La historia de Aquitania, en el suroeste de Francia, estuvo marcada por una mujer excepcional y por un largo destino inglés. En 1137, Leonor de Aquitania (Aliénor d'Aquitaine), heredera del mayor y más rico ducado del reino, se casó con el futuro rey Luis VII de Francia. Pero el matrimonio fracasó y fue anulado en 1152; apenas dos meses después, Leonor volvió a casarse con Enrique Plantagenet, duque de Normandía y conde de Anjou, que en 1154 se convirtió en rey de Inglaterra. Con aquella boda, la inmensa Aquitania —del Loira a los Pirineos— pasó a manos de los reyes de Inglaterra.
Durante tres siglos, buena parte del suroeste fue, por tanto, tierra del rey de Inglaterra, aunque teóricamente vasallo del rey de Francia. Esa contradicción fue una de las causas profundas de la Guerra de los Cien Años. La Gascuña y la región de Burdeos (la Guyena) se convirtieron en el principal feudo continental de los reyes ingleses, y sus habitantes desarrollaron una fuerte relación con Inglaterra, sobre todo a través del comercio del vino. La región vivió bajo administración inglesa buena parte de la Baja Edad Media, con instituciones y privilegios propios.
El dominio inglés terminó en 1453, al final de la Guerra de los Cien Años. La batalla de Castillon (1453) y la toma de Burdeos por las tropas del rey de Francia Carlos VII marcaron la reconquista definitiva de Aquitania por la corona francesa, después de tres siglos de presencia inglesa. Aquella larga historia dejó una huella duradera en la región —en su comercio, su cultura, sus relaciones con el mundo atlántico— y forma parte esencial de la identidad del suroeste francés, tierra de lengua occitana (el gascón) y de fuerte personalidad.
Burdeos (Bordeaux), gran puerto sobre el río Garona, debe su prosperidad histórica al vino y al comercio atlántico. Ya bajo dominación inglesa, en la Edad Media, sus vinos —el «claret»— se exportaban masivamente a Inglaterra, y el comercio vinícola fue durante siglos el motor de la riqueza de la ciudad. En el siglo XVIII, Burdeos vivió su edad de oro: se cubrió de magníficos edificios de piedra clara, plazas y muelles de estilo clásico que le valen hoy el sobrenombre de «perla de Aquitania» y la inscripción de su puerto de la Luna en el Patrimonio Mundial.
Esa prosperidad del siglo XVIII, sin embargo, estuvo profundamente ligada al comercio colonial y a la esclavitud. Burdeos fue uno de los grandes puertos negreros de Francia: se estima que sus armadores organizaron unas 480 expediciones de trata entre finales del siglo XVII y mediados del XIX, que deportaron a entre 120.000 y 150.000 africanos esclavizados hacia las Antillas. Pero, más aún que de la trata directa, la ciudad se enriqueció del «comercio en derechura» con las colonias: el azúcar, el café, el añil y otros productos cultivados por esclavos en las plantaciones del Caribe, sobre todo en Saint-Domingue (Haití). Buena parte de las fortunas y de los bellos edificios de Burdeos se construyó, directa o indirectamente, sobre el trabajo esclavo.
Durante mucho tiempo esta parte de la historia quedó silenciada. En las últimas décadas, la ciudad ha emprendido un trabajo de memoria: placas explicativas en las calles que llevan nombres de negreros, salas dedicadas a la esclavitud en el Museo de Aquitania, actos de reconocimiento. Reconocer que la elegancia del Burdeos dieciochesco se alimentó del sistema esclavista forma parte hoy de un debate público más amplio en Francia sobre la memoria de la trata y de la colonización. Burdeos sigue siendo, además, la capital mundial del vino, rodeada de viñedos legendarios —Médoc, Saint-Émilion, Graves, Sauternes— que perpetúan una tradición milenaria.
En el extremo suroeste, junto a los Pirineos y la frontera española, se extiende el País Vasco francés (Iparralde), tierra de un pueblo antiquísimo cuya lengua, el euskera, no tiene parentesco conocido con ninguna otra de Europa y hunde sus raíces en la prehistoria. Sus provincias históricas —Labort, Baja Navarra y Sola— conservaron durante siglos fueros y particularidades propias, y su cultura singular se expresa en la lengua, el frontón y la pelota vasca, la gastronomía y las tradiciones. Ciudades como Bayona (Baiona) y San Juan de Luz han sido centros de esa identidad, ligada históricamente al mar: los vascos figuran entre los grandes marinos, pescadores de ballenas y balleneros de la Europa atlántica desde la Edad Media.
