Las Cícladas —un círculo (kýklos) de islas en torno a la sagrada Delos, de donde viene su nombre— fueron cuna de una de las primeras civilizaciones de Europa. Durante la Edad del Bronce temprana, hacia el 3200-2000 a.C., floreció allí la cultura cicládica, un pueblo de agricultores, pescadores y sobre todo marinos que aprovecharon la posición de las islas como escala en las rutas del Egeo y explotaron sus recursos: el mármol blanquísimo de Naxos y Paros, la obsidiana de Milos —un vidrio volcánico cortante, buscadísimo antes de la metalurgia— y los metales.
De esta cultura casi no sabemos nada escrito, pero nos dejó un arte inconfundible: los ídolos cicládicos, figuras humanas talladas en mármol blanco con una asombrosa economía de líneas. La mayoría representa figuras femeninas desnudas con los brazos cruzados sobre el vientre, el rostro liso salvo una nariz prominente y una geometría casi abstracta. Se han hallado sobre todo en tumbas, y probablemente tenían un sentido religioso o funerario que se nos escapa. Su modernidad radical fascinó a los artistas del siglo XX —Brancusi, Modigliani, Picasso, Henry Moore—, que vieron en ellos un antecedente del arte abstracto.
La cultura cicládica fue una sociedad de aldeas y pequeños poblados, sin los grandes palacios de la Creta minoica, pero conectada por el mar con Creta, la Grecia continental y Asia Menor. Con el tiempo quedó bajo la influencia y luego el dominio de los minoicos primero y de los micénicos después, integrándose en el gran mundo del Egeo de la Edad del Bronce. Hoy, sus enigmáticos ídolos son uno de los emblemas del arte antiguo y se exhiben en museos de todo el mundo, desde el Museo de Arte Cicládico de Atenas hasta el Louvre.
En el centro geográfico de las Cícladas se halla Delos, una islita rocosa y hoy deshabitada que fue, sin embargo, uno de los lugares más sagrados de toda Grecia. Según el mito, fue allí donde la diosa Leto, perseguida por los celos de Hera, dio a luz a los gemelos divinos Apolo y Ártemis: Delos era el lugar de nacimiento de Apolo, dios de la luz, la música y la profecía, y por eso ninguna otra isla la superaba en santidad.
Delos se convirtió en un gran santuario panhelénico y en el centro religioso del Egeo. En el siglo V a.C. fue la sede de la Liga de Delos, la alianza que Atenas encabezó contra Persia y cuyo tesoro común se guardaba en la isla antes de que los atenienses lo trasladaran a su Acrópolis. Tan sagrado era el lugar que los atenienses decretaron una 'purificación': prohibieron nacer y morir en Delos, y trasladaron todas las tumbas a la isla vecina. En época helenística y romana, Delos vivió además un enorme auge comercial y se convirtió en uno de los mayores mercados de esclavos del Mediterráneo, con una población cosmopolita de mercaderes de todo el mundo antiguo.
Saqueada en el siglo I a.C. y luego abandonada, Delos quedó como una isla desierta cubierta de ruinas, que las excavaciones francesas convirtieron en uno de los mayores yacimientos arqueológicos del Mediterráneo. Hoy es Patrimonio Mundial de la Unesco: un museo al aire libre con el santuario de Apolo, la célebre Terraza de los Leones, mosaicos, casas y templos, al que se llega en barco desde la cercana y mundana Mykonos, en un contraste asombroso entre la fiesta de una isla y el silencio sagrado de la otra.
Ninguna isla del Egeo tiene una historia geológica tan dramática como Santorini, la antigua Thera. Su forma actual —un semicírculo de acantilados que se asoman a una gran bahía azul (la caldera), con un islote humeante en el centro— es la cicatriz de una de las mayores erupciones volcánicas de la historia de la humanidad. Hacia el 1600 a.C. (la fecha exacta se discute), el volcán de Thera estalló en una erupción colosal que vació el interior de la isla y provocó su hundimiento en el mar, generando tsunamis que barrieron las costas del Egeo.
Antes de la catástrofe, Thera albergaba una floreciente ciudad de la órbita minoica: Akrotiri. La erupción la sepultó bajo metros de ceniza, y esa misma ceniza la conservó como una Pompeya del Egeo, con sus casas de varios pisos, sus calles, sus tuberías de agua y, sobre todo, sus extraordinarios frescos —pescadores, barcos, monos azules, muchachos boxeando— que hoy son tesoros del arte minoico. Es probable que la erupción, con sus tsunamis y su nube de ceniza, contribuyera al debilitamiento de la civilización minoica de la vecina Creta, y hay quien ve en el recuerdo lejano de esta catástrofe el origen del mito de la Atlántida narrado por Platón.
