Las tierras de la actual Polonia estuvieron habitadas desde la prehistoria, pero su testimonio más célebre es Biskupin, un poblado fortificado de la Edad de Hierro levantado hacia el siglo VIII antes de Cristo a orillas de un lago en la Gran Polonia. Descubierto en 1933, Biskupin conservaba las hileras de casas de madera, las empalizadas y las calzadas de troncos de una comunidad de la cultura lusaciana, y se convirtió en un símbolo de la antigüedad del poblamiento de estas tierras, aunque sus habitantes no eran todavía eslavos.
En los siglos que rodearon el cambio de era, la región fue un cruce de pueblos: tribus germánicas, la ruta comercial del ámbar que unía el Báltico con el Mediterráneo romano, y más tarde el paso de los grandes movimientos de la época de las migraciones. Los eslavos occidentales, antepasados directos de los polacos, se asentaron en las cuencas del Vístula y el Óder entre los siglos VI y VII, organizados en numerosas tribus: los vistulanos en torno a la futura Cracovia, los polanos y los goplanos en Gran Polonia, los silesios en el suroeste, los pomeranos en la costa, los mazovios en el centro.
De todas ellas, fue la tribu de los polanos —«la gente de los campos abiertos»—, establecida alrededor de Gniezno y Poznań, la que en el siglo X impuso su hegemonía sobre las demás y dio nombre y núcleo al futuro Estado. Sus jefes, la dinastía de los Piastas, cuya genealogía legendaria arranca del campesino Piast el Carretero, unificaron a las tribus vecinas por la fuerza y la alianza, y con ellos empieza propiamente la historia de Polonia como nación.
El primer gobernante polaco documentado con certeza fue Mieszko I, duque de los polanos, que aparece en las crónicas hacia el año 960 al frente de un Estado ya considerable. El acontecimiento que fija el nacimiento de Polonia como nación cristiana ocurrió en 966: Mieszko I se bautizó, probablemente en la Pascua de aquel año, tras casarse con la princesa checa Dobrava. Al aceptar el cristianismo desde Bohemia y no directamente desde el Imperio germánico, Mieszko ancló a Polonia en la cristiandad latina de Roma pero preservó su independencia frente a la presión de sus poderosos vecinos alemanes. Ese bautismo (Chrzest Polski) es la fecha fundacional de la nación, y en 966 se hace arrancar convencionalmente la historia del Estado polaco.
El hijo de Mieszko, Bolesław I el Bravo (Chrobry), llevó al joven Estado a su primera cima. En el año 1000, el emperador Otón III peregrinó a Gniezno ante la tumba de san Adalberto —el obispo misionero martirizado por los prusianos paganos en 997, cuyo cuerpo Bolesław había rescatado a peso de oro— y en el llamado Congreso de Gniezno reconoció la dignidad de Polonia y creó una provincia eclesiástica propia con sede en Gniezno. En 1025, poco antes de morir, Bolesław el Bravo se hizo coronar rey, el primero de Polonia, sellando la plena soberanía del reino.
Los siglos siguientes fueron de consolidación y de crisis alternadas. Los Piastas trasladaron el centro de gravedad de Gniezno a Cracovia, resistieron las reacciones paganas y la presión imperial, y extendieron y perdieron territorios como Pomerania o Silesia. La cristianización trajo la escritura, las abadías, los primeros cronistas —como Gallus Anonymus a comienzos del siglo XII— y la integración de Polonia en la civilización europea occidental, una elección de rumbo que marcaría para siempre el destino del país frente al mundo ortodoxo del este.
En 1138, el rey Bolesław III el Bocatorcida dividió el reino entre sus hijos en su testamento, con la esperanza de evitar guerras sucesorias. El resultado fue el contrario: durante casi dos siglos, Polonia se fragmentó en ducados rivales gobernados por distintas ramas de los Piastas, en el llamado período de la fragmentación feudal. Debilitada y dividida, la Polonia de los ducados sufrió la devastadora invasión de los mongoles, que en 1241 arrasaron el sur del país y derrotaron a un ejército polaco y de caballeros cruzados en la batalla de Legnica. Fue también en este período cuando, en 1226, el duque Conrado de Mazovia cometió un error histórico al invitar a los Caballeros Teutónicos a combatir a los prusianos paganos del norte: la orden alemana conquistó aquellas tierras y fundó un Estado militar propio en el Báltico que se convertiría en un enemigo temible.
