La forma misma de Noruega es obra del hielo. Durante la última glaciación, que alcanzó su máximo hace unos 20.000 años, una gruesa capa de hielo cubría toda Escandinavia. Al avanzar hacia el mar, aquellas lenguas glaciares excavaron valles profundos en forma de U que, al retirarse el hielo y subir el nivel del océano, quedaron inundados por el agua salada: así nacieron los fiordos, brazos de mar largos y estrechos encajonados entre paredes de roca de cientos o miles de metros. El Sognefjord, el más largo y profundo de Noruega, penetra más de 200 kilómetros tierra adentro y supera los 1.300 metros de profundidad. Los glaciares actuales, como el Jostedalsbreen —el mayor de la Europa continental—, son los últimos restos de aquel manto helado.
A medida que el hielo se retiraba, hace unos 11.000 años, los primeros cazadores siguieron a las manadas y a los peces hacia el norte. Los yacimientos más antiguos, como los de la región de Finnmark, muestran comunidades que vivían de la caza del reno, de la foca y de la pesca en un litoral riquísimo. Estos pueblos de la Edad de Piedra dejaron miles de grabados rupestres —los de Alta, en el extremo norte, inscriptos por la Unesco en el Patrimonio Mundial— que representan renos, alces, barcas y escenas de caza a lo largo de más de cinco milenios.
Durante la Edad del Bronce y la del Hierro fueron surgiendo sociedades agrarias y ganaderas cada vez más complejas a lo largo de la costa y en torno a los fiordos, donde las estrechas franjas de tierra fértil permitían el cultivo y la cría de ganado. El mar era el gran camino: en un país sin apenas rutas terrestres, todo se movía en barco. De esa cultura marinera, forjada durante siglos frente a un océano abierto, saldrían los navegantes que asombrarían al mundo en la era vikinga.
Mucho antes de que existiera un reino llamado Noruega, el norte de Escandinavia era —y sigue siendo— tierra de los sami, el pueblo indígena de la región. Sus antepasados poblaron el norte al retirarse el hielo y, a lo largo de milenios, desarrollaron una cultura profundamente adaptada al Ártico, extendida por un vasto territorio, el Sápmi, que hoy abarca el norte de Noruega, Suecia, Finlandia y la península rusa de Kola, sin coincidir con ninguna frontera estatal. Las primeras menciones escritas son antiguas: el historiador romano Tácito, hacia el año 98, habla de los fenni, y fuentes medievales noruegas —como el relato del navegante Ottar al rey Alfredo de Inglaterra en el siglo IX— describen a los finnas y el tributo que pagaban en pieles.
La forma de vida sami se organizó tradicionalmente en siida, comunidades que aprovechaban distintos recursos según la estación: la pesca en la costa y los ríos, la caza y, sobre todo entre algunos grupos, el pastoreo del reno, que a partir de los siglos XVI y XVII se volvió el modo de vida más característico y llevó a familias enteras a seguir a las manadas en largas migraciones estacionales entre el interior y la costa. Su cultura tiene lengua propia —en realidad, varias lenguas sami emparentadas—, una rica tradición de canto, el joik, y una espiritualidad chamánica ligada a la naturaleza que fue duramente perseguida durante la cristianización.
Durante siglos, el Estado noruego, danés y sueco fue extendiendo su control y su fiscalidad sobre el Sápmi, empujando a los sami a los márgenes. La presión culminaría, entre mediados del siglo XIX y bien entrado el XX, en la política de "noruegización": un programa deliberado de asimilación forzada que buscó borrar la lengua y la cultura sami. Pese a todo, los sami preservaron su identidad, y en las últimas décadas han protagonizado un notable resurgimiento cultural y político. Se los reconoce hoy como pueblo indígena de Noruega, con su propia asamblea, el Sámediggi. Su presencia milenaria en el norte es una de las claves para entender la historia del país.
El 8 de junio de 793, guerreros llegados del norte asaltaron y saquearon el monasterio de Lindisfarne, en la costa noreste de Inglaterra, matando o esclavizando a los monjes y llevándose sus tesoros. El episodio conmocionó a la cristiandad —el sabio Alcuino de York escribió que nunca se había visto semejante horror— y suele tomarse como el comienzo simbólico de la era vikinga. Durante los tres siglos siguientes, hombres del actual territorio noruego, danés y sueco recorrieron Europa en sus drakkar, barcos largos, ligeros y de escaso calado, capaces de navegar el mar abierto y remontar los ríos. Saquearon monasterios y ciudades desde Irlanda hasta el Mediterráneo, sitiaron París y fundaron reinos.
Pero reducir a los vikingos a saqueadores es un error histórico. Fueron, en igual o mayor medida, comerciantes que traficaban con pieles, ámbar, hierro y esclavos por rutas que iban de Groenlandia a Bagdad; artesanos, agricultores y sobre todo colonos que se asentaron en tierras nuevas. Desde Noruega partieron las grandes travesías del Atlántico Norte: colonizaron las islas Feroe, las Shetland y las Orcadas; se establecieron en Islandia hacia el año 870; Erik el Rojo fundó colonias en Groenlandia hacia el 985; y su hijo Leif Eriksson alcanzó, alrededor del año 1000, las costas de Norteamérica —la Vinland de las sagas—, cinco siglos antes que Colón. El yacimiento de L'Anse aux Meadows, en Terranova, confirmó arqueológicamente aquella presencia nórdica en América.
Conviene despejar también un mito muy arraigado: los vikingos no usaban cascos con cuernos. No existe una sola prueba arqueológica de ello; sus cascos eran simples y sin adornos. La imagen del casco con cuernos es una invención del siglo XIX, popularizada por la escenografía de las óperas de Wagner y por el romanticismo nacionalista. La sociedad vikinga real era una civilización con leyes y asambleas (el thing), una religión propia de dioses como Odín y Thor, una poesía y unas sagas extraordinarias, y una habilidad náutica que no se volvería a igualar en Europa durante siglos. Aquella expansión terminó de manera convencionalmente fechada en 1066, cuando el rey noruego Harald Hardrada murió en la batalla de Stamford Bridge, en Inglaterra, en el que suele considerarse el último gran episodio de la era vikinga.
Según la tradición recogida en las sagas, sobre todo en la Heimskringla del islandés Snorri Sturluson, Noruega era en el siglo IX un mosaico de pequeños reinos gobernados por caudillos rivales. Fue Harald Hårfagre —Harald Cabellera Hermosa— quien, a lo largo de una serie de campañas, los sometió y unificó por primera vez bajo una sola corona. El relato cuenta que Harald juró no cortarse ni peinarse el cabello hasta ser rey de toda Noruega, de donde le vino el apodo. La batalla decisiva habría sido la de Hafrsfjord, librada en las aguas de la actual Stavanger en torno al año 872, tras la cual Harald se proclamó rey de los noruegos.
La historiografía moderna matiza el relato heroico. Los estudios actuales tienden a ver la unificación no como el fruto de una sola batalla ni de un solo rey, sino como un proceso largo, de siglos, en el que la autoridad real fue imponiéndose poco a poco sobre los jefes locales, los grandes terratenientes y las asambleas regionales. La fecha misma de Hafrsfjord es incierta y las sagas, escritas siglos después, mezclan historia y leyenda. Aun así, Harald quedó fijado en la memoria nacional como el fundador del reino, y Hafrsfjord como su acto de nacimiento; en Stavanger, tres grandes espadas clavadas en la roca conmemoran hoy aquella batalla.
La unificación tuvo consecuencias que trascendieron Noruega. Según las sagas, muchos caudillos que se negaron a someterse a Harald emigraron con sus familias y seguidores, y buena parte de ellos fue a poblar Islandia, lo que ligó desde el origen la historia de ambas tierras. El reino que Harald dejó a sus descendientes era todavía frágil y disputado —sus sucesores se enzarzaron en guerras dinásticas durante generaciones—, pero la idea de una Noruega unida bajo un solo rey ya había echado raíces.
La conversión de Noruega al cristianismo fue obra sobre todo de sus reyes, que veían en la nueva fe un instrumento para consolidar su poder frente a los jefes paganos. El primero en impulsarla con fuerza fue Olav Tryggvason (rey entre 995 y 1000), que fundó Nidaros —la actual Trondheim— hacia el año 997. Pero fue Olav Haraldsson, rey desde 1015, quien selló el destino cristiano del país. Impuso la nueva religión y una legislación eclesiástica, a menudo por la fuerza, y en ese esfuerzo se enemistó con los poderosos caudillos y grandes propietarios, que se aliaron con el rey Canuto el Grande de Dinamarca e Inglaterra para derrocarlo. Olav debió exiliarse.
