Lisboa es una de las ciudades más antiguas de Europa occidental, con más de tres milenios de historia. Fenicios y griegos frecuentaron su magnífico puerto natural en el estuario del Tajo; los romanos la llamaron Olisipo y la convirtieron en un municipio próspero; los musulmanes, que la dominaron durante más de cuatro siglos, la conocieron como al-Ushbūna y la rodearon de murallas, cuyo trazado aún se adivina en el laberinto de la Alfama, el barrio más antiguo de la ciudad. En 1147, Afonso Henriques la conquistó con ayuda de cruzados y la incorporó al joven reino.
Con los descubrimientos, Lisboa vivió su época dorada. En el siglo XVI, desde el barrio de Belém partían las naves hacia la India y Brasil y allí regresaban cargadas de especias, oro y esclavos, convirtiendo a la ciudad en uno de los grandes emporios del mundo. De aquella opulencia quedan el Monasterio de los Jerónimos y la Torre de Belém, joyas del estilo manuelino y hoy Patrimonio Mundial. El terremoto de 1755 destruyó buena parte de la ciudad, que el marqués de Pombal reconstruyó con el trazado geométrico de la Baixa.
Hoy Lisboa combina esa herencia imperial con el encanto de sus siete colinas, los tranvías amarillos que trepan por sus cuestas, los miradouros, el fado que brota de las tabernas de Alfama y Mouraria, y una vida cultural vibrante. Capital de un país que un día gobernó medio planeta, conserva en sus piedras la memoria de la grandeza y de la caída, y ese sentimiento agridulce, la saudade, que impregna su música y su carácter.
A poca distancia de Lisboa, la sierra de Sintra ha fascinado desde siempre por su microclima húmedo y fresco, su vegetación exuberante y sus brumas, un contraste absoluto con la aridez del entorno. Ya los romanos la asociaban a cultos lunares (Mons Lunae) y los musulmanes construyeron aquí un castillo. Desde la Edad Media fue lugar de veraneo de los reyes de Portugal, que levantaron en el centro histórico el Palacio Nacional de Sintra, reconocible por sus dos enormes chimeneas cónicas.
En el siglo XIX, Sintra se convirtió en el gran escenario del Romanticismo portugués. El rey consorte Fernando II, primo de la realeza alemana, transformó las ruinas de un monasterio en el Palacio da Pena, una fantasía ecléctica de colores estridentes y estilos mezclados, encaramada sobre un cerro entre un parque de árboles traídos de todo el mundo. El poeta inglés Lord Byron, que la visitó, la llamó "el glorioso Edén". Aristócratas y millonarios llenaron la sierra de quintas y jardines, como la enigmática Quinta da Regaleira, con su pozo iniciático y sus símbolos masónicos.
Ese conjunto excepcional de palacios, parques y montañas hizo que en 1995 el paisaje cultural de Sintra fuera declarado Patrimonio Mundial por la Unesco, como ejemplo pionero de arquitectura paisajística romántica en Europa. Hoy es uno de los destinos más visitados de Portugal, un lugar donde la historia real y la imaginación romántica se funden entre nieblas.
En la costa que se abre al oeste de Lisboa, donde el Tajo se encuentra con el Atlántico, Cascais fue durante siglos un modesto pueblo de pescadores. Su fortuna cambió a fines del siglo XIX: en 1870, el rey Luís I eligió la ciudadela de Cascais como residencia de verano de la familia real portuguesa, y la corte lo siguió. La llegada del ferrocarril y las primeras instalaciones de baños de mar convirtieron a Cascais y a la vecina Estoril en el balneario de moda de la aristocracia.
El período más singular llegó durante la Segunda Guerra Mundial. Como Portugal era neutral, Estoril y Cascais se llenaron de exiliados, refugiados, aristócratas caídos, espías y diplomáticos de ambos bandos. Reyes destronados de media Europa —de España, Italia, Rumanía, Bulgaria— fijaron aquí su residencia, y el ambiente de intriga del Casino de Estoril inspiró, según la tradición, al escritor Ian Fleming, que trabajó para la inteligencia británica, para crear a su personaje James Bond.
Hoy Cascais es una elegante ciudad costera que combina su marina, sus playas y su casco antiguo con museos y una intensa vida turística, mientras conserva rincones de su pasado marinero. Muy cerca, el cabo da Roca, el punto más occidental de la Europa continental, marca el lugar donde, en palabras de Camões, "la tierra se acaba y el mar empieza": el confín desde donde Portugal miraba al océano que iba a conquistar.
Tierra adentro, en las vastas llanuras doradas del Alentejo, Évora es una ciudad-museo que resume como pocas los estratos de la historia portuguesa. Fue importante ya en época romana, cuando se llamó Ebora Liberalitas Julia: de aquel tiempo se conserva su monumento más célebre, el llamado "Templo de Diana", un templo romano del siglo I con sus columnas corintias milagrosamente en pie en pleno centro. Bajo dominio musulmán, como Yābura, fue una plaza fuerte del Gharb al-Ándalus hasta su conquista cristiana en 1165.
En la Edad Media y el Renacimiento, Évora vivió su apogeo como sede de la corte de varios reyes y de una universidad jesuita. La ciudad se llenó de palacios, iglesias, conventos y una catedral gótica, todo rodeado por un cinturón de murallas. Su rincón más impresionante es la Capela dos Ossos, la "capilla de los huesos", cuyas paredes están recubiertas con los restos de miles de esqueletos y una inscripción que recuerda al visitante: "Nós ossos que aqui estamos, pelos vossos esperamos" ("Nosotros, los huesos que aquí estamos, por los vuestros esperamos").
En 1986, el centro histórico de Évora fue declarado Patrimonio Mundial por la Unesco como conjunto urbano excepcionalmente conservado. En torno a ella se extiende el Alentejo profundo, región de latifundios, corcho, olivares, viñedos y pueblos blancos, escenario de una fuerte tradición agraria y jornalera y, tras la Revolución de los Claveles, de la reforma agraria de los años setenta. Es el Portugal más lento y ancho, de horizontes largos y calor seco, muy distinto del norte verde y montañoso.
La región de Lisboa y el centro-sur ha sido, durante casi toda la historia moderna del país, el centro del poder político, económico y cultural de Portugal. La razón es geográfica: el estuario del Tajo, uno de los mejores puertos naturales del Atlántico, capaz de albergar flotas enteras al abrigo de la mar abierta. Desde allí se gobernó el imperio y por allí entró y salió la riqueza que hizo grande al reino.
En esta región se concentran los grandes hitos de la memoria nacional. En Belém, junto al río, se levantan los monumentos de la era de los descubrimientos y, del lado opuesto, el moderno Padrão dos Descobrimentos, erigido bajo el Estado Novo para exaltar la epopeya marítima. Fue también en Lisboa donde estallaron los momentos decisivos de la historia contemporánea: la proclamación de la República en 1910 y, sobre todo, la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974, cuyos episodios clave —la toma del cuartel do Carmo, la rendición de Caetano, la multitud en la plaza del Rossio— tuvieron por escenario las calles de la capital.
Hoy, el área metropolitana de Lisboa reúne a cerca de un tercio de la población portuguesa y es el motor del país: sede del gobierno, de las finanzas, de las universidades y de un creciente sector tecnológico y turístico. La región combina el peso de la historia con la vida de una capital europea dinámica, tendida entre las colinas de la ciudad vieja, las playas de la costa de Estoril y las llanuras infinitas del Alentejo.