Baviera es la región más grande y una de las más antiguas de Alemania, con una identidad tan fuerte y distintiva —católica, rural y montañosa, con sus Alpes, su cerveza, sus trajes tradicionales y su dialecto— que a menudo se siente casi como un país aparte. Su historia como Estado se remonta a la Edad Media, y durante más de setecientos años, desde 1180 hasta 1918, estuvo gobernada por una sola dinastía: los Wittelsbach, una de las casas reinantes más longevas de Europa.
Bajo los Wittelsbach, Baviera fue ducado, luego electorado y finalmente reino. Fue un firme bastión del catolicismo durante la Reforma y la Contrarreforma, lo que dejó una huella profunda en su arte barroco, sus iglesias recargadas y sus monasterios. En 1806, aprovechando la reorganización napoleónica de Alemania, el elector bávaro fue elevado a rey, y el Reino de Baviera se consolidó como el segundo Estado alemán en tamaño después de Prusia.
Baviera se incorporó al Imperio alemán en 1871, pero conservó ciertos privilegios y una marcada personalidad propia, siempre celosa de su autonomía frente a la Prusia protestante del norte. Esa tensión entre lo bávaro y lo alemán, entre el sur católico y el norte protestante, ha recorrido la historia del país. Munich (München), su capital, se convirtió en una de las grandes ciudades culturales de Alemania y hoy es una de las más prósperas, sede de la Oktoberfest y símbolo mundial de la imagen tradicional —y algo estereotipada— de Alemania.
El más célebre y trágico de los Wittelsbach fue el rey Luis II de Baviera (Ludwig II), que reinó de 1864 a 1886. Introvertido, soñador y obsesionado con la belleza, Luis II fue un rey más interesado en el arte, la música y la arquitectura que en el gobierno. Fue el gran mecenas del compositor Richard Wagner, a quien rescató de sus deudas y cuyas óperas —con sus mundos de mitología germánica y caballeros medievales— alimentaron su imaginación.
Con las arcas de su fortuna personal, Luis II mandó construir una serie de castillos fantásticos que son hoy los más visitados de Alemania. El más famoso es Neuschwanstein, encaramado sobre un peñasco alpino cerca de Füssen: un castillo de cuento de hadas, con torres y torreones blancos, inspirado en las leyendas medievales y en las óperas de Wagner, que empezó a construirse en 1869. Paradójicamente, no es un castillo medieval sino una fantasía romántica del siglo XIX, dotada de tecnología moderna. Su silueta inspiró el castillo de los parques de Disney. Luis levantó además los palacios de Linderhof y Herrenchiemsee, este último una imitación de Versalles.
El final del «rey loco» fue oscuro. Sus gastos desmesurados en construcciones y su desinterés por el gobierno llevaron a sus ministros a declararlo mentalmente incapacitado y a destituirlo en 1886. Pocos días después, Luis II apareció ahogado, junto a su médico, en el lago Starnberg, en circunstancias nunca aclaradas que alimentan aún hoy todo tipo de teorías. Neuschwanstein, que él quiso como refugio privado y que apenas llegó a habitar, se abrió al público tras su muerte y recibe hoy más de un millón de visitantes al año, convertido en el emblema turístico de Baviera.
Múnich carga con un capítulo sombrío de la historia alemana: fue la cuna del nazismo. En el clima de resentimiento y agitación que siguió a la Primera Guerra Mundial, la ciudad se convirtió en un caldo de cultivo de la extrema derecha, y allí, en las cervecerías, Adolf Hitler dio sus primeros pasos políticos y tomó el control del pequeño Partido Nacionalsocialista a comienzos de los años veinte. El 8 y 9 de noviembre de 1923, Hitler protagonizó en Múnich el fracasado «putsch de la cervecería» (Bürgerbräu-Putsch), un intento de golpe de Estado que le costó la cárcel —donde escribió Mein Kampf— pero le dio fama nacional. Los nazis llamarían luego a Múnich la «capital del movimiento», y a pocos kilómetros, en 1933, abrieron su primer campo de concentración, Dachau.