El 29 de julio de 1030, Olav regresó al frente de un ejército para recuperar su trono y cayó combatiendo en la batalla de Stiklestad, en el Trøndelag, derrotado por la coalición de jefes. Su muerte, sin embargo, se transformó pronto en victoria espiritual. Se difundieron relatos de milagros junto a su tumba, y apenas un año después fue proclamado santo. Su cuerpo se enterró en Nidaros, y Olav —convertido en San Olav, Rex Perpetuus Norvegiae, "rey eterno de Noruega"— se volvió el patrono del reino y el símbolo de su unidad. Aquello que no había logrado en vida, la cristianización definitiva de Noruega, se consumó tras su martirio.
Sobre la tumba de San Olav se levantó la catedral de Nidaros, la mayor iglesia medieval de Escandinavia, que se convirtió en el gran centro de peregrinación del norte de Europa: durante la Edad Media, peregrinos de toda Escandinavia y más allá recorrían los caminos de San Olav para llegar hasta sus reliquias. Nidaros fue sede arzobispal desde 1152-1153 y capital religiosa del reino. La devoción a San Olav se extendió por toda la región, y su figura —con el hacha, símbolo de su martirio— sigue siendo el emblema histórico de Noruega. La ruta de peregrinación, el Sankt Olavsleden, ha sido recuperada en las últimas décadas.
Entre los siglos XII y XIII, tras las guerras civiles que ensangrentaron el país, Noruega vivió su edad de oro medieval. Bajo reyes como Håkon IV Håkonsson (1217-1263) y Magnus VI el Legislador, la monarquía se afianzó, se redactó un código de leyes común para todo el reino y Noruega alcanzó su máxima extensión: su corona incluía Islandia, Groenlandia, las Feroe, las Shetland, las Orcadas y la Isla de Man. Bergen era una de las grandes ciudades del norte de Europa y capital del reino, floreciente gracias a la exportación de stockfish —bacalao seco— del norte.
Ese mundo se derrumbó en el siglo XIV. En 1349, la Peste Negra —la gran pandemia de peste bubónica que asolaba Europa— llegó a Noruega, según la tradición a bordo de un barco que atracó en Bergen. Sus efectos fueron catastróficos: se estima que mató a la mitad o más de la población noruega, quizá hasta dos tercios en algunas zonas. Aldeas enteras quedaron desiertas, miles de granjas se abandonaron y no volvieron a cultivarse durante generaciones. La despoblación fue tan brutal que la producción agrícola y los ingresos del reino se hundieron.
Las consecuencias fueron duraderas y profundas. La nobleza noruega, que era pequeña y no muy rica, quedó diezmada y empobrecida; la Iglesia perdió a buena parte de su clero; la administración real se debilitó. Un reino ya de por sí escasamente poblado y de recursos limitados salió de la peste enormemente debilitado, incapaz de sostener por sí solo una monarquía fuerte. Esa debilidad demográfica y económica sería decisiva: en las décadas siguientes, Noruega iría quedando cada vez más subordinada a sus vecinos escandinavos, en un proceso que desembocaría en siglos de dominio extranjero.
Debilitada por la peste y por la extinción de su dinastía real, Noruega fue integrándose en el orbe de sus vecinos. En 1397, la reina Margarita de Dinamarca articuló la Unión de Kalmar, que reunió bajo un solo monarca los tres reinos escandinavos: Dinamarca, Suecia y Noruega, con sus dependencias atlánticas. La unión fue inestable y Suecia acabó separándose en 1523, pero Noruega quedó atada a Dinamarca. En 1537, en el marco de la Reforma, la corona danesa dio un paso más: rebajó a Noruega a la condición de mera provincia y la integró plenamente en el reino danés. Comenzaba lo que los románticos del siglo XIX llamarían "la noche de 400 años".
Durante ese largo periodo —de fines del siglo XIV a 1814—, todo el poder real, intelectual y administrativo se concentró en Copenhague. Noruega perdió su monarquía, su arzobispado y buena parte de su autonomía. El danés se impuso como lengua escrita de la administración, la Iglesia y la cultura, relegando al noruego a los dialectos hablados del campo. La expresión "noche de 400 años" —acuñada más tarde, entre otros por el dramaturgo Henrik Ibsen en su poema Peer Gynt— reflejaba la visión nacionalista de un país sometido y privado de voz propia. Los historiadores actuales matizan esa imagen: la unión con Dinamarca también trajo periodos de relativa estabilidad, desarrollo del comercio y crecimiento de ciudades como Bergen y la nueva Christiania.
La Reforma protestante llegó a Noruega impuesta desde arriba, no por convicción popular. En 1537, el rey danés Cristián III introdujo el luteranismo por decreto; el último arzobispo católico de Nidaros, Olav Engelbrektsson, que se había resistido, tuvo que huir del país. Se confiscaron los bienes de la Iglesia, se cerraron los monasterios y el culto pasó a organizarse en danés bajo control del Estado. La Iglesia luterana se convirtió así en un pilar del poder danés en Noruega, y la religión de Estado que nació entonces marcaría la vida del país durante siglos.
El año 1814 es el más denso de la historia moderna de Noruega. Dinamarca-Noruega se había aliado con la Francia de Napoleón, y tras la derrota napoleónica los vencedores le hicieron pagar el precio: por el Tratado de Kiel, en enero de 1814, el rey de Dinamarca cedió Noruega al rey de Suecia. Pero los noruegos se negaron a ser transferidos como un objeto. Una asamblea de notables se reunió en la localidad de Eidsvoll y, el 17 de mayo de 1814, aprobó una Constitución —inspirada en las ideas ilustradas y en los modelos estadounidense y francés, una de las más liberales de su tiempo— y eligió rey al príncipe danés Christian Frederik. Noruega se declaraba independiente y soberana.
Suecia no lo aceptó. Tras una breve guerra en el verano de 1814, la última que ha librado Noruega, las partes llegaron a un compromiso: Noruega entraría en unión personal con Suecia, compartiendo el mismo rey y la política exterior, pero conservando su propia Constitución, su Parlamento (el Storting), sus leyes y sus instituciones. Fue una solución intermedia que dejaba a Noruega mucho más autonomía de la que había tenido bajo Dinamarca. El 17 de mayo, día de la Constitución de Eidsvoll, se convirtió en la fiesta nacional noruega, que se celebra hasta hoy con desfiles de niños por todo el país.
La unión con Suecia, que duró de 1814 a 1905, fue mucho menos opresiva que la etapa danesa, pero estuvo marcada por tensiones crecientes. Noruega tenía su propio gobierno y parlamento, pero la política exterior y el cuerpo diplomático seguían en manos suecas, y muchos noruegos vivían esa dependencia como una humillación. A lo largo del siglo XIX, el Storting y la corona sueca chocaron una y otra vez por el reparto del poder. Sobre ese trasfondo político creció, en paralelo, un poderoso movimiento cultural que buscaba definir qué era, después de tantos siglos, ser noruego.
El siglo XIX noruego fue el de la construcción de una identidad nacional. Tras siglos de dominio extranjero, escritores, artistas y estudiosos se lanzaron a recuperar y reinventar lo noruego: la lengua, el folclore, el paisaje y el pasado medieval. Se recopilaron cuentos populares y leyendas de trolls; se debatió apasionadamente sobre la lengua —de ahí nacería el nynorsk, una forma escrita del noruego basada en los dialectos rurales, frente al bokmål de raíz danesa—; y las montañas, los fiordos y los campesinos se convirtieron en símbolos de un alma nacional. De ese fermento surgieron tres nombres universales. El dramaturgo Henrik Ibsen renovó el teatro europeo con obras como Casa de muñecas, Peer Gynt y Un enemigo del pueblo, diseccionando la hipocresía de la sociedad burguesa. El compositor Edvard Grieg dio voz musical al país con sus melodías de raíz popular. Y el pintor Edvard Munch, algo más tarde, llevó la angustia moderna a su expresión máxima en El grito.
