El valle del Rin fue la frontera y a la vez el corazón de la Germania romana, y ninguna ciudad lo encarna mejor que Colonia. Fundada como asentamiento en tiempos de Augusto, fue elevada al rango de colonia romana en el año 50 de nuestra era a instancias de Agripina la Menor —esposa del emperador Claudio y madre de Nerón—, que había nacido allí; de su nombre completo, Colonia Claudia Ara Agrippinensium, derivan tanto «Colonia» como su nombre alemán, Köln. Se convirtió en capital de la provincia de la Germania Inferior y en una de las mayores ciudades del norte del Imperio, con murallas, foro, templos, acueducto y puerto fluvial.
De aquel pasado romano Colonia conserva un rico legado arqueológico —restos de murallas, mosaicos, el célebre Mosaico de Dionisio— y una continuidad urbana de dos mil años. Otras ciudades renanas comparten ese origen: Tréveris (Trier), la «Roma del norte», fue residencia imperial y guarda las mayores ruinas romanas al norte de los Alpes, como la Porta Nigra; Maguncia (Mainz) y Bonn nacieron también como plazas romanas.
Tras la caída de Roma, Colonia siguió siendo una ciudad clave. Su continuidad como centro urbano, comercial y religioso a lo largo de toda la Edad Media la convirtió en una de las mayores y más ricas ciudades del Sacro Imperio, y su arzobispo, en uno de los siete príncipes electores que elegían al emperador.
En la Edad Media, Colonia fue una potencia eclesiástica y comercial de primer orden. Su arzobispo era a la vez señor de la ciudad y elector del Imperio, y la urbe, integrante de la Hansa, era la mayor de Alemania, con decenas de iglesias románicas —muchas de las cuales aún se conservan— y una intensa vida religiosa y mercantil. La adquisición en 1164 de las supuestas reliquias de los Reyes Magos, traídas de Milán, la convirtió en un gran centro de peregrinación.
Para albergar esas reliquias se emprendió, en 1248, la construcción de la catedral de Colonia (Kölner Dom), concebida como la mayor iglesia gótica del norte de Europa. La obra fue tan ambiciosa que se detuvo durante siglos —la catedral quedó inacabada, con una grúa medieval sobre una de sus torres como símbolo de la ciudad— y no se completó hasta 1880, en pleno auge nacionalista alemán, siguiendo los planos originales. Con sus dos torres de más de 157 metros, fue durante un tiempo el edificio más alto del mundo y es hoy Patrimonio de la Humanidad y el monumento más visitado de Alemania.
La catedral sobrevivió, ennegrecida pero en pie, a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial que arrasaron el resto del centro de Colonia. Su silueta emergiendo entre las ruinas se convirtió en una imagen icónica de la posguerra. Hoy, restaurada la ciudad, el Dom sigue dominando la orilla del Rin y presidiendo la vida de una Colonia célebre además por su carnaval, uno de los más famosos y multitudinarios de Europa.
Entre las ciudades de Bingen y Coblenza, el Rin se estrecha en un desfiladero espectacular flanqueado de laderas cubiertas de viñedos, pueblos vinícolas y una densa sucesión de castillos medievales encaramados en las alturas. Este tramo, el Alto Valle del Medio Rin (Oberes Mittelrheintal), es Patrimonio de la Humanidad y uno de los paisajes fluviales más célebres del mundo. Los castillos —Marksburg, Rheinstein, Pfalzgrafenstein sobre una isla en mitad del río— fueron levantados en su mayoría por señores feudales y arzobispos para cobrar peajes a los barcos que remontaban o descendían el Rin, una de las grandes rutas comerciales de Europa.
En este paisaje se sitúa la leyenda de la Lorelei, la roca de más de cien metros donde, según la tradición romántica, una hermosa doncella peinaba sus cabellos de oro y con su canto atraía a los barqueros hacia los peligrosos rápidos, provocando naufragios. El poeta Heinrich Heine la inmortalizó en 1824 en un poema que se hizo célebre canción popular. La leyenda, aunque de creación moderna, condensa el poder de fascinación que el Rin ejerció sobre el Romanticismo.