La reunificación llegó de la mano de Władysław I el Breve (Łokietek), que hacia 1320 volvió a reunir buena parte de las tierras polacas y se hizo coronar rey en la catedral de Cracovia, que a partir de entonces sería el lugar de coronación de los monarcas. Pero fue su hijo, Casimiro III el Grande (1333-1370), quien elevó al reino a una nueva edad de oro. Único rey polaco al que la historia dio el título de «Grande», Casimiro heredó, según el dicho célebre, «una Polonia de madera y la dejó de piedra»: fortificó decenas de ciudades y castillos, codificó las leyes, fundó en 1364 la Universidad de Cracovia —la primera de Polonia y una de las más antiguas de Europa central— y reorganizó la economía y la moneda.
Casimiro el Grande dejó además una huella singular en materia de tolerancia. En una Europa que expulsaba y perseguía a los judíos, él confirmó y amplió sus privilegios y protecciones, abriendo Polonia a una inmigración judía que, huyendo de los pogromos de Europa occidental, convertiría al país en el mayor hogar del judaísmo del mundo durante siglos. Cuando Casimiro murió en 1370 sin heredero varón, se extinguió la dinastía Piasta que había gobernado Polonia desde su nacimiento, y el trono pasó por vía femenina a una nueva era.
En 1386, la joven reina Jadwiga —coronada «rey» de Polonia por las leyes del reino— se casó con Jogaila, gran duque de Lituania, que se bautizó con el nombre de Władysław II Jagiełło y fundó la dinastía de los Jagellones. Aquella unión personal de Polonia y Lituania, el último gran Estado pagano de Europa que ahora se cristianizaba, creó una potencia enorme que se extendía del Báltico casi hasta el mar Negro. Su primer gran triunfo llegó el 15 de julio de 1410 en la batalla de Grunwald (Tannenberg), una de las mayores de la Europa medieval, en la que los ejércitos polaco-lituanos aplastaron a los Caballeros Teutónicos y quebraron para siempre el poder de la orden alemana en el Báltico.
La unión se hizo definitiva en 1569, cuando la Unión de Lublin fusionó a ambos Estados en una sola entidad: la Rzeczpospolita, la «República de las Dos Naciones» o Mancomunidad polaco-lituana, con un único rey electivo, un único parlamento (el Sejm) y una única política exterior, pero conservando cada parte sus leyes y ejércitos. En su apogeo, a comienzos del siglo XVII, la Mancomunidad fue uno de los Estados más grandes y poblados de Europa, con casi un millón de kilómetros cuadrados. Fue una edad de oro cultural, con el Renacimiento floreciendo en Cracovia, la figura del astrónomo Nicolás Copérnico —que en 1543 revolucionó la ciencia al situar al Sol en el centro del universo— y una vida intelectual brillante.
La Mancomunidad fue un experimento político insólito para su época: una «democracia de nobles» en la que la szlachta (la numerosa nobleza, hasta un 10% de la población) elegía al rey y controlaba el poder a través del Sejm. La Confederación de Varsovia de 1573 garantizó por ley una tolerancia religiosa excepcional en la Europa de las guerras de religión, y el país acogió a católicos, ortodoxos, protestantes, judíos, armenios y musulmanes tártaros. Pero ese mismo sistema encerraba el germen de su ruina: el liberum veto, que permitía a un solo diputado disolver el Sejm y anular todas sus decisiones, paralizó progresivamente al Estado y lo dejó a merced de las potencias vecinas. Guerras devastadoras del siglo XVII —sobre todo la invasión sueca conocida como «el Diluvio» (1655-1660)— desangraron a la República, que entró en un largo declive.
En el siglo XVIII, la otrora poderosa Mancomunidad se había convertido en un gigante paralizado. El liberum veto bloqueaba cualquier reforma, el trono electivo la exponía a las intrigas extranjeras y sus vecinos —la Rusia de Catalina la Grande, la Prusia de Federico II y la Austria de los Habsburgo— habían crecido hasta rodearla con ejércitos modernos. Rusia, en particular, trataba a Polonia como un protectorado de hecho. Cuando el país intentó reformarse y sacudirse esa tutela, las potencias respondieron descuartizándolo en tres etapas sucesivas.
