El vino no es un detalle en la historia de Moldavia: es una de sus columnas vertebrales. El clima templado, los suelos fértiles y una tradición vitivinícola milenaria —que se remonta a la Antigüedad y se consolidó en época medieval— hicieron de esta tierra uno de los grandes viñedos de Europa oriental. Durante el período soviético, Moldavia se convirtió en la principal proveedora de vino de toda la URSS, con enormes plantaciones y una industria orientada a la exportación masiva.
Esa dependencia tuvo también su cara amarga. La campaña antialcohólica de Mijaíl Gorbachov, a mediados de los años ochenta, ordenó arrancar buena parte de los viñedos y golpeó duramente la economía moldava. Y ya en el siglo XXI, los sucesivos vetos de Rusia a la importación de vino moldavo —usados como arma de presión política— obligaron al país a reorientar sus exportaciones hacia el mercado europeo, acelerando su acercamiento a Occidente.
Al norte de Chișinău, Cricova es una de las bodegas más famosas del país. Sus galerías nacieron de antiguas canteras de piedra caliza excavadas para construir la capital, y hoy forman una auténtica ciudad subterránea de decenas de kilómetros de túneles, tan amplios que se recorren en auto por calles con nombres de vinos. Bajo tierra se guardan millones de botellas a temperatura constante durante todo el año.
Cricova es célebre por su colección de vinos históricos, que incluye botellas rescatadas de distintos rincones de Europa. Su prestigio la convirtió en parada obligada de visitas oficiales y en símbolo de la cultura vinícola moldava, hasta el punto de estar declarada patrimonio cultural del país.
A poca distancia, Mileștii Mici alberga un récord difícil de superar: figura en el Libro Guinness de los récords como la mayor colección de vinos del mundo, con alrededor de dos millones de botellas. Sus galerías subterráneas, también excavadas en la caliza, se extienden por un laberinto de unos doscientos kilómetros, de los cuales solo una parte está en uso.
Este tipo de bodegas colosales son herencia directa de la escala de producción soviética, cuando Moldavia debía abastecer de vino a todo un imperio. Hoy, reconvertidas en atractivo turístico y en emblema nacional, Mileștii Mici y Cricova muestran cómo el país intenta transformar su vieja industria vinícola en una carta de presentación hacia el mundo, y en especial hacia Europa.
La vitivinicultura sigue siendo una de las actividades económicas más importantes de Moldavia y una parte esencial de su identidad nacional. El sector emplea a buena parte de la población rural y representa una porción significativa de las exportaciones del país. No es casual que la copa de vino aparezca en tantas celebraciones y que exista un Día Nacional del Vino que llena las plazas de Chișinău cada otoño.
Más allá de las grandes bodegas subterráneas, el país está lleno de pequeñas casas vinícolas familiares donde se elabora vino de forma artesanal, según recetas transmitidas de generación en generación. Esa combinación de tradición campesina y gigantismo industrial heredado de la URSS hace del vino moldavo un espejo perfecto de la historia del país.
Para entender por qué Moldavia construyó cavas de doscientos kilómetros hay que mirar primero a las casas de campo. En el mundo rural moldavo casi cada familia tiene su propia beci o pivniță, una pequeña bodega subterránea donde se guarda el vino de la cosecha, y ofrecer una copa al visitante es un gesto sagrado de hospitalidad. Esa cultura doméstica del vino, muy anterior a la era soviética, es el sustrato sobre el que después se levantó la industria.
Las cavas monumentales de Cricova y Mileștii Mici son, en cierto modo, esa misma tradición llevada a una escala imperial. Recorrerlas es asomarse a la vez a la geología del país —la piedra caliza que se extrajo para construir sus ciudades— y a su historia económica reciente, del auge soviético a la reconversión europea.