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Historia de Alemania

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Las tribus germánicas, Teutoburgo y el limes romano

Antes de que existiera Alemania existieron los germanos: un conjunto de pueblos —queruscos, catos, marcomanos, suevos, sajones, francos y muchos más— que hacia el cambio de era habitaban los bosques y ciénagas entre el Rin y el Elba. No formaban una nación ni tenían conciencia común; era Roma la que los agrupaba bajo el nombre de Germania, y fue un romano, Tácito, quien en su obra Germania (98 d.C.) dejó el retrato más antiguo y fundador de estos pueblos, celebrando su libertad y su rudeza frente a la decadencia que él veía en su propia ciudad.

El choque decisivo llegó en septiembre del año 9 de nuestra era, en un lugar boscoso del noroeste, probablemente cerca de la actual Kalkriese. Allí, Arminio —un noble querusco que había servido como oficial auxiliar del ejército romano y tenía la ciudadanía— tendió una emboscada al gobernador Publio Quintilio Varo y aniquiló tres legiones enteras, la XVII, la XVIII y la XIX, con sus auxiliares: entre quince y veinte mil hombres. La batalla del bosque de Teutoburgo (Varusschlacht) fue una de las derrotas más humillantes de la historia de Roma. El emperador Augusto, según Suetonio, se golpeaba la cabeza contra las puertas gritando: «¡Varo, devuélveme mis legiones!». Aquellas tres legiones nunca se volvieron a reconstituir, y Roma renunció para siempre a conquistar la Germania al este del Rin.

A partir de entonces, el Imperio se replegó y fijó su frontera en una línea fortificada, el limes germánico-rético, que corría del Rin al Danubio jalonada de fuertes, torres de vigilancia, murallas y empalizadas; hoy es Patrimonio de la Humanidad. De un lado quedó la Germania romanizada, con ciudades como Colonia, Tréveris o Maguncia, viñedos, termas y calzadas; del otro, la Germania libre. Esa frontera marcó durante siglos una divisoria cultural. Mucho más tarde, en el siglo XIX, el nacionalismo alemán convertiría a Arminio en «Hermann», héroe fundacional de la nación, y le levantaría el colosal monumento del Hermannsdenkmal: la prueba de cómo una batalla de la Antigüedad puede reinventarse como mito político.

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Los francos, Carlomagno y el nacimiento de la Germania medieval

Tras la caída del Imperio Romano de Occidente, entre los pueblos germánicos que se repartieron sus despojos hubo uno destinado a la grandeza: los francos. Bajo la dinastía merovingia y luego la carolingia, los francos construyeron el reino más poderoso de la Europa altomedieval, a caballo entre la actual Francia y Alemania. Su figura cumbre fue Carlomagno (Karl der Große), que entre 768 y 814 sometió por las armas a los sajones paganos —a los que cristianizó a sangre y fuego, con episodios como la matanza de Verden— e incorporó Baviera y buena parte de la Germania.

La Navidad del año 800, el papa León III coronó a Carlomagno emperador en Roma, resucitando la idea de un imperio cristiano de Occidente que se pretendía heredero de Roma. Carlomagno fijó su corte preferida en Aquisgrán (Aachen), donde levantó la capilla palatina que aún se conserva y que sería, durante seiscientos años, el lugar de coronación de los reyes germanos. Su reinado impulsó además el llamado «renacimiento carolingio», un florecimiento de la cultura, la escuela y la copia de manuscritos.

El imperio de Carlomagno no le sobrevivió unido. En el Tratado de Verdún de 843, sus tres nietos se lo repartieron: a Luis el Germánico le tocó la Francia Oriental (Ostfrankenreich), las tierras al este del Rin de habla germánica. De aquel reino oriental, en el que fue arraigando el nombre de «tierra del pueblo», deutsch, saldría con el tiempo la Alemania medieval. Cuando en 919 el sajón Enrique I y luego su hijo Otón fueron elevados al trono, el reino germánico ya tenía perfil propio, distinto del reino occidental que sería Francia.

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El Sacro Imperio Romano Germánico: ni sacro, ni romano, ni imperio

En el año 962, el rey germánico Otón I fue coronado emperador en Roma, refundando la corona imperial de Occidente. Nacía así lo que la posteridad llamaría el Sacro Imperio Romano Germánico (Heiliges Römisches Reich), una construcción política insólita que perduraría, con enormes transformaciones, hasta 1806. En teoría era la máxima autoridad temporal de la cristiandad, heredera de Roma y protectora de la Iglesia. En la práctica fue siempre otra cosa: un conjunto laxo de cientos de territorios —ducados, principados, condados, obispados, ciudades libres— que reconocían a un emperador electo pero conservaban una autonomía casi total.

El filósofo Voltaire resumió esa paradoja en una frase demoledora que sigue siendo la mejor definición del Imperio: «Este cuerpo que se llamaba y que aún se llama el Sacro Imperio Romano no era en modo alguno ni sacro, ni romano, ni imperio». No era sacro, porque el poder papal y el imperial pasaron siglos enfrentados en la Querella de las Investiduras, con episodios humillantes como el de Canossa (1077); no era romano, porque su corazón era germánico; y no era un verdadero imperio, porque el emperador carecía de un poder central efectivo sobre sus príncipes.

Desde el siglo XIII, el emperador no se heredaba sino que se elegía: la Bula de Oro de 1356, promulgada por Carlos IV, fijó en siete el número de príncipes electores —tres arzobispos (Maguncia, Colonia, Tréveris) y cuatro laicos— que designaban al rey de romanos. A partir del siglo XV la dignidad imperial quedó de hecho en manos de la casa de Habsburgo, con capital en Viena. El resultado fue una Alemania perpetuamente descentralizada, un tablero de poderes locales donde florecieron las universidades, el arte y las ciudades, pero donde nunca cuajó un Estado nacional fuerte como Francia o Inglaterra. Esa fragmentación marcaría toda la historia alemana posterior.

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La Hansa y el poder de las ciudades

Si el Imperio era débil, las ciudades alemanas eran fuertes. Durante la Edad Media, decenas de ellas obtuvieron el estatus de ciudad libre imperial (Reichsstadt), que las hacía dependientes solo del emperador y prácticamente autónomas, gobernadas por sus gremios y sus patriciados. Nuremberg, Fráncfort, Augsburgo, Lübeck, Colonia y muchas otras se convirtieron en repúblicas urbanas prósperas, centros de comercio, artesanía y banca. En Augsburgo, la familia Fugger llegó a financiar a emperadores y papas.

El fenómeno más impresionante fue la Liga Hanseática (die Hanse), una confederación comercial de ciudades del norte que dominó el comercio del mar Báltico y del mar del Norte entre los siglos XII y XVII. Encabezada por Lübeck —su capital de hecho— y con Hamburgo, Bremen, Rostock, Gdansk y decenas de otras urbes, la Hansa tejió una red de rutas, privilegios y factorías (los Kontore) que llegaban de Londres a Nóvgorod, de Brujas a Bergen. Comerciaba con arenque, sal, cereal, madera, pieles, cera y paño, y llegó a tener flota, ejército y política exterior propios, capaces de hacer la guerra a reyes.

La Hansa dejó una marca perdurable en el norte de Alemania: el ladrillo gótico de sus iglesias y ayuntamientos, la riqueza mercantil de sus puertos, un espíritu de independencia burguesa. Todavía hoy, Hamburgo y Bremen conservan en su nombre oficial el título de «ciudad hanseática libre», y sus matrículas automovilísticas empiezan por una H de Hansestadt. Aquel mundo de ciudades autónomas y ricas fue, durante siglos, el contrapeso urbano y comercial de un Imperio rural y fragmentado.

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Lutero y la Reforma protestante (1517)

El 31 de octubre de 1517, un monje agustino y profesor de teología llamado Martín Lutero hizo públicas en Wittenberg sus 95 tesis contra las indulgencias —la venta de perdón de los pecados con que la Iglesia financiaba la basílica de San Pedro—. La tradición cuenta que las clavó en la puerta de la iglesia del castillo; hayan sido clavadas o simplemente enviadas y difundidas, aquellas tesis desataron un terremoto que partió en dos a la cristiandad occidental y cambió para siempre la historia de Alemania y de Europa.

Lutero fue mucho más lejos de lo que pretendía al principio. Negó la autoridad del papa, sostuvo que la salvación venía solo por la fe y por la gracia (no por las obras ni el dinero), y afirmó que la única fuente de verdad era la Biblia, que tradujo al alemán en una versión que fijó la lengua literaria del país. Excomulgado por el papa y declarado proscrito por el emperador Carlos V en la Dieta de Worms (1521) —donde, según la tradición, se negó a retractarse—, fue protegido por príncipes alemanes y refugiado en el castillo de Wartburg. La imprenta de Gutenberg, inventada décadas antes en Maguncia, difundió sus escritos por miles y fue el arma decisiva de la Reforma.

Las consecuencias fueron inmensas y no todas pacíficas. En 1524-1525 estalló la Guerra de los Campesinos, una gran revuelta social que invocaba el Evangelio y que Lutero —temeroso del desorden— condenó con dureza; fue aplastada con decenas de miles de muertos. Alemania quedó dividida entre príncipes católicos y protestantes, tensión que la Paz de Augsburgo de 1555 intentó resolver con el principio cuius regio, eius religio: cada príncipe imponía su religión a sus súbditos. Fue una tregua frágil. Aquella fractura religiosa, sumada a la debilidad del Imperio, prepararía la mayor catástrofe de la Alemania premoderna.