La Primera Partición, en 1772, arrancó a Polonia cerca de un tercio de su territorio, repartido entre Rusia, Prusia y Austria. El trauma impulsó un esfuerzo reformista extraordinario, coronado por la Constitución del 3 de mayo de 1791, considerada la primera constitución moderna de Europa y la segunda del mundo tras la de Estados Unidos; abolía el liberum veto e intentaba modernizar el Estado. Pero la reforma llegó demasiado tarde y asustó a los vecinos: en 1793, Rusia y Prusia impusieron la Segunda Partición. Un levantamiento nacional en 1794, dirigido por el general Tadeusz Kościuszko —héroe también de la independencia de Estados Unidos—, fue aplastado por los ejércitos ruso y prusiano.
En 1795, la Tercera Partición completó la obra: Rusia, Prusia y Austria se repartieron lo que quedaba, y Polonia dejó lisa y llanamente de existir como Estado. El último rey, Estanislao Augusto Poniatowski, abdicó, y durante los siguientes 123 años no hubo Polonia en el mapa de Europa. Fue un caso único en la historia moderna: una nación grande y antigua borrada de la geografía política por acuerdo de sus vecinos. La memoria de las Particiones y la voluntad de recuperar la independencia se convirtieron en el eje de la identidad polaca durante todo el siglo siguiente.
Durante todo el siglo XIX, los polacos fueron súbditos de tres imperios distintos —el ruso, el prusiano (luego alemán) y el austríaco—, cada uno con su lengua, sus leyes y su política hacia la nación sometida. Napoleón dio a los polacos una breve esperanza al crear en 1807 el Ducado de Varsovia, un Estado satélite francés que desapareció con su derrota; el Congreso de Viena de 1815 reorganizó el reparto y creó un «Reino de Polonia» bajo el zar de Rusia, con una autonomía que fue recortándose hasta desaparecer.
Los polacos no se resignaron. Contra el dominio ruso estallaron dos grandes insurrecciones armadas: el Levantamiento de Noviembre de 1830-1831 y el Levantamiento de Enero de 1863-1864. Ambos fueron aplastados con dureza, seguidos de deportaciones a Siberia, confiscaciones y una intensa política de rusificación: se prohibió o restringió el polaco en la escuela y la administración, y se persiguió a la Iglesia católica. En la parte prusiana, tras la unificación alemana de 1871, Bismarck impulsó una germanización sistemática (la Kulturkampf, las expropiaciones de tierras, la escuela en alemán) que los polacos resistieron con tenacidad, como en la famosa huelga escolar de los niños de Września en 1901. La zona austríaca, la Galitzia con capital en Cracovia y Lwów, fue en cambio la más tolerante y gozó de amplia autonomía cultural desde los años 1860.
Privados de Estado, los polacos hicieron de la cultura su patria. El siglo XIX fue la gran época del romanticismo nacional: el poeta Adam Mickiewicz cantó a la patria perdida en Pan Tadeusz, y el compositor Frédéric Chopin llevó por Europa las mazurcas y polonesas que convirtieron la música en un acto de resistencia nacional. Más tarde, la científica María Skłodowska-Curie —dos veces premio Nobel— y el novelista Henryk Sienkiewicz mantuvieron alto el prestigio de una nación sin Estado. Junto al romanticismo insurreccional creció también una corriente de «trabajo orgánico» que apostaba por fortalecer a la sociedad polaca desde la economía, la educación y la lengua, a la espera de una oportunidad histórica que llegaría con la Primera Guerra Mundial.
La Primera Guerra Mundial enfrentó entre sí a los tres imperios que se habían repartido Polonia, y su derrota simultánea abrió la puerta que los polacos esperaban desde hacía más de un siglo. El 11 de noviembre de 1918 —el mismo día del armisticio que terminaba la guerra en el frente occidental—, Józef Piłsudski, el veterano líder socialista y militar que acababa de ser liberado de una prisión alemana, asumió el mando en Varsovia, y Polonia recuperó su independencia tras 123 años de inexistencia. Esa fecha es hoy la fiesta nacional del país. La Segunda República Polaca tuvo que construirse casi de la nada: unificar tres administraciones distintas, tres sistemas legales, tres redes ferroviarias con anchos de vía diferentes, y fijar unas fronteras que nadie había definido.
