Normandía debe su nombre a los «hombres del norte» (northmanni), los vikingos que a lo largo del siglo IX remontaron el Sena y saquearon repetidamente el noroeste del reino franco, llegando a asediar París. Para poner fin a esas incursiones, el rey Carlos el Simple pactó en 911, por el tratado de Saint-Clair-sur-Epte, la cesión de un territorio en torno a Ruan al jefe vikingo Rollón, a cambio de que se convirtiera al cristianismo y defendiera la región. Nació así el ducado de Normandía, donde los escandinavos se fundieron rápidamente con la población local, adoptaron la lengua romance y el cristianismo, y forjaron un principado poderoso y bien organizado.
El episodio más célebre de aquella Normandía ducal fue la conquista de Inglaterra. En 1066, el duque Guillermo —conocido después como Guillermo el Conquistador— cruzó el canal de la Mancha con su ejército, venció al rey anglosajón Haroldo en la batalla de Hastings y se coronó rey de Inglaterra. Aquella hazaña, narrada en el extraordinario tapiz de Bayeux, ligó durante siglos los destinos de Inglaterra, Normandía y Francia, y sembró los conflictos dinásticos que desembocarían en la Guerra de los Cien Años.
Normandía fue, en efecto, uno de los grandes escenarios de aquella guerra. El rey de Francia Felipe Augusto la había reconquistado a los ingleses en 1204; pero durante la Guerra de los Cien Años volvió a caer en manos inglesas antes de ser definitivamente recuperada por la corona francesa a mediados del siglo XV. Sus ciudades —Ruan, donde fue quemada Juana de Arco en 1431; Caen, Bayeux— guardan la memoria de aquellos siglos en que la región fue puente y campo de batalla entre Francia e Inglaterra.
En la bahía que separa Normandía de Bretaña se alza uno de los lugares más asombrosos de Europa: el Mont-Saint-Michel, un islote rocoso coronado por una abadía que parece brotar del cielo. Según la tradición, su historia comenzó en el año 708, cuando el obispo Auberto de Avranches, inspirado —dice la leyenda— por el arcángel san Miguel, mandó erigir un primer santuario en la roca. A partir del siglo X se instaló allí una comunidad benedictina, y durante la Edad Media se levantó, sobre la cima, un extraordinario conjunto monástico gótico conocido como «la Merveille» (la Maravilla), en equilibrio sobre el peñón.
El Mont se convirtió en uno de los grandes centros de peregrinación de la cristiandad occidental. Miles de peregrinos —los «miquelots»— acudían atravesando las peligrosas arenas de la bahía, sometidas a unas de las mareas más fuertes de Europa, que rodean el islote y lo aíslan o lo unen a tierra según las horas. Durante la Guerra de los Cien Años, la abadía fortificada resistió los asaltos ingleses y nunca cayó, convirtiéndose en símbolo de la resistencia francesa y de la identidad nacional.
Tras la Revolución, el monasterio fue clausurado y transformado en prisión, hasta que en el siglo XIX se lo reconoció como monumento histórico y se restauró. En 1979, la abadía y su bahía fueron inscritas en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. Hoy, tras grandes obras para devolver al Mont su carácter insular, sigue siendo uno de los sitios más visitados de Francia, en la frontera simbólica y geográfica entre el mundo normando y el mundo bretón.
El valle del Loira, el río más largo de Francia, fue durante siglos una de las regiones predilectas de los reyes, que sembraron sus orillas de castillos. En la Edad Media abundaron las fortalezas defensivas, pero fue en los siglos XV y XVI cuando el valle se cubrió de residencias de recreo que son hoy joyas del Renacimiento francés. Amboise, Blois, Chambord, Chenonceau, Azay-le-Rideau, Villandry: estos castillos, con sus tejados de pizarra, sus torres y sus jardines, marcan el paso del castillo-fortaleza al palacio de placer, y la llegada a Francia del arte italiano.
El Loira fue, en efecto, la cuna del Renacimiento francés. Los reyes Carlos VIII, Luis XII y sobre todo Francisco I, seducidos por Italia tras sus campañas militares, trajeron artistas, arquitectos e ideas del otro lado de los Alpes. El propio Leonardo da Vinci pasó sus últimos años en el Clos Lucé, en Amboise, invitado por Francisco I, y allí murió en 1519. Chambord, el mayor de los castillos del Loira, con su célebre escalera de doble hélice quizá inspirada por Leonardo, es la expresión más grandiosa de aquella ambición real. El valle fue también, en el siglo XV, escenario de la epopeya de Juana de Arco, que liberó Orleans en 1429.
