Los Alpes Berneses, o Oberland bernés (Berner Oberland), son la parte montañosa del cantón de Berna: un mundo de valles profundos, lagos y cumbres nevadas dominado por la tríada mítica del Eiger, el Mönch y la Jungfrau. Durante siglos fue una región de pastores y campesinos de montaña, cuyas comunidades vivían de la ganadería alpina, el queso y el tránsito por los pasos. La región formó parte del amplio dominio de la ciudad de Berna, que la administraba desde la llanura.
Buena parte de la alta montaña suiza fue colonizada en la Edad Media por los walser, un pueblo de habla alemana originario del Valais (de ahí su nombre, "valesanos") que entre los siglos XII y XIV emigró por los altos pasos alpinos y fundó aldeas en lugares altísimos y aislados de los Alpes, desde el propio Oberland hasta los Grisones, el Tesino, el norte de Italia, Austria y Liechtenstein. Los walser eran expertos en sobrevivir a gran altura, y llevaron consigo su dialecto y sus costumbres, que en algunos valles remotos perduran todavía hoy.
Esa Suiza alpina, pobre y remota, apenas cambió durante siglos. Su gran transformación no llegó de la agricultura ni de la guerra, sino de una idea nueva: la de que las montañas, temidas hasta entonces como lugares hostiles, podían ser bellas y dignas de ser visitadas. Ese cambio de mirada, nacido con el Romanticismo, convirtió al Oberland bernés en uno de los primeros destinos turísticos de la historia y en el escenario de la conquista deportiva de los Alpes.
A mediados del siglo XIX, los Alpes se convirtieron en el gran campo de juego de una nueva pasión europea: el alpinismo. El período que va de 1854 a 1865 se conoce como la "edad de oro del alpinismo", una carrera en la que montañeros —en su mayoría británicos, acompañados por guías locales suizos— fueron conquistando, una tras otra, las grandes cumbres vírgenes de los Alpes. El impulso partió en buena medida de Inglaterra, donde en 1857 se fundó el Alpine Club, el primer club de montaña del mundo.
Los Alpes Berneses estuvieron en el centro de esa epopeya. Cumbres como la Jungfrau (ascendida por primera vez ya en 1811 por los hermanos Meyer), el Mönch o el Finsteraarhorn fueron escaladas en aquellas décadas, y el temible Eiger, con su pared norte, se convertiría en el siglo XX en el mayor desafío del alpinismo alpino, escenario de célebres tragedias y hazañas. Los guías de los valles del Oberland —de Grindelwald, de Lauterbrunnen— pasaron de ser campesinos a ser profesionales imprescindibles, y su conocimiento del terreno hizo posibles las grandes ascensiones.
La edad de oro se cerró de golpe en 1865 con la primera ascensión del Matterhorn, en el vecino Valais, y la tragedia que costó cuatro vidas en el descenso. A partir de entonces, casi todas las grandes cumbres estaban conquistadas, y el alpinismo entró en una fase distinta, más técnica y deportiva. Pero el impulso ya era imparable: las montañas se habían vuelto un destino, y a los montañeros pioneros los siguió una marea de viajeros que solo querían contemplarlas.
Antes de que nadie las escalara, las montañas del Oberland ya atraían a los viajeros románticos. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, poetas, pintores y escritores —sobre todo británicos y alemanes— empezaron a recorrer los Alpes suizos buscando lo "sublime": el estremecimiento ante la naturaleza grandiosa y salvaje. El valle de Lauterbrunnen, con sus cascadas cayendo desde paredes verticales, inspiró a Goethe y sirvió de escenario al Manfred de Lord Byron; el compositor Mendelssohn y tantos otros dejaron testimonio de su fascinación por estos paisajes.
Interlaken, la localidad situada entre los lagos de Thun y de Brienz (de ahí su nombre, "entre lagos"), se convirtió en el corazón de ese turismo naciente. Desde su gran avenida, el Höheweg, los viajeros contemplaban la Jungfrau nevada al fondo, y a su alrededor florecieron los grandes hoteles de la Belle Époque, con sus fachadas señoriales, sus jardines y su servicio de lujo. Los británicos, en particular, hicieron de Suiza su destino predilecto: agencias como la de Thomas Cook organizaban viajes en grupo, y los Alpes se llenaron de excursionistas con guía, bastón y cuaderno de acuarelas.
