Habitada sin interrupción desde hace más de cinco mil años, Atenas debe su nombre a la diosa Atenea, que según el mito venció a Poseidón por el patronazgo de la ciudad ofreciendo el olivo. Su historia gira en torno a la Acrópolis, la 'ciudad alta', el peñón sagrado que domina la llanura del Ática. Fue en Atenas donde, tras las reformas de Solón (594 a.C.) y de Clístenes (508 a.C.), nació la democracia directa: los ciudadanos se reunían en la colina de la Pnix para votar en persona las leyes y la guerra, sorteaban los cargos y podían desterrar por votación a quien juzgaran peligroso mediante el ostracismo.
Tras la victoria sobre Persia, bajo el liderazgo de Pericles, Atenas vivió su Siglo de Oro (siglo V a.C.). Con los fondos de la Liga de Delos se reconstruyó la Acrópolis que los persas habían incendiado y se levantó, entre 447 y 432 a.C., el Partenón, el templo de mármol pentélico dedicado a Atenea, obra de los arquitectos Ictino y Calícrates y del escultor Fidias, cumbre absoluta del arte clásico. A su lado se alzaron los Propileos, el templo de Atenea Niké y el Erecteion con sus cariátides. En esa misma Atenas florecieron la tragedia y la comedia en el teatro de Dioniso, y por sus calles caminaron Sócrates, Platón —que fundó la Academia— y Aristóteles —que fundó el Liceo—, dando forma a la filosofía occidental.
Esa grandeza convivió con límites severos: la ciudadanía se reservaba a los varones nacidos de padre y madre atenienses, mientras las mujeres, los extranjeros residentes (metecos) y decenas de miles de esclavos quedaban excluidos de todo derecho político. Aun así, la Atenas clásica dejó un legado —la democracia, la filosofía, el teatro, la historia— que sigue siendo uno de los cimientos de la civilización.
El territorio de la antigua Atenas era el Ática, una península montañosa y árida cuya población quedó unificada tempranamente bajo la ciudad (un proceso que el mito atribuía al héroe Teseo). En sus fronteras se libraron episodios decisivos de la historia griega. En la llanura de Maratón, en la costa nordeste del Ática, los hoplitas atenienses derrotaron en 490 a.C. al ejército persa de Darío; de la leyenda del mensajero que corrió hasta Atenas para anunciar la victoria y cayó muerto al llegar nació el nombre de la carrera de maratón.
La fuerza de Atenas, sin embargo, no vino de la tierra sino del mar. Su puerto, El Pireo, fortificado y unido a la ciudad por los 'Muros Largos', fue la base de la flota que ganó Salamina y sostuvo el imperio marítimo ateniense. También del subsuelo del Ática salió parte de su riqueza: las minas de plata de Laurion, explotadas por miles de esclavos en condiciones atroces, financiaron la construcción de la flota de guerra por consejo de Temístocles.
El Ática guarda además otros grandes santuarios: el templo de Poseidón en el cabo Sunion, asomado al Egeo, y el santuario de los misterios de Eleusis, uno de los cultos más venerados del mundo antiguo. Toda esta región, corazón del poder ateniense, sería arrasada una y otra vez —por los persas en 480 a.C., por los espartanos en la Guerra del Peloponeso— y renacería siempre en torno a su ciudad y su puerto.
Con la conquista romana, Atenas dejó de ser una potencia política pero conservó un prestigio inmenso como capital cultural. Los romanos la respetaron como cuna del saber, y emperadores filohelenos como Adriano (siglo II) la embellecieron con nuevos monumentos —el arco de Adriano, el gran templo de Zeus Olímpico que él terminó, una biblioteca—. Durante siglos, las familias romanas enviaron a sus hijos a estudiar filosofía y retórica a Atenas, que siguió siendo la gran universidad del mundo antiguo hasta que el emperador Justiniano ordenó cerrar sus escuelas filosóficas paganas en el 529.
Bajo Bizancio, Atenas se convirtió en una ciudad provinciana y cristiana. El Partenón fue transformado en iglesia dedicada a la Virgen María, y el Erecteion y otros templos también se cristianizaron, lo que paradójicamente ayudó a conservarlos. En 1204, tras el saqueo de Constantinopla por la Cuarta Cruzada, Atenas cayó bajo dominio de señores latinos —francos, catalanes, florentinos— que gobernaron un pequeño ducado y usaron la Acrópolis como fortaleza y residencia.