Pero Múnich fue también escenario de uno de los actos más nobles de resistencia al régimen. En 1942-1943, un grupo de estudiantes de su universidad, encabezados por los hermanos Hans y Sophie Scholl y el profesor Kurt Huber, formó la Rosa Blanca (Weiße Rose), un movimiento clandestino que redactó y distribuyó panfletos llamando a los alemanes a alzarse contra Hitler y a poner fin a la guerra y a los crímenes del nazismo. Descubiertos al arrojar octavillas en el patio de la universidad en febrero de 1943, los principales miembros fueron detenidos por la Gestapo, juzgados sumariamente y ejecutados en la guillotina pocos días después. Sophie Scholl tenía 21 años.
Hoy Múnich honra esa memoria doble: los monumentos y el memorial del campo de Dachau recuerdan a las víctimas del nazismo, y la plaza frente a la universidad lleva el nombre de los hermanos Scholl, con las octavillas de la Rosa Blanca reproducidas en bronce sobre el pavimento. La ciudad que vio nacer el movimiento nazi conserva también, así, el recuerdo de quienes tuvieron el coraje de enfrentarlo.
Núremberg (Nürnberg) fue una de las mayores y más brillantes ciudades libres del Sacro Imperio. En los siglos XV y XVI vivió su edad de oro como centro del comercio, la artesanía y el humanismo alemán: aquí trabajó el gran pintor y grabador Alberto Durero, cuya casa aún se conserva; aquí se fabricaron los primeros relojes de bolsillo y globos terráqueos; y la ciudad fue un temprano foco de la Reforma. Su condición de sede tradicional de la Dieta imperial le daba además un peso simbólico especial dentro del Imperio.
Precisamente por esa carga simbólica de vieja capital del «Primer Reich», los nazis eligieron Núremberg como escenario de sus grandes concentraciones anuales, los mítines del Partido (Reichsparteitage), coreografiados como espectáculos de masas en un colosal recinto diseñado por Albert Speer. Allí se proclamaron en 1935 las infames Leyes de Núremberg, que privaron a los judíos alemanes de la ciudadanía y sentaron las bases legales de su persecución. La ciudad quedó así ligada para siempre a la propaganda y la ideología nazis.
Por eso tuvo un poderoso valor simbólico que fuera Núremberg la ciudad elegida, tras la guerra, para juzgar a los criminales del régimen. Entre 1945 y 1946, el Tribunal Militar Internacional celebró allí los Juicios de Núremberg, en los que las potencias vencedoras procesaron a los principales dirigentes nazis supervivientes por crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y crímenes contra la paz. Fue un hito en la historia del derecho internacional: por primera vez, altos responsables de un Estado eran juzgados y condenados por sus crímenes ante un tribunal. Varios acusados fueron condenados a muerte y ejecutados. La sala 600 donde se celebraron los juicios se conserva hoy como memorial.
En el extremo suroeste de Alemania, en el land de Baden-Wurtemberg, se extiende la Selva Negra (Schwarzwald), una región montañosa de bosques densos de coníferas —tan oscuros que los romanos les dieron ese nombre—, valles, cascadas, lagos y pueblos de casas con grandes tejados de madera. Frontera natural con Francia a lo largo del Rin, la Selva Negra es una de las regiones de naturaleza más emblemáticas y visitadas del país.
La Selva Negra es cuna de tradiciones que se han vuelto símbolos de Alemania en el mundo. Aquí nació y se perfeccionó, desde el siglo XVIII, la industria del reloj de cuco, fabricado artesanalmente por familias campesinas durante los largos inviernos; aún hoy la región vive en parte de esa artesanía relojera. De aquí es también la célebre tarta Selva Negra (Schwarzwälder Kirschtorte), de chocolate, nata y cerezas al kirsch, y los sombreros tradicionales de pompones rojos (Bollenhut) de sus trajes regionales.
Sus aguas termales dieron fama internacional a algunas de sus ciudades. Baden-Baden, en el borde de la Selva Negra, se convirtió en el siglo XIX en el balneario más elegante de Europa, lugar de veraneo de la aristocracia, los escritores y los jugadores del continente, con sus termas romanas, su casino y su ambiente cosmopolita. Y en la ciudad universitaria de Friburgo (Freiburg), a las puertas de la Selva Negra, con su catedral gótica y su fama de ciudad ecológica y soleada, la región muestra su cara más viva y contemporánea. Entre el folclore, el termalismo y la naturaleza, la Selva Negra sigue encarnando la Alemania romántica y arbolada de los cuentos.