El norte de Luxemburgo, que los luxemburgueses llaman Éislek (Ösling en alemán, Oesling en francés), es un mundo aparte dentro de un país ya de por sí pequeño. Es la prolongación de la meseta de las Ardenas que se extiende desde Bélgica: un paisaje de colinas boscosas, valles encajados y ríos como el Sûre, el Our y el Clerve, muy distinto de las tierras fértiles y llanas del sur, el Gutland.
Históricamente fue la región más pobre y aislada del país, de suelos delgados y clima duro, donde la vida dependía de la agricultura de montaña, la ganadería y la explotación de la pizarra. Esa dureza empujó a muchos de sus habitantes a emigrar en el siglo XIX. Hoy, en cambio, sus bosques, sus ríos y su despoblación relativa la han convertido en un destino de naturaleza, senderismo y turismo tranquilo, salpicado de algunos de los castillos más espectaculares de Europa.
Sobre una colina que domina el valle del Our se alza el castillo de Vianden, uno de los conjuntos fortificados medievales más grandes y bellos al oeste del Rin. Construido entre los siglos XI y XIV sobre antiguos cimientos romanos y carolingios, fue la residencia de los poderosos condes de Vianden, emparentados con las grandes casas del Imperio. Con el tiempo cayó en ruinas, pero fue cuidadosamente restaurado en el siglo XX y hoy es el monumento más visitado del país.
Vianden tiene además un lazo célebre con la literatura. El escritor francés Victor Hugo, exiliado y enamorado del lugar, lo visitó varias veces y pasó allí unos meses en 1871; dejó dibujos de las ruinas del castillo y páginas de admiración por el pueblo. La casa donde se alojó, junto al puente sobre el Our, es hoy un pequeño museo dedicado a él. El pueblo, con sus calles empinadas y su telesilla que sube hasta las alturas, es una de las postales más queridas de Luxemburgo.
Vianden no está solo. El norte de Luxemburgo es, sencillamente, tierra de castillos, sembrada de fortalezas que dan fe de una Edad Media de señoríos, guerras fronterizas y linajes rivales. El castillo de Bourscheid, encaramado sobre un meandro del río Sûre a más de 150 metros de altura, es uno de los más imponentes: unas ruinas medievales de origen milenario con vistas de 360 grados sobre el valle.
En el extremo norte, el castillo blanco de Clervaux domina un pueblo encajado entre laderas boscosas. Además de su interés histórico, alberga desde 1994 una de las exposiciones fotográficas más famosas del mundo, "The Family of Man", concebida por el fotógrafo Edward Steichen —nacido en Luxemburgo en 1879— e inscrita en el registro Memoria del Mundo de la Unesco. Estos castillos, muchos de ellos parcialmente destruidos en las guerras y luego restaurados, son el hilo que cose la identidad histórica del Éislek.
El norte luxemburgués guarda uno de los episodios más heroicos de la resistencia contra el nazismo. En agosto de 1942, cuando el ocupante alemán decretó el reclutamiento forzoso de los jóvenes luxemburgueses en la Wehrmacht, la indignación desató una huelga general que estalló primero en Wiltz, en el corazón de las Ardenas, y se extendió por todo el país paralizando fábricas, escuelas y administraciones.
La respuesta nazi fue implacable: se declaró el estado de excepción, un tribunal especial condenó a muerte a 21 huelguistas, que fueron fusilados, y cientos de personas fueron detenidas y deportadas a campos de concentración. La huelga de 1942 —una de las pocas huelgas generales abiertas contra la ocupación alemana en toda Europa occidental— se convirtió en un símbolo de la dignidad nacional. En Wiltz, un monumento nacional a la huelga recuerda a las víctimas de aquella jornada.
El invierno de 1944-1945 convirtió al Éislek en un campo de batalla. Tras la liberación de la mayor parte del país por las tropas estadounidenses en septiembre de 1944, Hitler lanzó el 16 de diciembre su última gran ofensiva en el oeste a través de las Ardenas de Bélgica y Luxemburgo: la batalla del Bulge. El norte luxemburgués quedó en primera línea. Pueblos como Clervaux, Wiltz, Vianden y Diekirch sufrieron combates encarnizados, bombardeos y destrucción, y decenas de miles de habitantes tuvieron que huir como refugiados; unos 500 civiles luxemburgueses perdieron la vida.
La región conserva viva esa memoria. En Diekirch, el Museo Nacional de Historia Militar está dedicado sobre todo a la batalla de las Ardenas, y en Ettelbruck, nudo de comunicaciones de la zona, un memorial recuerda al general George Patton, cuyo Tercer Ejército liberó definitivamente la región. Cada localidad del Éislek tiene su placa, su tanque expuesto o su monumento a los caídos: el norte de Luxemburgo es, en buena medida, un enorme memorial al aire libre de la Segunda Guerra Mundial.