El norte de Suiza se organiza en torno al Mittelland, la meseta ondulada que se extiende entre el macizo del Jura y los Alpes, del lago Lemán al lago de Constanza. Es la Suiza más habitada y más rica: aquí se concentran las grandes ciudades, la industria, las universidades y la mayoría de la población. Es también el núcleo de la Suiza de habla alemana, heredera de los alamanes que la colonizaron tras el fin de Roma, donde no se habla el alemán estándar sino el suizo alemán (Schwyzerdütsch), un abanico de dialectos que los propios suizos usan a diario y que forma parte esencial de su identidad.
A diferencia de los valles alpinos del pacto original, las ciudades del norte —Zúrich, Berna, Basilea, Lucerna, Schaffhausen— eran repúblicas urbanas gobernadas por gremios y patriciados, con murallas, catedrales, universidades y una intensa vida comercial. Se integraron en la Confederación entre los siglos XIV y XVI, y aportaron el peso económico y cultural que equilibró al mundo campesino de los cantones fundadores. Su rivalidad y su cooperación con esos cantones rurales estructuró buena parte de la historia suiza.
En estas ciudades se decidieron muchos de los grandes episodios del país: la Reforma prendió en Zúrich, Berna y Basilea; el humanismo floreció junto al Rin; y de aquí saldrían, en el siglo XIX, los impulsos liberales que crearon el Estado federal moderno, con Berna como capital. Recorrer el norte de Suiza es visitar, una tras otra, las capitales de esa vieja Suiza urbana que hizo de contrapeso a la de las montañas.
Zúrich, a orillas de su lago y del río Limmat, es hoy la mayor ciudad de Suiza y una de las capitales financieras del mundo, pero su papel decisivo en la historia fue religioso. Aquí, desde 1519, el sacerdote Ulrico Zwinglio predicó desde el púlpito de la Grossmünster —la gran iglesia románica que domina el casco viejo— una reforma radical de la Iglesia. Con el respaldo del gobierno de la ciudad, Zúrich rompió con Roma: se retiraron las imágenes de las iglesias, se abolió la misa católica, se cerraron los conventos y se atacó el negocio del mercenariado. Zúrich se convirtió así en el primer gran foco de la Reforma en tierras de lengua alemana, rival y a la vez paralelo al de Lutero.
Esa opción por el protestantismo enfrentó a Zúrich con los cantones católicos del centro y desembocó en las guerras de Kappel, en la segunda de las cuales, en 1531, Zwinglio murió en combate. Su sucesor, Heinrich Bullinger, consolidó la Zúrich reformada y la convirtió en un centro intelectual de referencia para el protestantismo europeo. Durante siglos, la ciudad fue un bastión austero, laborioso y calvinizante, con una ética del trabajo que marcó su carácter.
De aquella tradición de disciplina y de aquel dinamismo comercial nació la Zúrich moderna: gran plaza bancaria y bursátil, sede de bancos y aseguradoras, y hogar de la Escuela Politécnica Federal (ETH), fundada en 1855, una de las mejores universidades técnicas del mundo, por cuyas aulas pasó Albert Einstein. Hoy Zúrich combina ese peso financiero con una vida cultural intensa —fue, curiosamente, la cuna del movimiento dadaísta en el Cabaret Voltaire durante la Primera Guerra Mundial— y encabeza sistemáticamente los rankings de calidad de vida del planeta.
Berna fue fundada, según la tradición, en 1191 por el duque Bertoldo V de Zähringen en un meandro cerrado del río Aar, una posición defensiva casi perfecta. La leyenda dice que el duque prometió dar a la ciudad el nombre del primer animal que cazara, y que ese animal fue un oso (Bär): el oso es desde entonces el símbolo de Berna, presente en su escudo y en los fosos donde todavía se los cuida. Su casco medieval de piedra arenisca, con kilómetros de soportales, fuentes renacentistas y la torre del reloj astronómico (Zytglogge), es hoy Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.
Berna se incorporó a la Confederación en 1353, como octavo cantón, y se convirtió con el tiempo en la ciudad-Estado más poderosa al norte de los Alpes: mediante conquistas y compras extendió su dominio sobre un vasto territorio que llegaba hasta el lago Lemán, incluida toda la actual región de Vaud. Gobernada por un patriciado cerrado, fue durante siglos una república aristocrática, protestante y expansionista, uno de los pesos pesados de la política suiza.