La definición de esas fronteras costó sangre. La más grave de las guerras que rodearon el nacimiento del nuevo Estado fue la guerra polaco-soviética de 1919-1921. La Rusia bolchevique, que aspiraba a llevar la revolución hacia el corazón de Europa, lanzó al Ejército Rojo sobre Polonia, y en el verano de 1920 sus tropas llegaron a las puertas de Varsovia. Allí, entre el 13 y el 25 de agosto de 1920, Piłsudski dirigió una contraofensiva que destrozó al ejército soviético en la batalla de Varsovia, conocida como «el milagro del Vístula», y salvó la independencia polaca —y, según muchos historiadores, frenó el avance de la revolución hacia Europa occidental—. La Paz de Riga de 1921 fijó la frontera oriental muy al este.
La Segunda República fue un Estado joven, pobre y multiétnico: un tercio de su población no era de lengua polaca, sino ucraniana, judía (más de tres millones de personas, la mayor comunidad judía de Europa), bielorrusa o alemana. Su democracia parlamentaria resultó inestable, y en 1926 Piłsudski dio un golpe de Estado e instauró un régimen autoritario moderado, el Sanacja, que gobernó hasta su muerte en 1935 y después de ella. Pese a las dificultades, el país construyó desde cero un puerto moderno en Gdynia, sobre el Báltico, y desarrolló una vida cultural intensa. Pero la Polonia de entreguerras estaba atrapada entre dos vecinos totalitarios y revanchistas —la Alemania de Hitler y la Unión Soviética de Stalin— que no habían aceptado sus fronteras, y que en 1939 sellarían su destino.
El 23 de agosto de 1939, la Alemania nazi y la Unión Soviética firmaron el pacto Ribbentrop-Mólotov, un tratado de no agresión que en un protocolo secreto se repartía Europa oriental y, en particular, Polonia. Nueve días después, el 1 de septiembre de 1939, la Alemania de Hitler invadió Polonia —el buque de guerra Schleswig-Holstein abrió fuego al amanecer contra la guarnición polaca de Westerplatte, en Gdańsk—, dando comienzo a la Segunda Guerra Mundial. Francia y el Reino Unido declararon la guerra a Alemania, pero no prestaron ayuda militar efectiva. El 17 de septiembre, cumpliendo el pacto, la Unión Soviética invadió Polonia por el este. Atacado por dos potencias a la vez y abandonado por sus aliados, el país fue vencido en pocas semanas; su gobierno marchó al exilio, primero a Francia y luego a Londres.
Polonia quedó dividida entre los dos ocupantes, y ambos aplicaron una política deliberada de destrucción de la nación polaca. Los alemanes anexionaron directamente las regiones occidentales al Reich y organizaron el resto como el «Gobierno General», una colonia sometida al terror. Las élites polacas —profesores, sacerdotes, oficiales, intelectuales— fueron un objetivo prioritario de exterminio en operaciones como la Intelligenzaktion y la AB-Aktion. Millones de polacos fueron sometidos a trabajos forzados, desplazamientos masivos y ejecuciones. Del lado soviético, la NKVD deportó a cientos de miles de polacos a Siberia y Kazajistán, y en la primavera de 1940 asesinó en secreto a unos 22.000 oficiales, policías e intelectuales polacos prisioneros, en la matanza de Katyn y otros lugares; la Unión Soviética negó su responsabilidad durante medio siglo y solo la reconoció en 1990.
Bajo la ocupación, los polacos organizaron el Estado clandestino más desarrollado de toda la Europa ocupada, con un gobierno subterráneo, tribunales, escuelas secretas y un poderoso ejército de la resistencia, el Armia Krajowa (Ejército del Interior), dependiente del gobierno en el exilio. Ningún gobierno polaco colaboró con los ocupantes: no hubo en Polonia un régimen títere equivalente al de otros países ocupados. La resistencia y la sociedad polacas pagaron esa negativa con una represión de una brutalidad extrema, en un país convertido por los nazis en el principal escenario de sus crímenes.
En vísperas de la guerra vivían en Polonia alrededor de 3,3 millones de judíos, la mayor comunidad judía de Europa y una de las más antiguas y ricas culturalmente del mundo. Durante la ocupación alemana, esa comunidad fue casi por completo aniquilada: se calcula que unos tres millones de judíos polacos —cerca del 90%— fueron asesinados en el Holocausto. Es fundamental precisar los hechos con exactitud: los campos de exterminio se instalaron en territorio de la Polonia ocupada, pero fueron concebidos, construidos y operados por la Alemania nazi; no fueron «campos polacos», expresión que la historiografía y el propio Estado polaco rechazan por falsa. Polonia era un país ocupado y sometido, no un Estado colaborador.
