Los orígenes de París están en una tribu gala, los parisios, que se instaló hacia el siglo III a.C. en torno a una isla del Sena —la actual Île de la Cité— fácil de defender y de cruzar. Tras la conquista romana, allí creció Lutecia (Lutetia), ciudad galorromana con foro, termas y un anfiteatro (las Arènes de Lutèce) y un teatro, cuyos restos aún se conservan. La ciudad se extendió por la orilla izquierda, sobre la colina de Sainte-Geneviève. Según la tradición, en el siglo III el primer obispo, san Dionisio (Saint-Denis), fue martirizado en la colina de Montmartre —«monte de los mártires»—, y santa Genoveva se convirtió en patrona de la ciudad tras protegerla, según la leyenda, de los hunos de Atila.
Fue con los francos y luego con los Capetos cuando París se volvió el centro del poder. Clodoveo la eligió como una de sus residencias hacia el año 508, y sobre todo Hugo Capeto y sus sucesores, a partir de 987, hicieron de ella la capital de su dominio y, poco a poco, del reino. En la Île de la Cité se levantaron el palacio real (hoy la Conciergerie y el Palais de Justice) y la Sainte-Chapelle de San Luis, joya del gótico construida para albergar reliquias de la Pasión. Enfrente, la construcción de la catedral de Notre-Dame, iniciada en 1163, simbolizó el ascenso de la ciudad.
En la orilla izquierda floreció, desde el siglo XII, uno de los grandes centros intelectuales de Europa: la Universidad de París, con el célebre Barrio Latino —llamado así porque en él se hablaba latín— y la Sorbona, fundada en el siglo XIII. Maestros y estudiantes de toda la cristiandad acudían a estudiar teología, filosofía y artes. Ciudad de reyes, de mercaderes y de saber, París entró en la Baja Edad Media como una de las mayores urbes de Occidente, corazón de un reino en plena construcción.
Durante el Renacimiento y la época moderna, los reyes embellecieron y agrandaron París. Francisco I inició la transformación del viejo Louvre en palacio renacentista y trajo obras y artistas de Italia. Enrique IV, a comienzos del siglo XVII, dotó a la ciudad de conjuntos urbanos armoniosos como la plaza de los Vosgos (Place des Vosges) y el Pont Neuf, el puente más antiguo de París conservado hasta hoy. La ciudad crecía, se llenaba de palacios (hôtels particuliers), conventos e iglesias, y se convertía en referencia europea del buen gusto, la moda y las artes.
El gran giro llegó con Luis XIV. Marcado de niño por la Fronda, la revuelta que lo había obligado a huir de un París hostil, el Rey Sol desconfió siempre de la capital y decidió alejar de ella la corte. A partir de 1682 instaló el gobierno y a la alta nobleza en el palacio de Versalles, a unos veinte kilómetros al suroeste, transformando el antiguo pabellón de caza de su padre en el mayor y más fastuoso palacio de Europa, con sus jardines geométricos de Le Nôtre y la deslumbrante Galería de los Espejos. Versalles fue durante más de un siglo el centro del poder y el escaparate de la monarquía francesa, imitado por todas las cortes del continente.
Aunque la corte residiera en Versalles, París siguió siendo la mayor ciudad del reino y su verdadero corazón económico, intelectual y popular. En sus salones, cafés e imprentas bulló la Ilustración; en sus calles se acumulaban las tensiones sociales de una población creciente. Esa distancia entre la corte encerrada en su palacio dorado y la capital hambrienta y agitada resultaría explosiva: cuando estallara la Revolución, el pueblo de París iría a buscar al rey a Versalles para devolverlo, casi prisionero, a la ciudad.
Ninguna ciudad del mundo ha hecho tantas revoluciones como París. Aquí, el 14 de julio de 1789, el pueblo tomó la Bastilla y prendió la Revolución francesa; aquí se guillotinó a Luis XVI en la actual plaza de la Concordia; aquí sesionaron las asambleas revolucionarias y se libró la lucha entre facciones que llevó al Terror. París fue el escenario y el motor de aquel vuelco que abolió el Antiguo Régimen y proclamó los Derechos del Hombre.
