Las islas Jónicas —Corfú, Paxos, Léucade, Ítaca, Cefalonia, Zakynthos y la lejana Citera— forman un archipiélago en el mar Jónico, frente a la costa occidental de Grecia y del Epiro. Su historia las distingue radicalmente del resto del país: fueron las únicas tierras griegas que nunca cayeron bajo el dominio otomano de forma duradera. Mientras el resto de Grecia soportaba cuatro siglos de Tourkokratía, las Jónicas vivieron bajo el ala de la República de Venecia.
Venecia fue tomando las islas entre los siglos XIV y XVIII —Corfú desde 1386, las demás a lo largo de los siglos siguientes, hasta completar la conquista de Léucade en 1684— y las conservó hasta 1797, es decir, unos cuatro siglos. Para Venecia, las Jónicas eran un enclave estratégico vital: puertos y bases navales que guardaban la entrada al Adriático y protegían las rutas hacia Oriente. Corfú, en particular, resistió varios grandes asedios otomanos —sobre todo el de 1716— y nunca fue tomada, lo que convirtió a la isla en un baluarte de la cristiandad y en la razón por la que estas islas permanecieron fuera del Imperio otomano.
El largo dominio veneciano dejó una impronta cultural profunda y única en Grecia. Las islas Jónicas desarrollaron una civilización ítalo-griega: una aristocracia local que hablaba italiano y se regía por un 'Libro de Oro' de familias nobles, una arquitectura de palacios, campaniles e iglesias de aire veneciano, una tradición musical y operística de influencia italiana —de aquí saldrían compositores y el primer himno nacional griego—, y una fuerte presencia católica junto a la mayoría ortodoxa. Los millones de olivos que hoy cubren Corfú fueron plantados por incentivo de Venecia. Esa herencia veneciana, visible aún en cada plaza y cada callejón, hace de las Jónicas un rincón de Grecia distinto a cualquier otro.
El fin de la Venecia milenaria arrastró a las islas Jónicas a un torbellino de cambios de bandera. En 1797, Napoleón Bonaparte disolvió la República de Venecia por el Tratado de Campoformio, y las islas Jónicas pasaron directamente a Francia. Los revolucionarios franceses fueron recibidos por algunos con entusiasmo —plantaron 'árboles de la libertad' y quemaron el Libro de Oro de la nobleza—, pero su dominio fue breve.
Entre 1798 y 1799, una flota conjunta ruso-otomana expulsó a los franceses de las islas. De aquel episodio nació, en 1800, un Estado singular: la República Septinsular (es decir, 'de las siete islas'), el primer Estado griego autónomo de la era moderna, aunque estuviera bajo el protectorado conjunto de Rusia y el Imperio otomano. Fue una entidad efímera y turbulenta, gobernada por la aristocracia local, pero tuvo un enorme valor simbólico: por primera vez en siglos existía un Estado de griegos, con bandera propia, y en él dieron sus primeros pasos políticos figuras que después serían decisivas, como Ioannis Kapodistrias, corfiota que llegaría a ser ministro del zar de Rusia y, más tarde, primer jefe de Estado de la Grecia independiente.
La República Septinsular duró poco: en 1807, por el Tratado de Tilsit, las islas volvieron a manos de Francia, ahora la Francia imperial de Napoleón, que las mantuvo hasta su derrota. En medio de las guerras napoleónicas, los británicos fueron ocupando una a una las islas a partir de 1809, hasta que la caída de Napoleón decidió su destino. Aquellos años vertiginosos —venecianos, franceses, rusos, otomanos, franceses de nuevo, británicos— dejaron a las Jónicas una experiencia política e ideológica que las convirtió, ya en el siglo XIX, en un foco de nacionalismo griego y de ideas liberales.
Tras la derrota de Napoleón, el Congreso de Viena y el Tratado de París de 1815 pusieron a las islas Jónicas bajo protectorado británico, con el nombre de Estados Unidos de las Islas Jónicas. Formalmente eran un Estado griego libre, con su propia constitución, senado y parlamento, pero en la práctica estaban gobernadas por un Lord Alto Comisionado británico que concentraba el poder real. El dominio británico duró casi medio siglo, de 1815 a 1864.
Los británicos dejaron su propia huella en las islas: construyeron carreteras, acueductos, puentes, escuelas y edificios públicos —el palacio de San Miguel y San Jorge en Corfú—, e introdujeron instituciones y costumbres inglesas. Fundaron la Universidad Jónica en Corfú, la primera universidad de habla griega de los tiempos modernos. Y dejaron también legados curiosos, como el cricket, que todavía se juega en Corfú, o la cerveza de jengibre local. Pero su gobierno, autoritario y a menudo sordo a las aspiraciones locales, chocó con un sentimiento cada vez más fuerte: el deseo de los jonios de unirse a la Grecia independiente nacida en 1830.
