El noreste de Ucrania forma una región histórica conocida como la Slobozhánschina, cuyo centro es la ciudad de Járkov (Járkiv). El nombre viene de las slobodá, los asentamientos libres que en los siglos XVI y XVII poblaron esta frontera despoblada y peligrosa, entonces expuesta a las incursiones de los tártaros de Crimea. Los colonos, en su mayoría cosacos y campesinos ucranianos que huían de la servidumbre polaca, recibieron tierras y ciertas libertades a cambio de defender el límite meridional del Estado ruso.
Járkov fue fundada hacia mediados del siglo XVII como una de esas fortalezas de frontera. Con el tiempo, a medida que la línea de defensa avanzaba hacia el sur y la amenaza tártara desaparecía, la comarca se transformó en una próspera región agrícola y comercial. En 1805 se fundó en Járkov una de las primeras universidades del Imperio ruso en tierras ucranianas, que convirtió a la ciudad en un temprano foco de vida cultural e intelectual y, más adelante, en un centro del despertar nacional ucraniano.
A lo largo del siglo XIX, Járkov creció como nudo ferroviario y como uno de los grandes centros industriales del sur del Imperio ruso, con fábricas, bancos y una activa vida urbana. Esa vocación industrial y universitaria marcaría su destino en el siglo XX, cuando la ciudad, la mayor del este ucraniano, se convertiría por unos años en la capital de la nueva Ucrania soviética y en escenario de algunos de los capítulos más brillantes y más trágicos de la historia cultural del país.
Entre diciembre de 1919 y enero de 1934, Járkov fue la capital de la República Socialista Soviética de Ucrania. Los bolcheviques la eligieron por su fuerte carácter obrero e industrial y por su proximidad a Rusia, en una época en que aún no controlaban del todo la más nacionalista Kiev. Durante esos años, Járkov vivió una expansión frenética: se llenó de audaces edificios de estilo constructivista, entre ellos el gigantesco complejo Derzhprom, una de las obras maestras de la arquitectura de vanguardia de los años veinte, y su población se disparó.
Aquellos fueron también los años de la política soviética de «ucranización», que en la década de 1920 promovió la lengua y la cultura ucranianas y atrajo a la capital a una extraordinaria generación de escritores, poetas, dramaturgos y artistas. Fue un auténtico renacimiento cultural, uno de los momentos más creativos de toda la historia ucraniana, con figuras como Mykola Jvyliovi o el director teatral Les Kurbás abriendo caminos nuevos en la literatura y las artes.
Aquella primavera terminó de la forma más brutal. A comienzos de los años treinta, mientras el Holodomor asolaba el campo ucraniano, Stalin desató el terror contra esa élite cultural: la mayoría de aquellos escritores y artistas fueron detenidos, deportados o fusilados en las purgas, y muchos otros se suicidaron. La memoria ucraniana llama a esa generación aniquilada el «Renacimiento fusilado» (Rozstríliane vidródzhennia). En 1934, Stalin trasladó la capital de vuelta a Kiev, y Járkov quedó como la gran segunda ciudad, un enorme centro industrial y científico. En la guerra iniciada en 2022, por su cercanía a la frontera, ha sido una de las ciudades más castigadas por los bombardeos rusos, y su resistencia se ha convertido en un símbolo nacional.
A orillas del gran río que le da nombre, Dnipro (antes Dnipropetrovsk) es la cuarta ciudad de Ucrania y uno de sus grandes centros industriales. Fue fundada por el Imperio ruso a finales del siglo XVIII, en el marco de la colonización de la recién conquistada Nueva Rusia, y bautizada Yekaterinoslav —«la gloria de Catalina»— en honor a la emperatriz Catalina II, que en 1787 colocó simbólicamente la primera piedra de su catedral durante su famoso viaje por el sur. La ciudad fue concebida por el príncipe Grigori Potemkin, favorito de la emperatriz, como una gran capital imperial del sur.
Durante el siglo XIX, y sobre todo con la llegada del ferrocarril y la explotación de los yacimientos de hierro y carbón de la cuenca del Dniéper y el Donbás, Yekaterinoslav se transformó en una potencia industrial: siderurgia, metalurgia y química hicieron de ella una de las ciudades de más rápido crecimiento del Imperio ruso. En 1926, ya en época soviética, cambió su nombre por el de Dnipropetrovsk, combinando el del río Dniéper con el del dirigente comunista Grigori Petrovski; solo en 2016, en el marco de las leyes de «descomunización», recuperó un nombre neutro, Dnipro.