Ese mismo impulso nacional se proyectó sobre las regiones polares, donde Noruega encontró un escenario para el orgullo y la gloria. Fridtjof Nansen —científico, humanista y luego premio Nobel de la Paz— cruzó por primera vez el casquete de Groenlandia con esquís en 1888 y, entre 1893 y 1896, dejó que su barco, el Fram, quedara atrapado en el hielo del Ártico para derivar con él hacia el Polo Norte, en una hazaña que lo hizo famoso en todo el mundo. Sus métodos y su barco abrieron una edad de oro de la exploración polar noruega.
El heredero de Nansen fue Roald Amundsen, el mayor explorador polar de la historia. Entre 1903 y 1906 fue el primero en cruzar el Paso del Noroeste, y luego puso rumbo al sur. El 14 de diciembre de 1911, tras una travesía meticulosamente planeada con trineos tirados por perros, Amundsen y sus cuatro compañeros se convirtieron en los primeros seres humanos en alcanzar el Polo Sur, adelantándose por poco más de un mes a la malograda expedición británica de Robert Falcon Scott, que llegó al polo para morir en el regreso. La conquista del Polo Sur, lograda por una nación que acababa de independizarse, se convirtió en un símbolo de la joven Noruega.
Las tensiones de la unión con Suecia estallaron por una cuestión aparentemente menor: el derecho de Noruega a tener su propio cuerpo consular en el extranjero, negado por Estocolmo. En 1905, el Storting aprobó por su cuenta una ley consular, el rey sueco la vetó y el gobierno noruego dimitió en bloque. El 7 de junio de 1905, el Parlamento noruego declaró disuelta la unión con Suecia. Para dar legitimidad a la ruptura, se convocó un plebiscito en el que los noruegos votaron de forma abrumadora —más del 99 %— a favor de la separación. Suecia, tras un tenso pulso que estuvo cerca de la guerra, aceptó negociar, y la disolución se selló pacíficamente en el otoño de 1905.
El nuevo país soberano optó por seguir siendo una monarquía. En un segundo referéndum, los noruegos ratificaron la decisión de ofrecer el trono a un príncipe danés, que reinó con el nombre de Haakon VII y se convirtió en el primer rey de la Noruega independiente en más de quinientos años. Tomó como lema "Todo por Noruega" y, en las décadas siguientes, encarnaría la continuidad del país en sus horas más difíciles. Noruega había recuperado, tras siglos de dominio danés y de unión sueca, su plena independencia.
Detrás del relato político hay otra historia, más silenciosa y masiva: la de la emigración. Noruega era un país pobre, de tierras escasas y familias numerosas, y entre mediados del siglo XIX y las primeras décadas del XX cerca de 800.000 noruegos —una proporción enorme para un país pequeño, solo superada en Europa por Irlanda— emigraron, la inmensa mayoría a Estados Unidos. Se asentaron sobre todo en el Medio Oeste, en estados como Minnesota, Wisconsin y las Dakotas, donde fundaron comunidades, iglesias y periódicos en noruego. Aún hoy, millones de estadounidenses reivindican su ascendencia noruega, y aquella diáspora dejó una huella profunda en la memoria y en la cultura del país que dejaron atrás.
Noruega intentó mantenerse neutral, como había hecho en la Primera Guerra Mundial, pero su posición estratégica y su hierro la volvieron un objetivo. El 9 de abril de 1940, la Alemania nazi invadió el país por sorpresa. La resistencia fue mayor de lo esperado: en el fiordo de Oslo, los cañones de la fortaleza de Oscarsborg hundieron el crucero alemán Blücher, lo que permitió al rey Haakon VII, al gobierno y al Parlamento huir hacia el norte y, finalmente, exiliarse en Londres, desde donde el rey se negó rotundamente a abdicar o a legitimar a los invasores. Los combates en el norte, en torno a Narvik, fueron duros —los aliados llegaron a recuperar la ciudad—, pero la caída de Francia obligó a evacuar, y a comienzos de junio de 1940 toda Noruega quedó ocupada.
En el vacío dejado por el gobierno legítimo emergió Vidkun Quisling, líder del partido fascista noruego Nasjonal Samling, que ya el mismo 9 de abril había intentado dar un golpe proclamándose jefe de gobierno. Los alemanes acabaron nombrándolo ministro presidente de un régimen títere que colaboró estrechamente con la ocupación y participó, entre otras cosas, en la deportación de los judíos noruegos a los campos de exterminio. Su colaboracionismo fue tan notorio que su propio apellido se convirtió en varios idiomas —el inglés entre ellos— en sinónimo de traidor: un quisling es quien traiciona a su país para servir al invasor. Quisling fue juzgado y fusilado en 1945, terminada la guerra.
Frente a la ocupación se organizó una Resistencia tenaz. El movimiento clandestino Milorg y los agentes entrenados en Gran Bretaña llevaron a cabo sabotajes, inteligencia y propaganda. La operación más célebre fue el sabotaje del agua pesada: en la planta de Vemork, en Telemark, Norsk Hydro producía agua pesada, un material clave para el programa nuclear alemán. En la noche del 27 al 28 de febrero de 1943, un comando noruego entrenado en Inglaterra —la Operación Gunnerside— logró infiltrarse en la planta fuertemente vigilada y destruir las instalaciones sin causar bajas, en lo que se considera uno de los sabotajes más exitosos de toda la guerra; una acción posterior hundió el transbordador que llevaba las últimas existencias, frustrando definitivamente aquella vía alemana hacia la bomba atómica.
La guerra dejó su herida más devastadora en el extremo norte. En el otoño de 1944, el Ejército Rojo empujó a los alemanes desde el este y liberó parte de Finnmark. En su retirada, y por orden directa de Hitler, las tropas alemanas aplicaron una política de tierra quemada sobre Finnmark y el norte de Troms para no dejar nada al enemigo que avanzaba. Arrasaron sistemáticamente la región: se quemaron unas 11.000 casas, además de establos, escuelas, iglesias y hospitales; se destruyeron carreteras, puentes, embarcaciones y líneas de comunicación; ciudades enteras como Hammerfest y Kirkenes quedaron reducidas a cenizas. Unas 50.000 personas fueron evacuadas por la fuerza hacia el sur, y varios centenares murieron por el frío y las penurias mientras otras se escondían en cuevas y refugios para no abandonar su tierra. Fue la mayor catástrofe sufrida por la población civil noruega en toda la guerra.
Noruega salió del conflicto en 1945 con el norte devastado pero con la moral intacta: el rey Haakon VII regresó del exilio el 7 de junio, exactamente cinco años después de haber partido, y fue recibido como símbolo de la resistencia nacional. La reconstrucción de Finnmark fue una empresa colosal que duró años. Los colaboracionistas fueron juzgados en un ajuste de cuentas legal; Quisling y otros dirigentes fueron ejecutados.
En lo internacional, la experiencia de la ocupación puso fin a la vieja política de neutralidad. En 1949, Noruega fue uno de los países fundadores de la OTAN, alineándose con Occidente en la Guerra Fría pese a compartir frontera con la Unión Soviética en el Ártico. En lo interno, los gobiernos socialdemócratas del Partido Laborista, hegemónicos durante décadas, construyeron un sólido Estado de bienestar. Noruega pasó, en una generación, de ser un país relativamente pobre a convertirse en una de las sociedades más prósperas y estables de Europa, un proceso que el descubrimiento del petróleo aceleraría de manera espectacular.
Uno de los capítulos más duros de la historia moderna del país es la política de fornorsking o "noruegización": el programa de asimilación forzada que el Estado noruego aplicó contra los sami —y también contra los kven, minoría de origen finlandés— desde mediados del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX. El objetivo era hacer desaparecer su lengua y su cultura y convertirlos en noruegos. En las escuelas se prohibió a los niños sami hablar su lengua, muchos fueron internados en régimen de internado lejos de sus familias, y durante décadas solo se pudo comprar tierra en Finnmark a quien supiera noruego. Ideas pseudocientíficas sobre la superioridad racial nutrieron esas políticas. La presión asimiladora se prolongó, de forma directa o indirecta, hasta los años sesenta.
