Berlín nació como una modesta doble villa mercantil (Berlín y Cölln) a orillas del río Spree, en el siglo XIII, en la marca de Brandeburgo. Su destino cambió cuando la dinastía de los Hohenzollern la eligió como residencia. Bajo el «Gran Elector» Federico Guillermo, en el siglo XVII, Berlín se repobló tras la Guerra de los Treinta Años y acogió a miles de hugonotes franceses protestantes expulsados de Francia, que le aportaron industria, oficios y refinamiento. En 1701 se convirtió en capital del nuevo reino de Prusia.
Con Federico el Grande y sus sucesores, Berlín creció como capital militar, administrativa y cultural, sede de una universidad ilustre (la actual Humboldt) y de una vida intelectual brillante. Cuando en 1871 Bismarck unificó Alemania, Berlín pasó de ser capital de Prusia a capital del Imperio alemán, y en pocas décadas se transformó en una metrópoli industrial de millones de habitantes, con su avenida Unter den Linden, su Reichstag y su Puerta de Brandeburgo como símbolos.
En el siglo XX, Berlín fue el escenario central de la tragedia y el renacimiento alemanes: capital de la vibrante Weimar, capital del Tercer Reich, ciudad arrasada en 1945, ciudad partida por el Muro durante la Guerra Fría y, desde 1990, capital reunificada de la Alemania democrática. Pocas ciudades del mundo condensan en sus calles tanta historia del siglo XX.
A las puertas de Berlín, Potsdam fue la Versalles de Prusia, la residencia de recreo y de gobierno de los reyes Hohenzollern. Su joya es Sanssouci («sin preocupaciones», en francés), el palacio rococó y su parque de terrazas escalonadas que Federico el Grande hizo construir a mediados del siglo XVIII como refugio personal, donde tocaba la flauta, conversaba de filosofía con Voltaire y quiso ser enterrado junto a sus perros. El conjunto de palacios y jardines de Potsdam es hoy Patrimonio de la Humanidad.
Potsdam fue también sede del militarismo prusiano —con su guarnición y su Iglesia de la Guarnición— y escenario de gestos políticos cargados de simbolismo, como el «Día de Potsdam» de 1933, en que los nazis escenificaron su alianza con la vieja Prusia conservadora. Y fue allí, en el palacio de Cecilienhof, donde en el verano de 1945 se celebró la Conferencia de Potsdam: Stalin, Truman y Churchill (luego Attlee) decidieron el destino de la Alemania derrotada, su ocupación, su desnazificación y las fronteras de la posguerra.
Durante la Guerra Fría, Potsdam quedó del lado oriental, y por su famoso puente de Glienicke —el «puente de los espías»— se intercambiaron agentes entre el Este y el Oeste. Hoy la ciudad combina sus palacios reales, sus jardines y su barrio holandés con la memoria de haber sido, más de una vez, el lugar donde se decidió el futuro de Alemania.
Dresde, capital de Sajonia a orillas del Elba, fue una de las ciudades más bellas de Europa, apodada la «Florencia del Elba» por su esplendor barroco. Ese esplendor se lo debe sobre todo a Augusto II el Fuerte, elector de Sajonia y rey de Polonia a comienzos del siglo XVIII, gran mecenas que llenó la ciudad de palacios y colecciones de arte: el Zwinger, el palacio residencial, la iglesia de Nuestra Señora (Frauenkirche) con su gran cúpula de piedra, y unas colecciones de pintura y de porcelana entre las mejores del continente. En las cercanías, Augusto fundó la manufactura de Meissen, la primera porcelana de Europa.
En la noche del 13 al 14 de febrero de 1945, en las últimas semanas de la guerra, la aviación británica y estadounidense sometió a Dresde a un bombardeo incendiario que desató una tormenta de fuego y destruyó el casco histórico casi por completo. La cifra de víctimas fue durante mucho tiempo objeto de manipulación: la propaganda nazi primero, y luego los negacionistas, la inflaron hasta cientos de miles de muertos. Una comisión de historiadores designada por la ciudad concluyó en 2010, tras años de investigación en archivos, registros y cementerios, que murieron alrededor de 25.000 personas: una cifra terrible, pero muy lejos de las exageraciones propagandísticas.
