El oeste de Suiza, en torno al gran arco del lago Lemán (o lago de Ginebra), es la Suisse romande, la Suiza de habla francesa. Su lengua es la huella de los burgundios que se latinizaron tras la caída de Roma, y su historia fue durante siglos muy distinta de la de los cantones alemanes del pacto original. Estas tierras —Vaud, Ginebra, Neuchâtel, el Valais— estuvieron largo tiempo bajo la órbita del ducado de Saboya, del obispado de Ginebra y de otros señoríos, y no de la Confederación.
El gran giro llegó en el siglo XVI. La poderosa Berna, protestante y expansionista, conquistó en 1536 el país de Vaud, hasta entonces saboyano, e impuso allí la Reforma; Vaud sería gobernado por Berna como territorio súbdito durante más de dos siglos. Ginebra, por su parte, se sacudió el dominio de sus obispos y de Saboya y se convirtió en una república independiente aliada de los cantones suizos. Así, la Suiza francesa se fue vinculando a la Confederación como zona de territorios asociados y súbditos, más que como miembro de pleno derecho.
La integración plena llegó tarde. Vaud solo se emancipó de Berna con la Revolución Helvética de 1798 y se convirtió en cantón en 1803; Ginebra, Neuchâtel y el Valais no ingresaron como cantones hasta 1815, con el Congreso de Viena. Por eso la Suiza romanda tiene una relación particular con el resto del país: comparte instituciones y neutralidad, pero mira culturalmente hacia Francia, y de tanto en tanto vota distinto que la mayoría alemana, marcando esa frontera invisible —el Röstigraben— que todavía separa las dos Suizas.
Ginebra, en el extremo suroeste del lago, es una de las ciudades más influyentes de la historia europea muy por encima de lo que sugiere su tamaño, y lo es sobre todo por un hombre: Juan Calvino (Jean Calvin). El teólogo y jurista francés llegó a Ginebra en 1536, poco después de que la ciudad hubiera abrazado la Reforma y expulsado a su obispo, y con algunas interrupciones la gobernó espiritualmente hasta su muerte en 1564. Bajo su dirección, Ginebra se transformó en una república religiosa de una severidad extrema, regida por un consistorio que vigilaba la conducta y la fe de los ciudadanos.
La Ginebra de Calvino se convirtió en la capital del calvinismo y en un faro para los protestantes de toda Europa. A ella acudieron miles de refugiados perseguidos por su fe —franceses hugonotes, italianos, ingleses, escoceses—, que la llamaron "la Roma protestante". Desde Ginebra, el calvinismo se irradió a Francia, los Países Bajos, Escocia (donde inspiró a John Knox) y las colonias americanas, moldeando una parte enorme del mundo moderno. Calvino fundó además, en 1559, la Academia de Ginebra, germen de la actual universidad. Ese pasado está grabado en el gran Muro de los Reformadores, en el parque de los Bastiones, presidido por las figuras colosales de Calvino y sus compañeros.
Ginebra siguió siendo, sin embargo, una república independiente y no ingresó en la Confederación Suiza hasta 1815. Su carácter de ciudad-refugio, culta y cosmopolita, sobrevivió a la Reforma: fue patria de acogida de Voltaire y de Rousseau —que nació allí en 1712—, centro de relojería de precisión y, ya en el siglo XIX y XX, sede natural de la diplomacia internacional. La misma vocación de acoger a los perseguidos que la definió en tiempos de Calvino explica, en buena medida, su destino posterior como capital humanitaria del mundo.
La segunda gran vocación de Ginebra, la humanitaria y diplomática, nació también aquí y en el siglo XIX. En 1859, el comerciante ginebrino Henri Dunant presenció por casualidad las secuelas de la batalla de Solferino, en el norte de Italia: decenas de miles de heridos abandonados a su suerte, sin nadie que los atendiera. Conmovido, escribió Recuerdo de Solferino (1862) y propuso crear sociedades de socorro neutrales para auxiliar a los heridos de guerra sin distinción de bando. De esa idea nació, en Ginebra en 1863, el Comité Internacional de la Cruz Roja, cuyo emblema —la cruz roja sobre fondo blanco— es la bandera suiza con los colores invertidos, en homenaje al país anfitrión.
