En una península del golfo de Túnez, a pocos kilómetros de la capital, se levantan las ruinas de Cartago, la ciudad que fue capital del mayor imperio marítimo del Mediterráneo occidental. Fundada por colonos fenicios de Tiro hacia el 814 a.C. —la tradición la atribuye a la reina Elisa o Dido—, Cartago dominó durante siglos el mar, comerció desde el Atlántico hasta Oriente y libró contra Roma las guerras púnicas, en las que brilló la figura de Aníbal. Arrasada por completo por los romanos en el 146 a.C., fue refundada por Augusto y renació como una de las mayores ciudades del Imperio, capital de la provincia de África.
Hoy el yacimiento, Patrimonio de la Humanidad, es un mosaico de capas superpuestas: el barrio púnico de la colina de Byrsa, el tofet con sus estelas dedicadas a Tanit, los enormes puertos artificiales que fueron el orgullo de la ciudad, las termas romanas de Antonino asomadas al mar —de las mayores del Imperio—, las cisternas, el anfiteatro y las villas con mosaicos. Sobre la colina se alza también la catedral de San Luis, recuerdo del rey francés Luis IX, muerto en Cartago durante la octava cruzada en 1270.
Cartago es, además, tierra sagrada del cristianismo antiguo: aquí predicaron y fueron martirizados San Cipriano, Perpetua y Felicidad, y aquí se celebraron los grandes concilios de la Iglesia africana en la que despuntó San Agustín. Pasear entre sus columnas caídas frente al golfo es contemplar, en un mismo lugar, el nacimiento y la caída de un imperio, la huella de Roma y los orígenes de la fe que marcaría a Occidente.
La ciudad de Túnez, que da nombre al país, fue durante siglos una población menor a la sombra de la vecina Cartago, hasta que la dinastía hafsí la eligió como capital en el siglo XIII. Desde entonces no dejó de crecer. Su medina —el casco antiguo amurallado— es hoy Patrimonio de la Humanidad y una de las mejor conservadas del mundo árabe: un laberinto de callejones, zocos cubiertos, fondouks (posadas de mercaderes), palacios y hammams organizados en torno a la gran mezquita Zaytuna, la 'mezquita del olivo', que fue durante siglos uno de los principales centros de enseñanza islámica del Magreb.
En la medina y sus arrabales floreció una cultura urbana refinada: la artesanía de la cerámica, el cuero, los tejidos y el metal, los oficios organizados en gremios, y una vida cosmopolita alimentada por los andalusíes —musulmanes y judíos expulsados de España— que se instalaron aquí desde el siglo XV y aportaron su arquitectura, su gastronomía y su música. Junto a la ciudad árabe, bajo el protectorado francés, se construyó la 'ville nouvelle', la ciudad europea de amplias avenidas y edificios de estilo colonial que rodea a la vieja medina.
A las afueras, en el antiguo palacio beylical del Bardo, se encuentra el Museo Nacional del Bardo, uno de los grandes museos del Mediterráneo, célebre por albergar la mayor colección de mosaicos romanos del mundo, rescatados de El Jem, Dougga, Cartago y otros yacimientos. En 2015, el museo fue escenario de un atentado yihadista que costó decenas de vidas, un golpe al turismo y a la joven democracia tunecina; su reapertura fue vivida como un acto de resistencia cultural.
Encaramado sobre un acantilado que domina el golfo de Túnez, muy cerca de Cartago, el pueblo de Sidi Bou Said es la postal más reconocible del país: un dédalo de casas encaladas de un blanco deslumbrante, con puertas y celosías pintadas de un azul intenso, buganvillas y calles empedradas que bajan hacia el mar. El pueblo debe su nombre a un santo sufí del siglo XIII, Abu Said al-Baji, cuyo mausoleo corona la colina y convirtió el lugar en un centro de espiritualidad musulmana.