El punto de inflexión llegó en torno al conflicto de Alta, entre 1979 y 1981. El proyecto de una gran represa hidroeléctrica en el río Alta-Kautokeino, que amenazaba tierras sami y rutas de pastoreo de renos, provocó protestas, ocupaciones y huelgas de hambre de activistas sami frente al Parlamento en Oslo. Aunque la represa acabó construyéndose, el conflicto sacudió la conciencia del país y forzó al Estado a revisar su relación con el pueblo indígena. De él nació una comisión de derechos sami y, con ella, un cambio profundo.
Los resultados fueron históricos. En 1988 se reformó la Constitución para reconocer la responsabilidad del Estado de proteger la cultura sami, y el 9 de octubre de 1989 se inauguró en Karasjok el Sámediggi, el Parlamento Sami de Noruega, abierto por el rey Olav V. Noruega ratificó además el Convenio 169 de la OIT sobre pueblos indígenas. El proceso de reparación culminó en fecha muy reciente: el 1 de junio de 2023, una Comisión de la Verdad y la Reconciliación entregó al Parlamento noruego un extenso informe de unas 700 páginas que documentó la injusticia de la noruegización y sus efectos persistentes sobre los sami y los kven. En 2024, el Storting respondió con una serie de resoluciones y una disculpa formal a los pueblos afectados. La reparación llegó tarde, pero marcó un reconocimiento oficial de una historia largamente silenciada.
En vísperas de Navidad de 1969, la compañía Phillips Petroleum confirmó el descubrimiento de un enorme yacimiento de petróleo en aguas noruegas del Mar del Norte: el campo de Ekofisk, el primer gran hallazgo comercial de la región. Fue el inicio de una transformación sin precedentes. Un país que hasta entonces vivía de la pesca, la madera, la marina mercante y una industria modesta se convirtió, en pocas décadas, en uno de los mayores exportadores de petróleo y gas de Europa. La riqueza petrolera financió un Estado de bienestar generoso y elevó a Noruega a los primeros puestos mundiales en renta y calidad de vida.
A diferencia de otros países, Noruega gestionó su fortuna con notable prudencia. En 1990, el Parlamento creó un fondo para invertir en el exterior los excedentes del petróleo y no dilapidarlos en gasto corriente ni recalentar la economía: el Government Pension Fund Global, más conocido como el "fondo del petróleo" u "Oljefondet". Alimentado durante décadas con los ingresos petroleros e invertido en acciones, bonos e inmuebles de todo el planeta, se convirtió en el mayor fondo soberano del mundo, con un patrimonio que supera los dos billones de dólares y participaciones en un porcentaje enorme de las empresas cotizadas del planeta. Concebido para las generaciones futuras, es hoy la garantía del bienestar noruego más allá de la era del petróleo.
En su relación con Europa, en cambio, Noruega eligió la distancia. En dos referendos —el de 1972, sobre la entonces Comunidad Económica Europea, y el de 1994, sobre la Unión Europea— los noruegos rechazaron adherirse, ambas veces por un margen estrecho pero claro (el "no" obtuvo el 53,5 % en 1972 y el 52,2 % en 1994). El temor a perder soberanía, la defensa de la pesca y la agricultura y la desconfianza hacia Bruselas pesaron más que las ventajas del mercado común. Noruega quedó así fuera de la UE, aunque ligada a ella a través del Espacio Económico Europeo. Rica, independiente y guardiana de su fondo soberano, entró en el siglo XXI como una de las democracias más prósperas y estables del mundo, sin haber renunciado a decidir su propio camino.
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Trondheim, en el centro del país, es una de las ciudades más antiguas y cargadas de historia de Noruega. Fue fundada hacia el año 997 por el rey Olav Tryggvason en la desembocadura del río Nid, de donde tomó su nombre medieval: Nidaros. Situada en una península rodeada por el río y el fiordo, en el corazón de la fértil región del Trøndelag, ocupaba un lugar estratégico entre el norte y el sur del reino.
Durante la Alta Edad Media, Nidaros fue la capital de Noruega y el escenario de la consolidación de la monarquía. En ella se proclamaba a los reyes en la asamblea del Øreting, y allí giró buena parte de la historia política del reino en los siglos XI y XII. La ciudad creció al calor del poder real y, muy pronto, del poder religioso.
El Trøndelag que la rodea es una de las grandes regiones agrícolas de Noruega, un país donde la tierra cultivable es escasa. Sus llanuras y colinas, más suaves que las abruptas costas del oeste, la convirtieron desde antiguo en un granero y en un centro de poder de los grandes terratenientes, los mismos caudillos que se enfrentaron a los reyes cristianizadores. No es casual que fuera precisamente aquí, en el Trøndelag, donde se libró la batalla que decidió el destino religioso de Noruega.
El acontecimiento que marcó para siempre a esta región fue la batalla de Stiklestad, librada el 29 de julio de 1030 a unos ochenta kilómetros al norte de Trondheim. Allí murió el rey Olav Haraldsson, derrotado por una coalición de jefes locales mientras intentaba recuperar su trono e imponer el cristianismo. Su muerte, lejos de ser el final, fue el comienzo de su gloria: pronto se le atribuyeron milagros, fue proclamado santo y se convirtió en San Olav, patrono eterno de Noruega.
El cuerpo de San Olav fue sepultado en Nidaros, y sobre su tumba se levantó, a lo largo de los siglos XII y XIII, la catedral de Nidaros (Nidarosdomen), la mayor iglesia medieval de toda Escandinavia y una de las obras maestras del gótico en el norte de Europa. Nidaros fue además sede del arzobispado de Noruega desde 1152-1153, lo que hizo de Trondheim la capital religiosa del reino y le dio un peso enorme frente al poder civil.
Hoy, el campo de batalla de Stiklestad alberga un centro cultural y representaciones que cada verano recrean la muerte del santo rey, mientras la catedral de Nidaros sigue siendo el templo nacional de Noruega: en ella se bendice y consagra a los monarcas noruegos. La figura de San Olav —con su hacha, instrumento de su martirio— quedó fijada como emblema histórico del país, y Trondheim, su ciudad, como el gran santuario de la identidad noruega.
La presencia de las reliquias de San Olav convirtió a Nidaros en el gran centro de peregrinación del norte de Europa durante toda la Edad Media, comparable en su ámbito a Santiago de Compostela o a Canterbury. Desde toda Escandinavia, y aun desde más lejos, los peregrinos recorrían largos caminos para postrarse ante la tumba del rey santo, buscando su intercesión y sus milagros. Esos caminos, que atravesaban montañas y valles hasta llegar a la catedral, tejieron una red de rutas de fe que estructuró buena parte de la Noruega medieval.
Como capital religiosa y antigua capital real, Nidaros/Trondheim fue durante siglos una de las ciudades más importantes del reino. En su catedral se coronaba a los reyes, y su arzobispo era uno de los hombres más poderosos del país, con autoridad no solo sobre Noruega, sino también sobre sus dependencias en el Atlántico Norte, incluidas Islandia y Groenlandia.
En las últimas décadas, las viejas rutas de los peregrinos han sido recuperadas y señalizadas como el Sankt Olavsleden o Camino de San Olav, que conduce a pie hasta la catedral de Nidaros y que, en 2010, fue reconocido como Itinerario Cultural del Consejo de Europa, a la manera del Camino de Santiago. Cada verano, en torno a la festividad de San Olav (el 29 de julio), Trondheim celebra el Olavsfest, con conciertos, mercados medievales y actos religiosos, manteniendo viva una tradición de peregrinación de casi mil años.
El poder religioso de Nidaros llegó a su fin de manera abrupta con la Reforma protestante. En 1537, el rey danés Cristián III impuso el luteranismo en toda Dinamarca-Noruega y abolió la Iglesia católica. El último arzobispo católico de Nidaros, Olav Engelbrektsson, que era además una de las principales figuras políticas de la Noruega de su tiempo y había intentado resistir tanto a la Reforma como a la subordinación total a Copenhague, se vio obligado a huir del país ese mismo año. Con él terminaron cuatro siglos de arzobispado noruego.
La Reforma golpeó duramente a Trondheim y a toda la región. Se confiscaron los bienes de la Iglesia, se disolvieron los monasterios, cesaron las peregrinaciones y las reliquias de San Olav desaparecieron o fueron ocultadas. La catedral, símbolo del viejo poder católico, sufrió abandono e incendios a lo largo de los siglos siguientes, y solo sería restaurada a fondo mucho más tarde, ya en época moderna.
