El este de Polonia fue durante siglos una tierra de frontera, contacto y mezcla, muy distinta del oeste. En la época de la Mancomunidad polaco-lituana, estas tierras formaban parte de los Kresy («las fronteras» o «los confines»), la vasta franja oriental del Estado que se extendía hacia las actuales Bielorrusia, Ucrania y Lituania. Era una región de enorme diversidad étnica y religiosa: convivían polacos católicos, ucranianos y bielorrusos ortodoxos o uniatas, judíos, armenios y tártaros musulmanes, en un mosaico de lenguas y credos poco habitual en Europa.
Esa diversidad fue a la vez la riqueza y la fragilidad de la región. La nobleza y las ciudades solían ser de cultura polaca, mientras el campesinado era en muchas zonas ucraniano o bielorruso, y las ciudades y villas albergaban una densísima población judía. Esta estructura generó tensiones sociales y nacionales que estallarían con violencia en distintos momentos de la historia, desde las grandes rebeliones cosacas del siglo XVII hasta los conflictos étnicos del siglo XX.
El este cambió profundamente en el siglo XX. Tras la Segunda Guerra Mundial, la frontera de Polonia se desplazó centenares de kilómetros hacia el oeste: los antiguos Kresos orientales, con ciudades como Wilno (Vilna) o Lwów (Leópolis), quedaron dentro de la Unión Soviética, y millones de personas fueron desplazadas. La Polonia oriental de hoy es la franja que quedó del lado polaco de esa nueva frontera: una región más rural, menos turística y menos próspera que el oeste, pero de gran valor histórico y natural, donde todavía se percibe el eco de aquel mundo multiétnico desaparecido.
Lublin, la principal ciudad del este de Polonia, tiene un lugar destacado en la historia del país porque en ella se selló uno de los acontecimientos fundacionales de la Europa moderna: la Unión de Lublin. En 1569, el Sejm reunido en la ciudad aprobó la unión definitiva del Reino de Polonia y el Gran Ducado de Lituania en un solo Estado, la Mancomunidad de las Dos Naciones (Rzeczpospolita). Hasta entonces, ambos países habían compartido solo el monarca; a partir de Lublin tuvieron también un parlamento, una política exterior y un rey electivo comunes, aunque cada uno conservó sus leyes y su ejército.
La Unión de Lublin creó uno de los Estados más grandes de Europa y una entidad política singular, que duraría más de dos siglos, hasta las Particiones. La posición de Lublin, a medio camino entre Cracovia y las tierras lituanas y rutenas, la convirtió en un lugar de encuentro natural y en una próspera ciudad comercial en las rutas hacia el este. Su casco antiguo, con el castillo y la Puerta de Cracovia, conserva el carácter de aquella época.
Lublin fue también un gran centro de la cultura judía. Durante siglos albergó una de las comunidades judías más importantes de Polonia, y fue famosa por sus academias religiosas: se la llegó a llamar «la Jerusalén del Reino de Polonia» por la fama de sus estudiosos del Talmud. Esa historia, como la de tantas ciudades del este, terminó con el Holocausto. Hoy Lublin es una ciudad histórica y universitaria, con un casco antiguo auténtico y mucho menos turismo que Cracovia o Varsovia, que conserva la memoria tanto de la Unión de 1569 como de su desaparecido mundo judío.
El este de Polonia y los antiguos Kresos fueron uno de los grandes corazones del judaísmo mundial. Desde la Edad Media, y sobre todo tras las protecciones otorgadas por Casimiro el Grande en el siglo XIV, los judíos que huían de las persecuciones de Europa occidental encontraron en Polonia un refugio y prosperaron en sus ciudades y en las innumerables villas y aldeas del este, los shtetls, donde formaban a menudo la mayoría de la población. Allí desarrollaron una cultura riquísima en lengua yidish, con sus sinagogas, sus academias religiosas (yeshivot), su literatura y sus tradiciones.
Fue precisamente en estas tierras del sureste, en la Podolia y la Galitzia orientales, donde en el siglo XVIII nació el jasidismo, uno de los movimientos religiosos judíos más influyentes de la historia. Su fundador, Israel ben Eliezer, llamado el Baal Shem Tov («el maestro del buen nombre»), predicó una espiritualidad ferviente y alegre, basada en la oración, la música y la devoción por encima del estudio erudito, que arraigó con enorme fuerza entre las masas judías de Europa oriental y dio lugar a numerosas dinastías de rabinos y a comunidades que perviven hoy en todo el mundo.