Porque el Rin fue, en el siglo XIX, el río del Romanticismo alemán por excelencia. Sus castillos en ruinas, sus brumas, sus viñedos y sus leyendas encarnaban el ideal romántico de un pasado medieval mítico, y se convirtieron en tema de poetas, pintores y músicos, y en símbolo de la identidad nacional alemana —«el Rin, río alemán»—. Aquel «Rin romántico» fue, además, uno de los primeros destinos del turismo moderno, recorrido en barco de vapor por viajeros de toda Europa, como todavía hoy.
Fráncfort del Meno (Frankfurt am Main) tuvo durante siglos un papel institucional de primer orden en el Sacro Imperio. Ciudad libre imperial y sede de importantes ferias comerciales, fue el lugar donde, desde la Edad Media, se elegían los reyes de romanos; y a partir de la Bula de Oro de 1356 quedó fijada oficialmente como la ciudad de la elección imperial. Más tarde pasó a ser también el lugar de las coronaciones, que se celebraban en su catedral de San Bartolomé (el Kaiserdom). En el Römer, su ayuntamiento medieval, los nuevos emperadores celebraban el banquete de coronación.
Esa vocación política reapareció en un momento clave: en 1848-1849, la iglesia de San Pablo (Paulskirche) de Fráncfort acogió al primer Parlamento alemán elegido, la Asamblea Nacional que intentó dar a Alemania una constitución liberal y unificarla desde la democracia. Aquel experimento fracasó, pero la Paulskirche quedó como cuna simbólica del constitucionalismo y la democracia alemanes.
Fráncfort fue además, desde antiguo, una ciudad de banqueros y comerciantes —allí nació la dinastía financiera de los Rothschild, en su antiguo barrio judío— y esa tradición la ha convertido en la capital financiera de la Alemania contemporánea: sede de la Bolsa alemana, del Bundesbank y del Banco Central Europeo, con un perfil de rascacielos único en el país que le ha valido el apodo de «Mainhattan». Su aeropuerto es uno de los mayores de Europa. Reconstruida tras los bombardeos de la guerra, Fráncfort combina hoy los pocos vestigios de su casco medieval con un skyline de vidrio y acero.
Al norte del Rin, en torno a ríos como el Ruhr y el Emscher, se extiende la mayor región industrial de Alemania y una de las mayores de Europa: el Ruhrgebiet, un conjunto de ciudades —Essen, Dortmund, Duisburg, Bochum, Gelsenkirchen— que crecieron pegadas unas a otras. A partir del siglo XIX, la abundancia de carbón bajo su suelo desató una industrialización vertiginosa: se abrieron minas, se levantaron altos hornos y acerías, y la región se convirtió en el corazón del carbón y el acero alemanes, la base material del poder económico y militar del país.
El Ruhr fue el motor del «taller de Alemania». Aquí forjaron su imperio empresas y familias como los Krupp de Essen, cuyos cañones y acero armaron a los ejércitos del Reich a lo largo de varias guerras. Esa condición de arsenal industrial hizo del Ruhr un blanco prioritario en las dos guerras mundiales: fue ocupado por Francia en 1923 por impago de reparaciones, y machacado por los bombardeos aliados en 1943-1945, incluidos los ataques a sus presas (la «operación Chastise» de los dam busters).
En la segunda mitad del siglo XX, el cierre progresivo de las minas de carbón y la crisis de la siderurgia obligaron al Ruhr a una profunda reconversión. Hoy la región ha transformado buena parte de su viejo patrimonio industrial en museos, parques y espacios culturales: el complejo minero de Zollverein en Essen, con su arquitectura industrial, es Patrimonio de la Humanidad y símbolo de esa metamorfosis de una tierra de carbón y acero en una región de cultura, universidades y servicios.