En las colinas fértiles del noroeste tunecino, dominando un valle de trigales y olivares, se despliega Dougga, la antigua Thugga, considerada la ciudad romana mejor conservada del norte de África y declarada Patrimonio de la Humanidad. Antes de la llegada de Roma, Thugga fue la capital de un importante reino líbico-púnico, y de aquel pasado bereber y cartaginés conserva una joya única: el mausoleo líbico-púnico, una torre funeraria del siglo II a.C. que es uno de los escasos monumentos de arquitectura númida que se conservan en pie.
Bajo Roma, la ciudad floreció durante siglos, y lo hizo de una manera peculiar: en lugar de arrasar el trazado indígena para imponer la cuadrícula romana habitual, los romanos edificaron sobre el plano irregular de la vieja ciudad númida, lo que da a Dougga sus calles serpenteantes y su encanto único. El resultado es un conjunto excepcional: el capitolio de columnas corintias dedicado a la tríada Júpiter, Juno y Minerva, el teatro con vistas al valle, el foro, los templos de Saturno y de Juno Celeste, los arcos, las termas y hasta un burdel con su cartel de piedra, todo ello disperso por una ladera de una belleza serena.
Dougga permite comprender como pocos lugares la profundidad de la romanización de África y, al mismo tiempo, su carácter mestizo: aquí el mundo romano se levantó literalmente sobre los cimientos del mundo bereber y púnico. Su relativo aislamiento la salvó de la destrucción y del expolio, y hoy caminar por sus calles casi desiertas, entre monumentos casi intactos y campos de cereal, es una de las experiencias más evocadoras del patrimonio antiguo de todo el Mediterráneo.
En la llanura seca del centro de Túnez se alza Kairuán, la ciudad más venerada del país y una de las más sagradas de todo el islam. Fue fundada hacia el año 670 por el general árabe Uqba ibn Nafi como base militar para la conquista del Magreb, y se convirtió pronto en la primera gran capital árabe del norte de África y en el faro religioso e intelectual del islam en Occidente. Durante siglos, Kairuán irradió la lengua árabe, la fe musulmana y la escuela jurídica malikí a todo el Magreb y a al-Ándalus. La tradición la consagró como la cuarta ciudad santa del islam, después de La Meca, Medina y Jerusalén.
Su monumento supremo es la Gran Mezquita de Uqba, fundada con la propia ciudad y reconstruida en el siglo IX por los aglabíes en la forma monumental que hoy conserva: un vasto patio, un bosque de columnas antiguas reaprovechadas de ruinas romanas y bizantinas, y un macizo minarete que es uno de los más antiguos del mundo y que sirvió de modelo a los alminares de todo el Occidente islámico. En torno a ella, la medina de Kairuán, Patrimonio de la Humanidad, guarda otros tesoros como la mezquita de las Tres Puertas, los grandes aljibes aglabíes que abastecían de agua a la ciudad, y el mausoleo de Sidi Sahab, el 'Barbero', compañero del Profeta.
Kairuán es también una ciudad viva de artesanos, célebre en todo el mundo árabe por sus alfombras anudadas a mano, una tradición secular que sostiene buena parte de su economía. Recorrer sus callejones blancos, su gran mezquita y sus zocos es sumergirse en el corazón espiritual de Túnez, allí donde el islam echó raíces en el Magreb y desde donde se difundió a lo largo de más de un milenio.
El gran momento de Kairuán fue el siglo IX, bajo la dinastía de los aglabíes (800-909), que la convirtieron en su capital y en una de las ciudades más ricas y cultas del mundo islámico, comparada con Basora y Kufa en Oriente. Los emires aglabíes embellecieron la ciudad, reconstruyeron la Gran Mezquita en su forma definitiva y levantaron obras hidráulicas monumentales como los grandes aljibes circulares que aún hoy se conservan, prodigios de la ingeniería que garantizaban el agua en plena estepa.
