La región de Gran Polonia (Wielkopolska), en torno a las ciudades de Poznań y Gniezno, es literalmente la cuna del Estado polaco. Aquí, en las tierras de la tribu de los polanos, surgió en el siglo X el primer núcleo de Polonia bajo la dinastía de los Piastas. Gniezno fue la primera capital y sede eclesiástica del país: aquí se estableció el primer arzobispado en el año 1000, tras la peregrinación del emperador Otón III a la tumba de san Adalberto, y aquí se coronaron los primeros reyes polacos. Poznań, por su parte, alberga en la isla catedralicia de Ostrów Tumski la catedral más antigua de Polonia, donde reposan los primeros soberanos, Mieszko I y Bolesław el Bravo.
El propio nombre de la región, «Gran Polonia» (la Polonia mayor o antigua), frente a la «Pequeña Polonia» del sur, refleja su condición de tierra originaria del reino. Aunque el centro político se trasladó pronto a Cracovia y luego a Varsovia, Gran Polonia siguió siendo una de las regiones históricas fundamentales del país, próspera y agrícola, con una fuerte conciencia de su papel fundacional.
Esa conciencia nacional se puso a prueba durante el siglo XIX, cuando la región quedó bajo dominio prusiano tras las Particiones. Sometida a una intensa política de germanización —la Kulturkampf de Bismarck, las expropiaciones de tierras, la escuela obligatoria en alemán—, la sociedad polaca de Gran Polonia respondió con una resistencia tenaz y organizada, basada en el «trabajo orgánico»: cooperativas, bancos, asociaciones culturales y educativas que fortalecieron a la comunidad polaca frente a la presión alemana. Esta región dio así un modelo de resistencia nacional pacífica y económica distinto del insurreccionalismo del sector ruso.
Cuando terminó la Primera Guerra Mundial y Polonia recuperó su independencia en noviembre de 1918, la suerte de Gran Polonia no estaba decidida: la región seguía formando parte del Estado alemán, y no estaba claro que fuera a integrarse en la Polonia renacida. Los polacos de la región decidieron resolver la cuestión por las armas. El 27 de diciembre de 1918, coincidiendo con la visita a Poznań del célebre pianista y político Ignacy Paderewski, estalló el Levantamiento de Gran Polonia.
A diferencia de tantas insurrecciones polacas anteriores, esta fue un éxito militar. Los insurgentes polacos, bien organizados y con experiencia de combate de la guerra mundial, tomaron el control de casi toda la región en pocas semanas, derrotando a las fuerzas alemanas. El levantamiento fue una de las pocas rebeliones victoriosas de la historia de Polonia, y aseguró que Gran Polonia —la cuna histórica del país— quedara incorporada al Estado polaco renacido.
El resultado se consolidó en el Tratado de Versalles de 1919, que adjudicó oficialmente Gran Polonia y buena parte de Pomerania a Polonia, dándole el acceso al mar a través del llamado «corredor polaco». La victoria de 1918-1919 tiene un lugar de honor en la memoria de la región, orgullosa de haber conquistado su propia liberación. Poznań se convirtió en una de las grandes ciudades de la Segunda República, con su Feria Internacional como símbolo de su pujanza económica.
Silesia (Śląsk), en el suroeste, es quizás la región de fronteras más cambiantes de toda Polonia. Formó parte del Estado polaco desde su fundación en el siglo X, pero durante el período de fragmentación feudal fue gobernada por su propia rama de los Piastas silesios y, poco a poco, fue cayendo en la órbita del reino de Bohemia. En el siglo XIV pasó definitivamente a la Corona de Bohemia, y con ella, en el siglo XVI, a los Habsburgo de Austria, alejándose durante siglos del Estado polaco aunque conservando una notable población de lengua polaca en sus zonas orientales.
En el siglo XVIII, Silesia cambió de nuevo de manos: el rey Federico II de Prusia la arrebató a Austria en las guerras de Silesia (1740-1763), y la región quedó integrada en Prusia y luego en el Imperio alemán. Bajo dominio alemán vivió una intensa industrialización, sobre todo en su sector sudoriental, la Alta Silesia, rica en carbón, que se convirtió en una de las mayores cuencas mineras e industriales de Europa. La región era un mosaico étnico y lingüístico, con población alemana, polaca y un habla local silesia propia.