El siglo XIX confirmó a París como capital de la insurrección. En julio de 1830, las barricadas de las «Tres Gloriosas» derribaron a los Borbones; en febrero de 1848, una nueva revolución parisina proclamó la Segunda República y el sufragio universal masculino. Y en 1871, tras la derrota frente a Prusia y el asedio de la ciudad, estalló la Comuna de París, un poder popular y social aplastado en sangre durante la Semana Sangrienta de mayo. Aquellas jornadas quedaron grabadas en la topografía de la ciudad: el faubourg Saint-Antoine, la plaza de la Bastilla, el muro de los Federados (Mur des Fédérés) en el cementerio del Père-Lachaise, donde fueron fusilados los últimos comuneros.
Ese espíritu contestatario reapareció en pleno siglo XX. En agosto de 1944, la propia ciudad se sublevó contra el ocupante alemán en la insurrección que precedió a la liberación por las tropas de la Francia Libre y los Aliados. Y en mayo de 1968, el Barrio Latino se llenó de barricadas estudiantiles que desencadenaron la mayor huelga general de la historia del país. De la Bastilla a la Sorbona, la geografía de París es un mapa de las revoluciones que cambiaron Francia y, muchas veces, el mundo.
El París que hoy admira el mundo nació en gran parte de una transformación radical operada a mediados del siglo XIX. Bajo el Segundo Imperio, entre 1853 y 1870, Napoleón III encargó al prefecto barón Haussmann una remodelación colosal de la ciudad: se abrieron largos y anchos bulevares rectilíneos a través del viejo tejido medieval, se alinearon fachadas de piedra según normas estrictas —los célebres «inmuebles haussmannianos»—, se crearon plazas, parques (Bois de Boulogne, Buttes-Chaumont), estaciones, alcantarillado y redes de agua. La operación modernizó y saneó París, pero también expulsó a los pobres del centro y facilitó el control militar de las calles.
En ese París reinventado floreció la Belle Époque, entre fines del siglo XIX y 1914: una época de efervescencia artística, científica y festiva. La ciudad fue capital mundial de la pintura —del impresionismo a las vanguardias—, de la moda, del cabaret (Montmartre, el Moulin Rouge) y de la vida moderna. París organizó grandes Exposiciones Universales, y para la de 1889, que celebraba el centenario de la Revolución, el ingeniero Gustave Eiffel levantó una torre de hierro de 300 metros, la más alta del mundo entonces. Criticada al principio por muchos artistas, la torre Eiffel se convirtió en el símbolo indiscutible de París.
La Exposición de 1900 coronó ese esplendor: llegaron el metro (inaugurado ese año), el Grand Palais y el Petit Palais, el puente Alejandro III. París se afirmaba como la «capital del siglo XIX», faro cultural que atraía a artistas y escritores de todo el planeta. Aquella edad dorada, con sus luces y sus profundas desigualdades sociales, quedaría brutalmente interrumpida por la Primera Guerra Mundial, pero fijó para siempre la imagen romántica y luminosa de la Ciudad de la Luz.
El siglo XX puso a prueba a París. Durante la Primera Guerra Mundial, la ciudad estuvo bajo la amenaza de la ofensiva alemana de 1914, detenida in extremis en el Marne, y sufrió bombardeos. Pero fue la Segunda Guerra la que dejó la huella más dolorosa: el 14 de junio de 1940, la Wehrmacht entró en París, declarada «ciudad abierta», y durante cuatro años la capital vivió bajo la ocupación alemana, con su cortejo de penurias, censura, represión y colaboración. Aquí ocurrió, en julio de 1942, la redada del Vel' d'Hiv, la mayor detención de judíos de la historia de Francia, ejecutada por la policía francesa.
La liberación de París, en agosto de 1944, fue un momento fundacional de la memoria nacional. La ciudad se sublevó, la Resistencia levantó barricadas, y el 25 de agosto la 2.ª División Blindada del general Leclerc y las tropas aliadas entraron en la capital; al día siguiente, De Gaulle desfiló por los Campos Elíseos ante una multitud delirante. París, que Hitler había ordenado destruir, se salvó de la ruina y se convirtió en emblema de la Francia que renacía.
En la segunda mitad del siglo, París volvió a ser laboratorio de la contestación con Mayo del 68, y se transformó con los grandes proyectos arquitectónicos de la V República: el barrio de negocios de La Défense, el Centro Pompidou, la Pirámide del Louvre, la Ópera Bastille, la Grande Arche. Hoy, la región de París e Isla de Francia (Île-de-France) concentra más de doce millones de habitantes, es el motor económico del país y una de las mayores metrópolis de Europa. La ciudad ha vivido también el trauma del terrorismo —los atentados de 2015— y grandes citas globales como los Juegos Olímpicos de 2024, confirmándose como una de las capitales del mundo.