El nombre mismo del Algarve delata su pasado: viene del árabe al-Gharb, "el occidente", porque esta era la región más occidental de todo al-Ándalus y del mundo islámico. El Algarve fue, en efecto, la parte de Portugal donde el dominio musulmán se prolongó más tiempo y caló más hondo: desde el siglo VIII hasta mediados del siglo XIII, cerca de quinientos años. Durante ese período floreció una cultura andalusí refinada, con ciudades, agricultura de regadío, comercio marítimo y una vida intelectual notable.
Su gran capital fue Xelb (la actual Silves), sede de una taifa independiente en el siglo XI y célebre por sus poetas —el propio rey-poeta al-Mutamid pasó por aquí— y por su comercio. De aquella época quedan el imponente castillo de Silves, de arenisca roja, y numerosos vestigios: cisternas, pozos, aljibes y trazados urbanos. Tras la conquista cristiana, completada por Afonso III con la toma de Faro en 1249, el Algarve se incorporó al reino, aunque conservó una identidad propia: los reyes se titularían "reyes de Portugal y de los Algarves", en plural, incluyendo las posesiones del norte de África.
La huella árabe sigue siendo la más visible de todas las regiones portuguesas. Se percibe en la arquitectura popular —las casas cúbicas y blancas, las azoteas planas y sobre todo las chimeneas caladas, verdaderos encajes de yeso—, en la agricultura de higueras, almendros, algarrobos y naranjos, en la cocina y en centenares de topónimos que empiezan por "Al-": Albufeira, Alcoutim, Aljezur, Alvor. El Algarve es, en muchos sentidos, el Portugal más mediterráneo y africano, el más cercano a su vecino magrebí al otro lado del mar.
En el extremo suroeste del Algarve, en el promontorio de Sagres —junto al cabo de San Vicente, el punto más suroccidental de Europa continental—, la tradición sitúa el punto de arranque de la era de los descubrimientos. Fue aquí donde el infante Enrique el Navegante (Henrique o Navegador), hijo del rey João I, estableció su base a comienzos del siglo XV y desde donde impulsó, organizó y financió las primeras expediciones sistemáticas por la costa de África occidental.
La historiografía romántica imaginó en Sagres una gran "escuela de navegación" donde Enrique habría reunido a cartógrafos, astrónomos, constructores navales y pilotos de distintas naciones. Los historiadores actuales matizan mucho ese mito: no hubo probablemente una academia formal, pero sí un centro de impulso real, ligado al vecino puerto de Lagos, desde donde partían las carabelas. Bajo el patrocinio de Enrique, los portugueses fueron perfeccionando la carabela, avanzando por la costa africana, superando en 1434 el temido cabo Bojador —una barrera psicológica más que física— y abriendo la ruta que llevaría, décadas más tarde, a doblar África y llegar a la India.
En Sagres se conserva la Fortaleza de Sagres, con la enigmática rosa de los vientos grabada en el suelo (la rosa dos ventos), un enorme círculo de piedra cuyo origen se discute. Sea o no el emplazamiento exacto de la corte de Enrique, el promontorio de Sagres, batido por el viento y el océano, se ha convertido en un lugar simbólico: el confín desde donde un pequeño reino atlántico se lanzó a explorar y conquistar el mundo.
El puerto de Lagos, en el Algarve occidental, fue uno de los grandes protagonistas de la primera expansión portuguesa. Desde su bahía partían las expediciones patrocinadas por Enrique el Navegante, y a él regresaban cargadas de oro, mercancías y cautivos africanos. Fue aquí donde se produjo uno de los episodios más sombríos de la historia europea: la apertura del comercio atlántico de esclavos.
En 1444, seis carabelas al mando de Lançarote de Freitas regresaron a Lagos con 235 africanos capturados en la costa de lo que hoy es Mauritania. El 8 de agosto de ese año, aquellos hombres, mujeres y niños fueron desembarcados, repartidos y vendidos en una plaza de Lagos, en presencia del propio infante Enrique, que asistió a caballo y se quedó con su parte como "quinto real". El cronista Gomes Eanes de Zurara describió la escena con inusual crudeza para la época: el llanto, la separación de las familias, el reparto de los cautivos. Fue el primer gran mercado de esclavos africanos de la Europa moderna.