Cuando los otomanos tomaron la ciudad en 1458, cinco años después de la caída de Constantinopla, Atenas era ya una población menor y decaída. El Partenón, convertido ahora en mezquita, sufriría su mayor desgracia en 1687: durante un asedio veneciano, los turcos habían almacenado pólvora en su interior, y un disparo de cañón veneciano lo hizo estallar, volando el techo y buena parte del templo que había resistido intacto más de dos mil años. Poco después, a comienzos del siglo XIX, el diplomático británico Lord Elgin desmontó y se llevó a Londres buena parte de las esculturas del Partenón —los 'mármoles Elgin', hoy en el Museo Británico—, cuya devolución Grecia sigue reclamando.
Cuando estalló la Guerra de Independencia, Atenas era apenas un pueblo grande de unos pocos miles de habitantes al pie de la Acrópolis. La ciudad fue escenario de duros combates y asedios entre 1821 y 1833. Pese a su modestia, el peso simbólico de su pasado clásico era irresistible: en 1834, el nuevo reino de Grecia trasladó su capital a Atenas, precisamente por lo que representaba para la Europa filohelena que había apadrinado la independencia. Arquitectos bávaros y griegos trazaron una ciudad neoclásica de nueva planta, con avenidas, la Universidad, la Academia y el Palacio Real, a los pies del peñón sagrado.
La Atenas moderna creció de golpe con la Catástrofe de Asia Menor de 1922: cientos de miles de refugiados de Anatolia se instalaron en barrios enteros de la periferia —Nea Smyrni, Nea Ionia, Kaisariani—, cuyos nombres recuerdan las ciudades perdidas y que transformaron la vida, la música y la política de la capital. Durante la ocupación del Eje, Atenas fue el epicentro de la Gran Hambruna del invierno de 1941-42, con miles de muertos de inanición en sus calles, y luego escenario de los sangrientos combates de diciembre de 1944 que anticiparon la guerra civil.
En la segunda mitad del siglo XX, Atenas se convirtió en una megalópolis que concentra a cerca de un tercio de la población del país. Fue el corazón de la resistencia a la dictadura de los coroneles: en noviembre de 1973, el levantamiento del Politécnico —cuando un tanque derribó la verja de la escuela— se convirtió en el símbolo de la lucha por la democracia. En 2004, la ciudad acogió los Juegos Olímpicos, un regreso simbólico a la cuna de los Juegos, y pocos años después fue el escenario central de las masivas protestas contra la austeridad durante la crisis de la deuda. Hoy, la Atenas del siglo XXI convive con su Acrópolis eterna: bajo el Partenón, la ciudad que inventó la democracia sigue siendo el pulso político y cultural de Grecia.
Atenas es hoy uno de los grandes museos al aire libre del mundo. El recorrido clásico —la Acrópolis, el Partenón y los Propileos, el antiguo Ágora donde se reunía la vida cívica, la colina de la Pnix de la Asamblea, el teatro de Dioniso, el templo de Zeus Olímpico— condensa el nacimiento de la civilización occidental. Al pie de la Acrópolis, el moderno Museo de la Acrópolis, inaugurado en 2009, fue concebido en buena medida como un argumento arquitectónico: sus salas superiores reproducen las dimensiones exactas del Partenón y dejan visibles los huecos de las esculturas ausentes, las que Lord Elgin se llevó a Londres a comienzos del siglo XIX.
Esa ausencia es una herida abierta. Los llamados 'mármoles del Partenón' o 'mármoles de Elgin' —frisos, metopas y frontones desmontados del templo— se conservan en el Museo Británico de Londres, que se ha negado durante décadas a devolverlos. Grecia reclama su restitución desde el siglo XIX, con especial fuerza desde la campaña impulsada en los años ochenta por la ministra de Cultura Melina Merkúri, y la disputa sigue siendo un símbolo mundial del debate sobre el patrimonio saqueado en época colonial.
Más allá de la Acrópolis, Atenas conserva tesoros bizantinos —pequeñas iglesias medievales escondidas entre los edificios modernos, como la Panaghía Kapnikaréa—, el barrio otomano y neoclásico de Plaka, y grandes colecciones como el Museo Arqueológico Nacional, que guarda la máscara de oro de Micenas y los ídolos cicládicos. La ciudad ofrece así, en pocos kilómetros, un viaje por todas las capas de la historia griega: la clásica, la romana, la bizantina, la otomana y la moderna, superpuestas bajo el mismo cielo del Ática.