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La Guerra de los Treinta Años (1618-1648)

En 1618, una revuelta de nobles protestantes en Praga —que arrojaron por la ventana a unos gobernadores imperiales, la célebre «defenestración de Praga»— encendió la mecha de la guerra más devastadora que conoció Europa antes del siglo XX. La Guerra de los Treinta Años empezó como un conflicto religioso entre católicos y protestantes dentro del Imperio, pero pronto se convirtió en una lucha por el poder en la que intervinieron media Europa: los Habsburgo de Austria y España, Dinamarca, Suecia bajo Gustavo Adolfo, y finalmente la Francia católica del cardenal Richelieu, que —por pura razón de Estado— apoyó a los protestantes contra los Habsburgo.

El territorio alemán fue el gran campo de batalla y la gran víctima. Ejércitos de mercenarios sin paga vivían del saqueo, arrasando cosechas, quemando aldeas y propagando el hambre y la peste. El episodio más atroz fue el saco de Magdeburgo en 1631, cuando las tropas imperiales masacraron a unos veinte mil habitantes y redujeron la ciudad a cenizas. Regiones enteras quedaron despobladas. Los historiadores calculan que la población de las tierras alemanas del Imperio cayó de forma catastrófica: alrededor de un tercio del total, y hasta un 40 % o más según las estimaciones, con algunas comarcas que perdieron a la mitad o más de su gente. Fue una herida demográfica de la que Alemania tardó un siglo en recuperarse.

La guerra terminó en 1648 con la Paz de Westfalia, firmada en Münster y Osnabrück, un hito de la historia diplomática que suele considerarse el acta de nacimiento del sistema moderno de Estados soberanos. Reconoció el calvinismo junto al luteranismo y el catolicismo, consagró la independencia de hecho de los príncipes alemanes y desangró aún más la autoridad del emperador. El Imperio salió de Westfalia convertido en una entidad casi fantasmal, un archipiélago de más de trescientos Estados. La verdadera consecuencia fue clara: durante siglo y medio más, Alemania seguiría sin ser una nación.

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El ascenso de Prusia y Federico el Grande

De la Alemania fragmentada del siglo XVIII emergió, casi de la nada, una gran potencia: Prusia. Gobernada por la dinastía de los Hohenzollern desde su capital, Berlín, y desde el ducado de Brandeburgo, Prusia era un Estado pobre en recursos y disperso en el mapa, pero construyó su fuerza sobre dos pilares: una administración eficiente y honesta, y sobre todo un ejército desproporcionadamente grande y disciplinado. El «rey sargento» Federico Guillermo I forjó ese ejército y ese Estado austero y militarizado del que se diría que «no era un país con un ejército, sino un ejército con un país».

Su hijo Federico II, «Federico el Grande» (1740-1786), lo convirtió en potencia europea. Ilustrado y músico, correspondiente de Voltaire, filósofo aficionado que escribía en francés y tocaba la flauta en su palacio de Sanssouci en Potsdam, era también un estratega militar implacable. Nada más subir al trono invadió Silesia, arrebatándosela a Austria, y sostuvo contra media Europa la Guerra de los Siete Años (1756-1763), de la que Prusia salió maltrecha pero victoriosa y consagrada como quinta gran potencia. Modernizó la administración y la justicia, promovió la tolerancia religiosa y la agricultura, y encarnó el modelo del «déspota ilustrado».

El ascenso de Prusia instaló en el mundo alemán un «dualismo» decisivo: la rivalidad entre la Prusia protestante y en ascenso, al norte, y la Austria católica de los Habsburgo, al sur, por la hegemonía sobre Alemania. Esa competencia, que atravesaría todo el siglo siguiente, definiría cuál de las dos potencias unificaría —y bajo qué forma— a la nación alemana. La respuesta llegaría un siglo después, y sería prusiana.

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Napoleón, el fin del Imperio y el despertar nacional

La Revolución Francesa y Napoleón demolieron el viejo orden alemán. Entre 1803 y 1806, las victorias francesas reorganizaron por completo el mapa: desaparecieron los pequeños Estados eclesiásticos y las ciudades libres, absorbidos por reinos mayores como Baviera, Wurtemberg o Sajonia, que Napoleón elevó de rango y agrupó en la Confederación del Rin bajo su protección. El golpe final llegó el 6 de agosto de 1806: presionado por Napoleón, el emperador Francisco II abdicó de la corona imperial y disolvió el Sacro Imperio Romano Germánico. Después de más de ochocientos años, el viejo Reich dejaba de existir.

La humillación de la ocupación francesa —el aplastamiento de Prusia en Jena y Auerstedt en 1806, la ocupación de Berlín— tuvo un efecto inesperado: encendió por primera vez un sentimiento nacional alemán. Filósofos como Fichte, con sus Discursos a la nación alemana, y una generación de reformadores y románticos empezaron a soñar con una Alemania unida. Tras la derrota de Napoleón, el Congreso de Viena (1815) no restauró el viejo Imperio, sino que creó la Confederación Germánica, una laxa asociación de 39 Estados presidida por Austria, que decepcionó a los partidarios de la unidad.

La unión llegaría antes por la economía que por la política. En 1834, bajo el liderazgo prusiano, se creó el Zollverein, la unión aduanera alemana que suprimió las barreras arancelarias internas y creó un mercado común, tejiendo lazos económicos entre los Estados alemanes —con la significativa exclusión de Austria—. El Zollverein fue el andamiaje sobre el que crecería la industrialización y, con ella, el poder prusiano. Cuando en 1848 estalló una oleada revolucionaria liberal y nacionalista, el Parlamento de Fráncfort, reunido en la Paulskirche, intentó dar a Alemania una constitución y una corona; el fracaso de aquella revolución dejó la unificación en manos, no de los demócratas, sino de la fuerza prusiana.

en.wikipedia.org · Confederation of the Rhineen.wikipedia.org · Zollverein

Bismarck, la unificación de 1871 y el Reich guillermino (1871-1918)

El hombre que unificó Alemania no fue un revolucionario ni un demócrata, sino un aristócrata prusiano conservador: Otto von Bismarck, nombrado ministro-presidente de Prusia en 1862. Convencido de que las grandes cuestiones del tiempo no se resolverían «con discursos y resoluciones mayoritarias —ese fue el gran error de 1848— sino con hierro y sangre», Bismarck orquestó la unificación mediante tres guerras cuidadosamente provocadas: contra Dinamarca (1864), contra Austria (1866) —que expulsó a Viena del mundo alemán y consagró la hegemonía prusiana— y contra Francia (1870-1871).

La guerra franco-prusiana selló la obra. El entusiasmo nacional arrastró a los Estados del sur a alinearse con Prusia, y tras la aplastante victoria y la captura de Napoleón III en Sedán, se proclamó el Imperio alemán. La escena fue simbólica y provocadora: el 18 de enero de 1871, en la Galería de los Espejos del palacio de Versalles —en territorio francés ocupado—, el rey Guillermo I de Prusia fue aclamado emperador (Kaiser) de un Reich unificado. Bismarck se convirtió en su canciller. Por primera vez desde Carlomagno, la mayor parte de los alemanes vivía en un solo Estado, aunque bajo un régimen semiautoritario dominado por Prusia, con un Parlamento (el Reichstag) de poderes limitados.

El nuevo Imperio, la «Alemania guillermina», vivió décadas de vértigo. Se industrializó a velocidad prodigiosa —acero del Ruhr, química, electricidad, ferrocarriles— hasta convertirse en la primera potencia industrial y científica de Europa continental, y Bismarck, para desactivar al creciente movimiento obrero socialista, creó el primer Estado de bienestar del mundo, con seguros de enfermedad, accidentes y vejez. En política exterior, el «canciller de hierro» fue en cambio prudente, tejiendo un sistema de alianzas para aislar a Francia y mantener la paz. Pero en 1890 el joven y ambicioso emperador Guillermo II despidió a Bismarck, y con él se fue la prudencia.

Llegada tarde al reparto colonial, la Alemania de Guillermo II reclamó su «lugar bajo el sol» y se hizo con colonias en África —el África Oriental Alemana (Tanzania), Camerún, Togo y el África del Sudoeste Alemana (la actual Namibia)— y en el Pacífico. Su dominio fue especialmente brutal en el Sudoeste africano. En 1904, los pueblos herero y, poco después, nama se levantaron contra la expropiación de sus tierras y ganado. La respuesta alemana, dirigida por el general Lothar von Trotha, fue una campaña de exterminio deliberado: tras la batalla de Waterberg, los herero fueron empujados al desierto del Omaheke, donde se los dejó morir de sed y hambre cercando los pozos de agua; los supervivientes fueron encerrados en campos de concentración.

Entre 1904 y 1908 murieron alrededor del 80 % del pueblo herero —unas 40.000 a 65.000 personas o más— y cerca de la mitad de los nama —unas 10.000—. Es considerado por los historiadores el primer genocidio del siglo XX, con prácticas (campos de concentración, experimentos sobre presos, teorías raciales) que anticipan escalofriantemente lo que vendría décadas después. Durante más de un siglo Alemania eludió reconocerlo; recién el 28 de mayo de 2021 el gobierno alemán lo calificó oficialmente de genocidio y anunció 1.100 millones de euros en ayuda al desarrollo a lo largo de treinta años. El acuerdo fue criticado por líderes herero y nama por negociarse sin ellos, evitar la palabra «reparaciones» y rechazar la responsabilidad jurídica.