En la era soviética, Dnipro fue una «ciudad cerrada», prohibida a los extranjeros por albergar la industria militar más secreta del país: aquí, en la enorme fábrica Yuzhmash, se diseñaban y construían misiles balísticos y cohetes espaciales, lo que convirtió a la ciudad en uno de los corazones del programa de misiles soviético. Hoy Dnipro es un pujante centro industrial, financiero y tecnológico, y durante la guerra iniciada en 2022 ha desempeñado un papel logístico y humanitario clave como gran ciudad de retaguardia del frente oriental.
Járkov y Dnipro son las grandes ciudades del este ucraniano, una vasta región de estepas y de industria pesada que incluye también la cuenca minera del Donbás (Donetsk y Lugansk), más al sureste. A partir de finales del siglo XIX, el descubrimiento y la explotación de sus enormes reservas de carbón y hierro convirtieron a todo el este en uno de los grandes polos industriales del Imperio ruso primero y de la Unión Soviética después: minas, altos hornos, fábricas de acero y de armamento hicieron de esta tierra el motor económico del país.
Esa industrialización atrajo durante generaciones a trabajadores de toda la Unión Soviética, sobre todo rusos, lo que dio al este —y en especial al Donbás— una población fuertemente rusohablante y unos lazos económicos y humanos muy estrechos con Rusia. Al mismo tiempo, el este es histórica y mayoritariamente ucraniano, y ciudades como Járkov o Dnipro han sido focos de la cultura y la ciencia ucranianas. Reducir la región a una simple frontera entre «lo ruso» y «lo ucraniano» sería, por tanto, una simplificación: su identidad ha sido siempre mixta y compleja.
Esa complejidad se volvió trágica a partir de 2014, cuando Rusia aprovechó y alimentó el descontento en el Donbás para fomentar un levantamiento separatista armado que, con apoyo militar ruso, desató una guerra en Donetsk y Lugansk. Aquel conflicto, que se prolongó durante ocho años y causó miles de muertos, fue el preludio de la invasión a gran escala de 2022, en la que el este se convirtió en el principal campo de batalla: ciudades enteras como Mariúpol o Bajmut quedaron arrasadas. Járkov y Dnipro, en la retaguardia inmediata de ese frente, han resistido bombardeos constantes y encarnan hoy la determinación de la Ucrania oriental de defender su tierra.
El este y el centro de Ucrania están unidos por el hilo del Dniéper (Dnipró), el tercer río más largo de Europa y la gran arteria histórica del país, que lo atraviesa de norte a sur a lo largo de más de mil kilómetros hasta desembocar en el mar Negro. Sobre sus orillas nació la Rus de Kiev, y durante siglos su curso —con los temibles rápidos que había más abajo de la actual Dnipro— marcó rutas comerciales, fronteras y el territorio mismo de los cosacos zapórogos, que se asentaron «más allá de los rápidos».
En la época soviética, el Dniéper fue domesticado por una cadena de grandes presas y centrales hidroeléctricas que anegaron los antiguos rápidos y crearon enormes embalses. La más célebre fue la central de Dniprogués, junto a Zaporiyia, inaugurada en 1932 como símbolo monumental de la industrialización estalinista y de la electrificación del país; su construcción, con un coste humano altísimo, fue presentada como una de las grandes hazañas de la Unión Soviética. El río se convirtió así en la columna vertebral energética e industrial de Ucrania.
Hoy el Dniéper sigue siendo el eje geográfico, económico y simbólico del país: sobre él se asientan Kiev, Dnipro, Zaporiyia y Jersón, y de sus aguas dependen la energía, el riego y el transporte de buena parte de Ucrania. La guerra iniciada en 2022 volvió a hacer del río una línea estratégica de primer orden, y la destrucción de la presa de Kajovka en 2023 provocó una catástrofe humanitaria y ecológica en su curso bajo. De la Rus de Kiev a nuestros días, la historia de Ucrania se ha escrito, una y otra vez, a orillas del Dniéper.