Tras la Primera Guerra Mundial, la disputa por la Alta Silesia industrial fue feroz. Entre 1919 y 1921 estallaron tres Levantamientos de Silesia de la población polaca contra el dominio alemán, y en 1921 se celebró un plebiscito para decidir el destino de la región. El resultado fue un reparto: la parte oriental de la Alta Silesia, con Katowice y buena parte de la cuenca minera, se integró en Polonia, mientras el resto quedó en Alemania. Esa frontera dividió la región hasta 1945, cuando, tras la Segunda Guerra Mundial, toda Silesia pasó a Polonia y su población alemana fue expulsada.
Ninguna ciudad ilustra mejor las mudanzas de fronteras del oeste polaco que Wrocław, la capital de la Baja Silesia. Fundada en tiempos de los primeros Piastas y sede de un obispado desde el año 1000, fue durante sus primeros siglos una ciudad polaca; luego, siguiendo el destino de Silesia, pasó a Bohemia, a Austria y finalmente a Prusia, y durante más de seiscientos años fue una gran ciudad alemana con el nombre de Breslau, una de las más importantes del reino de Prusia y del Imperio alemán.
El final de la Segunda Guerra Mundial trajo la transformación más radical de su historia. En los últimos meses de la guerra, los nazis declararon Breslau «fortaleza» (Festung Breslau) y ordenaron defenderla hasta el final; la ciudad sufrió un asedio devastador del Ejército Rojo entre febrero y mayo de 1945 que la dejó en gran parte en ruinas y no capituló hasta pocos días antes del fin de la guerra en Europa.
Tras la guerra, las decisiones de las potencias trasladaron la frontera de Polonia hacia el oeste, y Breslau pasó a Polonia con su nombre polaco, Wrocław. Se produjo entonces un intercambio casi total de población: la población alemana que quedaba fue expulsada, y la ciudad se repobló con polacos, muchos de ellos desplazados de la ciudad de Lwów (hoy Leópolis, en Ucrania) y de otros territorios orientales que Polonia había perdido ante la Unión Soviética. Se llegó a hablar del «traslado» de la cultura de Lwów a Wrocław. La ciudad reconstruida es hoy una de las más dinámicas y agradables de Polonia, famosa por su gran plaza del Mercado, su isla catedralicia, sus numerosos puentes sobre el Óder y los cientos de pequeñas estatuas de gnomos de bronce repartidas por sus calles.
Katowice es el corazón de la Alta Silesia, la gran región industrial y minera del sur de Polonia. La ciudad creció espectacularmente en el siglo XIX con el auge del carbón y la industria pesada, y se convirtió en el centro de una densa conurbación de ciudades mineras. Su carácter obrero e industrial marcó su historia: fue uno de los escenarios de los Levantamientos de Silesia tras la Primera Guerra Mundial y, ya integrada en Polonia, se transformó en uno de los pilares de la economía del país. La herencia obrera se conserva en barrios como Nikiszowiec, una singular colonia de trabajadores de las minas de comienzos del siglo XX, de ladrillo rojo, hoy protegida como monumento.
Bajo el comunismo, la Alta Silesia fue la gran cuenca del carbón y del acero de la República Popular, con una enorme concentración de mineros e industria pesada. Tras la caída del comunismo, la región vivió una difícil reconversión al cerrar muchas minas, y Katowice se ha reinventado como un polo cultural y de servicios, con una moderna zona cultural construida sobre las antiguas instalaciones mineras, sede de museos, salas de concierto y congresos.
El oeste industrial polaco fue también escenario de una de las primeras grandes revueltas contra el régimen comunista, aunque en Gran Polonia: en junio de 1956, los obreros de Poznań se levantaron contra las malas condiciones de vida y las cuotas de trabajo. La protesta, que empezó como una huelga en las grandes fábricas Cegielski, derivó en una manifestación multitudinaria que el régimen reprimió con tanques y tropas, causando decenas de muertos —el más recordado, un joven de trece años, Romek Strzałkowski—. Las protestas de Poznań de 1956 fueron uno de los primeros estallidos de rebeldía obrera del bloque soviético y forzaron un giro político en Polonia. Su memoria se conserva hoy en un gran monumento en el centro de la ciudad.