El militarismo y las ambiciones del Reich guillermino desembocaron en la catástrofe de la Primera Guerra Mundial. Tras el atentado de Sarajevo en 1914, Alemania respaldó a Austria-Hungría y aplicó el plan Schlieffen, invadiendo la neutral Bélgica y arrastrando a Gran Bretaña a la guerra. El sueño de una victoria rápida se hundió en cuatro años de guerra de trincheras en el frente occidental —Verdún, el Somme—. Bloqueada, exhausta y hambrienta, con su ejército quebrado en 1918, Alemania se derrumbó: estalló una revolución, el Kaiser abdicó y huyó a Holanda, y el 11 de noviembre de 1918 se firmó el armisticio. El Imperio de Bismarck, nacido en Versalles en 1871, moriría —humillado— en el mismo Versalles con el tratado de paz de 1919.

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La República de Weimar, la crisis y el ascenso de Hitler

De la derrota nació la primera democracia alemana. Proclamada en 1919 y dotada de una constitución avanzada redactada en la ciudad de Weimar, la República vivió catorce años atormentados. Cargaba con el peso del Tratado de Versalles —pérdidas territoriales, desarme y sobre todo unas reparaciones aplastantes— y con la «leyenda de la puñalada por la espalda» (Dolchstoßlegende), la mentira difundida por la derecha nacionalista según la cual el ejército no había sido vencido en el frente sino traicionado en la retaguardia por socialistas y judíos. Esa calumnia envenenó la vida política. En 1923, la crisis tocó fondo con una hiperinflación demencial: el marco se desplomó hasta el punto de que un dólar llegó a valer billones de marcos y la gente cargaba fajos de billetes en carretillas para comprar pan.

Y sin embargo, la Weimar de los años veinte fue también un estallido de creatividad sin igual. Berlín se convirtió en una de las capitales culturales del mundo: la escuela de arte y diseño Bauhaus revolucionó la arquitectura; el cine expresionista alemán dio obras maestras como Metrópolis y El gabinete del doctor Caligari; florecieron el teatro de Brecht, la ciencia de Einstein, la música, el cabaret y una vida nocturna y sexual libérrima. Fue una modernidad deslumbrante y frágil, suspendida sobre un volcán político.

La Gran Depresión de 1929 hizo estallar ese volcán. El desempleo masivo y la desesperación empujaron a millones de votantes hacia los extremos. El Partido Nacionalsocialista (nazi) de Adolf Hitler —un agitador austríaco que había intentado un golpe fallido en Múnich en 1923 y había escrito en la cárcel su libro de odio, Mein Kampf— pasó de ser un grupo marginal al mayor partido del Reichstag, explotando el resentimiento por Versalles, el miedo al comunismo y un antisemitismo virulento. El 30 de enero de 1933, entre intrigas de las élites conservadoras que creyeron poder «domesticarlo», el presidente Hindenburg nombró a Hitler canciller del Reich. La democracia de Weimar acababa de firmar su sentencia de muerte.

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El Tercer Reich y el Holocausto

En pocas semanas, Hitler convirtió el poder en dictadura. El incendio del Reichstag en febrero de 1933 sirvió de pretexto para suspender las libertades; la Ley Habilitante de marzo le entregó poderes plenos; en meses se prohibieron los partidos y sindicatos, se abrió el primer campo de concentración en Dachau, cerca de Múnich, y comenzó la persecución de opositores, comunistas y socialdemócratas. Con la muerte de Hindenburg en 1934, Hitler concentró todos los poderes como Führer. El régimen nazi —totalitario, racista y expansionista— se propuso construir una «comunidad del pueblo» racialmente «pura» y un imperio que dominara Europa.

El antisemitismo estaba en el centro de todo. Las Leyes de Núremberg de 1935 despojaron a los judíos alemanes de la ciudadanía y los derechos; la Noche de los Cristales Rotos (Kristallnacht), en noviembre de 1938, desató un pogromo en todo el país con sinagogas incendiadas, comercios destruidos y decenas de miles de detenidos. Tras el estallido de la guerra y la ocupación de Europa oriental, la persecución escaló hasta el exterminio. En la conferencia de Wannsee (enero de 1942) se coordinó burocráticamente la «solución final», el plan de asesinar a todos los judíos de Europa.

El resultado fue el Holocausto —la Shoá—: el asesinato sistemático, industrial y planificado por el Estado de unos seis millones de judíos europeos. Fueron fusilados en masa por los Einsatzgruppen sobre fosas comunes, hacinados en guetos y, sobre todo, deportados y gaseados en campos de exterminio construidos para matar —Auschwitz-Birkenau, Treblinka, Sobibor, Belzec, Chelmno, Majdanek—, donde los cuerpos se incineraban en hornos crematorios. El régimen nazi persiguió y asesinó también a otros grupos: cientos de miles de gitanos (romaníes y sinti), prisioneros de guerra soviéticos, polacos, personas con discapacidad (exterminadas en el programa «eutanasia» T4), homosexuales, testigos de Jehová, disidentes políticos. El Holocausto no fue un exceso de la guerra ni un accidente: fue un crimen deliberado, sin precedentes en la historia por su escala y su frialdad administrativa, y es el hecho central e indeleble contra el que se mide toda la memoria alemana posterior.

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La guerra, la división, el Muro, la reunificación y la cultura de la memoria

La Segunda Guerra Mundial la desató Alemania. El 1 de septiembre de 1939, la invasión de Polonia inició un conflicto que Hitler expandió con una serie de conquistas relámpago —Polonia, Francia, casi toda Europa— hasta que la invasión de la Unión Soviética en 1941 abrió el frente que lo destruiría. Tras la derrota de Stalingrado (1943), el Reich retrocedió en todos los frentes bajo el fuego cruzado de los Aliados occidentales y el Ejército Rojo. Las ciudades alemanas fueron arrasadas por los bombardeos; entre ellos, el de Dresde en febrero de 1945, cuya cifra de víctimas, inflada durante décadas por la propaganda nazi y luego por negacionistas hasta cientos de miles, fue finalmente establecida por una comisión de historiadores en 2010 en unos 25.000 muertos. En abril de 1945, con el Ejército Rojo en Berlín, Hitler se suicidó en su búnker; el 8 de mayo Alemania capituló sin condiciones. El país quedó en ruinas, con millones de muertos y expulsados, y con la conciencia de haber cometido el mayor crimen de la historia europea.

Derrotada, Alemania fue ocupada y dividida por los vencedores. En 1949, de las zonas occidentales nació la República Federal de Alemania (RFA), democrática, capitalista y alineada con Occidente, que bajo Konrad Adenauer y Ludwig Erhard protagonizó el «milagro económico» (Wirtschaftswunder); de la zona soviética nació la República Democrática Alemana (RDA), un Estado socialista y de partido único bajo tutela de Moscú. En el corazón de esa división quedó Berlín, también partida en cuatro sectores. Para frenar la fuga masiva de sus ciudadanos hacia Occidente, la RDA levantó de la noche a la mañana, el 13 de agosto de 1961, el Muro de Berlín, que durante veintiocho años partió la ciudad y se convirtió en el símbolo mundial de la Guerra Fría y del Telón de Acero. Al menos 140 personas murieron intentando cruzarlo.

En los años setenta, el canciller socialdemócrata Willy Brandt impulsó la Ostpolitik, una política de distensión y reconocimiento hacia el Este y la RDA que le valió el Nobel de la Paz; su gesto de arrodillarse ante el memorial del gueto de Varsovia en 1970 quedó como imagen de la contrición alemana. El fin llegó en 1989: la ola de reformas en la URSS, la fuga de miles de alemanes orientales y las multitudinarias manifestaciones pacíficas de los lunes en Leipzig y otras ciudades minaron al régimen de la RDA. La noche del 9 de noviembre de 1989, presionado por la calle, el gobierno abrió las fronteras y el Muro cayó entre escenas de euforia. Menos de un año después, el 3 de octubre de 1990, las dos Alemanias se reunificaron en un solo Estado democrático.

La Alemania reunificada es hoy la mayor economía de Europa, un pilar de la Unión Europea y una democracia estable con capital de nuevo en Berlín. Pero su rasgo más singular es cómo se relaciona con su pasado. Los alemanes acuñaron una palabra intraducible, Vergangenheitsbewältigung —algo así como «el trabajo de asumir y elaborar el pasado»—, para nombrar el esfuerzo colectivo, sostenido durante generaciones, de enfrentar la responsabilidad por el nazismo y el Holocausto sin coartadas ni olvido. Se traduce en cosas concretas: la enseñanza obligatoria del Holocausto en las escuelas, el delito de negacionismo, los memoriales en el centro mismo de las ciudades —como el Monumento a los Judíos de Europa Asesinados junto a la Puerta de Brandeburgo—, las Stolpersteine (los «adoquines del tropiezo» de latón con los nombres de las víctimas frente a sus antiguos hogares) y una cultura pública que considera la memoria un deber cívico. Esa disposición a mirar de frente lo peor de su propia historia, y a construir sobre esa lucidez una democracia, es quizá el aporte más valioso de la Alemania contemporánea.

