En las laderas del monte Parnaso, sobre un paisaje de montañas y olivares que baja hacia el golfo de Corinto, se levanta Delfos, el santuario más sagrado de la antigua Grecia. Allí, según el mito, dos águilas soltadas por Zeus desde los extremos del mundo se encontraron, marcando el centro exacto de la tierra: por eso Delfos guardaba el ónfalos, la piedra que era el 'ombligo del mundo'. En su templo de Apolo oficiaba la Pitia, la sacerdotisa que, en trance, pronunciaba los oráculos —a menudo ambiguos— que consultaban tanto simples campesinos como reyes y ciudades enteras antes de fundar colonias o emprender guerras.
Delfos no era territorio de ninguna polis: era un santuario panhelénico, común a todos los griegos, administrado por una liga de pueblos vecinos. Su prestigio atraía ofrendas fabulosas de las ciudades más ricas, que competían por levantar allí sus 'tesoros' —pequeños templos que guardaban sus donativos— a lo largo de la Vía Sagrada. Cada cuatro años se celebraban los Juegos Píticos, segundos en importancia tras los de Olimpia, con competiciones atléticas y musicales en honor de Apolo. El recinto conserva hoy el teatro, el estadio, el templo de Apolo y la joya circular del Tholos.
El oráculo mantuvo su influencia durante más de mil años, hasta que el emperador cristiano Teodosio lo clausuró a fines del siglo IV, en el marco de la prohibición de los cultos paganos. Delfos quedó sepultado y sobre sus ruinas creció un pueblo, hasta que las excavaciones francesas de fines del siglo XIX lo sacaron a la luz. Hoy es Patrimonio Mundial de la Unesco, y su museo guarda obras maestras como el Auriga de bronce, uno de los tesoros del arte griego.
En la región occidental del Peloponeso, en un valle apacible regado por los ríos Alfeo y Cladeo, se encuentra Olimpia, cuna de los Juegos Olímpicos. Fue ante todo un gran santuario dedicado a Zeus, cuyo templo albergaba una de las Siete Maravillas del mundo antiguo: la colosal estatua de Zeus en oro y marfil, obra del escultor Fidias, de unos doce metros de altura, hoy perdida. Junto al templo estaba el Heraion, dedicado a Hera, y decenas de altares, tesoros y monumentos.
Los Juegos Olímpicos se celebraban allí cada cuatro años en honor de Zeus, y la tradición fijaba su primera edición en el 776 a.C. —fecha desde la cual los griegos contaban el tiempo por 'olimpiadas'—. Durante los Juegos se proclamaba una tregua sagrada que suspendía las guerras entre las polis para que atletas y espectadores pudieran viajar en paz. Los competidores, que participaban desnudos, corrían, luchaban, boxeaban, competían en el pentatlón y en las espectaculares carreras de carros del hipódromo; los vencedores, coronados solo con una rama de olivo, alcanzaban gloria eterna en sus ciudades de origen. Las mujeres casadas tenían prohibido incluso presenciar los Juegos.
Los Juegos se mantuvieron durante casi 1.200 años, hasta que el emperador Teodosio I los abolió hacia el 393 como culto pagano. Terremotos, inundaciones del Alfeo y el abandono sepultaron Olimpia bajo metros de tierra, lo que la conservó hasta que las excavaciones alemanas del siglo XIX la redescubrieron. El recuerdo de Olimpia inspiró al barón Pierre de Coubertin para fundar los Juegos Olímpicos modernos en 1896, celebrados —no por casualidad— en Atenas. Todavía hoy, la llama olímpica de cada edición se enciende en las ruinas de Olimpia con un espejo y los rayos del sol, uniendo el mundo antiguo con el contemporáneo.
En la llanura de Tesalia, en el centro de Grecia, se alza uno de los paisajes más asombrosos del país: Meteora, un bosque de gigantescas columnas de roca gris que brotan verticalmente del suelo hasta cientos de metros de altura, esculpidas por millones de años de erosión. Su nombre significa precisamente 'suspendido en el aire', y sobre las cumbres de esos pináculos inaccesibles se construyeron, a partir del siglo XIV, una serie de monasterios ortodoxos que parecen colgar entre el cielo y la tierra.
Los primeros ermitaños se habían instalado en las cuevas de las rocas siglos antes, buscando aislamiento y contemplación. Pero fue en el siglo XIV, en tiempos de inseguridad y de amenaza otomana, cuando los monjes empezaron a levantar auténticos monasterios en las cimas, donde estaban a salvo de incursiones y bandidos. En su apogeo llegó a haber una veintena de monasterios; el más importante, el Gran Meteoro (Metamórfosis), fue fundado por san Atanasio hacia 1340. Durante siglos, el único acceso a muchos de ellos fue a través de escalas de cuerda retráctiles y de redes izadas con tornos, con las que se subía a personas y provisiones colgando sobre el vacío.
Meteora se convirtió, junto al monte Athos, en uno de los grandes centros del monacato ortodoxo griego y del arte religioso bizantino tardío, con iglesias cubiertas de frescos. Hoy siguen habitados seis de sus monasterios, ya accesibles por escaleras y caminos tallados en la roca en el siglo XX. El conjunto es Patrimonio Mundial de la Unesco, reconocido a la vez por su valor natural y cultural, y sigue siendo un lugar de peregrinación y de vida monástica, además de uno de los paisajes más espectaculares de Grecia.