Este mundo, que había hecho de Polonia el mayor hogar del judaísmo durante siglos, fue casi por completo aniquilado por el Holocausto. Las comunidades del este, densísimas, fueron de las primeras y más completamente destruidas por los alemanes y sus colaboradores tras la invasión de la Unión Soviética en 1941, mediante fusilamientos masivos y la deportación a los campos de exterminio. Las ciudades y villas del este de Polonia, que durante siglos habían tenido una vibrante vida judía, quedaron vaciadas de ella. Recorrer hoy la región es también recorrer la memoria de ese mundo desaparecido, del que quedan sinagogas, cementerios y el recuerdo en los nombres y las piedras.
El este de Polonia sufrió con especial dureza la doble ocupación de la Segunda Guerra Mundial. Tras la invasión de septiembre de 1939, esta región quedó del lado soviético según el pacto Ribbentrop-Mólotov, y vivió casi dos años de ocupación de la Unión Soviética, con deportaciones masivas de polacos a Siberia y Kazajistán. En junio de 1941, cuando Alemania atacó a la Unión Soviética, la región pasó a manos alemanas y fue integrada en el Gobierno General o anexionada al Reich, quedando sometida al terror nazi.
A las afueras de Lublin, los alemanes construyeron el campo de concentración y exterminio de Majdanek, uno de los grandes campos del sistema nazi. Majdanek funcionó a la vez como campo de concentración, de trabajos forzados y de exterminio; en él y en sus subcampos fueron asesinadas decenas de miles de personas, sobre todo judíos, pero también prisioneros de guerra soviéticos y polacos. En noviembre de 1943, en la operación llamada «Fiesta de la Cosecha» (Aktion Erntefest), los alemanes fusilaron en Majdanek y campos cercanos a unos 42.000 judíos en apenas dos días, una de las mayores matanzas por fusilamiento de todo el Holocausto.
Majdanek tiene una particularidad histórica: fue capturado casi intacto por el Ejército Rojo en julio de 1944, ya que el rápido avance soviético impidió a los alemanes destruir las pruebas. Fue así el primer gran campo nazi liberado y mostrado al mundo, y sus cámaras de gas, sus hornos y sus barracones ofrecieron uno de los primeros testimonios materiales completos del exterminio. Hoy es un museo estatal y memorial. La región del este conserva, junto a Majdanek y a los lugares de las matanzas, la memoria de una ocupación que fue de las más sangrientas de toda Europa.
En el extremo oriental de Polonia, en la frontera con Bielorrusia, se extiende el bosque de Białowieża (Puszcza Białowieska), uno de los tesoros naturales más importantes de Europa. Se trata del último gran resto de la selva primaria que cubría hace milenios buena parte de la llanura del norte del continente: un bosque antiguo, poco alterado por el ser humano, con árboles enormes y centenarios, madera muerta y una biodiversidad extraordinaria. Por su valor, es Patrimonio Mundial de la Unesco y reserva de la biosfera, compartido entre Polonia y Bielorrusia.
La razón por la que este bosque se conservó cuando tantos otros desaparecieron es histórica: durante siglos fue coto de caza reservado a los reyes de Polonia y luego a los zares de Rusia, que lo protegieron para su uso exclusivo y prohibieron talarlo o poblarlo. Esa protección regia, aunque interesada, salvó el bosque de la explotación que arrasó los demás y permitió que llegara casi intacto hasta la época moderna, cuando pasó a ser área protegida.
Białowieża es sobre todo el último refugio del bisonte europeo (żubr), el mayor mamífero terrestre del continente. Estos grandes bóvidos salvajes estuvieron al borde de la extinción: el último bisonte en libertad de Białowieża fue abatido hacia 1919, y la especie sobrevivió solo gracias a unos pocos ejemplares en cautividad. A partir de ellos, y con un pionero programa de cría y reintroducción iniciado en los años veinte en el propio bosque, el bisonte europeo fue devuelto a la naturaleza; hoy Białowieża alberga la mayor población de bisontes salvajes del mundo, un símbolo del éxito de la conservación. El bosque es así, a la vez, un monumento natural único y un ejemplo de cómo una especie casi perdida pudo ser rescatada.