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Berlín y el Este

Historia de Berlín y el Este · Alemania

Berlín: de villa mercantil a capital de Prusia y del Reich

Berlín nació como una modesta doble villa mercantil (Berlín y Cölln) a orillas del río Spree, en el siglo XIII, en la marca de Brandeburgo. Su destino cambió cuando la dinastía de los Hohenzollern la eligió como residencia. Bajo el «Gran Elector» Federico Guillermo, en el siglo XVII, Berlín se repobló tras la Guerra de los Treinta Años y acogió a miles de hugonotes franceses protestantes expulsados de Francia, que le aportaron industria, oficios y refinamiento. En 1701 se convirtió en capital del nuevo reino de Prusia.

Con Federico el Grande y sus sucesores, Berlín creció como capital militar, administrativa y cultural, sede de una universidad ilustre (la actual Humboldt) y de una vida intelectual brillante. Cuando en 1871 Bismarck unificó Alemania, Berlín pasó de ser capital de Prusia a capital del Imperio alemán, y en pocas décadas se transformó en una metrópoli industrial de millones de habitantes, con su avenida Unter den Linden, su Reichstag y su Puerta de Brandeburgo como símbolos.

En el siglo XX, Berlín fue el escenario central de la tragedia y el renacimiento alemanes: capital de la vibrante Weimar, capital del Tercer Reich, ciudad arrasada en 1945, ciudad partida por el Muro durante la Guerra Fría y, desde 1990, capital reunificada de la Alemania democrática. Pocas ciudades del mundo condensan en sus calles tanta historia del siglo XX.

en.wikipedia.org · History of Berlinbritannica.com · Berlin

Potsdam, Sanssouci y los Hohenzollern

A las puertas de Berlín, Potsdam fue la Versalles de Prusia, la residencia de recreo y de gobierno de los reyes Hohenzollern. Su joya es Sanssouci («sin preocupaciones», en francés), el palacio rococó y su parque de terrazas escalonadas que Federico el Grande hizo construir a mediados del siglo XVIII como refugio personal, donde tocaba la flauta, conversaba de filosofía con Voltaire y quiso ser enterrado junto a sus perros. El conjunto de palacios y jardines de Potsdam es hoy Patrimonio de la Humanidad.

Potsdam fue también sede del militarismo prusiano —con su guarnición y su Iglesia de la Guarnición— y escenario de gestos políticos cargados de simbolismo, como el «Día de Potsdam» de 1933, en que los nazis escenificaron su alianza con la vieja Prusia conservadora. Y fue allí, en el palacio de Cecilienhof, donde en el verano de 1945 se celebró la Conferencia de Potsdam: Stalin, Truman y Churchill (luego Attlee) decidieron el destino de la Alemania derrotada, su ocupación, su desnazificación y las fronteras de la posguerra.

Durante la Guerra Fría, Potsdam quedó del lado oriental, y por su famoso puente de Glienicke —el «puente de los espías»— se intercambiaron agentes entre el Este y el Oeste. Hoy la ciudad combina sus palacios reales, sus jardines y su barrio holandés con la memoria de haber sido, más de una vez, el lugar donde se decidió el futuro de Alemania.

whc.unesco.orgen.wikipedia.org · Potsdam

Dresde, la Florencia del Elba y el bombardeo de 1945

Dresde, capital de Sajonia a orillas del Elba, fue una de las ciudades más bellas de Europa, apodada la «Florencia del Elba» por su esplendor barroco. Ese esplendor se lo debe sobre todo a Augusto II el Fuerte, elector de Sajonia y rey de Polonia a comienzos del siglo XVIII, gran mecenas que llenó la ciudad de palacios y colecciones de arte: el Zwinger, el palacio residencial, la iglesia de Nuestra Señora (Frauenkirche) con su gran cúpula de piedra, y unas colecciones de pintura y de porcelana entre las mejores del continente. En las cercanías, Augusto fundó la manufactura de Meissen, la primera porcelana de Europa.

En la noche del 13 al 14 de febrero de 1945, en las últimas semanas de la guerra, la aviación británica y estadounidense sometió a Dresde a un bombardeo incendiario que desató una tormenta de fuego y destruyó el casco histórico casi por completo. La cifra de víctimas fue durante mucho tiempo objeto de manipulación: la propaganda nazi primero, y luego los negacionistas, la inflaron hasta cientos de miles de muertos. Una comisión de historiadores designada por la ciudad concluyó en 2010, tras años de investigación en archivos, registros y cementerios, que murieron alrededor de 25.000 personas: una cifra terrible, pero muy lejos de las exageraciones propagandísticas.

Durante la RDA, las ruinas de la Frauenkirche se dejaron en pie como monumento en contra de la guerra. Tras la reunificación, la iglesia fue reconstruida piedra a piedra —usando muchos sillares originales ennegrecidos— y reinaugurada en 2005 como símbolo de reconciliación, con una cruz donada por Gran Bretaña. Hoy Dresde, restaurada, vuelve a mostrar su barroco, aunque su historia reciente sigue siendo un recordatorio de la destrucción de la guerra y de la manipulación política de la memoria.

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Leipzig, Bach y las manifestaciones de los lunes de 1989

Leipzig, la otra gran ciudad de Sajonia, fue durante siglos una capital del comercio y la cultura. Su ubicación en el cruce de rutas la convirtió en sede de una de las ferias comerciales más antiguas y célebres de Europa, y su universidad, fundada en 1409, es una de las más antiguas de Alemania. Fue también una capital de la música: Johann Sebastian Bach trabajó aquí como cantor de la iglesia de Santo Tomás durante 27 años, hasta su muerte en 1750, y aquí compuso buena parte de su obra sacra; más tarde vivieron y trabajaron en la ciudad Mendelssohn, Schumann y Wagner, nacido en Leipzig.

En 1813, en sus alrededores se libró la colosal Batalla de las Naciones (Völkerschlacht), en la que una coalición europea derrotó a Napoleón en el mayor combate de las guerras napoleónicas; el monumental Völkerschlachtdenkmal la conmemora. Pero el papel más decisivo de Leipzig en la historia llegaría casi dos siglos después.

En el otoño de 1989, la iglesia de San Nicolás de Leipzig se convirtió en el epicentro de la revolución pacífica que derribó a la RDA. Cada lunes, tras las oraciones por la paz, miles y luego cientos de miles de ciudadanos salían a las calles con velas al grito de «¡Wir sind das Volk!» («¡Nosotros somos el pueblo!»), en las llamadas «manifestaciones de los lunes» (Montagsdemonstrationen). La manifestación del 9 de octubre de 1989, con 70.000 personas que el régimen no se atrevió a reprimir, marcó el punto de no retorno. Un mes después caía el Muro de Berlín. Leipzig se ganó así el nombre de «ciudad de los héroes» de la revolución pacífica alemana.

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Berlín dividido: la RDA y el Muro (1961-1989)

Tras la guerra, Berlín quedó en el centro geográfico de la zona de ocupación soviética, pero a su vez dividida en cuatro sectores. Cuando en 1949 nacieron las dos Alemanias, Berlín Oriental se convirtió en capital de la RDA comunista, mientras Berlín Occidental quedó como un enclave capitalista y democrático rodeado por territorio de la RDA, unido a Occidente. Ya en 1948-1949 los soviéticos habían intentado ahogarlo con un bloqueo, que los Aliados burlaron con el heroico «puente aéreo» que abasteció a la ciudad durante casi un año.

El éxodo constante de ciudadanos que huían de la RDA hacia el Oeste a través de Berlín amenazaba con desangrar al Estado socialista. Para impedirlo, la madrugada del 13 de agosto de 1961 la RDA cerró la frontera y empezó a levantar el Muro de Berlín, un sistema de muros, alambradas, torres de vigilancia y una «franja de la muerte» que rodeó por completo Berlín Occidental durante 28 años. El Muro separó familias, calles y barrios de un día para otro. Al menos 140 personas murieron intentando cruzarlo, muchas abatidas por los guardias fronterizos.

El Muro se convirtió en el símbolo mundial de la Guerra Fría y de la falta de libertad del bloque soviético. Ante él, el presidente Kennedy proclamó en 1963 «Ich bin ein Berliner», y Reagan pidió en 1987 «derribe este muro». La presión interna de 1989 hizo el resto: la noche del 9 de noviembre de 1989, tras el anuncio confuso de una apertura de fronteras, multitudes de berlineses del Este se agolparon en los pasos, los guardias cedieron y la gente empezó a cruzar y a picar el Muro con sus propias manos. Hoy quedan tramos conservados —como la East Side Gallery, pintada por artistas— y una línea en el suelo que recuerda por dónde corría aquella herida de hormigón.

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📍 Destinos de Berlín y el Este
BerlinPotsdamDresdeLeipzig

📚 Bibliografía

  • Wikipedia (EN) — «History of Berlin»: https://en.wikipedia.org/wiki/History_of_Berlin
  • Wikipedia (EN) — «Berlin Wall»: https://en.wikipedia.org/wiki/Berlin_Wall
  • Encyclopædia Britannica — «Berlin Wall»: https://www.britannica.com/topic/Berlin-Wall
  • Unesco — «Palaces and Parks of Potsdam and Berlin»: https://whc.unesco.org/en/list/532/
  • Wikipedia (EN) — «Bombing of Dresden»: https://en.wikipedia.org/wiki/Bombing_of_Dresden
  • The Local — «Official report: Dresden bombing killed 25,000»: https://www.thelocal.de/20100317/25945
  • Wikipedia (EN) — «Monday demonstrations in East Germany»: https://en.wikipedia.org/wiki/Monday_demonstrations_in_East_Germany
  • Wikipedia (EN) — «Leipzig»: https://en.wikipedia.org/wiki/Leipzig

Centro

Historia de Centro · Alemania

Heidelberg, la universidad más antigua de Alemania

A orillas del río Néckar, encajonada entre colinas boscosas, Heidelberg alberga la universidad más antigua del actual territorio alemán, fundada en 1386 por el elector palatino Ruperto I. Durante siglos fue un gran centro del saber, primero como foco del humanismo y luego de la teología reformada —el «Catecismo de Heidelberg» de 1563 fue un texto fundamental del calvinismo—. La Biblioteca Palatina (Bibliotheca Palatina) de Heidelberg llegó a ser una de las mayores colecciones de manuscritos de Europa.