El movimiento por la 'énosis' (unión) con Grecia creció durante décadas, impulsado por los diputados 'radicales' del parlamento jonio. Finalmente, en 1864, Gran Bretaña accedió a ceder las islas: el gesto se enmarcó en el respaldo británico al nuevo rey de Grecia, Jorge I, un príncipe danés recién entronizado. Por el Tratado de Londres de 1864, las islas Jónicas se unieron oficialmente al reino de Grecia, siendo el primer gran ensanchamiento territorial del joven Estado griego. Corfú y sus islas hermanas se sumaban así a la nación, aportándole una tradición cultural europea, liberal y cosmopolita que había madurado al margen del yugo otomano.
Como el resto de Grecia, las islas Jónicas fueron ocupadas por el Eje en 1941. Al ser la zona occidental, quedaron bajo control italiano, y en Corfú y las demás islas se instalaron guarniciones de la Italia de Mussolini. La ocupación italiana fue dura, aunque en general menos sanguinaria que la alemana, y las islas sufrieron privaciones y represión. Corfú tenía además una antigua y notable comunidad judía, de tradición tanto romaniota (griega) como veneciana; tras la ocupación alemana, en junio de 1944 la mayoría de sus miembros fue deportada a Auschwitz, donde casi todos perecieron, otro capítulo del Holocausto en suelo griego.
El episodio más terrible ocurrió en septiembre de 1943, en la isla de Cefalonia. Cuando Italia capituló y cambió de bando, la división italiana Acqui, que guarnecía la isla, se negó a rendir sus armas a los alemanes y, tras una consulta a sus soldados, decidió resistir. Los italianos y los alemanes combatieron durante días. Tras la rendición de la división, las tropas alemanas llevaron a cabo una de las mayores matanzas de prisioneros de guerra de la contienda: ejecutaron a sangre fría a miles de soldados italianos —las estimaciones hablan de entre 5.000 y 9.000 muertos entre los combates y las ejecuciones—. La masacre de la división Acqui en Cefalonia se convirtió en un símbolo trágico, popularizado décadas después por la novela y la película 'La mandolina del capitán Corelli', ambientada precisamente en la isla.
Tras la guerra, las islas Jónicas se reintegraron a la vida griega, pero las esperaba aún una catástrofe natural que marcaría su historia reciente y su fisonomía actual: el gran terremoto de 1953.
En agosto de 1953, las islas Jónicas del sur sufrieron una de las mayores catástrofes naturales de la Grecia moderna. Una serie de violentos terremotos, cuyo golpe más fuerte llegó el 12 de agosto con una magnitud de alrededor de 7,2, sacudió las islas de Cefalonia, Zakynthos e Ítaca. La devastación fue casi total: en Cefalonia y Zakynthos se derrumbó la inmensa mayoría de los edificios, ciudades enteras quedaron reducidas a escombros y se declararon incendios. Murieron cientos de personas y decenas de miles quedaron sin hogar, lo que provocó una gran ola de emigración desde las islas.
El terremoto borró buena parte del patrimonio arquitectónico veneciano y neoclásico que estas islas habían conservado durante siglos, precisamente por no haber sufrido la ocupación otomana. Ciudades como Argostoli (Cefalonia) o Zakynthos, que habían sido joyas de arquitectura ítalo-griega, tuvieron que ser reconstruidas casi desde cero, en muchos casos con edificios nuevos y antisísmicos que cambiaron por completo su aspecto. Corfú, más al norte, se salvó del sismo y por eso conserva hoy mejor que ninguna otra isla jónica su casco histórico veneciano, declarado Patrimonio Mundial de la Unesco.
Hoy las islas Jónicas son uno de los destinos turísticos más apreciados de Grecia, célebres por su vegetación exuberante —muy verde en comparación con las áridas islas del Egeo, gracias a las lluvias del Jónico—, sus playas espectaculares como la de Navagio en Zakynthos, sus pueblos de sabor veneciano y una identidad cultural propia, mezcla de lo griego y lo italiano, que se palpa en su música, su gastronomía y su arquitectura. Islas que fueron venecianas, francesas, rusas y británicas antes que griegas, las Jónicas aportan a Grecia una historia europea singular y un carácter inconfundible.