La característica combinación de blanco y azul no es casual: fue impulsada a comienzos del siglo XX por un aristócrata y musicólogo francés, el barón Rodolphe d'Erlanger, que se instaló aquí, construyó el suntuoso palacio de Ennejma Ezzahra —hoy centro de música árabe y mediterránea— y promovió la protección estética del pueblo, fijando por ordenanza sus colores. Sidi Bou Said se convirtió así en refugio de artistas, escritores y pintores: por sus cafés y terrazas pasaron figuras como Paul Klee, August Macke o Michel Foucault, atraídos por su luz.
Hoy Sidi Bou Said es un destino bohemio y turístico, célebre por sus vistas al Mediterráneo, sus cafés tradicionales —como el legendario Café des Nattes—, sus jazmines y su ambiente de calma. Bajo el encanto pintoresco late, sin embargo, una historia real: la de un santuario religioso convertido en pueblo de pescadores y, más tarde, en símbolo del Túnez cosmopolita que fascinó a la vanguardia europea.
Al sudeste de la capital se extiende la península de Cap Bon, una franja fértil de huertas, viñedos, naranjales y campos de jazmín y azahar que se adentra en el Mediterráneo hacia Sicilia. En su costa se encuentra Hammamet, el balneario clásico de Túnez. La localidad, de origen antiguo, conserva una pequeña medina amurallada del siglo XV y una kasbah junto al mar, pero su fama moderna nació en el siglo XX: en los años treinta, el millonario rumano George Sebastian construyó aquí una villa de gran belleza que atrajo a artistas e intelectuales europeos —Winston Churchill, André Gide o Paul Klee estuvieron por la zona— y convirtió a Hammamet en un refugio cosmopolita.
A partir de los años sesenta, ya en el Túnez independiente, Hammamet se transformó en la capital del turismo de playa del país, con grandes complejos hoteleros que la hicieron conocida en toda Europa. Su villa Sebastian se convirtió en un centro cultural internacional que acoge cada verano un célebre festival de teatro y música.
Cerca está Nabeul, la capital de la región, famosa desde antiguo por su alfarería y su cerámica esmaltada, herederas de una tradición artesanal que se remonta a la época púnica y romana —aquí estuvo la antigua Neápolis— y que se enriqueció con la llegada de los andalusíes. Cap Bon guarda además yacimientos púnicos como Kerkouane, la única ciudad cartaginesa que no fue reconstruida por Roma y que conserva, casi intacto, el trazado urbano y las casas de una población púnica, un caso único en el mundo declarado Patrimonio de la Humanidad.
El extremo norte de Túnez es el más verde y montañoso del país: la región del Tell y de la Kroumiria, cubierta de bosques de alcornoques y encinas, con un clima húmedo muy distinto del resto del territorio. Frente a esa costa se encuentra Tabarka, un tranquilo pueblo pesquero al pie de un promontorio coronado por un castillo genovés, célebre por sus formaciones rocosas —como las 'Agujas', columnas de piedra que emergen del mar— y por sus fondos marinos ricos en coral rojo, que hacen de la zona un destino de buceo.
Tabarka tiene una historia singular: entre 1540 y 1741, la isla frente al pueblo estuvo en manos de la familia genovesa de los Lomellini, que la explotó como base para la pesca del coral y el comercio, en un enclave cristiano y europeo en plena costa del Magreb, hasta que el bey de Túnez la recuperó. Hoy el pueblo es conocido, además, por su festival internacional de jazz.
Más al este está Bizerta, la ciudad más septentrional de África, con su viejo puerto pesquero y su medina. Su posición estratégica, junto a un canal que comunica un gran lago interior con el Mediterráneo, la convirtió en una codiciada base naval. Bajo el protectorado, Francia la transformó en una potente base militar, y tras la independencia se convirtió en el escenario de un episodio dramático: en 1961, el gobierno de Burguiba exigió la evacuación de la base, y el enfrentamiento con las tropas francesas —la 'crisis de Bizerta'— dejó centenares de muertos tunecinos. Francia no abandonó definitivamente la base hasta 1963, cerrando así el último capítulo de la presencia colonial en el país.