La historia de la ciudad estuvo ligada a la de los electores del Palatinado, que hicieron de ella su capital. Esa condición le trajo esplendor pero también destrucción: en la guerra de Sucesión del Palatinado, las tropas del rey francés Luis XIV saquearon e incendiaron Heidelberg en 1689 y 1693, arruinando su castillo. La Biblioteca Palatina, por su parte, había sido llevada a Roma como botín durante la Guerra de los Treinta Años.

En el siglo XIX, Heidelberg renació como uno de los grandes centros universitarios y científicos de Alemania y como símbolo del Romanticismo. Poetas y filósofos —Hegel enseñó aquí— convivieron con la imagen idealizada de la vieja ciudad estudiantil, sus tabernas, sus duelos y sus canciones. Milagrosamente intacta tras la Segunda Guerra Mundial —no fue bombardeada—, Heidelberg conserva hoy su casco antiguo, su famoso puente sobre el Néckar y su universidad viva, uno de los destinos más visitados y románticos de Alemania.

en.wikipedia.org · Heidelbergen.wikipedia.org · Heidelberg University

El castillo de Heidelberg y el Palatinado

Sobre la ciudad, en la ladera del Königstuhl, se alza el castillo de Heidelberg (Heidelberger Schloss), una de las ruinas más célebres y evocadoras de Alemania. Residencia de los electores palatinos, el castillo fue creciendo a lo largo de los siglos como un conjunto de palacios renacentistas y góticos, con jardines y una monumental bodega que guarda el «Gran Tonel» (Großes Fass), un barril de vino gigantesco de más de 200.000 litros de capacidad. Incendiado por los franceses en el siglo XVII y alcanzado por un rayo en el XVIII, el castillo nunca fue reconstruido del todo y quedó en un estado de ruina majestuosa.

Justamente esa ruina lo convirtió en un icono. Para los románticos del siglo XIX, el castillo semiderruido de Heidelberg, envuelto en hiedra y bruma sobre el valle del Néckar, era la imagen perfecta de la nostalgia por un pasado glorioso y perdido. Pintores, poetas y viajeros de toda Europa lo visitaron y lo inmortalizaron, y contribuyeron a fijar la imagen romántica de Alemania en el imaginario del continente.

Heidelberg era la capital del Palatinado electoral (Kurpfalz), uno de los Estados más importantes del Sacro Imperio, cuyo príncipe era uno de los siete electores. El Palatinado, a caballo del Rin, fue un territorio tempranamente protestante y un campo de batalla recurrente entre Francia y el Imperio; su historia de esplendor cultural y de devastaciones bélicas dejó una marca profunda en esta región del centro-oeste alemán, tierra además de excelentes vinos.

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Rothenburg ob der Tauber, la ciudad medieval intacta

Encaramada sobre el valle del río Tauber, Rothenburg ob der Tauber es la ciudad medieval mejor conservada de Alemania: un casco urbano intacto de casas de entramado de madera, calles empedradas, torres, fuentes y una muralla completa con su ronda cubierta que aún se puede recorrer entera. Pasear por Rothenburg es adentrarse en la imagen misma de la Edad Media alemana, tan perfecta que ha servido de escenario a innumerables películas y estampas.

Esa conservación excepcional tiene una explicación paradójica: el empobrecimiento. Rothenburg fue una próspera y populosa ciudad libre imperial en los siglos XV y XVI, pero la Guerra de los Treinta Años y las epidemias la arruinaron y la despoblaron. Demasiado pobre para crecer, derribar sus murallas o reconstruirse a la moda de cada época, la ciudad quedó como «congelada» en su forma medieval y renacentista durante siglos. Cuando llegó el Romanticismo del siglo XIX, Rothenburg fue «redescubierta» por artistas y viajeros que veían en ella la ciudad alemana ideal.

Rothenburg estuvo a punto de perderse en 1945: bombardeada en los últimos días de la guerra, parte de la ciudad fue destruida, pero un alto mando estadounidense, que conocía su valor, ordenó no arrasarla con artillería y negoció su rendición, salvándola. Reconstruida con cuidado, es hoy uno de los grandes atractivos de la Ruta Romántica (Romantische Straße), el itinerario turístico que recorre las ciudades históricas del sur de Alemania, y un símbolo mundial de la Alemania medieval de cuento.

en.wikipedia.org · Rothenburg ob der Tauberen.wikipedia.org · Romantic Road

Las ciudades libres imperiales

Rothenburg fue una de las muchas ciudades libres imperiales (Freie Reichsstädte) que salpicaban el centro y el sur de Alemania. Estas ciudades gozaban de un estatus jurídico privilegiado: no dependían de ningún príncipe, duque u obispo, sino directamente del emperador, lo que en la práctica les daba una amplia autonomía, casi como pequeñas repúblicas urbanas. Se gobernaban por sus propios consejos, acuñaban a veces moneda, administraban justicia, tenían milicia y comerciaban con toda Europa.

En su época de esplendor, entre los siglos XIV y XVI, ciudades como Núremberg, Augsburgo, Rothenburg, Ulm, Ratisbona o Fráncfort figuraban entre las más ricas y avanzadas del Imperio, centros de artesanía, comercio, banca, imprenta y arte. Su independencia frente al poder feudal las convirtió en focos de innovación y en primeras defensoras de sus «libertades» —los derechos y privilegios de sus ciudadanos—, simbolizadas a veces por la estatua de un caballero, el Roland, en su plaza mayor.

La mayoría de estas ciudades libres perdió su independencia con la reorganización napoleónica de Alemania a comienzos del siglo XIX, cuando fueron absorbidas por los reinos y principados vecinos. Solo unas pocas —Hamburgo, Bremen, Lübeck y Fráncfort— conservaron su condición durante más tiempo. Pero el legado de aquellas repúblicas urbanas —su patrimonio arquitectónico, su cultura burguesa, su espíritu de autonomía— sigue siendo uno de los rasgos más distintivos de la historia alemana.

en.wikipedia.org · Free imperial cityen.wikipedia.org · Imperial city

El Romanticismo alemán y el mito del bosque

El centro de Alemania —con sus ciudades medievales, sus castillos en ruinas, sus ríos y sus bosques— fue el escenario y la inspiración del Romanticismo alemán, uno de los grandes movimientos culturales de la historia europea. A comienzos del siglo XIX, en un país humillado por Napoleón y todavía sin unidad, poetas, filósofos y músicos buscaron en el pasado medieval, en la naturaleza y en el alma del «pueblo» (Volk) las raíces de una identidad nacional alemana.

De ese impulso nacieron obras que darían la vuelta al mundo. Los hermanos Grimm, filólogos, recopilaron y publicaron los Cuentos de la infancia y del hogar (1812) —Blancanieves, Cenicienta, Hansel y Gretel, Caperucita—, rescatando la tradición oral popular y fijando para siempre el imaginario del cuento de hadas europeo, poblado de bosques oscuros, brujas y castillos. Poetas como Novalis, Eichendorff o Heine, y compositores como Schubert, Schumann o Weber, dieron voz a ese anhelo romántico de naturaleza, misterio y nostalgia.

Un elemento central de esa cultura fue el bosque alemán (der deutsche Wald), convertido en símbolo casi místico de la nación: el lugar de Arminio y las tribus germánicas, el escenario de los cuentos, la imagen del alma alemana. Ese mito del bosque, nacido del Romanticismo, tuvo una larga posteridad —incluida su instrumentalización nacionalista— y todavía hoy pesa en la relación de los alemanes con la naturaleza, con sus selvas y sus árboles, y en su temprana y fuerte conciencia ecologista.

en.wikipedia.org · German Romanticismen.wikipedia.org · Brothers Grimm
📍 Destinos de Centro
HeidelbergRothenburg Ob Der Tauber

📚 Bibliografía

  • Wikipedia (EN) — «Heidelberg»: https://en.wikipedia.org/wiki/Heidelberg
  • Wikipedia (EN) — «Heidelberg University»: https://en.wikipedia.org/wiki/Heidelberg_University
  • Wikipedia (EN) — «Heidelberg Castle»: https://en.wikipedia.org/wiki/Heidelberg_Castle
  • Wikipedia (EN) — «Electoral Palatinate»: https://en.wikipedia.org/wiki/Electoral_Palatinate
  • Wikipedia (EN) — «Rothenburg ob der Tauber»: https://en.wikipedia.org/wiki/Rothenburg_ob_der_Tauber
  • Wikipedia (EN) — «Romantic Road»: https://en.wikipedia.org/wiki/Romantic_Road
  • Wikipedia (EN) — «Free imperial city»: https://en.wikipedia.org/wiki/Free_imperial_city
  • Wikipedia (EN) — «German Romanticism»: https://en.wikipedia.org/wiki/German_Romanticism
  • Wikipedia (EN) — «Brothers Grimm»: https://en.wikipedia.org/wiki/Brothers_Grimm

Norte

Historia de Norte · Alemania

La Liga Hanseática y el mundo del norte

El norte de Alemania fue durante siglos un mundo aparte: llano, protestante, marinero y volcado hacia el mar del Norte y el Báltico. Su historia está indisolublemente ligada a la Liga Hanseática, la poderosa confederación de ciudades comerciales que entre los siglos XII y XVII dominó el comercio del norte de Europa. Lübeck fue su capital y su «reina»; Hamburgo y Bremen, dos de sus pilares. Juntas comerciaban con cereal, arenque, sal, madera, cerveza, paño y pieles a lo largo de una red que iba de Londres y Brujas a Bergen, Riga y Nóvgorod.