Aquella fue, en sentido pleno, la invención del turismo de montaña moderno. Se construyeron trenes de cremallera, funiculares y miradores para llevar a los visitantes hasta lugares antes inaccesibles: el Rigi, el Schilthorn, el Harder Kulm sobre Interlaken. El paisaje dejó de ser un obstáculo para volverse un producto, y los valles pobres del Oberland encontraron en el forastero una fuente de riqueza que transformó su economía para siempre. La imagen de Suiza que hoy tiene el mundo —cumbres nevadas, praderas verdes, vacas y chalets— se fraguó en buena parte en estos valles, para consumo de aquellos primeros turistas.
La obra que coronó aquel afán de llevar al viajero hasta las cumbres fue el Ferrocarril del Jungfrau (Jungfraubahn), una de las proezas de la ingeniería de comienzos del siglo XX. La idea fue del industrial zuriqués Adolf Guyer-Zeller, que en 1893 concibió un tren que trepara por el interior de la montaña hasta un collado entre el Mönch y la Jungfrau, el Jungfraujoch, a 3.454 metros de altitud. Las obras empezaron en 1896 y fueron durísimas: hubo que perforar un largo túnel a través de la roca del Eiger y el Mönch, en condiciones extremas, con explosiones, accidentes y años de retraso. Guyer-Zeller murió en 1899 sin ver terminada su obra.
El túnel se completó el 21 de febrero de 1912 y la estación del Jungfraujoch se inauguró el 1 de agosto de ese año. Desde entonces, el tren de cremallera parte de la región de Interlaken, sube por Lauterbrunnen o Grindelwald hasta la estación de Kleine Scheidegg, y desde allí se interna en la montaña hasta emerger en el Jungfraujoch, comercializado como el "Top of Europe": alberga la estación de tren más alta de Europa, un observatorio científico (la Esfinge), restaurantes, miradores y un palacio de hielo excavado en el glaciar de Aletsch, el mayor de los Alpes.
Más de un siglo después, el ferrocarril del Jungfrau sigue siendo uno de los grandes atractivos turísticos de Suiza, capaz de llevar en pocas horas a cualquier visitante desde los valles verdes hasta el mundo de nieves eternas de la alta montaña. Junto con la región circundante de la Jungfrau-Aletsch, declarada Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco, representa la culminación de aquella larga transformación por la cual los Alpes Berneses pasaron de ser un rincón pobre y temido a convertirse en uno de los paisajes más admirados y visitados del planeta.
A los pies de las grandes cumbres se abren los dos valles emblemáticos del Oberland. Lauterbrunnen se encajona entre paredes rocosas verticales de casi mil metros, por las que se despeñan setenta y dos cascadas: la más famosa, la Staubbach, cae en un velo de agua de casi 300 metros y fue precisamente la que impresionó a Goethe y a los viajeros románticos. El valle, con su hilera de granjas y su iglesia bajo los farallones, es una de las estampas más reproducidas de los Alpes y punto de partida hacia Wengen, Mürren y el Schilthorn.
Grindelwald, en el valle vecino, se extiende al pie de la pared norte del Eiger, la más temida de los Alpes. Antiguo pueblo de campesinos y guías de montaña, fue uno de los primeros centros del alpinismo y del turismo del Oberland, con sus glaciares que antaño llegaban casi hasta las casas —hoy en franco retroceso por el cambio climático— y sus cumbres como escenario. Desde Grindelwald y Lauterbrunnen parten los trenes de montaña que suben a Kleine Scheidegg y al Jungfraujoch.
Hoy estos valles viven casi por entero del turismo, en verano por el senderismo y el paisaje, en invierno por el esquí en el gran dominio de la Jungfrau. Combinan la infraestructura moderna de teleféricos y trenes con la memoria viva de los guías, los pastores y los primeros hoteleros que hicieron de estos rincones el corazón de la Suiza turística. Pocos lugares condensan mejor esa doble Suiza —la ancestral de la montaña y la inventada para el viajero— que los valles gemelos de la Jungfrau.