En la costa oriental del Peloponeso, sobre una bahía dominada por fortalezas, Nafplio (Nauplia) es una de las ciudades más bellas y con más historia de Grecia. Su emplazamiento estratégico la convirtió durante siglos en una plaza codiciada: fue bizantina, y sobre todo veneciana. La República de Venecia la fortificó como una de sus grandes bases en el Egeo, coronando el peñón que domina la ciudad con la imponente fortaleza de Palamidi, una obra maestra de la ingeniería militar del siglo XVIII, y guarneciendo el islote de Bourtzi, en medio del puerto. Nafplio pasó de manos venecianas a otomanas y viceversa a lo largo de las guerras entre ambos imperios.
Durante la Guerra de Independencia, Nafplio fue una de las primeras grandes plazas liberadas y se convirtió en el centro político de la revolución. Al nacer el Estado griego, fue elegida primera capital de la Grecia moderna. Allí llegó en 1828 el primer jefe de Estado, Ioannis Kapodistrias, un diplomático de las islas Jónicas que había servido en la corte rusa y que intentó organizar el país devastado por la guerra. En Nafplio, en 1831, Kapodistrias fue asesinado en las gradas de una iglesia por una venganza familiar, un magnicidio que sumió al joven Estado en el caos.
Fue también a Nafplio adonde llegó en 1833 el primer rey, Otón de Baviera, impuesto por las potencias. Pero la capital se trasladó a Atenas apenas un año después, en 1834, por el peso simbólico de la ciudad clásica, y Nafplio quedó como una elegante ciudad provincial que conservó intacto su casco veneciano y neoclásico. Hoy, con sus callejones, sus balcones y sus dos fortalezas asomadas al mar, es uno de los destinos más encantadores de Grecia y un lugar cargado de memoria: aquí, y no en Atenas, empezó a caminar el Estado griego moderno.
Al norte de Grecia se extiende Macedonia, la tierra que dio al mundo a Filipo II y a Alejandro Magno. En la Antigüedad, los macedonios eran vistos por los griegos del sur como parientes rústicos y semibárbaros, pero fue su reino el que, en el siglo IV a.C., sometió a las polis y lanzó desde allí la conquista de Asia. En Vergina (la antigua Egas, primera capital macedonia) se descubrieron en 1977 las tumbas reales macedonias, entre ellas la que muchos identifican con la del propio Filipo II, con un ajuar de oro deslumbrante que es hoy uno de los mayores tesoros arqueológicos de Grecia.
La gran ciudad de la región es Tesalónica (Thessaloníki), fundada hacia el 315 a.C. por el general Casandro, que la llamó así en honor a su esposa, hermana de Alejandro. Situada en un cruce de rutas entre Europa y Asia, sobre la Vía Egnatia romana, Tesalónica fue durante casi dos mil años una de las grandes metrópolis del mundo griego y bizantino: la 'segunda ciudad' del Imperio bizantino después de Constantinopla. Conserva de esa época un extraordinario conjunto de monumentos paleocristianos y bizantinos —la basílica de San Demetrio (su santo patrón), la Rotonda, Santa Sofía, las murallas— declarados Patrimonio Mundial.
En 1430, Tesalónica cayó en manos otomanas, y durante casi cinco siglos fue una ciudad cosmopolita del Imperio, poblada por turcos, griegos, búlgaros y sobre todo judíos. Fue en Tesalónica donde nació en 1881 Mustafá Kemal Atatürk, el futuro fundador de la Turquía moderna. La ciudad fue incorporada a Grecia en 1912, durante las guerras balcánicas, y desde entonces es la gran capital del norte griego. Pero su historia más singular y más trágica es la de su comunidad judía, que merece contarse aparte.
Durante más de cuatro siglos, Tesalónica —Salónica— fue una de las grandes capitales del mundo judío, tan sefardí que llegó a ser llamada la 'Madre de Israel' y la 'Jerusalén de los Balcanes'. Su comunidad se formó a partir de 1492-1493, cuando el Imperio otomano acogió a los judíos expulsados de España por los Reyes Católicos y de Portugal poco después. Aquellos sefardíes, que hablaban judeoespañol (ladino), se instalaron en Salónica en tal número que llegaron a ser, durante siglos, la mayoría de la población de la ciudad —un caso único en Europa: una gran urbe de mayoría judía—. El puerto llegaba a cerrar en sábado, y el ladino era una de las lenguas francas de la ciudad.
Aquella comunidad milenaria fue exterminada casi por completo en unos pocos meses. Cuando la Alemania nazi ocupó Salónica en 1941, vivían allí unos 50.000 judíos. Tras un período de humillaciones —el 'sábado negro' de julio de 1942, con miles de hombres sometidos a trabajos forzados; la destrucción del inmenso cementerio judío, uno de los mayores de Europa—, en febrero de 1943 los ocupantes encerraron a la comunidad en guetos. Entre marzo y agosto de 1943, en diecinueve trenes, unos 46.000 a 49.000 judíos de Salónica —alrededor del 96% de la comunidad— fueron deportados a Auschwitz-Birkenau. La inmensa mayoría fue asesinada en las cámaras de gas nada más llegar; sobrevivió menos del 4%.
Con ellos desapareció para siempre una de las culturas judías más ricas del Mediterráneo: sus sinagogas, sus escuelas, sus periódicos en ladino, su música, un mundo entero de cinco siglos borrado en un verano. Salónica, que había sido durante generaciones una ciudad de mayoría judía, se quedó prácticamente sin judíos. Hoy, un puñado de descendientes, un museo judío y algunos monumentos —entre ellos un memorial del Holocausto en el centro de la ciudad— mantienen viva la memoria de aquella comunidad sefardí que fue una de las glorias de Tesalónica y una de las mayores pérdidas del judaísmo europeo.