La Hansa dio al norte alemán una identidad burguesa, mercantil e independiente, muy distinta de la Alemania de príncipes y campesinos del sur. Sus ciudades se gobernaban a sí mismas mediante consejos de comerciantes, levantaban imponentes ayuntamientos e iglesias de ladrillo (el característico gótico báltico) y defendían con celo su autonomía frente a reyes y nobles.

Aunque la Liga se disolvió al final de la Edad Moderna, superada por los Estados nacionales y por los nuevos comercios atlánticos, su espíritu perduró. Hamburgo y Bremen conservaron su condición de ciudades libres a lo largo de los siglos y todavía hoy son, dentro de la Alemania federal, dos ciudades-Estado que mantienen orgullosamente en su nombre oficial el título de «ciudad hanseática libre» (Freie und Hansestadt).

en.wikipedia.org · Hanseatic Leaguebritannica.com · Hanseatic League

Hamburgo, la puerta al mundo

Hamburgo, la segunda ciudad de Alemania, se enorgullece de ser «la puerta al mundo» (das Tor zur Welt). Situada sobre el río Elba, a un centenar de kilómetros del mar del Norte, es el mayor puerto de Alemania y uno de los mayores de Europa. Ciudad libre desde la Edad Media e integrante de la Hansa, prosperó con el comercio, y en los siglos XIX y XX se convirtió en una potencia naviera y mercantil, con su gran distrito de almacenes de ladrillo rojo, la Speicherstadt —hoy Patrimonio de la Humanidad—, construido para guardar café, especias, té y alfombras.

La historia de Hamburgo tiene también capítulos oscuros. En julio de 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, la ciudad sufrió la «Operación Gomorra», una serie de bombardeos aliados que provocaron una gigantesca tormenta de fuego y mataron a decenas de miles de personas —unas 34.000 según las estimaciones—, uno de los bombardeos más letales de la guerra en Alemania. Buena parte de la ciudad quedó destruida y hubo de reconstruirse tras la contienda.

Hoy Hamburgo es una de las ciudades más ricas y verdes de Alemania, con una fuerte identidad marinera y comercial. Su puerto sigue siendo su corazón económico; su barrio de St. Pauli y la Reeperbahn son legendarios por la vida nocturna (allí tocaron los Beatles en sus inicios); y la espectacular sala de conciertos de la Elbphilharmonie, inaugurada en 2017 sobre un viejo almacén portuario, se ha convertido en el nuevo emblema de la ciudad.

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Bremen, ciudad libre y los músicos de los Grimm

Bremen, la ciudad hanseática más pequeña, es una de las más antiguas y con más carácter del norte. Fue un importante centro eclesiástico —sede de un arzobispado misionero desde el siglo IX— y una próspera ciudad mercantil de la Hansa. Su plaza del mercado, con el imponente ayuntamiento renacentista (Patrimonio de la Humanidad) y la estatua de Roland —un caballero de piedra de más de cinco metros erigido en 1404 como símbolo de las libertades y los derechos de la ciudad—, es una de las más bellas de Alemania.

Bremen quedó fijada en el imaginario universal gracias a los hermanos Grimm y su cuento «Los músicos de Bremen» (Die Bremer Stadtmusikanten): la historia de un burro, un perro, un gato y un gallo, viejos y descartados por sus amos, que se ponen en camino hacia Bremen para ganarse la vida como músicos. La pequeña escultura de bronce de los cuatro animales, uno sobre otro, junto al ayuntamiento, es hoy uno de los rincones más fotografiados de la ciudad, aunque en el cuento los animales nunca llegan a entrar en ella.

A orillas del mar, Bremen desarrolló su puerto exterior, Bremerhaven, fundado en el siglo XIX para acoger a los grandes barcos. Bremen y Bremerhaven forman hoy la ciudad-Estado más pequeña de Alemania, que conserva su vieja tradición mercantil y marinera. Y fue precisamente desde sus muelles desde donde partieron, rumbo a América, millones de emigrantes europeos.

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La gran emigración a América

Los puertos del norte de Alemania fueron, durante más de un siglo, la principal puerta de salida de Europa hacia el Nuevo Mundo. Entre mediados del siglo XIX y comienzos del XX, cuando la pobreza rural, las crisis y las persecuciones empujaban a millones de europeos a buscar una vida nueva, Bremen/Bremerhaven y Hamburgo se convirtieron en los grandes embarcaderos de la emigración transatlántica. Por ellos pasaron no solo alemanes, sino también europeos del este y del centro que atravesaban Alemania para embarcar.

Se calcula que desde Bremerhaven emigraron más de siete millones de personas, y desde Hamburgo, por su parte, otros cinco millones; ambas ciudades competían por el lucrativo negocio del pasaje. Las grandes compañías navieras —la Norddeutscher Lloyd de Bremen y la HAPAG de Hamburgo, entonces la mayor naviera del mundo— construyeron flotas de transatlánticos y complejos de alojamiento para los emigrantes que esperaban su barco, como las Auswandererhallen (naves de emigrantes) de Hamburgo.

Esa epopeya humana dejó huella a ambos lados del océano. Buena parte de los millones de estadounidenses, brasileños, argentinos y de otros países de América con apellidos alemanes descienden de aquellos emigrantes. Hoy, museos como la Deutsches Auswandererhaus de Bremerhaven o la BallinStadt de Hamburgo reconstruyen aquella experiencia del viaje, la despedida y la esperanza, y permiten a los descendientes seguir el rastro de sus antepasados.

en.wikipedia.org · Bremerhavenen.wikipedia.org · BallinStadt

Un norte protestante, libre y abierto al mundo

El norte de Alemania abrazó tempranamente la Reforma luterana en el siglo XVI, y el protestantismo se convirtió en un rasgo profundo de su identidad, distinta del sur católico. Las ciudades hanseáticas, gobernadas por su burguesía mercantil, adoptaron la nueva fe y con ella una ética del trabajo, el ahorro y la sobriedad que combinaba bien con su carácter comercial. Ese contraste entre el norte protestante y hanseático y el sur católico y cortesano recorre toda la historia cultural alemana.

La mentalidad del norte se forjó en el mar y el comercio: pragmática, discreta, cosmopolita, orgullosa de sus libertades ciudadanas frente a príncipes y emperadores. Las ciudades-Estado de Hamburgo y Bremen mantuvieron a lo largo de los siglos un fuerte apego a su autonomía y a su tradición republicana, incluso dentro del Imperio alemán y de la Alemania federal actual.

Esa apertura al mundo tuvo también su reverso literario y humano: el norte de la burguesía comercial, con sus grandezas y decadencias familiares, quedó retratado para siempre en Los Buddenbrook, la gran novela de Thomas Mann —nacido en Lübeck— que le valió el Premio Nobel y que narra el auge y la caída de una familia de comerciantes hanseáticos. Todavía hoy, el norte marinero, protestante y burgués sigue siendo una de las Alemanias dentro de Alemania.

en.wikipedia.org · Free and Hanseatic City of Hamburgen.wikipedia.org · Thomas Mann
📍 Destinos de Norte
HamburgoBremen

📚 Bibliografía

  • Wikipedia (EN) — «Hanseatic League»: https://en.wikipedia.org/wiki/Hanseatic_League
  • Encyclopædia Britannica — «Hanseatic League»: https://www.britannica.com/topic/Hanseatic-League
  • Wikipedia (EN) — «Hamburg»: https://en.wikipedia.org/wiki/Hamburg
  • Unesco — «Speicherstadt and Kontorhaus District (Hamburg)»: https://whc.unesco.org/en/list/1467/
  • Wikipedia (EN) — «Bremen»: https://en.wikipedia.org/wiki/Bremen
  • Unesco — «Town Hall and Roland (Bremen)»: https://whc.unesco.org/en/list/1087/
  • Wikipedia (EN) — «Bremerhaven»: https://en.wikipedia.org/wiki/Bremerhaven
  • Wikipedia (EN) — «Thomas Mann»: https://en.wikipedia.org/wiki/Thomas_Mann

Oeste y el Rin

Historia de Oeste y el Rin · Alemania

Colonia, la gran ciudad romana del Rin

El valle del Rin fue la frontera y a la vez el corazón de la Germania romana, y ninguna ciudad lo encarna mejor que Colonia. Fundada como asentamiento en tiempos de Augusto, fue elevada al rango de colonia romana en el año 50 de nuestra era a instancias de Agripina la Menor —esposa del emperador Claudio y madre de Nerón—, que había nacido allí; de su nombre completo, Colonia Claudia Ara Agrippinensium, derivan tanto «Colonia» como su nombre alemán, Köln. Se convirtió en capital de la provincia de la Germania Inferior y en una de las mayores ciudades del norte del Imperio, con murallas, foro, templos, acueducto y puerto fluvial.