Pero el mayor legado de aquella época fue intelectual. La Gran Mezquita de Kairuán albergó una universidad y escuelas de enseñanza que hicieron de la ciudad un centro de saber de primer orden, comparado a veces con lo que sería la Universidad de París en la Europa medieval. Aquí enseñaron juristas como Sahnun, autor de una obra fundamental de la escuela malikí, y sabios como Asad ibn al-Furat. En Kairuán florecieron no solo la teología y el derecho islámicos, sino también la medicina —con figuras como Ibn al-Jazzar, cuyos tratados se tradujeron al latín y se estudiaron en Europa— y otras ciencias.
Ese esplendor terminó cuando los fatimíes derribaron a los aglabíes en el 909 y trasladaron el poder primero a Mahdia y luego a El Cairo. El golpe definitivo llegó en 1057, con el saqueo de la ciudad por las tribus árabes de los Banu Hilal, que hundió a Kairuán y le hizo perder para siempre su primacía política a favor de Túnez. Pero su prestigio religioso sobrevivió intacto: despojada del poder, Kairuán siguió siendo, y sigue siendo, el corazón sagrado de Túnez y una de las grandes ciudades santas del islam.
El noroeste de Túnez, más húmedo y montañoso, fue el granero de la África romana y guarda, además de Dougga, otros yacimientos notables. En Bulla Regia, los romanos idearon una solución arquitectónica única frente al calor: construyeron villas con plantas subterráneas, verdaderas casas bajo tierra decoradas con soberbios mosaicos que se conservan en su sitio original, un caso excepcional en todo el mundo romano. En Chemtou, la antigua Simitthus, se explotaban las famosas canteras de mármol amarillo veteado de rojo —el 'giallo antico'—, uno de los más apreciados del Imperio, arrancado por miles de trabajadores forzados y transportado hasta Roma para adornar sus templos y palacios.
Esta región fue el corazón de la Numidia, el reino bereber que jugó un papel decisivo en las guerras púnicas. Su rey Masinisa, aliado de Roma contra Cartago en la batalla de Zama, unificó a las tribus númidas y creó un Estado poderoso; su nieto Yugurta desafiaría más tarde a Roma en una larga y célebre guerra. Bajo el Imperio, estas llanuras se cubrieron de ciudades, villas y campos de trigo cuya producción alimentaba a la capital.
El noroeste guarda también memorias más recientes y más duras. En la Segunda Guerra Mundial, estas colinas y valles fueron escenario de la campaña de Túnez (1942-1943), la batalla final del norte de África entre los Aliados y las fuerzas del Eje de Alemania e Italia, que terminó con la rendición de cientos de miles de soldados y abrió la puerta a la invasión aliada de Italia. Numerosos cementerios militares en la región recuerdan a los miles de caídos de aquella campaña.
El Túnez interior —las estepas y ciudades del centro y el noroeste, lejos de la costa próspera y turística— arrastra una historia de marginación económica que la política del país nunca resolvió. Mientras el litoral del Sahel y la capital concentraban las inversiones, el turismo y los empleos, las regiones del interior, como Sidi Bouzid, Kasserine o Gafsa —esta última, corazón de las minas de fosfatos—, sufrían el desempleo, la pobreza y el abandono. Esa brecha entre las dos Túnez fue una fractura profunda del país durante todo el siglo XX y el comienzo del XXI.
De esa herida brotó la Revolución de 2011. No fue en la capital ni en la costa donde empezó todo, sino en Sidi Bouzid, una modesta ciudad agrícola del interior: allí, el 17 de diciembre de 2010, el joven vendedor ambulante Mohamed Bouazizi se prendió fuego tras ser humillado por la policía municipal, en un gesto de desesperación que condensaba la frustración de toda una generación sin futuro. La noticia corrió por las redes sociales, y las protestas se extendieron primero por las ciudades del interior antes de llegar a la capital y provocar, el 14 de enero de 2011, la caída del dictador Ben Ali.
Que la chispa de la Primavera Árabe prendiera precisamente en el interior olvidado de Túnez no fue casual: fue la explosión de décadas de desigualdad regional. La revolución puso ese 'otro Túnez' en el centro del debate nacional, pero los problemas de fondo —el paro, la falta de oportunidades, la distancia entre la costa y el interior— siguieron sin resolverse en los años siguientes, alimentando el desencanto con la joven y frágil democracia. El interior sigue siendo, así, no solo el guardián del gran patrimonio romano e islámico del país, sino también la conciencia social de la Túnez contemporánea.