Tras la erupción, Thera fue repoblada por griegos dorios en la Antigüedad, y desde ella partieron los colonos que fundaron Cirene en el norte de África. En la Edad Media, la isla recibió su nombre actual, Santorini, de la iglesia de Santa Irene, y quedó bajo dominio veneciano. Hoy, sus pueblos de casas blancas y cúpulas azules encaramados al borde de la caldera —Fira, Oía— y sus atardeceres sobre el volcán hacen de Santorini una de las islas más famosas del mundo, un paisaje de belleza sobrecogedora nacido, literalmente, de una catástrofe.
Tras el saqueo de Constantinopla por la Cuarta Cruzada en 1204 y el reparto del Imperio bizantino, las Cícladas cayeron en manos de aventureros venecianos. En 1207, el noble veneciano Marco Sanudo conquistó Naxos y las islas vecinas y fundó el Ducado de Naxos (o Ducado del Archipiélago), un pequeño Estado feudal latino que gobernó buena parte de las Cícladas durante más de tres siglos, hasta 1566. De hecho, la palabra 'archipiélago' —hoy sinónimo de grupo de islas— deriva del nombre que los venecianos daban a este mar, el Egeo (Aigaîon Pélagos), sembrado de islas.
Bajo el dominio veneciano y latino, las Cícladas se poblaron de castillos (los kástro) que aún coronan los cascos antiguos de Naxos, Paros o Sifnos, y de una aristocracia católica que convivió —no siempre en armonía— con la población griega ortodoxa. Los venecianos y sus sucesores dejaron una huella arquitectónica y cultural: torres, iglesias católicas, apellidos italianos que perduran en las islas. Naxos, la mayor y más fértil de las Cícladas, con sus montañas y sus valles, fue el corazón de este pequeño Estado insular.
Las islas, dispersas y mal defendidas, sufrieron durante siglos el azote de la piratería —berberiscos, otomanos, corsarios de toda laya— que asolaba el Egeo, obligando a los habitantes a construir sus pueblos tierra adentro, escondidos de la vista del mar, o amurallados. El Imperio otomano fue absorbiendo el ducado a lo largo del siglo XVI, aunque muchas islas conservaron privilegios y una notable autonomía, y en algunas la comunidad católica pervivió. Cuando estalló la Guerra de Independencia en 1821, la flota mercante de islas cicládicas y vecinas —como los brulotes de Psará e Hydra— tuvo un papel decisivo en la lucha por mar contra los turcos.
Durante siglos, las Cícladas fueron islas pobres y áridas que vivían de la pesca, la agricultura de subsistencia, el mármol, la marina mercante y la emigración. Mykonos, por ejemplo, era una isla rocosa y ventosa cuyos habitantes se ganaban la vida en el mar y como marinos; su fama antigua venía sobre todo de ser la puerta de acceso a la sagrada Delos. Paros y Naxos eran conocidas por su mármol blanquísimo —el mármol de Paros fue uno de los más apreciados de la Antigüedad, usado por los grandes escultores griegos— y por sus productos agrícolas.
Todo cambió con el auge del turismo internacional a partir de los años cincuenta y sesenta del siglo XX. La arquitectura tradicional de las Cícladas —los cubos encalados de blanco deslumbrante, las iglesias de cúpulas azules, los molinos de viento, los callejones laberínticos pensados para despistar a los piratas— se convirtió en la imagen misma de Grecia en el imaginario mundial. Mykonos, con su vida nocturna, sus molinos y su barrio de la 'Pequeña Venecia', se transformó en un destino cosmopolita y de moda internacional; Santorini, en el escenario romántico por excelencia; Paros y Naxos, en islas que combinan playas, pueblos tradicionales y un ritmo más pausado.
Detrás de esa imagen de postal, las Cícladas conservan una historia densa y una identidad fuerte: sus pueblos medievales amurallados, sus tradiciones ortodoxas y católicas, su música y sus fiestas, y un patrimonio que va de los ídolos de la Edad del Bronce a los castillos venecianos. Islas que fueron cuna de una de las primeras civilizaciones de Europa y hoy son uno de los destinos más deseados del planeta, las Cícladas siguen siendo, tres mil años después, un cruce de caminos en medio del Egeo.