A orillas del río Mondego, Coímbra fue la primera capital efectiva del reino de Portugal: aquí residieron los primeros reyes y aquí está enterrado, en el monasterio de Santa Cruz, el fundador Afonso Henriques. Pero lo que hizo célebre a la ciudad en el mundo entero es su universidad. Fundada por el rey Dinis en Lisboa en 1290 y trasladada definitivamente a Coímbra en 1537, es una de las universidades más antiguas de Europa y del mundo en funcionamiento continuo.
La Universidad de Coímbra se instaló en el antiguo palacio real, en lo alto de la colina que domina la ciudad. Su corazón es un conjunto monumental extraordinario: el Paço das Escolas con su torre y su Vía Latina, la Capilla de São Miguel y, sobre todo, la Biblioteca Joanina, una biblioteca barroca del siglo XVIII de una opulencia deslumbrante, con estanterías doradas y talladas y una célebre colonia de murciélagos que, de noche, protege los libros de los insectos. Durante siglos, por sus aulas pasó la élite intelectual de Portugal y de su imperio.
En 2013, la Universidad de Coímbra, con su Alta y la calle da Sofía, fue declarada Patrimonio Mundial por la Unesco. La ciudad conserva un fuerte espíritu estudiantil, con sus tradiciones académicas seculares: las capas negras de los estudiantes, las tunas, las serenatas y el fado de Coímbra —distinto del de Lisboa, cantado solo por hombres— que resuena en sus noches. "Coímbra estudia", dice el refrán, y en verdad es la ciudad del saber por antonomasia en Portugal.
Fátima es hoy uno de los mayores centros de peregrinación católica del mundo, pero hasta comienzos del siglo XX era una aldea anónima del centro rural de Portugal. Todo cambió en 1917, en plena Primera Guerra Mundial. Según el relato, entre mayo y octubre de ese año, tres pastorcitos —Lúcia dos Santos y sus primos Francisco y Jacinta Marto— afirmaron haber visto en varias ocasiones a la Virgen María en un lugar llamado Cova da Iria. La Virgen les habría transmitido mensajes y tres "secretos".
El acontecimiento que consolidó la devoción fue el llamado "milagro del sol" del 13 de octubre de 1917, cuando una multitud de decenas de miles de personas, reunidas bajo la lluvia, describió que el sol "danzaba" y giraba en el cielo. La Iglesia católica investigó los hechos durante años y en 1930 autorizó oficialmente el culto. Fátima se transformó rápidamente en un imán de peregrinos, sobre todo tras la construcción de la gran basílica y el enorme santuario.
El santuario adquirió proyección mundial en el siglo XX, especialmente ligado a la figura del papa Juan Pablo II, que atribuyó a la Virgen de Fátima su supervivencia al atentado que sufrió el 13 de mayo de 1981 —el mismo día del calendario de la primera aparición— y que canonizó a los dos pastorcitos fallecidos en la infancia. Cada 13 de mayo y 13 de octubre, cientos de miles de fieles, muchos de ellos de rodillas, acuden a Fátima, que se ha convertido en un símbolo del catolicismo popular portugués y en uno de los grandes centros marianos del planeta.
Nazaré fue durante siglos un típico pueblo de pescadores de la costa central portuguesa, célebre por sus tradiciones marineras: los barcos de colores varados en la playa, la pesca con redes tiradas desde la arena, el pescado secándose al sol y, sobre todo, sus mujeres vestidas con las características siete faldas (as sete saias) y sus tocados. La villa se organiza en dos niveles: la playa al pie del mar y, en lo alto de un acantilado, el barrio del Sítio, unido por un funicular, con el santuario de Nossa Senhora da Nazaré, un antiguo lugar de peregrinación.