Más allá de los reyes, la región del noroeste que acompaña al Loira hasta el Atlántico ha sido siempre tierra de historia densa: ciudades como Tours, cuna de san Martín; Angers y sus tapices del Apocalipsis; Nantes, en la desembocadura, donde Enrique IV firmó en 1598 el edicto de tolerancia religiosa. El valle del Loira, «jardín de Francia», fue inscrito por la Unesco como paisaje cultural en el año 2000, reconocimiento de siglos de diálogo entre el río, los hombres y la arquitectura.
Las playas de Normandía guardan la memoria del acontecimiento militar más decisivo del siglo XX en Europa occidental: el Desembarco del 6 de junio de 1944, el «Día D» (D-Day), comienzo de la Operación Overlord con la que los Aliados abrieron el frente occidental contra la Alemania nazi. En la madrugada de aquel día, tras el lanzamiento de decenas de miles de paracaidistas, una armada de miles de barcos desembarcó a unos 150.000 soldados estadounidenses, británicos y canadienses en cinco playas de la costa normanda, con nombres en clave que han pasado a la historia: Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword.
El desembarco fue una operación de una escala sin precedentes, minuciosamente preparada y disputada palmo a palmo. En la playa de Omaha, las tropas estadounidenses sufrieron pérdidas terribles frente a las defensas alemanas del «Muro del Atlántico». Al caer la tarde del 6 de junio, pese a los combates, los Aliados habían establecido una cabeza de puente en el continente. Las bajas aliadas de aquella sola jornada se estiman en torno a 10.000 entre muertos, heridos y desaparecidos.
El Día D fue solo el comienzo. Le siguió la larga y sangrienta batalla de Normandía, que se prolongó todo el verano de 1944 entre setos (el bocage), con ciudades como Caen o Saint-Lô arrasadas por los bombardeos, hasta la ruptura del frente y la liberación de París el 25 de agosto. Hoy, las playas del Desembarco, los cementerios militares —como el estadounidense de Colleville, sobre Omaha—, los restos del puerto artificial de Arromanches y numerosos museos hacen de esta costa un inmenso lugar de memoria, meta de peregrinación de veteranos y visitantes de todo el mundo que acuden a honrar a quienes murieron por la liberación de Europa.
Al oeste del Mont-Saint-Michel comienza Bretaña, la península céltica que durante más de mil años defendió su singularidad frente al resto de Francia. Poblada en la Alta Edad Media por britones llegados desde la actual Gran Bretaña, huyendo de las invasiones anglosajonas, la Armórica romana se transformó en «Bretaña» y conservó una lengua propia, el bretón (brezhoneg), de raíz celta, emparentada con el galés y el córnico, junto al gallo, hablado en el este de la región. Fue un reino y luego un ducado independiente, con sus propios duques, su cultura y sus santos.
El ducado de Bretaña mantuvo su autonomía hasta el siglo XVI. Tras el matrimonio de la duquesa Ana de Bretaña con dos reyes de Francia sucesivos, y luego de su hija con Francisco I, los Estados de Bretaña votaron en 1532 la unión del ducado a la corona francesa, con la condición de que se preservaran sus derechos, privilegios y libertades. Aquel «rattachement» no borró la identidad bretona: la región conservó durante siglos su parlamento, sus instituciones y una fuerte conciencia particular, y protagonizó no pocas revueltas fiscales contra el poder de París.
En los siglos XIX y XX, la política centralizadora y jacobina del Estado francés combatió activamente el bretón, prohibido en las escuelas; la lengua sufrió un fuerte declive. Pero desde mediados del siglo XX, un movimiento de reafirmación cultural —música, danza, festivales como el Festival Interceltique de Lorient, escuelas bilingües Diwan, la señalización en bretón— ha revitalizado la identidad regional. Bretaña, con su bandera Gwenn-ha-du, sus calvarios de piedra, sus fiestas (fest-noz) y su orgullo céltico, sigue reivindicando hoy su lugar particular dentro de Francia, en el extremo occidental de este Norte y Oeste atlántico.