Durante la RDA, las ruinas de la Frauenkirche se dejaron en pie como monumento en contra de la guerra. Tras la reunificación, la iglesia fue reconstruida piedra a piedra —usando muchos sillares originales ennegrecidos— y reinaugurada en 2005 como símbolo de reconciliación, con una cruz donada por Gran Bretaña. Hoy Dresde, restaurada, vuelve a mostrar su barroco, aunque su historia reciente sigue siendo un recordatorio de la destrucción de la guerra y de la manipulación política de la memoria.
Leipzig, la otra gran ciudad de Sajonia, fue durante siglos una capital del comercio y la cultura. Su ubicación en el cruce de rutas la convirtió en sede de una de las ferias comerciales más antiguas y célebres de Europa, y su universidad, fundada en 1409, es una de las más antiguas de Alemania. Fue también una capital de la música: Johann Sebastian Bach trabajó aquí como cantor de la iglesia de Santo Tomás durante 27 años, hasta su muerte en 1750, y aquí compuso buena parte de su obra sacra; más tarde vivieron y trabajaron en la ciudad Mendelssohn, Schumann y Wagner, nacido en Leipzig.
En 1813, en sus alrededores se libró la colosal Batalla de las Naciones (Völkerschlacht), en la que una coalición europea derrotó a Napoleón en el mayor combate de las guerras napoleónicas; el monumental Völkerschlachtdenkmal la conmemora. Pero el papel más decisivo de Leipzig en la historia llegaría casi dos siglos después.
En el otoño de 1989, la iglesia de San Nicolás de Leipzig se convirtió en el epicentro de la revolución pacífica que derribó a la RDA. Cada lunes, tras las oraciones por la paz, miles y luego cientos de miles de ciudadanos salían a las calles con velas al grito de «¡Wir sind das Volk!» («¡Nosotros somos el pueblo!»), en las llamadas «manifestaciones de los lunes» (Montagsdemonstrationen). La manifestación del 9 de octubre de 1989, con 70.000 personas que el régimen no se atrevió a reprimir, marcó el punto de no retorno. Un mes después caía el Muro de Berlín. Leipzig se ganó así el nombre de «ciudad de los héroes» de la revolución pacífica alemana.
Tras la guerra, Berlín quedó en el centro geográfico de la zona de ocupación soviética, pero a su vez dividida en cuatro sectores. Cuando en 1949 nacieron las dos Alemanias, Berlín Oriental se convirtió en capital de la RDA comunista, mientras Berlín Occidental quedó como un enclave capitalista y democrático rodeado por territorio de la RDA, unido a Occidente. Ya en 1948-1949 los soviéticos habían intentado ahogarlo con un bloqueo, que los Aliados burlaron con el heroico «puente aéreo» que abasteció a la ciudad durante casi un año.
El éxodo constante de ciudadanos que huían de la RDA hacia el Oeste a través de Berlín amenazaba con desangrar al Estado socialista. Para impedirlo, la madrugada del 13 de agosto de 1961 la RDA cerró la frontera y empezó a levantar el Muro de Berlín, un sistema de muros, alambradas, torres de vigilancia y una «franja de la muerte» que rodeó por completo Berlín Occidental durante 28 años. El Muro separó familias, calles y barrios de un día para otro. Al menos 140 personas murieron intentando cruzarlo, muchas abatidas por los guardias fronterizos.
El Muro se convirtió en el símbolo mundial de la Guerra Fría y de la falta de libertad del bloque soviético. Ante él, el presidente Kennedy proclamó en 1963 «Ich bin ein Berliner», y Reagan pidió en 1987 «derribe este muro». La presión interna de 1989 hizo el resto: la noche del 9 de noviembre de 1989, tras el anuncio confuso de una apertura de fronteras, multitudes de berlineses del Este se agolparon en los pasos, los guardias cedieron y la gente empezó a cruzar y a picar el Muro con sus propias manos. Hoy quedan tramos conservados —como la East Side Gallery, pintada por artistas— y una línea en el suelo que recuerda por dónde corría aquella herida de hormigón.