El exterminio siguió varias fases. Primero, los alemanes confinaron a la población judía en guetos amurallados y superpoblados —el mayor fue el de Varsovia, con cerca de 400.000 personas—, donde el hambre y las enfermedades causaron una mortandad masiva. Luego, a partir de 1942, en el marco de la llamada «Solución Final», los nazis deportaron a los habitantes de los guetos a campos construidos para matar de forma industrial: los tres campos de la Operación Reinhard —Treblinka, Bełżec y Sobibor—, donde fueron asesinadas cerca de 1,7 millones de personas casi exclusivamente en cámaras de gas; el campo de Auschwitz-Birkenau, en Oświęcim, el mayor de todos, donde murieron alrededor de 1,1 millones de personas, en su gran mayoría judías de toda Europa; y Majdanek, junto a Lublin. También perecieron polacos no judíos, prisioneros soviéticos, gitanos (el pueblo romaní) y otros grupos.
Hubo resistencia. En abril de 1943, los últimos judíos del gueto de Varsovia se alzaron en armas contra las tropas que iban a deportarlos a la muerte: el Levantamiento del Gueto de Varsovia fue la mayor rebelión judía de la guerra, aplastada tras semanas de combate con la destrucción total del gueto. Hubo también gestos de solidaridad polaca —la organización clandestina Żegota se dedicó a esconder y salvar judíos, y Polonia es el país con más «Justos entre las Naciones» reconocidos por Israel—, pero también episodios de denuncia, indiferencia y colaboración de individuos, un debate historiográfico legítimo y todavía vivo en la sociedad polaca. Ayudar a un judío se castigaba en la Polonia ocupada con la pena de muerte para quien lo hacía y para toda su familia, una circunstancia extrema que la historiografía subraya sin que sirva para eludir el examen honesto de todas las conductas. Lo que no admite discusión es la magnitud del crimen: la casi total desaparición de un mundo judío milenario que había hecho de Polonia su hogar durante siglos.
En el verano de 1944, con el Ejército Rojo avanzando hacia el oeste y ya a las puertas de Varsovia, el Ejército del Interior (Armia Krajowa) decidió liberar la capital por sus propios medios antes de la llegada de los soviéticos, para afirmar la soberanía polaca frente a un futuro dominio de Moscú. El 1 de agosto de 1944 estalló el Levantamiento de Varsovia, la mayor operación de resistencia armada de la Europa ocupada. Los insurgentes, mal armados, lograron controlar buena parte de la ciudad, pero la ayuda esperada no llegó: el Ejército Rojo detuvo su avance en la orilla oriental del Vístula y observó sin intervenir mientras los alemanes aplastaban la rebelión.
La represión fue atroz. Durante 63 días de combates, y en las matanzas de civiles que los acompañaron —como la del barrio de Wola, donde las tropas alemanas asesinaron a decenas de miles de habitantes en pocos días—, murieron alrededor de 200.000 personas, en su inmensa mayoría civiles. Tras la capitulación del 2 de octubre, Hitler ordenó arrasar la ciudad como castigo: unidades alemanas dinamitaron y quemaron sistemáticamente lo que quedaba en pie, de modo que al terminar la guerra cerca del 85% de Varsovia estaba en ruinas. La capital de Polonia fue una de las ciudades más destruidas de toda la guerra.
El Ejército Rojo entró finalmente en la Varsovia devastada en enero de 1945 y empujó a los alemanes hacia el oeste. La Conferencia de Yalta, en febrero de 1945, decidió el destino de la posguerra polaca sin la participación de los polacos: las fronteras del país se desplazaron centenares de kilómetros hacia el oeste —Polonia perdió sus territorios orientales, anexionados por la Unión Soviética, y ganó tierras que habían sido alemanas hasta el río Óder—, y el país quedó dentro de la esfera de influencia soviética. Millones de personas —polacas, alemanas, ucranianas— fueron expulsadas y desplazadas en uno de los mayores movimientos forzosos de población de la historia europea. Polonia había sido el primer país en resistir a Hitler y uno de los que más sufrieron: perdió alrededor de seis millones de ciudadanos, cerca de la quinta parte de su población, la mitad de ellos judíos.