Desde comienzos del siglo XXI, Nazaré se ha vuelto mundialmente famosa por otra razón: sus olas gigantes. Frente a la playa do Norte se abre en el fondo del océano un enorme cañón submarino, el cañón de Nazaré, uno de los mayores de Europa, que concentra y amplifica la energía del oleaje atlántico y genera, en invierno, olas descomunales. Allí, en 2011, el surfista hawaiano Garrett McNamara sorprendió al mundo al surfear una ola gigantesca, y desde entonces la playa se ha consagrado como la meca mundial del surf de olas grandes.
En Nazaré se han batido récords mundiales de la ola más grande jamás surfeada, con muros de agua que superan los 20 metros de altura. Cada invierno, cuando las condiciones se alinean, los mejores surfistas del planeta acuden a desafiar al océano, remolcados por motos de agua, ante multitudes que los observan desde el faro del fuerte de São Miguel Arcanjo. El viejo pueblo de pescadores se ha convertido así, sin perder sus raíces, en un símbolo del poder del Atlántico.
Aveiro, en la costa central, se ha ganado el apodo de "la Venecia portuguesa" por los canales que atraviesan su casco urbano, surcados por los moliceiros, unas barcas tradicionales de proa alta y colorida decoradas con pinturas a menudo picantes. Pero el rasgo que define a Aveiro no es tanto la ciudad como la ría de Aveiro, una vasta laguna litoral de canales, esteros e islas que se forma donde el río Vouga se encuentra con el Atlántico.
La historia de Aveiro está atada a los caprichos de esa barra de arena que separa la laguna del mar. En 1575, una violenta tormenta cerró la comunicación de la ría con el océano: el puerto se arruinó, las aguas se estancaron, las fiebres diezmaron a la población y la ciudad entró en una larga decadencia. Solo en 1808, tras siglos de intentos, se logró abrir artificialmente una nueva barra, la actual Barra de Aveiro, que devolvió la vida a la laguna y al puerto y permitió el resurgimiento de la ciudad.
De esa laguna nacieron las dos actividades tradicionales de Aveiro: la producción de sal en las salinas, mediante la evaporación del agua marina en las marismas, y la recolección de algas (el moliço) que daban nombre a los moliceiros y servían de abono. A ellas se sumó, ya en el siglo XX, la pesca del bacalao en los lejanos bancos de Terranova, en la que Aveiro tuvo una flota destacada. Rica también en azulejos y en arquitectura art nouveau de comienzos del siglo XX, y célebre por sus dulces ovos moles, Aveiro combina hoy su patrimonio con el atractivo de una ría única en Portugal.
Óbidos es una de las villas medievales mejor conservadas de Portugal: un caserío de casas encaladas, calles empedradas y flores, encerrado por completo dentro de un cinturón de murallas coronado por un castillo, sobre una colina que domina la llanura. Su aspecto de estampa detenida en el tiempo la ha convertido en uno de los pueblos más visitados y fotografiados del país.
Su historia tiene una particularidad singular. Tras la conquista cristiana a los musulmanes en 1148, la villa fue creciendo en importancia, y en 1282 el rey Dinis la ofreció como regalo de bodas a su esposa, la reina Isabel de Aragón (Santa Isabel). Desde entonces y durante más de cinco siglos, Óbidos y su comarca formaron parte de la "Casa das Rainhas": pertenecían directamente a las reinas de Portugal, que percibían sus rentas. Por eso se la conoce como "a Vila das Rainhas", la villa de las reinas.
Hoy Óbidos vive del turismo y de sus tradiciones. Es célebre por la ginja de Óbidos, un licor de guindas que suele servirse en pequeños vasitos comestibles de chocolate, y por sus festivales que animan el recinto amurallado a lo largo del año: el Mercado Medieval en verano, que transforma la villa en una recreación de la Edad Media, y la Vila Natal en invierno. Reconocida por la Unesco como Ciudad Literaria, Óbidos es la prueba de cómo un pequeño pueblo medieval del centro portugués supo conservar intacto su encanto de otra época.