Aquel acto inaugural dio comienzo a la trata atlántica portuguesa, que se prolongaría durante más de cuatro siglos —la más larga de todas las potencias europeas— y que arrancaría por la fuerza a millones de africanos de su tierra para llevarlos a Europa, a las islas atlánticas y, sobre todo, a Brasil. En Lagos, sobre el lugar donde se realizaban aquellas ventas, funciona hoy el Mercado de Escravos, convertido en 2016 en un museo dedicado a la memoria de la esclavitud. Es un contrapunto necesario a la epopeya de los descubrimientos: recordar que la gloria marítima portuguesa y el mayor crimen colectivo de la época moderna nacieron de la misma empresa y en el mismo lugar.
El Algarve, por su posición frente al Atlántico y cerca de la falla que separa las placas de África y Europa, fue una de las regiones más castigadas por el terremoto de 1755. El maremoto que siguió a la sacudida —un tsunami con olas de varios metros— arrasó pueblos costeros del sur, especialmente en el Algarve occidental, cerca del epicentro. Lagos, Faro, Portimão y otras localidades sufrieron enormes daños, y muchas de las ciudades del sur debieron ser reconstruidas, lo que explica que buena parte de su arquitectura histórica sea posterior a esa fecha.
Durante siglos, la vida del Algarve giró en torno al mar. La pesca fue la gran actividad económica: la sardina, salada o en conserva, y sobre todo la almadraba del atún, un antiquísimo arte de pesca de origen mediterráneo —heredado de fenicios y árabes— que consistía en tender laberintos de redes fijas para capturar los grandes atunes rojos en su migración. Las almadrabas del Algarve, en lugares como Tavira o la costa de Sagres, sostuvieron a poblaciones enteras y a una importante industria conservera, hoy casi desaparecida.
A esa economía marinera se sumaban la agricultura tradicional del interior —higos, almendras, algarrobas y, más tarde, naranjas, que hicieron famosos a los cítricos del Algarve— y la sal. Era, en conjunto, una región pobre y periférica, alejada de los centros de poder del norte, con fuerte emigración. Todo eso cambiaría radicalmente en la segunda mitad del siglo XX con la llegada de un fenómeno que transformaría el Algarve por completo: el turismo.
En los años sesenta del siglo XX, el Algarve empezó a transformarse en el gran destino de sol y playa de Portugal. La construcción del aeropuerto de Faro en 1965 abrió la región al turismo internacional, sobre todo británico, y las playas de arena dorada, las aguas templadas, los acantilados esculpidos y grutas de la costa de Lagos y Portimão, y el clima suave todo el año atrajeron a un número creciente de visitantes. Pueblos de pescadores como Albufeira, Lagos o Vilamoura se llenaron de hoteles, apartamentos y campos de golf.
El crecimiento fue vertiginoso y no siempre ordenado: en pocas décadas, la franja costera del Algarve central se cubrió de urbanizaciones, con los problemas de especulación, presión sobre el agua y transformación del paisaje que ello supuso. Hoy el turismo es, con enorme diferencia, la principal actividad de la región, que recibe cada año a millones de visitantes y concentra buena parte de la oferta hotelera de Portugal. El contraste entre el litoral urbanizado y el interior serrano, todavía rural y despoblado, es una de las tensiones de la región.
Pese a la masificación de algunos tramos, el Algarve conserva rincones de gran belleza y autenticidad: la Costa Vicentina, en el oeste, salvaje y protegida; la ría Formosa, junto a Faro, un laberinto de islas, marismas y lagunas de enorme valor ecológico; los pueblos blancos del interior y las villas históricas de Silves, Tavira o Lagos. La región que fue el último bastión musulmán y la cuna de los descubrimientos es hoy la soleada puerta sur de Portugal, donde la historia milenaria convive con las sombrillas de la costa dorada.