Con la pérdida de su arzobispado y el traslado del poder a Copenhague, Trondheim dejó de ser la gran capital religiosa del norte, aunque siguió siendo la principal ciudad del centro de Noruega y un puerto y centro comercial de importancia. La Reforma marcó, aquí como en el resto del país, el paso de la Noruega católica medieval —de la que Nidaros había sido el corazón— a la Noruega luterana y danesa de la Edad Moderna.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la posición estratégica de Trondheim, con su fiordo profundo abierto al Atlántico, la convirtió en una pieza clave para la Alemania nazi. Tras la invasión de abril de 1940, los ocupantes hicieron de la ciudad y su región un centro militar de primer orden. En el fiordo, en Dora, construyeron una gigantesca base de submarinos con búnkeres de hormigón para proteger a los U-Boote que operaban contra los convoyes aliados en el Atlántico Norte y en la ruta hacia la Unión Soviética.
La ocupación fue dura. Cerca de Trondheim funcionó el campo de prisioneros de Falstad, uno de los mayores de la Noruega ocupada, donde estuvieron detenidos presos políticos, prisioneros de guerra soviéticos y yugoslavos y personas condenadas por la Resistencia; muchos fueron ejecutados en el bosque cercano. Los planes megalómanos de los nazis llegaron a contemplar la construcción, junto a Trondheim, de una enorme ciudad y base naval alemana para cientos de miles de habitantes, un proyecto que nunca pasó del papel.
La Resistencia noruega actuó también en la región, con redes de inteligencia y sabotaje, y la población sufrió las represalias, las detenciones y las privaciones de los años de guerra. Con la capitulación alemana en mayo de 1945, Trondheim fue liberada y recuperó la normalidad. Hoy los restos de la base de submarinos Dora y el memorial de Falstad recuerdan aquel capítulo, mientras la ciudad, sede de una de las principales universidades técnicas del país, la NTNU, se ha reconvertido en un importante centro tecnológico y estudiantil de la Noruega contemporánea.
El oeste de Noruega —el Vestlandet— es la Noruega de los fiordos por antonomasia: un laberinto de brazos de mar que penetran decenas de kilómetros tierra adentro, encajonados entre montañas de miles de metros, cascadas que caen a plomo y glaciares que asoman en las cumbres. Estos paisajes son obra directa de la última glaciación: al retirarse los grandes glaciares que habían excavado los valles, el mar los inundó y dio forma a los fiordos actuales. Dos de ellos —el Geirangerfjord y el Nærøyfjord— fueron inscriptos por la Unesco en el Patrimonio Mundial en 2005 como ejemplos sobresalientes de este tipo de paisaje, entre los más espectaculares del planeta.
Vivir en semejante geografía fue siempre un desafío. La tierra cultivable era escasísima: apenas estrechas franjas al borde del agua o repisas colgadas en las laderas. Nacieron así las célebres "granjas colgadas" del fiordo, explotaciones agrícolas encaramadas en cornisas vertiginosas sobre el agua, a las que a veces solo se llegaba por escaleras de cuerda que se retiraban para que no cayeran los niños o el ganado. Granjas como las del Geirangerfjord —Skageflå, Knivsflå— son hoy un símbolo de la tenacidad de aquellos campesinos.
En ese mundo aislado, cada fiordo y cada valle era casi un pequeño mundo aparte, comunicado con los demás sobre todo por mar. La pesca, la ganadería de montaña —con el traslado estacional del ganado a los pastos altos, los seter— y, más tarde, la emigración marcaron la vida de sus gentes. Esa dureza histórica contrasta con la belleza sobrecogedora del paisaje que hoy atrae a viajeros de todo el mundo, y explica por qué buena parte de la epopeya emigratoria noruega hacia América partió precisamente de estos fiordos del oeste.
Fundada hacia 1070, Bergen fue durante siglos la ciudad más importante de Noruega y, en la Edad Media, su capital. Su prosperidad se cimentó en un producto: el stockfish, el bacalao seco de las islas Lofoten, que se traía por mar hasta Bergen y desde allí se exportaba a toda Europa católica, donde la Iglesia imponía largos periodos de abstinencia de carne. Bergen se convirtió así en el gran mercado del pescado del Atlántico Norte.
Ese comercio atrajo a la Liga Hanseática, la poderosa confederación de ciudades mercantiles alemanas del Báltico y el Mar del Norte. Hacia mediados del siglo XIV, los hanseáticos establecieron en Bergen uno de sus cuatro grandes kontor o factorías en el extranjero, en el muelle conocido como Bryggen. Durante unos cuatro siglos, comerciantes alemanes controlaron desde allí buena parte del comercio noruego del pescado, viviendo en una comunidad casi cerrada, con sus propias reglas, en las estrechas casas de madera del muelle. Su dominio económico fue tan grande que a menudo chocó con los intereses locales.
Bryggen, el viejo muelle hanseático de casas de madera apiñadas y fachadas puntiagudas de colores, sobrevivió a numerosos incendios —fue reconstruido una y otra vez sobre el mismo trazado medieval— y es hoy Patrimonio Mundial de la Unesco, uno de los conjuntos urbanos más emblemáticos de Escandinavia. La era hanseática dejó una huella profunda en Bergen, en su comercio, su arquitectura e incluso su dialecto. La ciudad, cuna del compositor Edvard Grieg, sigue siendo la gran capital del oeste noruego y la puerta de entrada al mundo de los fiordos.
Ningún producto ha pesado tanto en la historia económica de Noruega como el bacalao. Cada invierno, enormes bancos de skrei —el bacalao ártico— migran desde el mar de Barents hacia las costas del norte para desovar, sobre todo en torno a las islas Lofoten. Allí se pescaba en masa, y su carne se secaba al aire frío del invierno colgada en armazones de madera, sin sal, hasta obtener el stockfish: un pescado duro como la madera, ligerísimo, que se conservaba durante años y se podía transportar a cualquier distancia.
Durante siglos, ese bacalao seco fue el gran motor comercial del oeste. Se traía por mar desde el norte hasta Bergen, y desde el puerto hanseático se exportaba a los países católicos del sur de Europa —España, Portugal, Italia—, donde los muchos días de vigilia religiosa aseguraban una demanda constante. El stockfish y su variante salada, el klippfisk o bacalao de roca, fueron la principal exportación noruega y la base de la fortuna de Bergen y de toda la costa occidental. Ciudades como Ålesund y Kristiansund se especializaron en la producción y venta del bacalao salado.
Ese comercio tejió lazos duraderos entre Noruega y el Mediterráneo: aún hoy el bacalao noruego es ingrediente esencial del bacalhau portugués, del bacalao a la vizcaína español o del baccalà italiano. La pesca del bacalao estructuró la vida de generaciones de noruegos del oeste y del norte, con sus temporadas, sus riesgos y sus fortunas, y sigue siendo un pilar de la economía y la identidad costera del país. En pleno siglo XXI, Noruega continúa siendo uno de los mayores exportadores de pescado del mundo.
En el corazón del Vestlandet se encuentran los dos fiordos más célebres del país, ambos Patrimonio Mundial. El Geirangerfjord, un estrecho brazo de mar de paredes casi verticales, es famoso por sus cascadas —las Siete Hermanas, el Velo de Novia— y por las granjas abandonadas colgadas de sus laderas; se ha convertido en una de las imágenes emblemáticas de Noruega y en escala obligada de los cruceros. El Nærøyfjord, uno de los ramales más estrechos y espectaculares del gigantesco Sognefjord, se cierra entre montañas hasta apenas 250 metros de anchura, en un paisaje de una belleza sobrecogedora.
La joya ferroviaria de la región es el Flåmsbana, el tren de Flåm, una de las líneas de tren más espectaculares del mundo. Inaugurado en 1940 tras dos décadas de obras, salva en apenas veinte kilómetros un desnivel de unos 865 metros entre la estación de montaña de Myrdal —en la línea principal Oslo-Bergen— y el pueblecito de Flåm, a orillas del Aurlandsfjord, otro ramal del Sognefjord. En su descenso vertiginoso, entre túneles excavados a mano, atraviesa gargantas, bordea cascadas atronadoras como la de Kjosfossen y ofrece vistas imposibles del valle.
