrededores, la villa de Eton acoge el célebre Eton College, fundado por Enrique VI en 1440, escuela de una parte notable de la élite política británica. Y a pocos kilómetros, en la pradera de Runnymede, junto al Támesis, el rey Juan selló en 1215 la Carta Magna, uno de los documentos fundacionales de las libertades modernas. Toda esta zona respira, así, la larga continuidad de la institución monárquica y de la historia constitucional del país.
Al norte de Londres, dos pequeñas ciudades albergan las dos universidades más antiguas del mundo de habla inglesa. Oxford, cuya enseñanza está documentada desde fines del siglo XI, es la universidad más antigua del ámbito anglosajón. Cambridge nació hacia 1209, cuando un grupo de académicos abandonó Oxford tras un conflicto con la ciudad y fundó su propio estudio. Desde entonces, ambas —conocidas conjuntamente como "Oxbridge"— han rivalizado y marcado el paso de la vida intelectual británica.
Organizadas en un sistema de colleges autónomos —recintos con capilla, comedor y claustros donde los estudiantes viven y estudian—, Oxford y Cambridge formaron durante siglos al clero, a los juristas y a la clase dirigente del país. De sus aulas salieron una cantidad asombrosa de figuras decisivas: científicos como Isaac Newton, Charles Darwin o Stephen Hawking; escritores como C. S. Lewis y J. R. R. Tolkien; y una larga lista de primeros ministros. En Cambridge, en 1953, Watson y Crick descifraron la estructura del ADN.
Su arquitectura —capillas góticas como la del King's College de Cambridge, bibliotecas históricas, patios centenarios— convierte a ambas ciudades en joyas del patrimonio. No estuvieron exentas de conflictos con las ciudades que las rodeaban (las célebres reyertas "town and gown", ciudad y toga) ni de exclusiones: las mujeres no pudieron obtener títulos plenos en Cambridge hasta bien entrado el siglo XX. Hoy siguen figurando entre las mejores universidades del mundo y son, además, destinos turísticos que atraen a millones de visitantes.
El sureste de Inglaterra ha sido siempre la puerta de entrada y de salida hacia el continente europeo, y por eso el escenario de invasiones, defensas y comercio. Por las costas de Kent y Sussex llegaron los romanos en el 43 d.C., los misioneros de san Agustín en el 597 —que hicieron de Canterbury la sede de la Iglesia inglesa— y, en 1066, Guillermo el Conquistador, que venció a Harold en la batalla de Hastings. Canterbury, con su catedral, es el centro espiritual de la Iglesia anglicana desde hace más de mil cuatrocientos años, y allí fue asesinado en 1170 el arzobispo Thomas Becket, convertido después en meta de peregrinos que inmortalizó Geoffrey Chaucer en sus Cuentos de Canterbury.
Por su cercanía a Francia, esta costa fue clave en las grandes guerras. Los blancos acantilados de Dover, símbolo nacional, custodian el paso más estrecho hacia el continente; sus castillos y fortificaciones defendieron el reino durante siglos, y en la Segunda Guerra Mundial la zona fue primera línea frente a una posible invasión alemana y base para la evacuación de Dunkerque y el desembarco de Normandía. Bajo esas mismas aguas circula hoy el Eurotúnel, inaugurado en 1994, que conecta por ferrocarril Inglaterra con Francia.
El sureste combina esa función estratégica con una larga tradición de balnearios y residencias reales: Brighton, con su extravagante Royal Pavilion de estilo orientalista mandado construir por el príncipe regente a comienzos del siglo XIX, se hizo famosa como ciudad de mar. Toda la región, próspera y densamente poblada, funciona además como el gran cinturón que rodea a Londres, con el que forma la aglomeración más rica y dinámica del Reino Unido.