Al este del Dniéster se extiende Transnistria, una estrecha franja de territorio que funciona como un Estado de facto no reconocido por ningún país miembro de la ONU. Su origen se remonta a 1924, cuando la URSS creó allí una república autónoma soviética como pieza de presión sobre la Rumania que entonces gobernaba Besarabia. A diferencia del resto del país, esta orilla nunca formó parte del Principado de Moldavia medieval y quedó siempre más ligada al mundo eslavo.
Durante la época soviética se convirtió en el gran centro industrial de la república, con una población mayoritariamente rusa y ucraniana. Por eso, cuando a finales de los años ochenta Chișinău impulsó las reformas a favor del rumano, las élites locales reaccionaron con rechazo y proclamaron su propia república separatista con capital en Tiraspol.
Tras la guerra de 1992 y el alto el fuego auspiciado por Moscú, Transnistria quedó fuera del control efectivo de Moldavia. Su capital, Tiraspol, es hoy la sede de un gobierno propio, con su moneda —el rublo transnistrio—, sus fuerzas de seguridad y una fuerte presencia de tropas rusas. En sus calles todavía se ven la hoz y el martillo, estatuas de Lenin y símbolos de la URSS que en el resto del país fueron retirados hace tiempo.
Este "conflicto congelado" condiciona toda la vida del país: complica su integración europea, mantiene una incógnita sobre su integridad territorial y deja una zona gris para el contrabando y la influencia rusa. Visitar Tiraspol implica cruzar controles y llevar el pasaporte a mano; se recorre con sobriedad y respeto, conscientes de que se está en una región con un estatus político sin resolver.
En el extremo sur del país vive un pueblo singular: los gagaúzos, de lengua túrquica —cercana al turco— pero de fe cristiana ortodoxa, una combinación poco frecuente en el mundo. Perseguidos por su cristianismo bajo el dominio otomano en los Balcanes, encontraron refugio en la Besarabia rusa a lo largo del siglo XIX, cuando las autoridades zaristas los asentaron en torno a localidades como Comrat y Congaz.
Su identidad propia —idioma, tradiciones y una fuerte cercanía cultural con Rusia— explica que, al igual que Transnistria, temieran una posible unión de Moldavia con Rumania a comienzos de los años noventa. En 1990 llegaron a proclamar su propia república en Comrat, aunque aquí, a diferencia del Dniéster, la violencia fue escasa y esporádica.
El caso gagaúzo se resolvió de forma muy distinta al de Transnistria. En 1994, el Parlamento moldavo aprobó una ley que reconoció a Gagauzia como una unidad territorial autónoma dentro de Moldavia, con su capital en Comrat, su propia Asamblea Popular y un gobernador (bașkan) elegido directamente. La ley contempla incluso que, si Moldavia decidiera unirse a otro Estado, Gagauzia tendría derecho a la autodeterminación.
Por eso Gagauzia se suele citar como un ejemplo relativamente exitoso de solución pacífica y negociada de un conflicto étnico y territorial, en contraste con el estancamiento de Transnistria. Comrat es hoy una ciudad tranquila, con universidad propia en lengua gagaúza y rusa, donde conviven las tradiciones túrquicas con la fe ortodoxa, aunque las tensiones políticas con Chișinău —sobre todo en torno a la orientación europea del país— vuelven a aparecer cada tanto.
El río Dniéster atraviesa el país de norte a sur y actúa como una verdadera columna vertebral, tanto geográfica como histórica. Su fértil valle, salpicado de viñedos, monasterios rupestres y pueblos ribereños, fue durante siglos la frontera oriental del principado y de los imperios que se disputaron la región. Buena parte de Transnistria se asienta precisamente sobre la orilla izquierda de este río.
Recorrer el valle del Dniéster es seguir el hilo conductor de toda la historia moldava: desde las fortalezas medievales del norte hasta la línea que hoy separa el territorio controlado por Chișinău del de Tiraspol. Es, al mismo tiempo, uno de los paisajes naturales más ricos del país, donde el agua, la piedra y la fe se combinan en escenarios que resumen la identidad fronteriza de Moldavia.