El Flåmsbana, concebido para conectar las comunidades aisladas del fiordo con el ferrocarril nacional, es hoy una de las mayores atracciones turísticas de Noruega y el eje del popular itinerario "Norway in a Nutshell", que combina tren, barco por el Nærøyfjord y autobús para recorrer lo más espectacular del país de los fiordos en un solo día. Pueblos como Flåm, antaño remotos caseríos agrícolas, viven hoy del asombro que estos paisajes provocan en viajeros de todo el planeta.
Ålesund, importante puerto pesquero repartido entre varias islas del noroeste, vivió en 1904 la catástrofe que acabaría por hacerla famosa. En la madrugada del 23 de enero de aquel año, un incendio se declaró en una fábrica y, avivado por un fuerte temporal, se propagó sin control por la ciudad, construida casi enteramente de madera. En pocas horas ardieron unas 850 casas y el centro entero quedó destruido; unas 10.000 personas se quedaron sin hogar en pleno invierno ártico. Milagrosamente, apenas hubo una víctima mortal, porque casi toda la población pudo huir a tiempo.
La reconstrucción de Ålesund se convirtió en una historia extraordinaria. Llegó ayuda de toda Europa, y muy en particular del káiser Guillermo II de Alemania, que había veraneado en la zona y sentía un afecto personal por ella: envió barcos cargados de víveres, medicinas y materiales, y la ciudad honraría su gesto dando su nombre a una de las calles principales. En apenas tres o cuatro años, Ålesund fue reconstruida por completo, en piedra y ladrillo, y sobre todo en el estilo artístico de moda en aquel momento: el Jugendstil o Art Nouveau.
El resultado es único en el mundo. Ålesund renació como una ciudad entera de estilo modernista, con torres, torretas, ornamentos florales, rostros y motivos de cuento en sus fachadas, todo levantado en un plazo brevísimo y con notable coherencia. Hoy es considerada una de las ciudades Art Nouveau más bellas de Europa, con su propio centro de interpretación, el Jugendstilsenteret. De una tragedia nació una joya arquitectónica; el incendio de 1904 dio a Ålesund el rostro de ensueño que le sigue atrayendo visitantes de todo el mundo.
En el interior montañoso del oeste, en torno al fiordo de Hardanger, se encuentra una de las formaciones más asombrosas de Noruega: la Trolltunga, la "Lengua del Troll", una lengua horizontal de roca que sobresale a unos 700 metros de vértigo sobre el lago Ringedalsvatnet. Para llegar a ella hay que caminar toda una jornada de exigente ascenso; la recompensa es una de las estampas más fotografiadas del país, símbolo del auge del senderismo noruego.
A los pies de esa ruta se extiende la comarca de Odda y el valle del Hardanger, escenario de otro capítulo decisivo de la historia noruega: la industrialización basada en la energía hidroeléctrica. A comienzos del siglo XX, la abundancia de agua y de saltos en las montañas del oeste permitió generar electricidad barata en enormes cantidades, y con ella surgió una potente industria química y metalúrgica. En Odda, Rjukan, Tyssedal o Sauda se levantaron fábricas y centrales que atrajeron a miles de trabajadores y transformaron valles rurales en polos industriales.
Aquella "aventura de la energía blanca" —el aprovechamiento del agua de los fiordos y las montañas— fue la base del desarrollo moderno de Noruega mucho antes que el petróleo, y sigue siendo hoy la principal fuente de electricidad del país, uno de los mayores productores de energía hidroeléctrica del mundo. El paisaje industrial de Rjukan y Notodden, ligado a la producción de fertilizantes y a la propia planta de Vemork del agua pesada, fue reconocido en 2015 como Patrimonio Mundial. Así, junto a la belleza salvaje de la Trolltunga y del Hardanger convive la memoria de la Noruega obrera e industrial del siglo XX.
El norte de Noruega es, ante todo, tierra sami. Mucho antes de la llegada del Estado noruego, los sami poblaban el interior y las costas del Ártico, viviendo de la pesca, la caza y, sobre todo, del pastoreo del reno, con largas migraciones estacionales entre la meseta interior y el litoral. Pueblos como los de Finnmark y Troms han mantenido durante milenios su lengua, su joik y su vínculo con la tierra, y localidades como Karasjok y Kautokeino son hoy centros de la vida y la cultura sami.
Sobre ese mundo cayó, entre mediados del siglo XIX y bien entrado el XX, la política de "noruegización": un programa estatal de asimilación forzada que buscó borrar la lengua y la identidad sami. En las escuelas del norte se prohibió a los niños hablar su idioma, muchos fueron enviados a internados lejos de sus familias, y durante décadas la ley solo permitió comprar tierras en Finnmark a quien supiera noruego. Fue una política deliberada y sostenida, sustentada en ideas de superioridad cultural y racial, que dejó heridas profundas en generaciones enteras.
El norte fue también el escenario del renacer sami. El conflicto de Alta (1979-1981), por una represa que amenazaba tierras y pastos indígenas, movilizó al pueblo sami y forzó un giro histórico. En 1989 se inauguró en Karasjok el Sámediggi, el Parlamento Sami de Noruega; el país reconoció a los sami como pueblo indígena y ratificó convenios internacionales. Y en 2023, una Comisión de la Verdad y la Reconciliación documentó ante el Parlamento noruego los daños de la noruegización, a lo que siguió en 2024 una disculpa oficial. En el norte ártico, esa historia de opresión y de reparación tardía sigue muy viva.
Durante casi dos siglos, el norte de Noruega vivió ligado a Rusia por una relación comercial singular: el comercio pomor. Los pomory —campesinos y pescadores del litoral ruso del mar Blanco, en torno a Arkhánguelsk— navegaban cada verano hasta las costas del norte de Noruega para intercambiar productos. Traían grano, harina, cuerdas, madera y artículos manufacturados, escasos en el Ártico noruego, y se llevaban a cambio pescado: sobre todo bacalao y otras especies que abundaban en aquellas aguas.
Este tráfico, que se desarrolló entre aproximadamente 1740 y la Revolución rusa de 1917, fue vital para las comunidades del norte, que quedaban muy lejos de los centros comerciales del sur de Noruega y para las que el grano ruso podía significar la diferencia entre la abundancia y el hambre. El comercio pomor se extendía por la costa desde Finnmark hasta la región de Lofoten y Bodø, y ciudades como Tromsø o Vardø prosperaron gracias a él. Del contacto continuo nació incluso una lengua franca mixta, el russenorsk, mezcla de ruso y noruego que servía para entenderse en los tratos.
El comercio pomor tejió lazos humanos y culturales profundos entre las dos orillas del Ártico y dio a los noruegos del norte una orientación tanto hacia el este, hacia Rusia, como hacia el sur, hacia Bergen. La Revolución de 1917 y el cierre de la Rusia soviética pusieron fin a aquel intercambio secular. Su memoria perdura en museos y festivales del norte, y explica en parte la mirada particular que esta región ha tenido siempre hacia su gran vecino oriental, con el que Noruega comparte frontera en el extremo nororiental de Finnmark.
Las islas Lofoten, una cadena de picos escarpados que se alzan del mar frente a la costa norte, son uno de los paisajes más deslumbrantes de Noruega: montañas afiladas que caen a plomo sobre playas y aldeas de pescadores de casitas rojas, los rorbuer, encaramadas sobre pilotes en el agua. Pero su historia es, ante todo, la historia del bacalao. Cada invierno, desde tiempos inmemoriales, enormes bancos de skrei —el bacalao ártico— llegan desde el mar de Barents a las aguas de las Lofoten para desovar, en una de las mayores concentraciones de peces del planeta.
Esa migración anual convirtió a las Lofoten en el gran caladero de Noruega. Cada temporada, miles de pescadores acudían de toda la costa a la pesca invernal del skrei, en una actividad tan intensa como peligrosa. El pescado se secaba al aire frío colgado en armazones de madera —los característicos hjell— para producir el stockfish, el bacalao seco que desde la Edad Media se exportaba a Europa a través de Bergen. Durante siglos, el comercio del bacalao de las Lofoten fue la base económica del norte y una de las principales riquezas del reino.