Cuando en 1848 la nueva Constitución federal creó el Estado moderno, Berna fue elegida como sede del gobierno y del parlamento: la "ciudad federal" (Bundesstadt), es decir, la capital de facto de Suiza, aunque el país, fiel a su espíritu descentralizador, nunca la haya nombrado formalmente "capital". Hoy alberga el Palacio Federal (Bundeshaus), el Consejo Federal y la Asamblea Federal. En una de sus casas vivió, entre 1903 y 1905, un joven empleado de la oficina de patentes llamado Albert Einstein, que allí concibió buena parte de la teoría de la relatividad.
Basilea, en el punto exacto donde el Rin dobla hacia el norte y donde hoy se tocan las fronteras de Suiza, Francia y Alemania, fue durante el Renacimiento uno de los grandes focos intelectuales de Europa. Su universidad, fundada en 1460, es la más antigua de Suiza, y en el siglo XV la ciudad había albergado ya el largo Concilio de Basilea (1431-1449). Pero lo que la hizo célebre fue la conjunción de dos cosas: la imprenta y el humanismo. Basilea se convirtió en una capital europea de la edición, con talleres como el de Johann Froben, que publicaban a los grandes autores de la época con un cuidado extraordinario.
A esa Basilea llegó, y en ella murió, el mayor humanista de su tiempo: Erasmo de Róterdam. El sabio holandés vivió largas temporadas en la ciudad, trabajó codo a codo con los impresores basileos —allí publicó su edición del Nuevo Testamento en griego— y encontró en ella un ambiente de tolerancia y de amor por las letras que encajaba con su ideal de una cristiandad reformada desde dentro y sin violencia. Erasmo murió en Basilea en 1536 y está enterrado en su catedral (Münster). El pintor Hans Holbein el Joven, que retrató a Erasmo, también desarrolló en Basilea buena parte de su obra.
Basilea se sumó a la Confederación en 1501 y abrazó la Reforma poco después, aunque conservó su vocación abierta y cosmopolita. Esa herencia perdura: hoy es la capital de la industria farmacéutica mundial —sede de gigantes como Novartis y Roche—, un centro cultural de primer orden con decenas de museos y la feria de arte contemporáneo más importante del planeta, Art Basel. Ciudad de frontera, culta y comerciante, Basilea sigue siendo la Suiza más volcada hacia Europa.
Lucerna se asienta a orillas del lago de los Cuatro Cantones (Vierwaldstättersee), el mismo lago sobre cuyas riberas nació la Confederación en 1291. Rodeada por las montañas del Pilatus y el Rigi, la ciudad fue durante siglos la puerta comercial entre la Suiza central y el paso alpino de San Gotardo, ruta clave hacia Italia. En 1332, Lucerna se convirtió en la primera ciudad en unirse a la alianza de los tres cantones rurales fundadores, un paso decisivo: por primera vez una comunidad urbana se sumaba al pacto campesino, ampliándolo y dándole peso económico.
De su prosperidad medieval quedan dos joyas célebres en todo el mundo: el Puente de la Capilla (Kapellbrücke), un puente de madera cubierto construido hacia 1333, con sus paneles pintados bajo el techo y su vieja torre octogonal, uno de los puentes de madera más antiguos de Europa; y, junto a él, el Museggmauer, la muralla con sus torres. Católica y conservadora, Lucerna fue durante siglos el bastión de la vieja fe frente a la Zúrich protestante, y en el siglo XIX encabezó el bando del Sonderbund derrotado en 1847.
Un segundo monumento de Lucerna enlaza directamente con la historia de los mercenarios suizos: el Monumento del León (Löwendenkmal), un enorme león agonizante esculpido en la roca que Mark Twain describió como "el trozo de piedra más triste y conmovedor del mundo". Conmemora a los guardias suizos que murieron en París en 1792 defendiendo al rey Luis XVI durante el asalto al palacio de las Tullerías en plena Revolución Francesa: el recordatorio en piedra de aquellos siglos en que la principal exportación de Suiza fueron sus soldados. Hoy Lucerna, con su lago y su festival de música clásica, es una de las postales más visitadas del país.