De aquel pasado romano Colonia conserva un rico legado arqueológico —restos de murallas, mosaicos, el célebre Mosaico de Dionisio— y una continuidad urbana de dos mil años. Otras ciudades renanas comparten ese origen: Tréveris (Trier), la «Roma del norte», fue residencia imperial y guarda las mayores ruinas romanas al norte de los Alpes, como la Porta Nigra; Maguncia (Mainz) y Bonn nacieron también como plazas romanas.

Tras la caída de Roma, Colonia siguió siendo una ciudad clave. Su continuidad como centro urbano, comercial y religioso a lo largo de toda la Edad Media la convirtió en una de las mayores y más ricas ciudades del Sacro Imperio, y su arzobispo, en uno de los siete príncipes electores que elegían al emperador.

en.wikipedia.org · Cologneen.wikipedia.org · Colonia Claudia Ara Agrippinensium

La Colonia arzobispal y su catedral

En la Edad Media, Colonia fue una potencia eclesiástica y comercial de primer orden. Su arzobispo era a la vez señor de la ciudad y elector del Imperio, y la urbe, integrante de la Hansa, era la mayor de Alemania, con decenas de iglesias románicas —muchas de las cuales aún se conservan— y una intensa vida religiosa y mercantil. La adquisición en 1164 de las supuestas reliquias de los Reyes Magos, traídas de Milán, la convirtió en un gran centro de peregrinación.

Para albergar esas reliquias se emprendió, en 1248, la construcción de la catedral de Colonia (Kölner Dom), concebida como la mayor iglesia gótica del norte de Europa. La obra fue tan ambiciosa que se detuvo durante siglos —la catedral quedó inacabada, con una grúa medieval sobre una de sus torres como símbolo de la ciudad— y no se completó hasta 1880, en pleno auge nacionalista alemán, siguiendo los planos originales. Con sus dos torres de más de 157 metros, fue durante un tiempo el edificio más alto del mundo y es hoy Patrimonio de la Humanidad y el monumento más visitado de Alemania.

La catedral sobrevivió, ennegrecida pero en pie, a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial que arrasaron el resto del centro de Colonia. Su silueta emergiendo entre las ruinas se convirtió en una imagen icónica de la posguerra. Hoy, restaurada la ciudad, el Dom sigue dominando la orilla del Rin y presidiendo la vida de una Colonia célebre además por su carnaval, uno de los más famosos y multitudinarios de Europa.

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El valle del Rin: castillos, leyendas y Romanticismo

Entre las ciudades de Bingen y Coblenza, el Rin se estrecha en un desfiladero espectacular flanqueado de laderas cubiertas de viñedos, pueblos vinícolas y una densa sucesión de castillos medievales encaramados en las alturas. Este tramo, el Alto Valle del Medio Rin (Oberes Mittelrheintal), es Patrimonio de la Humanidad y uno de los paisajes fluviales más célebres del mundo. Los castillos —Marksburg, Rheinstein, Pfalzgrafenstein sobre una isla en mitad del río— fueron levantados en su mayoría por señores feudales y arzobispos para cobrar peajes a los barcos que remontaban o descendían el Rin, una de las grandes rutas comerciales de Europa.

En este paisaje se sitúa la leyenda de la Lorelei, la roca de más de cien metros donde, según la tradición romántica, una hermosa doncella peinaba sus cabellos de oro y con su canto atraía a los barqueros hacia los peligrosos rápidos, provocando naufragios. El poeta Heinrich Heine la inmortalizó en 1824 en un poema que se hizo célebre canción popular. La leyenda, aunque de creación moderna, condensa el poder de fascinación que el Rin ejerció sobre el Romanticismo.

Porque el Rin fue, en el siglo XIX, el río del Romanticismo alemán por excelencia. Sus castillos en ruinas, sus brumas, sus viñedos y sus leyendas encarnaban el ideal romántico de un pasado medieval mítico, y se convirtieron en tema de poetas, pintores y músicos, y en símbolo de la identidad nacional alemana —«el Rin, río alemán»—. Aquel «Rin romántico» fue, además, uno de los primeros destinos del turismo moderno, recorrido en barco de vapor por viajeros de toda Europa, como todavía hoy.

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Fráncfort, las coronaciones imperiales y la banca

Fráncfort del Meno (Frankfurt am Main) tuvo durante siglos un papel institucional de primer orden en el Sacro Imperio. Ciudad libre imperial y sede de importantes ferias comerciales, fue el lugar donde, desde la Edad Media, se elegían los reyes de romanos; y a partir de la Bula de Oro de 1356 quedó fijada oficialmente como la ciudad de la elección imperial. Más tarde pasó a ser también el lugar de las coronaciones, que se celebraban en su catedral de San Bartolomé (el Kaiserdom). En el Römer, su ayuntamiento medieval, los nuevos emperadores celebraban el banquete de coronación.

Esa vocación política reapareció en un momento clave: en 1848-1849, la iglesia de San Pablo (Paulskirche) de Fráncfort acogió al primer Parlamento alemán elegido, la Asamblea Nacional que intentó dar a Alemania una constitución liberal y unificarla desde la democracia. Aquel experimento fracasó, pero la Paulskirche quedó como cuna simbólica del constitucionalismo y la democracia alemanes.

Fráncfort fue además, desde antiguo, una ciudad de banqueros y comerciantes —allí nació la dinastía financiera de los Rothschild, en su antiguo barrio judío— y esa tradición la ha convertido en la capital financiera de la Alemania contemporánea: sede de la Bolsa alemana, del Bundesbank y del Banco Central Europeo, con un perfil de rascacielos único en el país que le ha valido el apodo de «Mainhattan». Su aeropuerto es uno de los mayores de Europa. Reconstruida tras los bombardeos de la guerra, Fráncfort combina hoy los pocos vestigios de su casco medieval con un skyline de vidrio y acero.

en.wikipedia.org · Frankfurten.wikipedia.org · Frankfurt Parliament

La cuenca del Ruhr, forja industrial de Alemania

Al norte del Rin, en torno a ríos como el Ruhr y el Emscher, se extiende la mayor región industrial de Alemania y una de las mayores de Europa: el Ruhrgebiet, un conjunto de ciudades —Essen, Dortmund, Duisburg, Bochum, Gelsenkirchen— que crecieron pegadas unas a otras. A partir del siglo XIX, la abundancia de carbón bajo su suelo desató una industrialización vertiginosa: se abrieron minas, se levantaron altos hornos y acerías, y la región se convirtió en el corazón del carbón y el acero alemanes, la base material del poder económico y militar del país.

El Ruhr fue el motor del «taller de Alemania». Aquí forjaron su imperio empresas y familias como los Krupp de Essen, cuyos cañones y acero armaron a los ejércitos del Reich a lo largo de varias guerras. Esa condición de arsenal industrial hizo del Ruhr un blanco prioritario en las dos guerras mundiales: fue ocupado por Francia en 1923 por impago de reparaciones, y machacado por los bombardeos aliados en 1943-1945, incluidos los ataques a sus presas (la «operación Chastise» de los dam busters).

En la segunda mitad del siglo XX, el cierre progresivo de las minas de carbón y la crisis de la siderurgia obligaron al Ruhr a una profunda reconversión. Hoy la región ha transformado buena parte de su viejo patrimonio industrial en museos, parques y espacios culturales: el complejo minero de Zollverein en Essen, con su arquitectura industrial, es Patrimonio de la Humanidad y símbolo de esa metamorfosis de una tierra de carbón y acero en una región de cultura, universidades y servicios.

en.wikipedia.org · Ruhrwhc.unesco.org
📍 Destinos de Oeste y el Rin
ColoniaValle Del RinFrankfurt

📚 Bibliografía

  • Wikipedia (EN) — «Cologne»: https://en.wikipedia.org/wiki/Cologne
  • Wikipedia (EN) — «Colonia Claudia Ara Agrippinensium»: https://en.wikipedia.org/wiki/Colonia_Claudia_Ara_Agrippinensium
  • Unesco — «Cologne Cathedral»: https://whc.unesco.org/en/list/292/
  • Unesco — «Upper Middle Rhine Valley»: https://whc.unesco.org/en/list/1066/
  • Wikipedia (EN) — «Rhine Gorge»: https://en.wikipedia.org/wiki/Rhine_Gorge
  • Wikipedia (EN) — «Frankfurt»: https://en.wikipedia.org/wiki/Frankfurt
  • Wikipedia (EN) — «Frankfurt Parliament»: https://en.wikipedia.org/wiki/Frankfurt_Parliament
  • Wikipedia (EN) — «Ruhr»: https://en.wikipedia.org/wiki/Ruhr
  • Unesco — «Zollverein Coal Mine Industrial Complex»: https://whc.unesco.org/en/list/975/

Sur (Baviera y Selva Negra)

Historia de Sur (Baviera y Selva Negra) · Alemania

Baviera y los Wittelsbach

Baviera es la región más grande y una de las más antiguas de Alemania, con una identidad tan fuerte y distintiva —católica, rural y montañosa, con sus Alpes, su cerveza, sus trajes tradicionales y su dialecto— que a menudo se siente casi como un país aparte. Su historia como Estado se remonta a la Edad Media, y durante más de setecientos años, desde 1180 hasta 1918, estuvo gobernada por una sola dinastía: los Wittelsbach, una de las casas reinantes más longevas de Europa.