Ese legado sigue vivo. Las Lofoten continúan siendo un centro pesquero de primer orden, y su stockfish, especialmente el que se exporta a Italia, goza de enorme prestigio. Pueblos como Å, Reine o Henningsvær conservan intacto el ambiente de las viejas aldeas bacaladeras, con sus rorbuer hoy convertidos en alojamientos turísticos. El Museo del Stockfish y el Museo de la Pesca de las Lofoten cuentan esa epopeya. Hoy, entre el turismo, la pesca y el sol de medianoche del verano ártico, las Lofoten combinan una belleza sobrecogedora con una de las tradiciones más antiguas y arraigadas de Noruega.
Tromsø, la mayor ciudad del norte de Noruega, se ganó a lo largo del siglo XIX y comienzos del XX el sobrenombre de "Puerta del Ártico" y "París del Norte". Desde su puerto, bien situado en el extremo septentrional del país, partían los cazadores de focas y ballenas hacia los hielos del norte, y de allí zarparon también muchas de las grandes expediciones que hicieron célebre a Noruega en la edad heroica de la exploración polar. La ciudad era el punto de reunión y aprovisionamiento de aventureros, científicos y balleneros que se adentraban en el Ártico.
De Tromsø y su región salieron o pasaron los grandes nombres de la exploración noruega. Roald Amundsen, el primero en llegar al Polo Sur en 1911 y en cruzar el Paso del Noroeste, mantuvo una estrecha relación con la ciudad; de hecho, fue desde Tromsø desde donde despegó en 1928 el hidroavión en el que partió a buscar a la expedición del dirigible Italia, naufragada en el Ártico, vuelo del que Amundsen jamás regresó: desapareció en el mar de Barents, y su cuerpo nunca fue hallado. La ciudad honra su memoria y la de Fridtjof Nansen, y su Museo Polar cuenta la historia de aquellas expediciones.
Hoy Tromsø, situada muy por encima del Círculo Polar Ártico, es una animada ciudad universitaria y científica, sede de la universidad más septentrional del mundo y de importantes institutos de investigación ártica. Con su catedral ártica, su vida cultural y su ambiente cosmopolita, se ha convertido además en uno de los principales destinos del mundo para contemplar las auroras boreales en invierno y el sol de medianoche en verano, fiel a su vieja vocación de capital del Ártico noruego.
El norte ártico fue un escenario dramático de la Segunda Guerra Mundial. Sus fiordos sirvieron de refugio a la marina alemana, y en particular al acorazado Tirpitz, el mayor buque de guerra jamás construido en Europa y hermano del célebre Bismarck. Fondeado en los fiordos del norte, el Tirpitz amenazaba con su sola presencia a los convoyes aliados que llevaban suministros a la Unión Soviética por el Ártico, y obligó a los británicos a inmovilizar enormes recursos para vigilarlo. Tras varios ataques, fue finalmente hundido por bombarderos de la Royal Air Force cerca de Tromsø, el 12 de noviembre de 1944; en su vuelco murieron cerca de mil marinos alemanes. Su pecio permaneció décadas en el fiordo.
Pero la catástrofe mayor la sufrió la población civil de Finnmark. En el otoño de 1944, mientras el Ejército Rojo empujaba a los alemanes desde el este, las tropas nazis aplicaron en su retirada una brutal política de tierra quemada. Por orden directa de Hitler, arrasaron Finnmark y el norte de Troms para no dejar nada al enemigo: quemaron unas 11.000 casas, además de escuelas, iglesias y hospitales, destruyeron puentes, carreteras y embarcaciones, y evacuaron por la fuerza a unas 50.000 personas hacia el sur. Ciudades como Hammerfest y Kirkenes quedaron reducidas a cenizas; apenas quedó nada en pie.
Muchos habitantes se negaron a abandonar su tierra y pasaron el crudo invierno ártico escondidos en cuevas, chozas y refugios improvisados, en condiciones extremas; varios centenares murieron. Fue la mayor tragedia sufrida por la población civil noruega en toda la guerra. La reconstrucción de Finnmark tras 1945 fue una empresa titánica que duró años y rehízo por completo pueblos y ciudades enteras. La memoria de aquella devastación —el Museo de la Reconstrucción de Hammerfest la conserva— sigue siendo una parte central de la identidad del extremo norte.
En el Ártico profundo, a medio camino entre el continente y el Polo Norte, se extiende el archipiélago de Svalbard, un conjunto de islas heladas cuya isla principal es Spitsbergen. Descubierto oficialmente por el neerlandés Willem Barents en 1596, fue durante siglos tierra de nadie: base de balleneros neerlandeses, ingleses y de otros países, y más tarde de cazadores de focas y osos y de compañías mineras que explotaban sus ricos yacimientos de carbón. Ninguna nación ejercía soberanía sobre él, lo que generaba disputas entre los intereses de varios países.
La situación se resolvió con un tratado único en su género. El 9 de febrero de 1920, en París, las potencias firmaron el Tratado de Svalbard (o de Spitsbergen), que reconoció la plena soberanía de Noruega sobre el archipiélago —efectiva desde 1925— pero con condiciones muy particulares: los ciudadanos y empresas de todos los países firmantes tendrían igual derecho a residir y a explotar los recursos naturales de las islas, y el territorio debía permanecer desmilitarizado y no podía usarse con fines bélicos. Fue un compromiso ingenioso que dio a Noruega la soberanía sin excluir a los demás.
Ese estatuto singular explica el carácter de Svalbard hasta hoy. Durante décadas, junto a los noruegos, una importante comunidad soviética —y luego rusa— explotó minas de carbón en asentamientos como Barentsburg, en virtud del tratado. Longyearbyen, la principal localidad, es uno de los asentamientos permanentes más septentrionales del planeta, y en las últimas décadas ha girado de la minería hacia la ciencia y el turismo ártico. Allí se encuentra la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, el gran depósito que resguarda duplicados de semillas de todo el mundo frente a catástrofes. Tierra de osos polares, glaciares y noche polar, Svalbard es el rincón más extremo y fascinante del norte ártico noruego.
En el extremo septentrional de Europa continental, un acantilado de más de 300 metros se asoma al océano Ártico: es el Cabo Norte, el Nordkapp, considerado durante siglos el confín del mundo conocido. Aunque geográficamente el punto más al norte del continente está algo más allá, el Nordkapp se consolidó como su símbolo. Ya en 1664 lo bautizó así un navegante inglés, y desde el siglo XVIII y XIX se convirtió en meta de viajeros ilustres —entre ellos el futuro rey Luis Felipe de Francia en 1795 y el rey Óscar II de Suecia y Noruega en 1873—, atraídos por el sol de medianoche y por la idea de pisar el borde de Europa. Hoy, en pleno territorio sami de Finnmark, el Cabo Norte es uno de los grandes destinos turísticos del país, coronado por un centro de visitantes desde el que se contempla el sol que no se pone en verano.
Más al sur, en la costa de Nordland y justo al norte del Círculo Polar Ártico, la ciudad de Bodø vivió su propio drama en la Segunda Guerra Mundial: en mayo de 1940, durante la invasión alemana, fue arrasada por los bombardeos de la Luftwaffe, que destruyeron la mayor parte de la ciudad. Reconstruida por completo tras la guerra, Bodø resurgió como un moderno centro administrativo y de transporte del norte.
Bodø es hoy la puerta de entrada a las islas Lofoten y Vesterålen, y un nudo del ferrocarril y de la ruta costera del Hurtigruten, el histórico servicio de barcos que desde finales del siglo XIX une los puertos de toda la costa noruega. Frente a ella, en el Saltfjord, se encuentra además el Saltstraumen, la corriente de marea más fuerte del mundo. En 2024, Bodø fue Capital Europea de la Cultura, la primera ciudad situada al norte del Círculo Polar en recibir esa distinción, un símbolo del renacer cultural del norte ártico noruego.
Oslo es una de las capitales más antiguas de Escandinavia: la tradición sitúa su fundación hacia el año 1000, y en el siglo XIII el rey Håkon V la convirtió en capital y mandó levantar la fortaleza de Akershus, que aún domina el fiordo. Pero en 1624 un gran incendio arrasó la ciudad medieval de madera. El rey danés Cristián IV decidió reconstruirla al pie de Akershus, con un trazado regular, y la rebautizó con su propio nombre: Christiania. Durante casi tres siglos, la ciudad llevó el nombre del monarca danés, un recordatorio permanente de la dependencia de Copenhague.