Al año siguiente, en 1864, el gobierno suizo auspició en Ginebra la firma del primer Convenio de Ginebra, el tratado fundacional del derecho internacional humanitario, que obligaba a los ejércitos a cuidar a todos los heridos y a respetar al personal médico. Dunant recibiría por ello, en 1901, el primer Premio Nobel de la Paz de la historia. La Cruz Roja y los sucesivos Convenios de Ginebra hicieron de la ciudad la capital mundial de la ayuda humanitaria y de las leyes de la guerra.
Sobre esa base, y gracias a la credibilidad de la neutralidad suiza, Ginebra se convirtió en la sede de la diplomacia internacional. Tras la Primera Guerra Mundial acogió la Sociedad de Naciones, instalada en el Palacio de las Naciones; hoy es la sede europea de la ONU y de una constelación de organismos: la Organización Mundial de la Salud, la Organización Mundial del Comercio, el ACNUR, la Organización Internacional del Trabajo y muchos más. En Ginebra se negocian tratados, se atienden crisis y se reúnen delegaciones de todo el planeta. Pocas ciudades del mundo concentran tanta influencia en la gobernanza global.
Lausana, capital del cantón de Vaud, se despliega en terrazas empinadas sobre la orilla norte del lago Lemán, coronada por su catedral gótica, una de las más bellas de Suiza. Como el resto de Vaud, estuvo bajo dominio del obispado y de Saboya, adoptó la Reforma al ser conquistada por Berna en 1536, y solo se convirtió en cantón independiente con la caída del Antiguo Régimen. Ciudad universitaria y cultural, fue durante siglos un lugar de paso y de residencia de escritores e intelectuales atraídos por el paisaje del lago; el historiador Edward Gibbon terminó allí su Historia de la decadencia y caída del Imperio romano.
Pero lo que ha dado a Lausana proyección mundial es el deporte. Desde 1915, la ciudad es la sede del Comité Olímpico Internacional (COI), instalado allí por su fundador, el barón Pierre de Coubertin, precisamente por la seguridad que ofrecía la neutralidad suiza en plena Primera Guerra Mundial. Coubertin, que resucitó los Juegos Olímpicos en 1896, vivió sus últimos años en Lausana y está enterrado en la ciudad.
Desde entonces, Lausana es oficialmente la "Capital Olímpica". Alberga la sede del COI, el Museo Olímpico a orillas del lago y las federaciones internacionales de numerosos deportes, además del Tribunal Arbitral del Deporte, que dirime los grandes litigios deportivos del mundo. La ciudad se ha convertido así en el centro de gobierno del deporte internacional, un papel que combina con su prestigio académico —su Escuela Politécnica Federal (EPFL) es una de las punteras de Europa— y con la belleza serena de su emplazamiento sobre el Lemán.
En el extremo oriental del lago Lemán, donde las montañas empiezan a cerrarse sobre el agua, se levanta el castillo de Chillon (Château de Chillon), quizá el monumento más fotografiado de Suiza. Construido sobre una roca a la orilla del lago, controlaba la ruta estratégica entre el norte de Europa e Italia por el paso del Gran San Bernardo. Fue durante siglos la fortaleza y residencia de los condes y duques de Saboya, que desde aquí dominaban el lago y cobraban peajes a quienes lo cruzaban. Cuando Berna conquistó Vaud en 1536, tomó también Chillon y lo usó como fortaleza, arsenal y prisión.
Chillon debe su fama literaria a un prisionero y a un poeta. En sus mazmorras estuvo encadenado, entre 1530 y 1536, el patriota ginebrino François Bonivard, encarcelado por Saboya por defender la independencia de Ginebra. Casi tres siglos después, en 1816, el poeta inglés Lord Byron visitó el castillo y escribió El prisionero de Chillon, un poema que convirtió la fortaleza en un icono del Romanticismo y en destino obligado del turismo culto que empezaba a recorrer Suiza. Byron llegó incluso a grabar su nombre en una de las columnas del subsuelo.
Muy cerca, la localidad de Montreux se benefició de ese mismo descubrimiento romántico del Lemán y de su microclima suave, casi mediterráneo, que permite crecer palmeras a orillas del lago. Convertida en elegante estación de veraneo en la Belle Époque, Montreux alcanzó fama mundial en el siglo XX gracias a su festival de jazz, fundado en 1967, que cada verano reúne a las grandes figuras de la música. La ciudad quedó ligada además a la historia del rock: el grupo Queen tuvo allí sus estudios de grabación, y una estatua de su cantante, Freddie Mercury, mira hoy hacia el lago desde el paseo, frente a las mismas aguas que inspiraron a Byron.