Bajo los Wittelsbach, Baviera fue ducado, luego electorado y finalmente reino. Fue un firme bastión del catolicismo durante la Reforma y la Contrarreforma, lo que dejó una huella profunda en su arte barroco, sus iglesias recargadas y sus monasterios. En 1806, aprovechando la reorganización napoleónica de Alemania, el elector bávaro fue elevado a rey, y el Reino de Baviera se consolidó como el segundo Estado alemán en tamaño después de Prusia.

Baviera se incorporó al Imperio alemán en 1871, pero conservó ciertos privilegios y una marcada personalidad propia, siempre celosa de su autonomía frente a la Prusia protestante del norte. Esa tensión entre lo bávaro y lo alemán, entre el sur católico y el norte protestante, ha recorrido la historia del país. Munich (München), su capital, se convirtió en una de las grandes ciudades culturales de Alemania y hoy es una de las más prósperas, sede de la Oktoberfest y símbolo mundial de la imagen tradicional —y algo estereotipada— de Alemania.

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Luis II y los castillos de fantasía

El más célebre y trágico de los Wittelsbach fue el rey Luis II de Baviera (Ludwig II), que reinó de 1864 a 1886. Introvertido, soñador y obsesionado con la belleza, Luis II fue un rey más interesado en el arte, la música y la arquitectura que en el gobierno. Fue el gran mecenas del compositor Richard Wagner, a quien rescató de sus deudas y cuyas óperas —con sus mundos de mitología germánica y caballeros medievales— alimentaron su imaginación.

Con las arcas de su fortuna personal, Luis II mandó construir una serie de castillos fantásticos que son hoy los más visitados de Alemania. El más famoso es Neuschwanstein, encaramado sobre un peñasco alpino cerca de Füssen: un castillo de cuento de hadas, con torres y torreones blancos, inspirado en las leyendas medievales y en las óperas de Wagner, que empezó a construirse en 1869. Paradójicamente, no es un castillo medieval sino una fantasía romántica del siglo XIX, dotada de tecnología moderna. Su silueta inspiró el castillo de los parques de Disney. Luis levantó además los palacios de Linderhof y Herrenchiemsee, este último una imitación de Versalles.

El final del «rey loco» fue oscuro. Sus gastos desmesurados en construcciones y su desinterés por el gobierno llevaron a sus ministros a declararlo mentalmente incapacitado y a destituirlo en 1886. Pocos días después, Luis II apareció ahogado, junto a su médico, en el lago Starnberg, en circunstancias nunca aclaradas que alimentan aún hoy todo tipo de teorías. Neuschwanstein, que él quiso como refugio privado y que apenas llegó a habitar, se abrió al público tras su muerte y recibe hoy más de un millón de visitantes al año, convertido en el emblema turístico de Baviera.

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Múnich: cuna del nazismo y de la Rosa Blanca

Múnich carga con un capítulo sombrío de la historia alemana: fue la cuna del nazismo. En el clima de resentimiento y agitación que siguió a la Primera Guerra Mundial, la ciudad se convirtió en un caldo de cultivo de la extrema derecha, y allí, en las cervecerías, Adolf Hitler dio sus primeros pasos políticos y tomó el control del pequeño Partido Nacionalsocialista a comienzos de los años veinte. El 8 y 9 de noviembre de 1923, Hitler protagonizó en Múnich el fracasado «putsch de la cervecería» (Bürgerbräu-Putsch), un intento de golpe de Estado que le costó la cárcel —donde escribió Mein Kampf— pero le dio fama nacional. Los nazis llamarían luego a Múnich la «capital del movimiento», y a pocos kilómetros, en 1933, abrieron su primer campo de concentración, Dachau.

Pero Múnich fue también escenario de uno de los actos más nobles de resistencia al régimen. En 1942-1943, un grupo de estudiantes de su universidad, encabezados por los hermanos Hans y Sophie Scholl y el profesor Kurt Huber, formó la Rosa Blanca (Weiße Rose), un movimiento clandestino que redactó y distribuyó panfletos llamando a los alemanes a alzarse contra Hitler y a poner fin a la guerra y a los crímenes del nazismo. Descubiertos al arrojar octavillas en el patio de la universidad en febrero de 1943, los principales miembros fueron detenidos por la Gestapo, juzgados sumariamente y ejecutados en la guillotina pocos días después. Sophie Scholl tenía 21 años.

Hoy Múnich honra esa memoria doble: los monumentos y el memorial del campo de Dachau recuerdan a las víctimas del nazismo, y la plaza frente a la universidad lleva el nombre de los hermanos Scholl, con las octavillas de la Rosa Blanca reproducidas en bronce sobre el pavimento. La ciudad que vio nacer el movimiento nazi conserva también, así, el recuerdo de quienes tuvieron el coraje de enfrentarlo.

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Núremberg: de ciudad imperial a los juicios

Núremberg (Nürnberg) fue una de las mayores y más brillantes ciudades libres del Sacro Imperio. En los siglos XV y XVI vivió su edad de oro como centro del comercio, la artesanía y el humanismo alemán: aquí trabajó el gran pintor y grabador Alberto Durero, cuya casa aún se conserva; aquí se fabricaron los primeros relojes de bolsillo y globos terráqueos; y la ciudad fue un temprano foco de la Reforma. Su condición de sede tradicional de la Dieta imperial le daba además un peso simbólico especial dentro del Imperio.

Precisamente por esa carga simbólica de vieja capital del «Primer Reich», los nazis eligieron Núremberg como escenario de sus grandes concentraciones anuales, los mítines del Partido (Reichsparteitage), coreografiados como espectáculos de masas en un colosal recinto diseñado por Albert Speer. Allí se proclamaron en 1935 las infames Leyes de Núremberg, que privaron a los judíos alemanes de la ciudadanía y sentaron las bases legales de su persecución. La ciudad quedó así ligada para siempre a la propaganda y la ideología nazis.

Por eso tuvo un poderoso valor simbólico que fuera Núremberg la ciudad elegida, tras la guerra, para juzgar a los criminales del régimen. Entre 1945 y 1946, el Tribunal Militar Internacional celebró allí los Juicios de Núremberg, en los que las potencias vencedoras procesaron a los principales dirigentes nazis supervivientes por crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y crímenes contra la paz. Fue un hito en la historia del derecho internacional: por primera vez, altos responsables de un Estado eran juzgados y condenados por sus crímenes ante un tribunal. Varios acusados fueron condenados a muerte y ejecutados. La sala 600 donde se celebraron los juicios se conserva hoy como memorial.

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La Selva Negra, entre el folclore y el termalismo

En el extremo suroeste de Alemania, en el land de Baden-Wurtemberg, se extiende la Selva Negra (Schwarzwald), una región montañosa de bosques densos de coníferas —tan oscuros que los romanos les dieron ese nombre—, valles, cascadas, lagos y pueblos de casas con grandes tejados de madera. Frontera natural con Francia a lo largo del Rin, la Selva Negra es una de las regiones de naturaleza más emblemáticas y visitadas del país.

La Selva Negra es cuna de tradiciones que se han vuelto símbolos de Alemania en el mundo. Aquí nació y se perfeccionó, desde el siglo XVIII, la industria del reloj de cuco, fabricado artesanalmente por familias campesinas durante los largos inviernos; aún hoy la región vive en parte de esa artesanía relojera. De aquí es también la célebre tarta Selva Negra (Schwarzwälder Kirschtorte), de chocolate, nata y cerezas al kirsch, y los sombreros tradicionales de pompones rojos (Bollenhut) de sus trajes regionales.

Sus aguas termales dieron fama internacional a algunas de sus ciudades. Baden-Baden, en el borde de la Selva Negra, se convirtió en el siglo XIX en el balneario más elegante de Europa, lugar de veraneo de la aristocracia, los escritores y los jugadores del continente, con sus termas romanas, su casino y su ambiente cosmopolita. Y en la ciudad universitaria de Friburgo (Freiburg), a las puertas de la Selva Negra, con su catedral gótica y su fama de ciudad ecológica y soleada, la región muestra su cara más viva y contemporánea. Entre el folclore, el termalismo y la naturaleza, la Selva Negra sigue encarnando la Alemania romántica y arbolada de los cuentos.

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📍 Destinos de Sur (Baviera y Selva Negra)
NurembergMunichCastillo De NeuschwansteinSelva Negra

📚 Bibliografía

  • Wikipedia (EN) — «Bavaria»: https://en.wikipedia.org/wiki/Bavaria
  • Wikipedia (EN) — «House of Wittelsbach»: https://en.wikipedia.org/wiki/House_of_Wittelsbach
  • Wikipedia (EN) — «Ludwig II of Bavaria»: https://en.wikipedia.org/wiki/Ludwig_II_of_Bavaria
  • Wikipedia (EN) — «Neuschwanstein Castle»: https://en.wikipedia.org/wiki/Neuschwanstein_Castle
  • USHMM (Holocaust Encyclopedia) — «The White Rose»: https://encyclopedia.ushmm.org/content/en/article/the-white-rose
  • Wikipedia (EN) — «White Rose»: https://en.wikipedia.org/wiki/White_Rose
  • Wikipedia (EN) — «Nuremberg trials»: https://en.wikipedia.org/wiki/Nuremberg_trials
  • Wikipedia (EN) — «Black Forest»: https://en.wikipedia.org/wiki/Black_Forest
  • Wikipedia (EN) — «Baden-Baden»: https://en.wikipedia.org/wiki/Baden-Baden

📚 Bibliografía

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Bastei Bridge in Saxon Switzerland (30011450063)