Con la independencia de 1814, Christiania pasó a ser la capital del nuevo Estado noruego en unión con Suecia, y a lo largo del siglo XIX creció y se transformó en el centro político, económico y cultural del país. En ella se instalaron el Storting (el Parlamento), la universidad, el Teatro Nacional y las grandes instituciones de la joven nación. La grafía se simplificó a Kristiania en 1877.
Finalmente, en 1925, ya en una Noruega plenamente independiente, la ciudad recuperó su viejo nombre nórdico: Oslo. El cambio tenía un fuerte valor simbólico, un modo de cerrar la etapa de los nombres impuestos y reconectar con el pasado medieval anterior a la dominación danesa. Hoy Oslo, a la cabeza de su largo fiordo, es una capital moderna y próspera, sede del gobierno, del rey y de la entrega del Premio Nobel de la Paz, el único de los premios Nobel que se otorga en Noruega y no en Suecia.
En las tierras que rodean el fiordo de Oslo se conservaron algunos de los tesoros más extraordinarios de la era vikinga. A comienzos del siglo XX, la excavación de grandes túmulos funerarios sacó a la luz barcos vikingos casi intactos, enterrados como tumbas de personajes de alto rango: el barco de Gokstad, hallado en 1880, y sobre todo el barco de Oseberg, desenterrado en 1904 cerca de Tønsberg. Este último, un elegante navío de roble de más de veinte metros ricamente tallado, había servido de sepultura a dos mujeres de la aristocracia hacia el año 834, y apareció acompañado de trineos, un carro, tejidos y objetos de una belleza asombrosa.
Estos hallazgos, conservados durante más de mil años en la arcilla azul de la región, son de los barcos vikingos mejor preservados del mundo y una fuente incomparable para conocer aquella civilización: su arte, su tecnología naval, sus ritos funerarios y su vida cotidiana. Revelan que los vikingos del fiordo no eran solo guerreros, sino también artesanos de una sofisticación notable.
Durante décadas, los barcos de Oseberg, Gokstad y Tune se exhibieron en el célebre Museo de Barcos Vikingos de Bygdøy, en Oslo, uno de los museos más visitados del país. En los últimos años, el conjunto ha sido objeto de un ambicioso proyecto para construir un nuevo y moderno Museo de la Era Vikinga que garantice su conservación. El fiordo de Oslo sigue siendo, así, una de las grandes ventanas al mundo vikingo.
A poca distancia al norte de Oslo, en la localidad de Eidsvoll, se firmó el acta de nacimiento de la Noruega moderna. Allí, en la primavera de 1814, tras la cesión de Noruega a Suecia por el Tratado de Kiel, una asamblea de 112 representantes —funcionarios, campesinos, oficiales, clérigos y comerciantes— se reunió en la casa señorial de Eidsvoll para dotar al país de una ley fundamental antes de que fuera absorbido por su nuevo soberano.
El 17 de mayo de 1814, la asamblea aprobó la Constitución de Eidsvoll, uno de los textos constitucionales más liberales y avanzados de su época, inspirado en los ideales de la Ilustración y en los modelos estadounidense y francés. Establecía la separación de poderes, la soberanía popular y amplias libertades, y proclamaba a Noruega como reino libre, independiente e indivisible. La asamblea eligió rey al príncipe Christian Frederik.
Aunque la independencia plena duró apenas unos meses —Noruega hubo de aceptar la unión con Suecia ese mismo otoño—, la Constitución sobrevivió y se convirtió en la base institucional del país durante los dos siglos siguientes; es hoy una de las constituciones más antiguas del mundo aún en vigor. El 17 de mayo, aniversario de Eidsvoll, es la fiesta nacional de Noruega: cada año, calles de todo el país se llenan de desfiles de niños con banderas, y la vieja casa de Eidsvoll se ha convertido en un lugar de memoria nacional.
Oslo —entonces Christiania— fue el escenario de la gran eclosión cultural noruega de finales del siglo XIX. En sus teatros y cafés se cruzaron las figuras que llevarían el nombre de Noruega al mundo. El dramaturgo Henrik Ibsen, tras años de exilio voluntario en Italia y Alemania, se instaló finalmente en la capital, donde pasó sus últimos años, ya convertido en una celebridad europea. Sus obras —Casa de muñecas, Espectros, Hedda Gabler, Un enemigo del pueblo, Peer Gynt— revolucionaron el teatro moderno al llevar a escena, con crudeza, la hipocresía moral, la condición de la mujer y los conflictos de la sociedad burguesa. Ibsen paseaba a diario por la calle Karl Johan, y la ciudad conserva su memoria en el Museo Ibsen, su último domicilio.
En esa misma Christiania creció el pintor Edvard Munch, la otra gran figura del arte noruego. Marcado por la enfermedad y la muerte que se llevaron a su madre y a su hermana, Munch convirtió la angustia existencial en la materia de su arte y se adelantó al expresionismo. Su obra más célebre, El grito —del que pintó y dibujó varias versiones a partir de 1893—, se ha vuelto un icono universal de la ansiedad moderna.
Oslo custodia hoy el grueso de su legado. Munch, que murió en 1944, donó a la ciudad miles de obras, que durante décadas se exhibieron en el Museo Munch y que, desde 2021, ocupan un imponente edificio nuevo junto al fiordo, el MUNCH, uno de los mayores museos del mundo dedicados a un solo artista. Junto con la Galería Nacional, donde se conserva otra célebre versión de El grito, hacen de la capital noruega una peregrinación obligada para los amantes del arte.
En la costa suroeste, Stavanger encarna como ninguna otra ciudad la transformación petrolera de Noruega. Durante siglos fue un puerto pesquero y comercial de casas de madera blanca, que a finales del siglo XIX vivió del arenque y de las conserveras de sardinas; su casco antiguo, Gamle Stavanger, con sus callejuelas de casitas de madera del XVIII y XIX, es uno de los mejor conservados del norte de Europa. Cerca de allí, en las aguas del fiordo, se alzan además dos de los miradores más espectaculares del país: el Preikestolen o Púlpito, una plataforma de roca que cae a pico más de 600 metros sobre el Lysefjord, y el Kjeragbolten.
Todo cambió con el petróleo. Tras el descubrimiento del campo de Ekofisk en 1969, Stavanger, por su posición frente a los yacimientos del Mar del Norte, fue elegida como base de la naciente industria. Allí se instalaron la compañía estatal —hoy Equinor— y decenas de empresas del sector, y la ciudad se convirtió en la capital petrolera de Noruega, con un puerto, una economía y una población transformados por completo.
Stavanger creció, se internacionalizó y prosperó al ritmo de las plataformas del Mar del Norte. El Museo Noruego del Petróleo, a orillas del puerto, cuenta esa epopeya industrial que cambió el destino del país. Hoy la ciudad combina su pasado de pescadores y emigrantes —de aquí partieron muchos de los noruegos que cruzaron el Atlántico— con su presente de metrópoli energética, y sirve además de puerta de entrada al turismo de los fiordos del Lysefjord.
La costa meridional de Noruega, el Sørlandet, es una tierra distinta del país de los fiordos abruptos y las cumbres nevadas: un litoral más suave y luminoso, de archipiélagos, calas, faros e islotes de roca lisa, salpicado de pueblos de casitas de madera blanca. Es la costa de veraneo por excelencia de los noruegos, con su clima más benigno y sus largos días de sol estival.
Su principal ciudad, Kristiansand, fue fundada en 1641 por el rey danés Cristián IV —el mismo que había reconstruido Christiania— con un característico trazado en cuadrícula, el Kvadraturen, y una fortaleza, Christiansholm, para vigilar el estrecho de Skagerrak frente a Dinamarca. Su nombre, como el de tantas ciudades noruegas de la época, honraba al monarca danés. Situada en el punto de Noruega más cercano al continente, Kristiansand fue durante siglos una plaza militar y un puerto de paso entre Noruega y el resto de Europa.
El mar y la madera hicieron la fortuna del Sørlandet. En la era de la vela, sus astilleros y su flota mercante estuvieron entre los más activos de Noruega, y ciudades como Arendal o Grimstad se llenaron de armadores y capitanes. Hoy Kristiansand es la mayor ciudad del sur y un animado destino de verano —con su casco antiguo de Posebyen, sus playas y su famoso zoológico y parque de atracciones—, además de un puerto de ferris que conecta Noruega con Dinamarca, fiel a su vieja vocación de puente marítimo hacia el continente.