Biarritz, hoy célebre estación balnearia, era en origen una modesta villa de pescadores de ballenas. Su transformación se debió al favor imperial en el siglo XIX: la emperatriz Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III y enamorada de la costa vasca, impulsó la construcción a orillas del mar de una villa imperial (hoy el Hôtel du Palais) en la década de 1850. La presencia de la corte atrajo a la aristocracia europea, y Biarritz se convirtió, como la Costa Azul, en un elegante destino de veraneo de reyes, nobles y grandes fortunas.
En el siglo XX, Biarritz sumó un nuevo capítulo a su historia: fue una de las cunas del surf en Europa. A mediados de los años cincuenta, sus olas atlánticas atrajeron a los primeros surfistas, y la ciudad se transformó en la capital europea de este deporte, sin perder su aire de balneario de la Belle Époque. El País Vasco francés combina hoy ese turismo litoral con la vitalidad de una cultura que sigue reivindicando su lengua y su identidad a ambos lados de la frontera, en diálogo con el País Vasco español.
En el otro extremo de esta vasta región, hacia el este, se alzan los Alpes franceses, dominados por el Mont Blanc, el techo de Europa occidental con sus 4.808 metros. Estas montañas pertenecieron durante siglos a los duques de Saboya, una dinastía que reinó a ambos lados de los Alpes, sobre territorios que hoy están repartidos entre Francia e Italia. Saboya, con su capital en Chambéry y su fuerte identidad, no se incorporó definitivamente a Francia hasta 1860, al mismo tiempo que Niza, en compensación por el apoyo de Napoleón III a la unificación italiana; la anexión fue ratificada por un plebiscito.
Chamonix, en el valle situado al pie del Mont Blanc, fue la cuna del alpinismo moderno. Durante siglos, las altas montañas y sus glaciares inspiraron temor, pero en el siglo XVIII la curiosidad científica cambió esa mirada. El sabio ginebrino Horace-Bénédict de Saussure ofreció una recompensa a quien alcanzara la cumbre del Mont Blanc, y el 8 de agosto de 1786, el médico Michel-Gabriel Paccard y el guía-cristalero Jacques Balmat lograron la primera ascensión de la historia. Aquella hazaña marcó el nacimiento del alpinismo como actividad, y Chamonix se convirtió en su capital mundial, con su cuerpo de guías de alta montaña.
El siglo XX consagró a los Alpes franceses como destino turístico y deportivo de primer orden. En 1924, Chamonix acogió los primeros Juegos Olímpicos de Invierno de la historia, y la región se llenó después de estaciones de esquí de fama mundial. El teleférico de la Aiguille du Midi, la travesía del túnel del Mont Blanc que une Francia e Italia, y el desarrollo del montañismo y de los deportes de invierno hicieron de este rincón alpino uno de los grandes polos del turismo francés, donde la memoria saboyana convive con la aventura de la alta montaña.
A orillas de uno de los lagos más puros de Europa se extiende Annecy, apodada la «Venecia de los Alpes» por los canales que atraviesan su casco antiguo. La ciudad tuvo un papel destacado en la historia de Saboya y de la religión. En el siglo XVI, cuando la Reforma protestante triunfó en la vecina Ginebra, Annecy se convirtió en refugio del catolicismo saboyano: allí se trasladó el obispado de Ginebra, y la ciudad se transformó en un bastión de la Contrarreforma.
Su figura más célebre fue san Francisco de Sales (François de Sales), obispo de Ginebra con sede en Annecy a comienzos del siglo XVII, humanista y escritor espiritual de enorme influencia, autor de la Introducción a la vida devota. Junto con santa Juana de Chantal fundó allí la orden de la Visitación. Annecy siguió siendo, durante los siglos de la Saboya independiente, una importante ciudad ducal, con su castillo de los condes de Ginebra y su Palais de l'Isle, la antigua prisión sobre el canal que es hoy su imagen más conocida.
Como el resto de Saboya, Annecy y su lago pasaron a Francia en 1860. En el siglo XX, la ciudad prosperó y se benefició del auge del turismo alpino y lacustre, convirtiéndose en una de las localidades más apreciadas de los Alpes por la belleza de su entorno y la limpieza de sus aguas, fruto de un pionero esfuerzo de saneamiento del lago. Annecy alberga hoy un célebre festival internacional de cine de animación y encarna, junto a Chambéry, la memoria viva de la vieja Saboya integrada en Francia, en el corazón de este suroeste alpino.