Terminada la guerra, la Unión Soviética impuso en Polonia un régimen comunista. Mediante elecciones fraudulentas y la eliminación de la oposición, el Partido Obrero Unificado Polaco tomó el control total del Estado, que en 1952 pasó a llamarse República Popular de Polonia (PRL), un satélite de Moscú integrado en el Pacto de Varsovia. Los primeros años fueron de estalinismo duro: colectivización, industria pesada, policía política y represión de la Iglesia y de los antiguos combatientes de la resistencia. Pero el comunismo nunca logró someter del todo a la sociedad polaca, profundamente católica y con una fuerte identidad nacional. En 1956, las protestas obreras de Poznań, reprimidas a sangre y fuego, forzaron un giro hacia un comunismo algo más tolerante bajo Władysław Gomułka.
Las décadas siguientes fueron de crisis recurrentes, casi siempre desencadenadas por subidas de precios: en 1970, la represión de las protestas obreras en la costa del Báltico (Gdańsk, Gdynia, Szczecin) dejó decenas de muertos; en 1976 hubo nuevas huelgas. La sociedad se organizaba cada vez más al margen del régimen, con el apoyo de la Iglesia católica. Un acontecimiento cambió el clima del país: en 1978, el cardenal de Cracovia, Karol Wojtyła, fue elegido papa con el nombre de Juan Pablo II, el primer papa polaco de la historia; su triunfal peregrinación a Polonia en 1979, ante millones de fieles, devolvió al pueblo la conciencia de su fuerza y sembró el coraje que estallaría un año después.
En agosto de 1980, una oleada de huelgas paralizó el país, con epicentro en los astilleros Lenin de Gdańsk, donde un electricista despedido, Lech Wałęsa, encabezó la protesta. De los acuerdos de agosto nació Solidaridad (Solidarność), el primer sindicato libre e independiente del bloque soviético, que en pocos meses llegó a tener cerca de diez millones de afiliados y se convirtió en un movimiento social masivo que desafiaba al monopolio del poder comunista. Alarmado por Solidaridad y presionado por Moscú, el general Wojciech Jaruzelski declaró la ley marcial el 13 de diciembre de 1981: el sindicato fue ilegalizado, sus líderes internados y el país militarizado. Solidaridad sobrevivió en la clandestinidad, sostenida por la Iglesia y por buena parte de la sociedad, hasta que la crisis económica y el nuevo clima internacional de la perestroika soviética obligaron al régimen a negociar.
A comienzos de 1989, con la economía en ruinas y el régimen sin salida, el gobierno comunista se sentó a negociar con la oposición en las llamadas conversaciones de la Mesa Redonda. El acuerdo abrió la puerta a unas elecciones parcialmente libres el 4 de junio de 1989 —el mismo día de la matanza de Tiananmén en China— en las que Solidaridad arrasó, ganando todos los escaños que se le permitía disputar. Fue el principio del fin del comunismo, no solo en Polonia sino en todo el bloque del Este: pocos meses después caía el Muro de Berlín. En agosto de 1989, Polonia formó el primer gobierno no comunista de Europa oriental, encabezado por Tadeusz Mazowiecki, y en 1990 Lech Wałęsa fue elegido presidente en votación popular.
La transición no fue fácil. Para pasar de la economía planificada al mercado, el gobierno aplicó en 1990 una durísima terapia de choque (el «plan Balcerowicz») que provocó inflación, desempleo y penurias, pero sentó las bases de una economía moderna que, con el tiempo, se convertiría en una de las más dinámicas de Europa. Polonia reorientó por completo su política exterior hacia Occidente: ingresó en la OTAN en 1999 y en la Unión Europea el 1 de mayo de 2004, un objetivo que selló su regreso definitivo a la familia europea de la que las Particiones y el Telón de Acero la habían apartado.
Hoy Polonia es una república democrática de casi 38 millones de habitantes, miembro de la UE y de la OTAN, con una economía que ha crecido de forma sostenida durante décadas y una influencia creciente en Europa central y oriental, acentuada por su papel en la respuesta a la invasión rusa de Ucrania y en la acogida de millones de refugiados ucranianos desde 2022. Como toda democracia joven, atraviesa tensiones —debates sobre el Estado de derecho, la memoria histórica, la Iglesia o su lugar en la Unión Europea—, pero la Polonia contemporánea, que resurgió de la desaparición total y de la devastación de dos totalitarismos, mira su historia milenaria con un orgullo profundo y con la certeza, ganada a un precio altísimo, de su propia existencia como nación.